jueves, 28 de mayo de 2026

    Necesidad y virtud de un perfil industrial

    Como secretario de la Unión Industrial Argentina, Manuel Herrera tiene una bien ganada fama de duro entre los dirigentes empresarios. Franco, directo -él mismo se define como “torpemente frontal”-, es un referente obligado cuando se quieren conocer los puntos de vista del sector industrial sobre la actualidad nacional. Tal fue el punto de partida del encuentro que mantuvo con MERCADO, cuyos pasajes salientes se reproducen aquí.

    – ¿Necesitamos una industria argentina? ¿Necesitamos una política y un perfil industrial?

    – Desde 1976 vivimos el espectáculo del industricidio; durante un tiempo pudimos engañarnos con artificios financieros y crear una sensación de riqueza que duró cierta cantidad de años. Lo mismo les pasó a México y a otros países. Pero lo que yo nunca había visto era eso mismo en un país como Estados Unidos. En la Argentina duró unos cinco años más o menos, al cuarto comenzaron a notarse las debilidades. En México hacia 1982 se produce la crisis de la deuda. De lo que no había experiencia era de la primera potencia industrial del mundo; y de pronto lo vimos con la reaganomics, que fue algo sustancialmente parecido a lo que nos sucedió a nosotros.

    Cuando alguna gente preguntaba por qué se pagaban tan caros los intereses en Estados Unidos se decía que era porque la economía norteamericana era muy productiva. Pero los índices del M.I.T.

    mostraban que la productividad estaba descendiendo, o mejor dicho aumentando muy levemente, a una tasa de 0.2%, cuando había tenido años de 3 y 4%. Y sin embargo, la sensación que había era la de un país que recuperaba su orgullo nacional, que vivía una vida cómoda; el fenómeno de los yuppies, la revalorización inmobiliaria. ¿Pero cuál era la base de eso? No eran los farmers que quebraban, ni los bancos sufriendo la quiebra de los farmers. Uno pasaba a la industria y veía lo que dijo Lee Iacocca en 1985, a los egresados del M.I.T.: “Les estamos entregando un país con un comercio exterior del Tercer Mundo, porque exportamos productos básicos, cereales, etc., e importamos

    industria, y además cada uno de ustedes debe tantos miles de dólares, porque ésa es la deuda interna acumulada por Estados Unidos y esto es lo que cada ciudadano debe”. Sin embargo, la euforia siguió hasta hace muy poco; no es Bush el que provoca estos problemas, sino que los hereda, vienen de la reaganomics.

    – Hace mucho, John Gunther decía que la grandeza de Estados Unidos estaba basada en su capacidad de laminar acero.

    – Claro, estas industrias tradicionales, las llamadas de base o pesadas, son las que dan sustento a todo lo demás. Porque en definitiva lo que sustenta todo es el trabajo transformado en riqueza con el capital. Entonces, ¿es necesaria la industria en un país? Durante años los antindustrialistas decían que Perón cometió el crimen de desarrollar la industria liviana sin el sustento de la básica; Frondizi desarrolla la industria básica y ahora dicen que tampoco sirve. Además, acá seguimos hablando de lo que pasó en Venezuela, en Perú, etc. ¿Y lo que pasó en Estados Unidos ahora?

    Ha pasado en la primera potencia industrial del mundo; un fenómeno que viene por su desindustrialización relativa comparada con Alemania o Japón. Yo recuerdo que en la Navidad del ´90, el obispo de Nueva York habló de los pobres, de los sin techo, de los sin trabajo; parecía que estábamos en la Argentina. Es que un país como Estados Unidos, si no tiene una industria crecientemente productiva, termina fatalmente en este tipo de cosas. El trabajador de la línea de producción es el típico hombre que ha quedado fuera del circuito de producción y consumo y ante el menor problema social estalla, le pierde fe al sistema.

    – Hace diez años tuvimos un programa económico aperturista que terminó con un sesgo antindustrial. Volvemos a tener un programa aperturista y es difícil resistir la tentación de preguntar qué tienen en común ambos programas. Ahora se les dice a los industriales que si no pueden fabricar algo lo importen.

    – ¡Se les dice que compren un banco! Ya compraron bancos los industriales y ahora están en las listas del Central. Yo creo -sería tonto negarlo- que hay muchas cosas parecidas; en el orden mundial diría que hay cosas que ayudan a mantener un programa de este tipo: la caída de las tasas de interés, la recesión que nos podrá perjudicar en un sentido pero nos permite, por espejo, reflejar precios más bajos acá.

    Pero en ninguno de los dos casos hay una inversión genuina de capitales; es dinero caliente, por más o menos tiempo, pero dinero caliente. Sin embargo, creo que hay también diferencias importantes: el déficit fiscal, que en aquella época no fue atacado y ahora se han hecho muy bien los deberes en ese sentido. Nos encontramos también, en este momento, con una industria muchísimo más competitiva que en aquella época. De los años ´70 y ´80 hasta hoy, si se compara el personal ocupado con la producción en volumen y dinero; o la energía con la cantidad de productos que salen, ha habido un gigantesco incremento de la productividad y de la competitividad en los últimos 15 ó 20 años.

