Hay cifras que, por sí solas, parecen capaces de resumir el estado de una economía: el desempleo, la inflación, el crecimiento del PIB o la evolución de la bolsa suelen ocupar ese lugar. Sin embargo, de vez en cuando aparecen datos que obligan a replantear el diagnóstico completo.
Eso ocurrió durante las últimas semanas en Estados Unidos.
Por un lado, el Departamento de Comercio informó que las utilidades corporativas alcanzaron un nuevo máximo histórico. Nunca las empresas estadounidenses habían generado tantos beneficios como ahora. Apenas en el primer trimestre del año, las ganancias anualizadas llegaron a los 4,42 billones de dólares, superando incluso los extraordinarios niveles registrados durante la recuperación posterior a la pandemia. Como proporción del producto interno bruto, los beneficios empresariales representan hoy el 12,4%, una cifra que solo encuentra un antecedente superior en el excepcional rebote económico de 2021 y que contrasta con una realidad histórica en la que, durante más de medio siglo, rara vez superaban el 10%.
Casi simultáneamente, la Reserva Federal publicó los resultados de sus tradicionales pruebas de resistencia (stress tests) sobre el sistema financiero. El veredicto fue contundente: incluso si Estados Unidos atravesara una recesión severa —con una caída cercana al 5% del PIB, desempleo del 10%, desplome bursátil del 58%, descenso del 30% en los precios de las viviendas y pérdidas superiores a los 708.000 millones de dólares para el conjunto del sector— los 32 mayores bancos del país conservarían capital suficiente para seguir financiando a familias y empresas.
A primera vista, ambos datos parecen contar una historia tranquilizadora: empresas extraordinariamente rentables, bancos extraordinariamente sólidos, y un sistema financiero capaz de absorber una crisis comparable —o incluso superior— a la de 2008 sin comprometer su estabilidad.
Sin embargo, basta con salir de Wall Street para descubrir que esa fotografía no coincide con la percepción de buena parte de la sociedad estadounidense.
Allí aparece, entonces, una de las grandes paradojas económicas de nuestro tiempo.
La economía que aprendió las lecciones de 2008
Quienes vivieron la crisis financiera de 2008 recuerdan que el problema no fue únicamente la caída del mercado inmobiliario. Lo realmente devastador fue comprobar que muchas de las instituciones encargadas de sostener el sistema eran, en realidad, parte nuclear del problema. Bancos insuficientemente capitalizados, balances opacos y una obscena exposición al riesgo terminaron obligando al gobierno estadounidense a rescatar entidades cuya quiebra habría puesto en peligro a toda la economía mundial.
Desde entonces, la regulación bancaria cambió radicalmente.
Las pruebas de resistencia anuales nacieron precisamente para evitar que esa historia pudiera repetirse. Así, cada año la Reserva Federal imagina un escenario deliberadamente extremo y obliga a las mayores entidades financieras del país a demostrar que seguirían siendo solventes, incluso en circunstancias extraordinariamente desfavorables.
La edición del stress test 2026 fue particularmente exigente. No se trataba simplemente de un escenario de recesión convencional, sino de una combinación de caída del producto, desempleo de dos dígitos, fuerte deterioro inmobiliario, caídas bursátiles y pérdidas significativas en créditos comerciales, tarjetas y bienes raíces. Aun así, el conjunto del sistema mantuvo niveles de capital claramente superiores a los mínimos regulatorios.
El mensaje que la Fed quiso transmitir fue claro: el sistema bancario estadounidense ingresaría en cualquier eventual desaceleración desde una posición de fortaleza envidiable.
No sorprende, por ello, que apenas conocidos los resultados, varias de las principales entidades anunciaran incrementos en sus dividendos y nuevos programas multimillonarios de recompra de acciones, una señal inequívoca de confianza en su propia capacidad financiera.
La otra cara del milagro empresarial
Si la banca parece haber dejado atrás definitivamente las vulnerabilidades de la crisis de 2008, el comportamiento de las empresas estadounidenses ofrece otro fenómeno igualmente llamativo.
Desde hace décadas, los economistas observan que la rentabilidad corporativa mantiene una tendencia ascendente, y lo que antes parecía una anomalía coyuntural terminó convirtiéndose en una característica estructural de la economía norteamericana.
