jueves, 30 de abril de 2026

    La bruja de las finanzas

    “Hasta los 18 años, una chica necesita buenos padres. Entre los 18 y los 35, lo que cuenta es una cara bonita. Entre los 35 y los 55, es más importante la personalidad. Y a partir de los 55, lo que necesita es dinero.” Sophie Tucker.

    Su columna en Newsweek es casi legendaria. Ninguna otra mujer ocupa un lugar comparable como gurú en el mundo de los negocios personales. Quinn habla aquí de su carrera, de su familia y de su declarada fe en la liberación femenina.

    Tanto la famosa estrella del vodevil Sophie Tucker, en 1932, como Jane Bryant Quinn en 1992 quisieron dejar en claro que el dinero a menudo representa la libertad. Y pocas mujeres saben tanto acerca de cómo hacer y administrar dinero como Quinn. Autora de varios best-sellers, columnista del semanario Newsweek, estrella de un programa de televisión de la cadena ABC, ha conquistado, a los 53 años, un lugar privilegiado entre los expertos en finanzas personales. Sus artículos aparecen en más de 200 diarios.

    El nombre de Quinn comenzó a hacerse popular en la época en que la generación del baby boom norteamericano se lanzaba a comprar propiedades e invertir en la Bolsa. Pero, a diferencia de los brujos de las finanzas que bombardearon al público con sofisticadas recetas para triunfos instantáneos, Quinn siempre optó por expresarse en términos sencillos y dar consejos duraderos.

    “El mayor de los logros humanos -y el más difícil- consiste, simplemente, en ser razonable”, afirma en el comienzo de su último libro. Y la enorme popularidad de Quinn puede atribuirse, en gran medida, a su capacidad para decir cosas razonables sin parecer solemne. (“Sólo un santo, un idiota o un padre está siempre dispuesto a salir como garante de un crédito”, bromea).

    Quinn opina que las reglas del juego de las finanzas están cambiando drásticamente en los años ´90.

    En la economía norteamericana, tras los altos índices de inflación llegaron las bajas tasas de interés.

    Esto significa que hay que revisar todas las estrategias de gastos, inversión, ahorro y crédito. Lo cual puede resultar particularmente difícil para las mujeres, porque la mayoría de ellas comenzó a aprender a administrar su dinero (y a disponer de un ingreso propio) en épocas de fuerte inflación, como fueron los años ´70 y ´80.

    Comienzos Difíciles.

    El estilo conservador de Quinn no se extiende a sus opiniones políticas. Su abierta adhesión al feminismo se remonta a los días en que era una madre divorciada, de 24 años, obligada a trabajar en dos empleos para sobrevivir. “Después de pasar todo el día en la oficina, llegaba a casa, jugaba un rato con el bebé, le daba de comer, lo bañaba, lo acostaba, y a las 11 de la noche sacaba la máquina de escribir para redactar folletos sobre cómo combatir el stress”, recuerda.

    A los 28 años volvió a casarse y se convirtió en la madrastra de tres niños. Dos años después tuvo otro bebé. Con cinco hijos a su cargo, se dedicó a escribir libros y artículos para diarios y revistas, a trabajar en la televisión y a investigar a las compañías de seguros, en defensa de los derechos de los consumidores.

    A lo largo de toda su carrera, Quinn mantuvo un principio: “Hay que hacer todo lo posible por mejorar”. Esto, y su natural curiosidad, la llevaron, a fines de los años ´70, a incursionar en la televisión. “Mis primeras apariciones fueron terribles”, admite. Pero en esa época no abundaban los periodistas especializados en negocios y finanzas que tuvieran experiencia en televisión, de modo que las grandes cadenas optaron por entrenar a gente que provenía de la prensa escrita, como Quinn. “Pero, cuando hablaban de “entrenar” a alguien, eso significaba que lo mandaban a uno al aire, mientras todos lo señalaban con el dedo y se reían”, recuerda.

    Durante este período pasó, penosamente, de los trajecitos comprados en una gran tienda a los modelos Chanel. “Dejé de usar camisas de hombre y me ondulé el pelo, con lo cual mi madre quedó muy complacida”.

    En 1980 ya tenía su propio espacio en el programa matinal de noticias de la CBS, y en 1984 consiguió el premio mayor: una columna permanente en el noticiero de Dan Rather.

    Hoy, es una de las pocas mujeres de más de 50 años que conserva un puesto de primera línea en la televisión norteamericana. Se dice que su reciente cirugía plástica fue un tributo a la permanencia en las pantallas. Quinn responde con una carcajada. “¿Qué quieren? ¿Que le eche la culpa a la televisión? En realidad, lo que me decidió fue mirarme al espejo”, afirma.

    “Lo pensé durante dos años. Como feminista militante, me preguntaba si no debería defender mi derecho a tener arrugas. Finalmente, opté por no convertir un lifting en una cuestión ideológica.”

    Una Buena Alumaa.

    Quinn fue la menor de cinco hijos en una típica familia norteamericana de clase media. Su padre, Leonard Bryant, era ejecutivo de una compañía química. En la escuela primaria y en la secundaria, Quinn era el tipo de alumna que siempre sacaba 10. Y no tenía ninguna duda acerca de lo que quería.

