Cómo será la humanidad en el año 5074? La pregunta no deja de ser audaz, cuando se piensa que muchas veces somos incapaces, el día 18, de saber cuál va a ser la inflación del mes en la Argentina.
Por otra parte, no faltará quien diga: “¿Y a nosotros qué nos importa lo que pase dentro de más de tres milenios?”. Es verdad, no nos debería importar, como no sea para hacer un pequeño juego de reflexión.
Es muy probable que no exista forma alguna de saber nada acerca de un futuro tan lejano. Como decía un pensador, tendríamos que tener la facultad extraña de imaginar lo inimaginable o, dicho de otro modo, seguramente nada de lo que podemos imaginar hoy sirva para proyectarnos a un futuro tan lejano. Es posible que para entonces no exista el hombre como lo conocemos hoy en día, ni los países, ni los problemas sociales que ahora tenemos. Tal vez todo sea mejor o hasta perfecto en ese futuro inescrutable.
Y de eso trata nuestro juego: de analizar la tendencia a creer que el mundo imperfecto e injusto en que hoy vivimos habrá de convertirse en el futuro remoto en un mundo ideal, un topós uranós, como decían los griegos. ¿Hace falta decir que ese fue el camino que recorrieron todos los utopistas en sus muchas veces conmovedoras concepciones? Como, hacia el futuro, tenemos disponible todo el tiempo que nos haga falta, cuesta poco imaginar un mundo perfecto dentro de mil, diez mil o un millón de años. Eventualmente cualquier situación puede sufrir cambios profundos si la proyectamos en el tiempo en forma indefinida. Basta recordar que hace 60 millones de años no existía la Cordillera de los Andes.
Las cosas imperfectas (se trate de la democracia o de una vereda rota) molestan al ser humano, que querría ver todo resuelto y sin fallas. Esta búsqueda de la perfección es un rasgo de neurosis del que cuesta escapar. Cuesta creer que tengamos que vivir siempre con sistemas de gobierno falibles y con administraciones municipales que nunca terminan de arreglar las veredas. Y sin embargo, convivir con cosas imperfectas es un rasgo esencial de la madurez. Los sistemas no son cerrados en la práctica: todo se está volviendo a hacer, siempre. Todo está en perpetua reelaboración y replanteo.
Llevado esto hasta el extremo del escándalo teológico, Bernard Shaw decía:”God is in the making”.
Los sistemas humanos nunca terminan de cerrar: la democracia está siempre en (trabajosa) construcción; las veredas de las grandes ciudades, como Buenos Aires, siempre se están rompiendo y (a veces) reparando. Las estructuras se desorganizan en forma perpetua y el hombre trata de reorganizarlas, también perpetuamente, con la ilusión de que algún día este trabajo de Sísifo va a concluir. Richard Buckminster-Fuller decía que el hombre es la única entidad antientrópica conocida.
Afortunadamente, democracias y veredas son sistemas abiertos. Y lo son por dos buenas razones: primero, porque son perfectibles en sí mismas, esto es, siempre es posible tener mejores democracia y veredas. Y en segundo lugar, porque estos y todos los sistemas, en la medida en que no cierran, dejan una puerta entreabierta para imaginar, para el futuro, nuevos sistemas que reemplacen a los actuales.
Podemos tener la esperanza de que, alguna vez, algo mejor sustituirá a la actual democracia (y también a las actuales veredas). Claro que probablemente eso tampoco será perfecto y así hasta el infinito. Pero, al menos, esta forma de ver las cosas nos aleja del mito de que todo tiene que cerrar siempre y de la consiguiente y constante frustración de comprobar que no es así.
