Hasta hace pocos años los ejecutivos y los graduados universitarios que tenían posibilidades o aspiraciones de dirigir empresas se veían obligados a emigrar para conseguir un Master in Business Administation (MBA). En la Argentina sólo había un puñado de instituciones que ofrecían cursos y seminarios de corta duración, dirigidos a personas con cargos gerenciales. Estas organizaciones, en su mayoría fundadas o apoyadas por empresas, funcionaban y lo siguen haciendo como foros de discusión de problemas económicos, complementados con frecuentes visitas de expertos y funcionarios locales y extranjeros.
La necesidad de sistematizar y profundizar la tarea profesional de los hombres destinados a ocupar puestos gerenciales llevó a estos establecimientos a crear los primeros masters en administración de empresas.
Desde entonces, la demanda de cursos de posgrado en la Argentina se mantiene en constante aumento y la oferta se ha expandido mediante la incorporación de las universidades privadas y la creación de masters en las áreas de economía, finanzas, derecho empresario y marketing.
Todos los decanos y directores coinciden en asegurar que estos cursos logran, más allá de la duración, exigencias y nivel, que cada individuo incorpore información y habilidades en forma mucho más firme que lo asimilado durante la carrera universitaria. Diana Mondino, coordinadora del Centro de Estudios Macroeconómicos de la Argentina (CEMA) sintetiza esta opinión generalizada: “Un master organiza un montón de conocimientos, en forma mucho más sistemática que lo que se tuvo en el grado, porque uno es una persona con otra edad, con otra madurez, con otras ganas, con otra utilización del tiempo, y porque tiene una experiencia de trabajo”.
PROFETAS EN OTRAS TIERRAS.
Vicente Vázquez-Presedo, decano del Instituto para el Desarrollo de Empresarios en la Argentina (IDEA), sostiene que las carreras de administración no tienen nivel aceptable, ni siquiera en Estados Unidos, y desearía que se dictaran como posgrados de carreras tales como economía e ingeniería (de donde provienen muchos de los postulantes a los cursos de MBA).
Aunque los consultores de personal ejecutivo suelen coincidir en que un master de Harvard, Stanford o del Massachusetts Institute of Technology (MIT) abre casi todas las puertas, Vázquez-Presedo relativiza la cuestión (“nadie se va a volver inteligente con irse afuera”) y asegura que “nuestros programas y libros son similares”.
Para el decano de IDEA la diferencia radica en el ambiente intelectual que se respira en algunos lugares del exterior, “donde la media de rendimiento es muy alta, lo que no significa que no tengamos mejores profesores y alumnos, sino que ellos mantienen un nivel muy parejo”.
En general, las escuelas y universidades locales tienen fluidas relaciones con las del exterior. Es continuo el intercambio de profesores y -en menor medida- de alumnos, lo que facilita la actualización y la evaluación del propio nivel.
Las dificultades de buscar el master en otras latitudes no se limitan a los costos y a la necesidad de tener un excelente dominio del idioma del país anfitrión. El alejamiento del propio ámbito laboral representa un importante handicap, debido a que los cursos de posgrado suelen trabajar con el método de resolución por casos, en el que el intercambio de experiencias es un esencial ingrediente enriquecedor. Además, la posibilidad de realizar todo simultáneamente permite aplicar los conocimientos que se adquieren y calificar los resultados.
Carlos A. Cleri, decano de la escuela de Economía y Negocios Internacionales de la Universidad de Belgrano, advierte que las empresas son, en general, renuentes a enviar a sus ejecutivos al exterior por dos motivos. “Uno es que no hay garantías de que la persona vuelva al cargo cuando tenga una educación superior, y por otro lado estaría pagando un sueldo y una formación a alguien que no está rindiendo en la empresa.”
MADE IN USA.
Con 700 escuelas dedicadas a los posgrados en administración de empresas, Estados Unidos es, a la vez, la cuna y la meca de los MBA´s. El primer centro de capacitación que tuvo como objetivo formar expertos en negocios fue la Amos Tuck School de Darmouth. Sin embargo, en estos momentos los norteamericanos cuestionan la efectividad de los cursos y la demanda de MBAs se ha retraído. A principios de este año, la revista Forbes señalaba que una empresa como American Express contrató sólo 50 MBAs durante 1991, la mitad de los incorporados tres años antes. Las compañías argumentan que las business schools se han alejado del mercado, encerrándose en rígidos programas académicos.