    “A los 14 años decidí ser periodista. No pensé que el hecho de ser mujer podría representar un problema”.

    Tampoco encontró grandes obstáculos en la universidad. “A la hora de las calificaciones, lo único que importaba era el trabajo que uno había hecho. A nadie le importaba si eras hombre o mujer.”

    Quinn aprendió que el problema existía cuando ingresó al mundo del trabajo. “Conseguí mi primer empleo en 1961, la sala de noticias de Newsweek. Allí era donde todo el mundo empezaba, y creí que yo también podría escalar posiciones hasta llegar a ser redactora de la revista. Las otras chicas se rieron de mí y me dijeron: “Jane, mira alrededor. A las mujeres nunca las nombran redactoras. No pasan de ser informantes´”.

    En esa época, en Newsweek, como en la mayoría de las revistas importantes, las mujeres hacían la investigación inicial y los hombres escribían los artículos. De modo que Quinn empezó a buscar otro trabajo y lo consiguió en Insiders Newsletter, una publicación dedicada a los consumidores, editada por la revista Look.

    Sus jefes de Newsweek quedaron atónitos. “Para entonces me habían ascendido a la tarea de recortar notas de los diarios. Mi jefe me dijo que estaba loca si dejaba una revista de primera línea para ir a una publicación que nadie conocía. Pero yo estaba convencida de que en la newsletter aprendería periodismo.”

    Una semana después de haber comenzado en su nuevo empleo, Quinn se enteró de que estaba embarazada de su primer hijo, Matthew. No se aterrorizó, en parte porque su jefa, Lois Benjamin Gould, también era madre de un bebé. Aunque las mujeres ganaban 30% menos que los hombres, el empleo parecía prometedor, porque incursionaba en un campo nuevo y apasionante: el periodismo en defensa del consumidor.

    “Trabajé hasta que nació mi hijo. Pero no había licencia por maternidad, así que regresé tres semanas después del parto. Tuve que empezar todo de nuevo. Así y todo, no me quejé. Les agradecí que me hubieran conservado el empleo.”

    Poco después, se separó de su primer marido. “Estaba terriblemente asustada, pero sabía que ese matrimonio era un error. Aun así, no tenía idea de lo difícil que iba a ser todo”, reconoce. Esa fue la época en que escribía folletos después de trabajar todo el día y de cuidar a su hijo.

    “Nunca hice planes para mi carrera. Tomé las oportunidades a medida que se presentaron”, señala.

    Cuando Insiders Newsletter cerró, en 1967, Quinn ya había alcanzado el puesto de directora adjunta.

    El siguiente paso fue Business Week Letter, una nueva carta de información financiera que se disponía a lanzar McGraw Hill. Pero había un problema: “Los directivos de la editorial pensaban que el público quizá no estaba dispuesto a tomar en serio las recomendaciones de una mujer en un asunto como las finanzas, así que me pidieron que firmara con mis iniciales: J.B. Quinn. Les dije que aceptaba, con la condición de que todos los demás hicieran lo mismo. Durante algún tiempo, el staff de la publicación fue bastante raro: sólo aparecían iniciales”, recuerda con una sonrisa. “Finalmente, llegúe a ser editora, y mi primera decisión fue que todos aparecieran con su nombre completo.”

    Cambiar de Rumbo.

    Paradójicamente, el ascenso condujo al alejamiento de Quinn. “Les dije que quería no sólo las responsabilidades, sino el título de editora. Poco tiempo después me comunicaron que me aumentarían el sueldo, pero que mi puesto sería el de gerente general.”

    “Pocos meses antes, el Washington Post me había ofrecido escribir una columna. Les había respondido que no, porque tenía cinco hijos, un marido que trabajaba por cuenta propia, y no quería dejar un empleo seguro en McGraw Hill.”

    Pero después de enterarse de que no le darían el puesto de editora, decidió que no tenía futuro en la empresa. “Lo pensé 48 horas y llamé al Post para preguntarles si todavía estaban interesados en mí.”

    Sus jefes en McGraw Hill trataron de convencerla de que no había comprendido la situación. La política de la empresa era asignar el cargo de editor sólo a quienes dirigieran revistas; para los que estuvieran a cargo de una newsletter correspondía el título de gerente. “Pero la persona que me reemplazó era un un hombre. Y, por diez centavos, ¿pueden adivinar qué cargo le dieron?”

    “Desde entonces, cuando una mujer joven me consulta por un problema como éste, le aconsejo que cambie de empleo. No tiene sentido golpearse la cabeza contra el escritorio. Si siente que está empantanada, es mejor que se vaya.”

    “Todas las mujeres de éxito que conozco son como corredores de motocross. Avanzan todo lo que pueden en una dirección, y cuando chocan contra una pared buscan otro camino. El concepto de “carrera planificada” es muy engañoso, tanto para hombres como para mujeres. Uno hace lo que puede mientras sirva para algo. Y sigue esforzándose.”