Durante buena parte del siglo XX, las ganancias empresariales representaban habitualmente entre el 6% y el 9% del PIB. En los últimos quince años, en cambio, superar el 10% dejó de ser una excepción para convertirse prácticamente en la norma. Ahora ese porcentaje vuelve a acercarse a máximos históricos, y las razones son múltiples.
La globalización permitió reorganizar cadenas de producción buscando menores costos. La digitalización redujo gastos operativos en numerosos sectores. Las plataformas tecnológicas generaron economías de escala difíciles de igualar. Más recientemente, la inteligencia artificial comenzó a aportar una nueva capa de eficiencia que promete transformar prácticamente todas las actividades económicas.
La inversión en centros de datos, infraestructura digital y automatización está produciendo mejoras de productividad cuya magnitud apenas comienza a medirse. Barclays llegó a describir este fenómeno como el mayor programa de inversión en infraestructura tecnológica de las últimas décadas, capaz de sostener el actual ciclo de beneficios empresariales durante varios años más.
Pero toda revolución tiene costos.
Cuando una revolución genera ganancias, pero también inflación
Existe un aspecto menos visible del auge de la inteligencia artificial que empezó a hacerse evidente durante el primer semestre.
La enorme demanda de memorias, semiconductores, almacenamiento y capacidad de procesamiento comenzó a tensionar las cadenas de suministro. Los fabricantes de componentes adquirieron un poder de negociación inusual y trasladaron ese incremento de costos hacia los siguientes eslabones de la cadena productiva.
Micron ofreció el ejemplo más contundente. Sus resultados reflejaron márgenes extraordinarios gracias a una demanda prácticamente insaciable de memorias para aplicaciones de inteligencia artificial. Del otro lado aparecieron empresas como Apple, obligadas a aumentar los precios de varios de sus dispositivos debido al fuerte encarecimiento de esos componentes. Microsoft, Sony y Nintendo enfrentaron presiones similares en distintos segmentos del mercado tecnológico.
La inteligencia artificial, por lo tanto, ya no solo promete transformar la productividad futura; también empieza a modificar los precios que pagan hoy los consumidores.
Paradójicamente, la misma revolución que está impulsando los beneficios empresariales contribuye, al menos en algunos sectores, a mantener presiones inflacionarias que erosionan el poder adquisitivo de los hogares.
¿Quién se queda con el crecimiento?
Es aquí donde la discusión deja de ser exclusivamente financiera para convertirse en política y social.
Cuando las empresas baten récords históricos de beneficios mientras muchas familias siguen preocupadas por el costo de vida, resulta inevitable que resurja el debate sobre la distribución del crecimiento.
Desde distintos extremos del espectro político estadounidense comenzaron a escucharse críticas similares, aunque formuladas con argumentos muy diferentes. Algunos actores denuncian supuestos abusos de poder de mercado o “avaricia corporativa”. Otros sostienen que el verdadero problema no radica en las ganancias empresariales sino en una regulación insuficiente que limita la competencia y facilita posiciones dominantes.
Incluso economistas habitualmente favorables al libre mercado advierten que una economía donde una proporción creciente del ingreso termina concentrándose en los accionistas, mientras los salarios avanzan a menor ritmo, puede enfrentar tensiones políticas crecientes. La cuestión ya no pasa únicamente por cuánto crece la economía, sino por cómo se distribuyen los frutos de ese crecimiento.
¿Por qué entonces persiste el malestar económico?
Por supuesto, sería un error interpretar estos datos únicamente desde una perspectiva negativa. La solidez del sistema bancario constituye una excelente noticia para la estabilidad financiera mundial. Del mismo modo, unas empresas rentables, capaces de invertir miles de millones de dólares en innovación, representan uno de los motores fundamentales del liderazgo tecnológico estadounidense.
Si las empresas baten récords de beneficios, si los bancos están mejor capitalizados que nunca, y la economía continúa creciendo, ¿por qué una gran mayoría de los estadounidenses sigue considerando que la situación económica no es buena?
Lo primero a tener en cuenta es que no se trata simplemente de una percepción subjetiva. Diversos indicadores vienen reflejando desde hace tiempo una brecha entre la fortaleza de los grandes agregados económicos y la experiencia cotidiana de muchos hogares. Encuestas de confianza del consumidor elaboradas por la Universidad de Michigan y el Conference Board muestran que, pese a la resiliencia del empleo, una parte importante de la población continúa preocupada por el costo de vida, la evolución de los ingresos reales y la incertidumbre sobre el futuro. A ello se suma un dato políticamente relevante: en prácticamente todas las elecciones recientes, la economía sigue apareciendo como la principal preocupación de los votantes, incluso en períodos de crecimiento del PIB y máximos bursátiles.
