Con la excepción de recalcitrantes opositores, que no están dispuestos a reconocer ningún acierto, amplios sectores de la opinión pública, del ámbito empresarial y de la dirigencia del país aceptan que hay logros evidentes del gobierno.
En primer lugar, la reducción en la tasa de inflación. Cuando la comparación se hace con los niveles de hace dos años, el resultado es espectacular. Cuando se repara en que el índice mensual -de 1,5 a 2%- es también, por efecto del plan de convertibilidad, una inflación en términos de dólar, aparecen las objeciones y, sobre todo, la incertidumbre sobre un futuro no muy lejano.
En segundo lugar, la transformación del Estado. Con matices, con objeciones parciales, una amplia mayoría está de acuerdo con el proceso de privatización -aunque no enteramente con la forma en que se está ejecutando-, con la desregulación de la economía y con la apertura al mercado externo.
Esta apertura a la economía mundial es, además, el punto de partida de uno de los aspectos más frágiles del programa económico, debilidad compartida por la visión de largo plazo que la sociedad tiene de sí misma. Lo mismo ocurre en el campo de la empresa privada.
Aceptada la estabilidad -como ayer lo fue la democracia- como un supuesto básico y necesario, queda por resolver el crecimiento. Cuando se habla de generar más riqueza -además del tema de la distribución, tan vinculado a la cuestión social que se ha puesto sobre el tapete- aparece el cuestionamiento más serio y más relevante sobre el actual proyecto económico.
Lo que se critica es que el rígido corsé estabilizador supone también una trampa de la que es díficil salir. Un mercado de proporciones reducidas, como el argentino, necesita crecer hacia afuera. El caso es que las exportaciones se mantienen más o menos estables en los últimos tres años, y que las importaciones crecen velozmente, al punto de que este año desaparecerá el superávit comercial.
El déficit en la balanza comercial -argumenta el gobierno- no es grave si simultáneamente hay ingreso de capitales, que mejoran la posición de la cuenta corriente de la balanza de pagos. El punto es que también hay consenso en que una economía como la argentina no puede soportar indefinidamente este resultado deficitario.
Las privatizaciones -un proceso que concluirá en 1993- y el ingreso de capitales del exterior -cuya continuidad no puede garantizarse- son recursos circunstanciales. Para afrontar los compromisos derivados del Plan Brady y pagar la deuda externa, el país debe generar divisas a través de las exportaciones.
Es injusto endosar toda la responsabilidad al gobierno. Por otra parte el equipo económico no ignora el problema aun cuando todavía no ha logrado destrabarlo sin comprometer la estabilidad.
UN PROBLEMA DE MARKETING.
Este es un magnífico ejemplo de la íntima vinculación entre macroeconomía y microeconomía. El gobierno -se argumenta- debe crear las condiciones para el crecimiento a través del sector externo.
Pero son las empresas las que deben encontrar mercado a sus productos.
En definitiva, es básicamente un problema de marketing, de comercialización, que hay que resolver en conjunto. Del mismo modo que los empresarios chilenos encontraron su nicho en el mercado, colocando frutas y verduras en Estados Unidos, las empresas argentinas deberán determinar cuáles son los productos que tienen demanda en el mercado global y quiénes son los compradores eventuales de esas exportaciones.
Puesto que es, esencialmente, un problema de marketing, nada mejor que auscultar lo que piensan los expertos en este campo. Ese fue el motor del estudio que MERCADO decidió acometer con el concurso de Saber, una firma de primera línea en la investigación de modelos y decisiones en comercialización.
Lo que sigue es el resultado de este trabajo, que incluyó entrevistas en profundidad a presidentes y directores de marketing de empresas industriales de primer nivel -locales y multinacionales-, bancos, firmas de tarjetas de crédito, consultores y agencias de publicidad.
La primera comprobación de este ejercicio es que comienza a desarrollarse la necesidad de pensar en estos términos, una exigencia postergada durante décadas por imperio de una coyuntura que monopolizaba todo el esfuerzo pensante en sobrevivir.
Además de la previsible crítica por lo que se entiende como una momentánea sobrevaloración de la moneda local frente al dólar, hay genuina preocupación por el estado de la educación y el entrenamiento de los recursos humanos.
Crece el interés por actividades en las que el valor agregado es el conocimiento y la información; por las perspectivas que ofrecen la agroindustria y la ecoindustria; por la dimensión estratégica del Mercosur – y de Argentina como puerta de acceso al vasto mercado regional-; y por la búsqueda inteligente de especialización y de productos competitivos en el mercado mundial.
Lo que sigue es el desarrollo de la investigación realizada por la firma Saber, Modelos y Decisiones en Marketing, para MERCADO, bajo la dirección de la ingeniera Silvia Cazoll.