    En 1973, después de dejar McGraw Hill, Quinn se encontró, por primera vez, trabajando por cuenta propia. Escribía artículos para el Post y Woman´s Day, y poco después publicó su primer libro. En 1978 volvió a Newsweek, pero como columnista independiente.

    Un Gigante Dormido.

    Quinn ha mantenido siempre una posición decidida y franca con respecto a la situación de la mujer en la sociedad. “¿De modo que hay una reacción contra el movimiento feminista?”, se pregunta. “Ya pasaron las épocas en las que teníamos que preocuparnos por lo enojados que pudieran estar los hombres. Todos se sienten irritados, ¿y qué? Me importa lo que piense mi marido, pero no me interesa el disgusto de los hombres en abstracto.”

    “Desde ahora, todo depende de lo que hagan las mujeres. Lo que me preocupa es el conflicto entre mujeres: las profesionales contra las amas de casa, las que buscan una carrera rápida contra las que persiguen otro tipo de metas. Pero creo que tenemos mucho a nuestro favor, si nos decidimos a seguir avanzando”.

    Cree que el feminismo es, en este momento, “un gigante dormido” y pronostica una nueva ola de agitación. “Muchas jóvenes piensan ahora que el feminismo ya no es necesario. Y ése es el mundo que las mujeres de mi generación quisimos crear para ellas: un mundo en el que nuestras hijas no tuvieran que sentir rabia. Pero si siguen chocando contra los techos de cristal que mantienen a las mujeres atrapadas en un ghetto laboral, creo que estas mismas jóvenes se pondrán en marcha. Las mujeres volverán a unirse.”

    A pesar de que Quinn se manifiesta como una feminista en todos los aspectos de su vida, no se considera una dirigente y reivindica a las pioneras del movimiento. “Si no hubiera sido por esas mujeres agresivas, vanguardistas, que dedicaron todo su tiempo al movimiento, no habríamos conseguido nada. Si todo hubiera quedado en manos de mujeres como yo, nada habría pasado.

    Muchas mujeres creen que lograron sus puestos de trabajo sólo por méritos propios, y no quieren que las relacionen con las duras feministas de los ´60. Pero si esas mujeres no hubieran hecho tanto ruido, las oportunidades laborales de los ´90 no existirían.”

    Quinn sigue adhiriendo al credo de que una mujer puede, como un hombre, tenerlo todo: carrera, pareja, hijos. Pero admite que, en su caso personal, fue particularmente afortunada. “Tuve suerte con mi marido, que siempre aceptó compartir las responsabilidades. En 1972, después de que nació nuestro hijo, nos mudamos a las afueras de la ciudad, y él trasladó su estudio de abogado. Yo grité y protesté, porque quería quedarme en la ciudad. Pero, una vez que nos mudamos, David hizo posible que yo mantuviera mi ritmo normal de trabajo, asumiendo buena parte de las tareas domésticas.

    Llevaba a los chicos al dentista y al perro al veterinario. Todavía hoy sigue haciendo las compras y los trámites. No deja que las cosas se acumulen para que yo me ocupe de ellas el sábado.”

    Pero advierte que, si quieren que los hombres compartan responsabilidades, las mujeres deben estar dispuestas a delegar poder doméstico. “Si su marido compra toallas, quizá se equivoque con el color.

    ¿Qué importa? Muchas mujeres se sobrecargan de trabajo porque están convencidas de que ellas son las únicas que pueden elegir las toallas.”

    David Quinn, de 68 años, parece cómodo con esta división del trabajo, aunque pertenece a una generación en la que no se esperaba que los hombres fueran al supermercado. “¿Cuál es el problema de que haga las compras? Fui piloto de combate durante la Segunda Guerra y estuve en el equipo de boxeo de la Marina, así que mis credenciales de “macho” no necesitan más refuerzos. Obviamente, mi mujer gana más que yo. Pero también gana más que 98% de la población de Estados Unidos. Este asunto nunca fue motivo de discusión, supongo que porque ella no piensa mucho en eso.”

    En junio celebraron sus 25 años de matrimonio. A primera vista, se diría que Quinn encontró la fórmula perfecta, pero nada de esto se logró sin concesiones. En su trabajo y en su vida personal, Quinn tuvo que establecer prioridades. “Cuando se habla de tenerlo todo, hay que aceptar que es necesario tomar decisiones para acomodar los hijos a la carrera y la carrera a los hijos. Cuando era una joven periodista tuve que rechazar ofertas de trabajo que exigían viajar. Años después, cuando David y yo estuvimos dispuestos a tener un segundo hijo de nuestra pareja, me pregunté si tenía tiempo para otro bebé, y la respuesta fue no.”

    Para Quinn, entender esas prioridades fue fundamental para forjar una carrera y un matrimonio que no amenacen su libertad. No parece contradictorio que la más famosa de las expertas en finanzas personales sea también feminista. “El dinero no sólo asegura la libertad en un sentido material”, señala. “También otorga un sentimiento de seguridad, evita que seamos personas dependientes.

    Hace que, en cualquier circunstancia, una mujer sepa que puede hacerse cargo de sí misma.”

    Maggie Mahar.

    (c) 1992 Working Woman.