    Y hay otra diferencia: si se lee el discurso del Presidente del 1º de mayo, la principal cosa que observo es el hombre que reflexiona, que primero se pone en una posición humilde. No hay duda de que acá hemos producido, después de Perón, dos grandes políticos, Alfonsín y Menem, y el que no lo quiera entender se equivoca. Menem ha demostrado una capacidad que sólo puede darla la ausencia de esa soberbia que suele llevar a los tecnócratas a grandes confusiones. El político no cae en esa trampa, mira hacia adelante y dice: “¡Todo lo que me falta!”. ¿Y qué dice que falta?: el crecimiento.

    Porque sin crecimiento vamos a seguir disfrazando la realidad. Podremos hacer alguna cosita, pero sólo con crecimiento económico se podrán resolver en serio los problemas del futuro de la Argentina. Si no, no vamos a tener las cosas que hoy proyectan a un país hacia el futuro, que son educación, salud y vivienda. Ya no se dan procesos como el de la revolución industrial, donde era posible acumular sobre la base del hambre de la gente.

    – Tal vez una de las cosas originales de Michael Porter sea afirmar que las ventajas competitivas de las naciones hay que crearlas, o sea que no dependen tanto de dones de la naturaleza como de lo que la gente sea capaz de hacer y esto revaloriza en forma notable los recursos humanos.

    – Puedo cometer algún anacronismo en esto que voy a decir, pero creo que siempre las ventajas fueron dinámicas y se fabricaron. Hay dos ejemplos que me parecen muy claros: Inglaterra y la Argentina. En la época de la colonia, Argentina era un barreal despreciable; nadie quería venir acá, todos iban a Perú, donde estaba la riqueza. Basta con decir que era un país que en 1880 todavía importaba trigo. No había ninguna ventaja competitiva, hubo que fabricarla con el ferrocarril, con la inmigración y la colonización. Y el otro ejemplo es Inglaterra, que produce la revolución industrial, la máquina de vapor, pero le faltaban dos cosas: el mercado y la materia prima; nada menos. ¿Y qué hace Inglaterra? Hace el imperio.

    – Manda a Lord Clive a conquistar la India.

    – Exacto, y ahí encuentra la materia prima y la gente que la va a usar. Eso sí, les prohíbe fabricar.

    – Hasta que aparece Gandhi.

    – Hasta que aparece Gandhi. Siempre las ventajas competitivas se implementaron, pero tampoco son eternas, son absolutamente dinámicas. Y en la Argentina, cuando entendamos simplemente una verdad: que China tiene el muelle más grande del mundo para exportar cereales, que la India tiene un problema feroz por su producción de cereales y dónde almacenarlos, que a Rusia le van a sobrar cereales si logra que las ratas coman menos; cuando entendamos esto nos vamos a dar cuenta de que Okita no habló de “la exportación de cereales” como ventaja, sino de “la agroindustria”.

    Entonces, no hay duda de que la Argentina necesita industria por factores económicos, pero por factores sociales también: tenemos un pueblo inteligente, que tiene en sus genes la capacidad de producir, que es industrioso.

    – ¿Cómo relaciona esto con el tema de la necesidad de una política industrial, cuando desde el centro del mundo capitalista – acaba de ser tapa de Business Week – se nos dice que hay que hacer política industrial?

    – Durante todo el año pasado, la revista The Economist, desde la cuna del liberalismo, publicó artículos sobre política industrial para las naciones europeas. Este año explota Business Week con su artículo sobre política industrial. En 1990 aparece Made in America, un informe del M.I.T. que estudia la competitividad y el porqué Estados Unidos fue perdiendo la carrera industrial con Alemania y Japón y va señalando datos necesarios para construir una política industrial. Primero, el ambiente favorable para la industria que existe en Alemania y Japón, y que Estados Unidos perdió cuando entra en la reaganomics y en todo el privilegio y el prestigio que da el mundo de las finanzas.

    Este informe habla también de la educación, de la velocidad de respuesta a las nuevas oportunidades. Habla de cómo tanto en Alemania como en Japón el mundo de las finanzas está dedicado a apoyar a la industria. Acá hay acaso una actitud contraria: el banquero es un señor que le presta dinero a uno; no hay esa complementación, esa necesidad de servicio.

    – Resulta obvio que en todos estos trabajos se parte de la premisa de que es necesaria una política industrial.

    – Por supuesto. ¿Por qué en la Argentina es más necesaria que nunca una política industrial? Primero porque hay una reacción contra la política antindustrial que nació en los años que hemos recordado, realmente un industricidio. Pero, además, una política industrial tiene una primera virtud: la coherencia de un sistema económico. Si estamos de acuerdo en que tenemos que volver a la producción, que fue la bandera del presidente Menem -la revolución productiva- tenemos que tratar de ordenar todos los instrumentos de política, de tal manera que ninguno conspire ni vaya en contra

    de esta actividad.