Uno de los problemas radica en la excesiva oferta de MBAs dentro del actualmente recesivo contexto económico norteamericano: de 5.000 graduados en 1960 se ha pasado a un promedio de 75.000 por año.
Vázquez-Presedo cree que “se producen crisis en las companías por razones exógenas, que no tienen nada que ver con el nivel de educación de los empresarios, sino con fenómenos mundiales. El conocimiento tiene una dinámica propia, ajena a lo que les está pasando a las empresas, pero esto no quita que se tengan que hacer correcciones o reflexiones sobre estas crisis”.
Mondino distingue dos aspectos en esta discusión. Por una parte, cree que “si la gente siguiera únicamente el camino de las empresas, la ciencia no avanzaría, nadie podría analizar temas que hoy aún no se han planteado y que el día de mañana puede ser necesario manejar. Todo el mundo estudiaría lo que está de moda o lo que las empresas pagan”. Por otro lado, reconoce que “no se puede estar desconectado de la realidad. Una cosa es ser independiente y otra es mantenerse aislado”.
La coordinadora del CEMA insiste en que “la clave es saber para quién se prepara la gente, si es para una empresa multinacional o local, para una firma familiar o para una estructura de capital abierto.
Son formas de comportamiento, herramientas y presupuestos distintos. No necesariamente las personas que son aptas para un sistema lo son para otro. Lo que hay que tener en cuenta son las condiciones naturales del individuo, su educación y su experiencia, para saber dónde resultarán más útiles”.
EL PAPEL DE LAS EMPRESAS.
El apoyo empresarial ha sido clave para el surgimiento de centros de capacitación y para extender las actividades académicas a estructuras más complejas e intensivas como los masters. Escuelas como CEMA, Idea, el Instituto de Altos Estudios Empresariales (IAE) y la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE) cuentan con fundaciones, socios y benefactores que las asesoran y asisten económicamente.
En términos estrictamente monetarios, el apoyo recibido es aún escaso. José Puiggari, gerente del planeamiento, marketing y desarrollo comercial del Banco de Boston, asegura que “las empresas pueden contribuir apoyando universidades y posgrados, sin que sean responsables del nivel del sistema educativo”. Sin embargo piensa que “son corresponsables en la formación de los profesionales jóvenes” y agrega que “en Estados Unidos es un honor poder donar cien mil, un millón o diez millones de dólares para la construcción de una biblioteca o de una sala de computación que lleve su nombre”. Concluye que “en la Argentina todavía no hay conciencia de que las empresas puedan contribuir en forma constante y fuerte”.
“El primer aporte que nos hacen las empresas es mandarnos gente, como el grupo Techint, que entre todos los programas debe tener más de 20 personas”, comenta Alejandro Sioli, director de admisiones del IAE, en cuyo consejo consultivo participan, entre otros, el Banco Roberts, Autolatina y Alpargatas, que brindan asesoramiento y apoyo institucional. Los posgrados de las universidades privadas no han tenido una relación tan estrecha con el ámbito empresarial. Sin embargo, existe conciencia de la importancia de aumentar los contactos entre unos y otros. Cleri dice que es imprescindible “rearmar el triángulo de crecimiento que tiene la mayoría de los países modernos:
sector productivo, universidad y Estado”.
Los cursos cortos, adecuados a demandas específicas, empiezan a tener recién ahora una fluidez adecuada. Cleri comenta que “hay empresas que nos plantean que necesitan formar un equipo de negociadores o uno de comercio exterior. Nosotros organizamos y estructuramos un curso en base a las exigencias planteadas”.
Además, las empresas financian becas a personas dentro o fuera de sus estructuras, a partir del análisis de las potencialidades de los postulantes. Alberto Benegas Lynch, director general de la ESEADE, señala que las compañías ligadas a la institución (más de 60, entre benefactores y adherentes) otorgan con regularidad medias becas a los alumnos y en algunos casos cubren la totalidad del costo.
