martes, 28 de abril de 2026

    ¿Usted me entiende, no?

    Las visitas de Alvin Toffler, Lester Thurow, John Naisbitt, Philip Kottler y otras personalidades (está prevista la de Mikhail Gorbachov) admiten variadas lecturas: 1) la gran demanda que existe en el mundo de las empresas por recibir información acerca de todo cuanto se relaciona con el futuro y el

    proceso de cambio que vive el mundo de hoy; 2) la esencial convergencia que se detecta en sus mensajes; 3) la relativamente escasa información que manejan sobre el “caso” argentino.

    Hay un cuarto aspecto: se trata de divulgadores y ese menester convoca a un punto central de la teoría de la comunicación: ¿qué significa exactamente divulgar?; ¿para qué sirve la divulgación?

    Como todo lo que hay sobre este planeta, tampoco este tema es nuevo: lo plantea por ejemplo el gourmet, enólogo y ocasional filólogo Umberto Eco. Esencialmente se pregunta tres cosas: ¿divulgar qué, cómo y para qué público?

    Hay temas que son intrínsecamente complejos y que se resisten a ser sintetizados en pocas líneas, so pena de incurrir en lesa superficialidad. En todas las disciplinas humanas hay cosas que no son inmediatamente obvias, cuyo esclarecimiento exige cierto desarrollo y -muy importante- cierta

    participación activa del lector. Esta última afirmación nos conduce al problema de la demagogia y el facilismo aplicados a la divulgación. Es, como en el cuento de Sabato, lo que sucede con la teoría de la relatividad. Se busca un ejemplo muy sencillo, que el lego no entiende; se simplifica todo lo posible y tampoco entiende. Finalmente, se llega a la máxima sencillez, a la suprema síntesis: ahora sí entiende; lástima que “eso” ya no es más la teoría de la relatividad.

    Los mecanismos generales de la divulgación se pueden deducir a partir de casos actuales. Tomemos por ejemplo el conflicto en Yugoslavia (o lo que queda de ella). Lo mismo se podría hacer con situaciones como las del Líbano o Indochina, entre otras muchas igualmente intrincadas. En primer lugar, es evidente que nadie medianamente responsable puede pretender “explicar” lo que está pasando en la ex Yugoslavia, en un breve párrafo de diez líneas. O sea que las preguntas sobre qué se divulga y cómo son de respuesta problemática.

    La tercera pregunta -para quién- es todavía más difícil: creo que no nos equivocamos mucho si suponemos que -entre el público argentino- probablemente no más del uno por ciento de la población conoce el tema yugoslavo (al menos en alguna medida). Probablemente un 10 o un 15 por

    ciento tiene algún interés en él y le gustaría informarse más. El restante 85 por ciento seguramente no sólo ignora el problema sino que tampoco tiene demasiado interés en conocer todos sus vericuetos y pormenores.

    Sin embargo, al mismo tiempo, casi toda la población sabe que existe un conflicto en esa parte del mundo y, a través de las imágenes de la televisión, se siente tremendamente conmovida cuando ve escenas de muerte, desolación y niños desamparados. El tema ingresa al living de nuestras casas e

    impacta directamente en los afectos, antes que en el intelecto. Es posible que el 90 por ciento de quienes -legítimamente- se conmueven por lo que ven, no tengan la menor idea acerca del cúmulo de circunstancias que ahora desembocan en ese enfrentamiento feroz. En otras palabras, estamos ante una típica situación de planos superpuestos: todo el mundo sabe algo a través de la televisión e incluso se involucra afectivamente en lo que ve; una gran mayoría no tiene mayor interés en conocer a fondo de qué se trata; unos pocos lo conocen; un pequeño segmento querría conocerlo. Cada vez que alguien quiere divulgar algo seguramente va a tener delante de sí una paradoja de este tipo.