Un estudio reciente, publicado por la John Hopkins University, señala que, aunque no hay diferencia entre los sexos en cuanto a la incidencia de la depresión profunda (una enfermedad grave que, según se cree, tiene raíces bioquímicas), las mujeres experimentan las formas leves de depresión diez veces más a menudo que los hombres.
Lo curioso es que, en la infancia, los varones muestran más síntomas depresivos que las niñas. Es la entrada en la adultez lo que eleva los índices de depresión del sexo femenino. Los investigadores intentaron determinar si esto ocurre debido a los cambios hormonales, o si las niñas aprenden conductas que de alguna manera comienzan a afectarlas al comienzo de la adultez. También estudiaron las situaciones problemáticas que pueden confrontar las mujeres a medida que maduran, como creer que no satisfacen el ideal de belleza que la sociedad exige o descubrir que nadie toma en serio sus aspiraciones profesionales.
Suele creerse que las vidas de las mujeres están gobernadas por las hormonas. Sin embargo, un importante informe sobre la depresión en las mujeres, realizado en 1984 por la Universidad de Yale, concluyó que los cambios hormonales justifican algunas de las diferencias en la tasa de depresión de hombres y mujeres pero “no parecen suficientes para explicar las grandes diferencias”. Wilma Harrison, una psiquiatra de la Universidad de Columbia que ha estudiado el síndrome premenstrual, argumenta que muchas mujeres “creen” que sufren del síndrome, pero que pocas realmente lo padecen.
La depresión femenina parece estar más vinculada con el desorden afectivo estacional (DAE), un síndrome que se observa cuatro veces más a menudo en mujeres que en hombres. El DAE es probablemente desencadenado por la sensibilidad individual a distintos porcentajes de luz solar.
Ataca fundamentalmente en invierno y desaparece cuando cambia la estación.
Pero tampoco puede el DAE explicar por qué tantas más mujeres que hombres son susceptibles a padecer episodios leves de depresión. Los investigadores que buscan respuestas al enigma están tratando de entender cómo miran las mujeres el mundo, y cómo el mundo mira a las mujeres.
Uno es lo que piensa.
Algunos estudios plantean esta hipótesis: una mujer que acaba de perder un ascenso laboral frente a un rival probablemente se arrastrará de vuelta a casa para rumiar su amargura y lamentarse por los defectos innatos que a la larga terminarán por arruinar su carrera. Pero si el que acaba de perder es un hombre, volverá a su casa convencido de que el jefe cometió una grave equivocación y quizá busque alivio a su indignación pegándole con una raqueta a una pelota de tenis. Los investigadores creen que los esquema de pensamiento hacen que una persona sea propensa a la depresión y que las mujeres parecen adoptar estos esquemas más que los hombres.
Susan Nolen-Hoeksema, profesora de psicología de la Universidad de Stanford University, realizó numerosos estudios que demuestran que los hombres, ante un problema, son más propensos a recurrir a la actividad -deportes o trabajo- mientras que las mujeres tienden a concentrarse en lo que las está perturbando.
El autorreproche es otro recurso mental que conduce a la depresión. Y las mujeres suelen ser más propensas que los hombres a culparse cuando algo sale mal. Según los estudios quienes automáticamente se consideran responsables de un problema se deprimen mucho más a menudo que los que atribuyen la culpa a otra gente o a fuerzas externas.
El hábito de rumiar pensamientos negativos y el autorreproche no son por supuesto, rasgos inherentes al sexo femenino, como tampoco es la acción agresiva genéticamente masculina: hay muchas mujeres agresivas y hombres que rumian sus problemas. Pero para explicar la diferencia los investigadores recuerdan la forma en que niñas y niños son socializados. Cuando los varones lloran por algo que les pasa, los adultos a su alrededor les dicen: “Animo”, o “Ya lo vas a superar”. Cuando son las niñas las que lloran, los adultos son más propensos a decir: “Por favor, cuéntamelo todo”, una respuesta que mantiene a la niña concentrada en lo que le ha pasado. Claro que la forma típica en
que los varones enfrentan las emociones difíciles también tiene consecuencias negativas. Hay teorías que sugieren que la mayor incidencia de delitos violentos entre los hombres puede derivar de su resistencia a admitir y buscar tratamiento para las situaciones depresivas.
Está Bien Sentirse Mal.
Algunos psicólogos han desarrollado una serie de técnicas para ayudar a las mujeres a reconocer y cambiar esquemas mentales que conducen a la depresión. Ellen McGrath, en su libro When Feeling Bad is Good (Cuando sentirse mal es bueno), señala que una mujer que lucha contra el abatimiento tal vez está experimentando una “depresión saludable”, una respuesta realista a una sociedad que todavía desvaloriza al sexo femenino. “Nuestra cultura ha creado condiciones que hacen que los estados melancólicos resulten inevitables para muchas mujeres. El bienestar se relaciona con el poder que uno tiene para controlar su vida, y lo cierto es que todavía los hombres tienen más poder que las mujeres”.
Las mujeres conocen este condicionamiento cultural por experiencia directa, pero la investigación científica ha logrado cuantificar algunos aspectos. Un estudio de la Universidad de Stanford publicado en 1991 reveló que hasta 35% de la diferencia entre la tasa de depresión femenina y la masculina es atribuible a episodios de abuso sexual durante la infancia, un problema que afecta a mujeres de todas las capas de la sociedad norteamericana. Algunas investigaciones recientes indican que la insatisfacción con la imagen corporal es una causa fundamental en los problemas de depresión femenina durante la adolescencia.
Camille Lloyd, profesora de psiquiatría clínica y ciencias de la conducta de la Universidad de Texas, dice que las mujeres profesionales, que son las que tienen más oportunidades y más dinero, son también las que menos toleran la discriminación, y cuando comparan sus aspiraciones con lo que logran -en rango o salario- se desmoralizan.
Pero a pesar de los problemas que las mujeres pueden encontrar a medida que avanzan en el terreno dominado por varones, las que trabajan fuera de casa muestran menor tasa de depresión que las que no lo hacen. En sí mismo, hacer malabarismos con una carrera y una familia no deprime a las mujeres, como algunos suponen. Un estudio del Wellesley College sobre la calidad de vida de las mujeres revela que “cuantos más roles desempeña una mujer, mejor es su estado físico y mental”.
Lo que deprime, dice la psicóloga Nancy Russo, jefa de Estudios de la Mujer en la Universidad de Arizona, es la baja calidad de los roles: un matrimonio infeliz o un trabajo inusualmente estresante.
¿Qué significa toda esta investigación para una mujer que está atrapada en un estado de melancolía?
Reconocer el problema puede ser un primer paso liberador, porque indica la dirección en que hay que proceder, sola o con ayuda de una terapia. Lloyd señala que “los sentimientos depresivos son relativamente comunes, muchos de nosotros los sufrimos. La gente no debe culparse por sentirse mal, porque entonces los sentimientos se convierten en una bola de nieve”. Y las mujeres tampoco se deben dejar atacar emocionalmente por condiciones que no controlan. El truco, dice McGrath, está en valorar los sentimientos depresivos por lo que realmente son, en lugar de culparse una misma por ellos, y luego atacar el problema antes de que nos anule. “Siempre hay alguna manera de conseguir sentirse mejor”, agrega Russo. “Algunas cosas son controlables, otras no, pero uno puede elegir como reacciona”.
Nancy Wartick.
(c) 1992 Working Woman.
