Fundó la Galería Zurbarán en 1976 y hoy es uno de los marchands más exitosos del país. Amante de la pintura argentina clásica, logró algo inédito en estas latitudes: que las cotizaciones de sus artistas preferidos se revalorizaran más de 1.000 por ciento en pocos años.
La exposición de Cesáreo Bernardo de Quirós que presentó el año pasado en el Palais de Glace, con el auspicio de varias empresas, lo instaló definitivamente en el centro del escenario cultural. Para este año promete otra megaproducción con la obra de Raúl Soldi.
¿Cómo fue tu infancia?.
– Fue muy feliz. Soy el quinto de cinco hermanos, el menor. Nací ocho años después del que me sigue. Yo era el malcriado, el mimado, era muy caprichoso, totalmente insoportable. Nací en Rosario, y viví allá durante cinco años. Tengo muy pocos recuerdos. Todos los años voy a dar dos conferencias a Rosario y nueve de cada diez asistentes dicen que me paseaban y jugaban conmigo en la plaza. Me miran fijo y me preguntan: Ah no te acordás de mí? Y yo les digo: sinceramente no, soy muy malo para las caras.
– ¿Por qué vino tu familia a Buenos Aires?.
– Mi mamá era uruguaya y la designaron cónsul general del Uruguay en Buenos Aires. Había estudiado diplomacia en Rosario. Ella no esperaba ejercer, pero cuando tuvo que salir a trabajar, decidió abrir una agencia de turismo. Al poco tiempo el gobierno uruguayo le ofreció el puesto en Buenos Aires, y volvimos. Nosotros éramos de Buenos Aires y habíamos ido a Rosario por problemas laborales de papá.
– ¿Qué hacía tu padre?.
– Papá estudió cinco años de medicina y cinco de arquitectura. Integraba un famoso equipo de basquet que se llamaba Los Médicos, de CUBA, el club universitario. Era campeón sudamericano. No era muy alto, y le decían Cañito, porque tiraba con tal precisión la pelota que iba como por un caño. Fue tapa de El Gráfico. Tenía su propia empresa constructora y de administración de propiedades.
Realmente tuve lo mejor que se puede tener: una familia divina.
– Pero llegó el día de ir al colegio…
– Fui al Champagnat. Los hermanos maristas son los seres más buenos del mundo. Una gente con una paciencia excepcional. A los 14 estuve pupilo un año con los jesuitas, en Santa Fe. Fui yo solo porque mamá se moría de cáncer y un hermano mío agonizaba.
– ¿Cómo es eso?.
– Cuando tenía que entrar a segundo año, mi hermano Hernán tuvo un accidente de auto muy grave.
Estuvo un mes inconsciente. Matera le salvó la vida. En casa yo hacía mucho lío y era un incordio, porque no sabía que mamá tenía cáncer.
– ¿Quién lo sabía?.
– Lo sabían ella, mi padre y un hermano. Creo que en ese momento tuve conciencia de que lo mejor era que yo me fuera porque molestaba.
– ¿Sentiste eso o te dio una enorme bronca?.
– No, para nada. Fue muy gracioso. Siempre me acuerdo de que al llegar a Santa Fe lloré como un marrano durante 24 horas y después me adapté. Empecé a hacer amigos y me conseguí una novia.
Me divertía mucho. Me prendía en todas las escapadas del colegio y en todas las farras. Casi me expulsan.
– ¿No presentías que en algún momento tendrías que estar en Buenos Aires?.
– Tomé conciencia de que mamá estaba enferma recién un mes antes de que se muriera.
– ¿Cómo era ella?.
– Mamá era profundamente culta y un ser rarísimo. Tocaba el piano de oído y componía tangos, y los grababa con D´Arienzo. Tróccoli firmaba las composiciones de mamá porque, claro, ella componía y él escribía la música. Pero como ella era diplomática, hace treinta años quedaba mal que firmara tangos. Vivíamos en la calle Talcahuano, en una casa soñada, donde ahora vive Ed Shaw, aunque no teníamos mucho dinero. Vivíamos de la venta de los autos diplomáticos, más que de su sueldo. Pero mi casa era una casa totalmente abierta.
– ¿De qué hablabas con tu mamá?.
