Domingo Cavallo comienza a exhibir los síntomas de una enfermedad que suele afectar a los políticos y ministros de Economía más audaces. De repente, descubren que deben pasar la mayor parte de su tiempo fuera del país con casi cualquier excusa. Llegan a creer que son profetas económicos y que sus doctrinas sólo pueden ser entendidas por sofisticados analistas internacionales (quienes no formulan preguntas incómodas). Los ministros de Economía prefieren viajar porque el éxito inicial de sus programas comienza a desvanecerse y los problemas que alegan haber erradicado han reaparecido.
La infección parece haber llegado a Alemania, cuyo ministro de Finanzas, Theo Waigel, prefiere ocuparse de Europa, devaluando y revaluando divisas a gusto, en vez de poner en caja a los tecnócratas enceguecidos del Bundesbank, o decidirse a aumentar los impuestos para financiar la reconstrucción del Este.
Por ahora, Cavallo sólo ha contraído una forma leve de la enfermedad: continúa hablando de las maravillas que ha hecho con la economía argentina ante auditorios interesados, aunque un tanto ingenuos. MERCADO conversó con él en la residencia del embajador argentino en Londres a comienzos de septiembre. El ministro acababa de asistir a un seminario organizado por Schroders, un merchant bank británico, sobre oportunidades de inversión en Argentina.
Cavallo sostiene que el peso no está sobrevaluado. Su argumento es el siguiente: la inflación argentina es mucho más alta que la de Estados Unidos, pero es un error usar el índice de precios al consumidor como parámetro. Según él, el IPC es, esencialmente, un índice de precios de Buenos Aires, que no refleja a todo el país, y está demasiado influido por los precios de los servicios, que han aumentado notablemente.
Sería mejor, según Cavallo, tomar en cuenta el índice de precios mayoristas en la Argentina, que en los últimos 12 meses sólo ha aumentado 5% (frente a 18% del IPC).
También sostuvo que hay otras maneras de aumentar la competitividad internacional, sin recurrir a una devaluación. La eliminación de las retenciones, las reformas del régimen de puertos y las privatizaciones en el transporte han reducido en 30% los costos de los exportadores, afirmó.
El hecho de que, aun con estas medidas, el tradicional superávit comercial argentino esté virtualmente en vías de extinción no parece molestar a Cavallo. Según el ministro, el superávit comercial había sido exageradamente alto cuando trepó a US$ 8 mil millones en 1990. Pronosticó que llegaría a un equilibrio este año.
A Cavallo le interesa, en cambio, atraer inversiones de capitales extranjeros: afirma que el año que viene la tasa de inversión en Argentina llegará a 20% del PBI, el doble de lo logrado en 1990.
MERCADO le preguntó dónde pensaba que la Argentina tenía una ventaja competitiva. El ministro respondió que el país puede competir en industrias donde se requiera mucha mano de obra calificada. Los artículos de lujo, la reparación de buques (afirmó que un astillero argentino derrotó recientemente a una firma de Hamburgo en una licitación) y la producción de bienes de capital podrían hacer aportes importantes a la exportación, señaló. También dijo que la Argentina podría especializarse en servicios de computadoras y software. Mostró cierta irritación cuando se le recordó que Chile y otros países en desarrollo trabajan en estas actividades, mientras que Argentina sólo piensa en ellas.
Cavallo afirma que el objetivo principal de la reforma económica es incrementar la cantidad de dinero disponible para el gasto social, un rubro al que, durante el año próximo, la Argentina destinará más recursos que nunca.