INGRESOS Y EXAMENES.
Para ingresar a un curso de MBA es obligatorio, en todos los casos, haber completado una carrera de cinco años (no necesariamente en el área de las ciencias económicas). También es ineludible pasar por una entrevista personal, que determine si las expectativas propias están contempladas. Diana Mondino explica que su programa “otorga mucha importancia a la entrevista personal, porque una persona puede querer estudiar, y nosotros tenemos muy buen nivel académico, pero a lo mejor no es el que sirve”. Mondino advierte constantemente a los aspirantes sobre la intensidad y ritmo del master. No es prestigioso para nadie facilitar el acceso de personas que luego abandonen el curso.
Benegas Lynch explica que el promedio de edad de los alumnos de su instituto (alrededor de los 27 años) y su breve experiencia laboral hacen que sea muy frecuente el requerimiento de monografías y trabajos.
IDEA, con un cupo muy restringido, mantiene una política que otorga prioridad (aunque hay excepciones) a postulantes que exhiban amplia experiencia y ocupen ya puestos relevantes. La única escuela que no acepta postulantes con menos de tres años de experiencia laboral es el IAE, debido a que utiliza intensamente el método del caso, que requiere el intercambio de ideas provenientes del ámbito laboral.
Los postulantes a un MBA en un instituto especializado deben rendir un examen de ingreso y, en la mayoría de los casos, acreditar dominio del idioma inglés, por la continua lectura de textos muy recientes, muchos de los cuales no han sido aún traducidos, y por el dictado de clases a cargo de profesores de otros países. Las universidades, por su parte, se dirigen a un público más masivo y en general no toman exámenes de ingreso; sólo evalúan el nivel del postulante y, en caso de que sea necesario reforzarlo, agregan un cuatrimestre nivelador.
¿Y DESPUES?.
“La tendencia es que, una vez completada la carrera universitaria, quien quiera desarrollarse y proyectarse dentro de una buena organización, se especialice a través de los masters”, opina Sara Les Jardines, consultora de personal ejecutivo. En las escuelas y universidades suelen funcionar las llamadas bolsas de trabajo, que operan como vidrieras del material humano disponible y a las que acuden empresas en búsqueda de candidatos.
Muchos gerentes de recursos humanos buscan alumnos con un perfil en especial. En caso de hallarlo, pueden asignarle una beca, para asegurarse de que complete sus estudios y luego contratarlo (en condiciones libres de mercado, según palabras de los decanos). Esto, afirman, resulta más productivo que emplear a alguien que posiblemente necesite todo un año de entrenamiento.
En cuanto a quienes ya se desempeñan en una organización -que en muchos casos fue la que los envió a hacer el master-, suelen cosechar rápidamente logros concretos en la evolución de su profesión. Esto se advierte, sobre todo, en las escuelas especializadas, donde los índices de deserción son extremadamente bajos y habitualmente relacionados con un aumento de las obligaciones laborales o con problemas personales.
MASTER O POSGRADO.
“El doctorado, el magister, la carrera de especialización y los cursos conforman lo que se conoce como actividades de posgrado. En realidad, son distintos tipos de actividad en función de los requisitos y de la duración”, dice Abraham L. Gak, secretario de Posgrado de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.
En la universidad estatal las diferencias entre los diferentes tipos de cursos están bien definidas, porque se hallan reglamentadas por resoluciones del Consejo Superior de la UBA. No es así en las escuelas especializadas y universidades privadas, que utilizan el nombre de maestría o posgrado según criterios propios.
Mondino explica que, puesto que en la Argentina no está institucionalizada la categoría de master, “todos estamos usando una denominación común, pero no de utilización académica reglamentada por la ley de universidades. La gente considera como master un curso de posgrado que exige cierta dedicación”.
Pero, en realidad, más allá de la magia y el prestigio de un nombre, todos coinciden en reconocer que quienes acuden a realizar un curso de master buscan ampliar sus capacidades, más que sumar un título académico.