La explicación no reside en un único factor, sino en la combinación de varios fenómenos que actúan simultáneamente.
El primero es que la inflación deja cicatrices incluso cuando comienza a moderarse. Los precios de muchos bienes esenciales —vivienda, seguros, alimentos, servicios médicos y educación— no regresan a los niveles previos; simplemente dejan de aumentar con la misma velocidad. Para las familias, la sensación de pérdida de poder adquisitivo persiste porque el problema no es únicamente la inflación actual, sino el nuevo nivel permanente de precios alcanzado tras varios años de aumentos de precios significativos.
A ello se suma el efecto de las elevadas tasas de interés. Después de varios años de política monetaria restrictiva, comprar una vivienda, financiar un automóvil o refinanciar deudas resulta considerablemente más costoso que antes. Paradójicamente, una economía suficientemente fuerte como para sostener elevados beneficios empresariales también puede ser una economía donde el crédito continúa siendo caro para hogares y pequeñas empresas.
Existe además un tercer elemento, mucho menos visible, pero probablemente más importante: la distribución sectorial de las ganancias.
Buena parte del extraordinario incremento de los beneficios corporativos proviene de sectores muy específicos: tecnología, semiconductores, infraestructura para inteligencia artificial, servicios financieros, y grandes plataformas digitales. Son industrias con elevados niveles de productividad, importantes economías de escala y una creciente concentración del mercado. Esa creación de valor beneficia directamente a accionistas, grandes inversores y trabajadores altamente calificados, pero sus efectos tardan mucho más en trasladarse al conjunto de la economía.
En otras palabras, el país se está enriqueciendo, pero no todos los sectores ni todos los trabajadores participan del mismo ritmo de creación de riqueza.
La inteligencia artificial constituye un ejemplo casi perfecto de ese fenómeno. La enorme inversión en centros de datos, chips y capacidad de cómputo está impulsando beneficios extraordinarios para fabricantes de memorias, proveedores de infraestructura y empresas tecnológicas. Sin embargo, para muchas familias el primer efecto tangible de esa revolución no ha sido un aumento de ingresos, sino algo mucho más inmediato: dispositivos electrónicos más caros, mayores costos energéticos asociados al crecimiento de los centros de datos, y la cada vez más visible afectación a determinados empleos.
Un desafío mayúsculo
Finalmente, existe un componente psicológico que los economistas han comenzado a estudiar con mayor atención: las personas no valoran la economía observando el crecimiento del PIB ni los beneficios del S&P 500. Evalúan su economía personal: cuánto pagan por llenar el tanque de combustible, cuánto cuesta el supermercado, si pueden comprar una vivienda, cuánto aumentó el seguro médico o si sienten que sus hijos vivirán mejor que ellos. Cuando esos indicadores cotidianos no acompañan los excelentes resultados macroeconómicos, aparece una sensación de desconexión entre “la economía” de la que hablan los expertos y la economía que experimentan los hogares.
La economía estadounidense parece haber resuelto muchos de los problemas que quedaron al descubierto tras la crisis financiera de 2008: sus bancos son hoy mucho más sólidos, sus empresas generan beneficios sin precedentes, y su capacidad de innovación continúa marcando el ritmo de la economía mundial.
Pero el éxito económico del siglo XXI plantea una pregunta distinta a la de hace dos décadas. Antes el interrogante era si el sistema era suficientemente resistente para soportar una crisis financiera. Hoy la cuestión parece ser otra: ¿puede un sistema extraordinariamente eficiente seguir siendo políticamente sostenible cuando una parte importante de la sociedad no percibe en su vida cotidiana los beneficios que muestran las estadísticas?
Esa brecha entre la fortaleza de los indicadores macroeconómicos y la experiencia económica de los hogares podría convertirse en uno de los desafíos más complejos para Estados Unidos durante la segunda mitad de esta década. Porque la estabilidad financiera ya no parece ser el principal problema. El verdadero desafío consiste en lograr que una economía objetivamente robusta sea percibida como una economía próspera también por quienes viven fuera de Wall Street.