– De todo. No había temas tabú. Desde chico me llevaban a los remates y a las exposiciones. No teníamos un peso pero estábamos llenos de cuadros. La cultura era algo innato. Mamá siempre me hacía fijarme en los cuadros malos. Yo le decía: ¿para qué? “Porque si vos sabés lo que es malo, por añadidura vas a percibir lo bueno”, me contestaba.
– ¿Cómo se distingue un cuadro bueno de uno malo?.
– ¿Qué es lo que distingue a un pintor mediocre de un gran pintor? Artistas son todos; creadores o genios, muy pocos. El creador está mucho más cerca de Dios que cualquiera de nosotros porque es un hombre que sublima la naturaleza. Pero no la reproduce solamente. ¿Qué sentido tendría, si jamás lo haría mejor que una foto? Volviendo a tu pregunta, ¿dónde está la diferencia? En esa dosis de alma que el artista de genio agrega a su creación.
– ¿Qué te impulsa a contagiar optimismo, alegría, buen humor?.
– Es que creo que soy un privilegiado. Dios me permite dedicarme a lo que me gusta. No siento lo que hago como un trabajo. Sé que lo que hago le da alegría, satisfacciones y bienestar a mucha gente.
– ¿Y cómo te enamoraste de tu mujer, dónde la conociste?.
– La conocí en Punta del Este, en el peor momento de mi vida.
– ¿Por qué el peor?.
– Porque yo me acababa de recibir de abogado, tenía 22 años, había ganado un juicio muy grande y bajo ningún concepto quería enamorarme.
– ¿Cuándo le dijiste que la querías?.
– Acá en Buenos Aires. Estuvimos un año y medio de novios y nos casamos un 18 de septiembre.
Vivíamos en Posadas 1169, en un departamentito infame, no tenía ni bañadera. Pero bueno, vivíamos muy austeramente y un buen día le dije a Margarita: no voy a ir más a la escribanía porque es terriblemente aburrido. ¿Y qué vas a hacer?, me preguntó. Le conté que se alquilaba un local muy barato en Posadas y Libertad, y que íbamos a abrir una galeria de arte. Margarita me dijo: “¡Estás
loco, si vos nunca ejerciste el comercio!”. Pero tiramos la taba y salió suerte. Era el 19 de octubre de 1976.
– ¿La taba de verdad?
– No, la taba de la vida. Nosotros no teníamos un peso pero, en vez de mandarte una invitación como todos, te mandábamos el catálogo. El primer catálogo tenía en la tapa un bodegón de Zurbarán, el del Prado, en colores, y adentro reproducciones de grandes maestros rioplatenses.
– ¿Por qué Zurbarán?.
– Porque era un pintor que yo adoraba. El primer libro de arte que me regalaron cuando tenía 8 años fue de Zurbarán. Además, tenía un tío, Rafael Linaje, que vivía en Madrid y una vez me llevó a Cádiz, al Museo de Bellas Artes, donde hay 18 monjes de Zurbarán. Me enamoré de Zurbarán.
– Llama la atención, porque Zurbarán es un pintor tan particular, ¿no? A pesar de ser del siglo XVII es profundamente moderno.
– Es un pintor que, además, pinta luz, no pinta objetos. Zurbarán es para mí pureza, serenidad y alegría.
– Pero esos monjes son tan patéticos.
– Sí, pero son transparentes, con esos hábitos blancos, inmaculados. Acercate a un cuadro de él y vas a ver que es un trompe l´oeil al revés. Pensás que es una obra muy realista y te acercás y es una pincelada totalmente suelta. Ese es el don del genio.
– ¿Vos creés que en la Argentina hay grandes marchands?.
– Acá hubo un marchand que se llamó Federico Muller y otro gran marchand que se llamó Alfredo Bonino, y c´est fini l´histoire. Si no, ¿dónde está el arte de los argentinos? Ignorado, no conocido, no valorizado. Con la exposición de Quirós, sólo bastó que cambiara las reglas de juego e hiciera un marketing diferente y agresivo para poner al arte en primera categoría. Es que tengo pasión y tengo confianza en lo que hago.
– Contame la historia de este cuadro de Quirós.
– Es una historia increíble, lo compré varias veces, la primera en 1978.
– ¿Cómo se llama?.
– La Plaza de las Galeras, queda en la parte vieja de Paraná, donde Quirós vivió entre 1938 y 1946.
Para mí, es el mejor período de Quirós. Se lo compré primero a un coleccionista privado. Debe haber costado 8.000 dólares.
– ¿Tenías el dinero o fue un sacrificio?.
– Yo siempre he tenido la gran suerte de tener crédito. Crédito en el sentido grande de la palabra.
– ¿Lo pagaste en cuotas?.
– No, lo pagué al contado. Pero siempre he tenido el crédito de la confianza. Yo cerraba una operación y luego salía a buscar el financiamiento. Con mi sola firma como garantía. Mucha gente me ha prestado dinero a pesar de ser un insolvente. Y quiero nombrarlo a Alejandro Shaw, que siempre tuvo gran confianza en mí, en mi entusiasmo y en mis ganas de hacer cosas.
– ¿Cuándo vendiste el Quirós por primera vez?.
– Al poco tiempo; no podía darme el lujo de quedármelo. Y menos un cuadro que no entraba en mi casa.
– ¿En el departamentito aquél?.
– Sí. Hubiera tenido que sacar la ventana y subirlo por afuera. Así que lo vendí. Pero al poco tiempo lo recompré porque a la mujer de mi cliente no le gustó, y en la galería damos una garantía (hasta hoy inédita en el mundo) de que en cualquier momento venís y te recompramos la obra por la misma plata.
– ¿Eso no es antieconómico?.
– Yo he trabajado siempre sin presupuesto. He hecho las cosas por el placer de hacerlas, sin medir las consecuencias. Como te expliqué antes: primero compro, y después veo cómo lo pago; pero nunca he dejado de pagar las deudas.
– Volvamos al Quirós.
– Lo volví a vender el 28 de julio de 1979, cumpleaños de mi mujer. Estaba tocando fondo totalmente, pero mi mujer no sabía nada. Luis Oddone vino a la galería y lo compró. En el año ´82, salió a remate en el Banco de la Ciudad, en la liquidación del Banco Oddone. Ahí lo compré otra vez.
Y ese día lo escondí. Recién cuando me mudé a esta casa, hace exactamente cinco años, lo colgué.
– Hablame de tus chicos.
– Mis hijos son la prueba de que lo único que te pide Dios es que hagas los deberes. Marga y yo nos casamos con ganas de tener toneladas de hijos, y Dios no nos los dio. Marga se hizo tremendas operaciones; juntos hicimos todo el tratamiento. Al final nos convencimos de que era un caso de esterilidad. Entonces nos anotamos en el equipo de adopción. Y Dios nos dió a María, que es mucho mejor que si fuera hija natural nuestra. Siempre digo que nosotros no podríamos haber engendrado algo tan divino como María. A los tres años me empecé a mover otra vez con una jueza de Corrientes, y un 3 de septiembre nació Ignacio. Ahora estamos esperando que venga otro, y otros.
– ¿A quién admirás?.
– A Rafael Squirru. Es un hombre de una inteligencia superior. La última persona que despertó mi admiración fue Michael Novak, el economista y filósofo católico norteamericano. Durante un desayuno, ¿sabés que me dijo?: “El mejor capital que existe es el intelecto humano, y el mayor vicio social es la envidia”.
Contó una historia muy interesante. A un paisano serbio se le acerca Dios y le dice: pide un deseo y te lo daré, pero recuerda que a tu vecino le voy a dar el doble. Y el serbio contestó: sácame un ojo.
Eso te marca crudamente lo que es la envidia de este mundo. ¿Cuánta gente me tiene esa envidia o esos celos a mí? Y yo hago una tarea educativa. En la Argentina nunca se vio una exposición como la muestra gratuita de Quirós que hice el año pasado en el Palais de Glace. Y no tengo ningún empacho en decirlo. Cuando van 150.000 personas te das cuenta de que estás educando. Ese ya es un público cautivo. Para cualquier cosa que hagamos, ya tenemos crédito, tenemos confianza. Cuando este año inaugure la exposición de Soldi, el 8 de septiembre a las 19:30, también en el Palais de Glace, hay 150.000 personas que inexorablemente van a ir. Mi meta es que vayan 200.000.
