Muy conveniente para las economías latinoamericanas, el ingreso de importantes recursos externos ha tenido, sin embargo, repercusiones sobre el nivel de la tasa de cambio, sobre la oferta de dinero, sobre el nivel de la inflación y de las tasas de interés, y sobre el índice de precios y de salarios. Pero lo más grave es que estos países están adquiriendo una nueva adicción: una enorme dependencia de los mercados internacionales de capital. Simultáneamente, se torna cada vez más difícil aumentar las exportaciones. La apreciación de la moneda local originada por el ingreso de capitales hace que las importaciones sean más baratas y las exportaciones más caras.
* Las empresas argentinas no están teniendo utilidades. Si se analizan los resultados del cuarto y último balance trimestral de 1992, las compañías más importantes que operan en Bolsa -excluyendo a ambas telefónicas, que son las que mejoran el resultado total- dan pérdida como promedio (ver MERCADO de mayo, página 68).
Nula o escasa rentabilidad, mayor dificultad para llegar a una demanda satisfecha o renuente, un aparato productivo que se siente desamparado y excesiva expectativa puesta en el ingreso de capitales externos son problemas de fondo que confrontarán los empresarios en los próximos meses, mientras la sociedad mantiene un aceptable grado de aceptación ante los logros económicos del gobierno y los partidos políticos aumentan los decibeles del debate electoral.
Además de calcular cuánto ingresará por las privatizaciones pendientes -YPF entre ellas- los expertos temen una caída en el ingreso de recursos externos durante 1993. Por la venta parcial de las acciones de la petrolera y la privatización de empresas en el área energética, el gobierno puede recaudar entre US$ 2.500 a 3.500 millones este año, que irán a fortalecer los cofres fiscales.
* En cuanto a la postprivatización, o a la marcha de las empresas privatizadas, sus problemas de gerenciamiento, y la satisfacción o rechazo del usuario/cliente, serán también tema dominante de los próximos meses. Con toda nitidez se observa que hay empresas que dan utilidades, que avanzan en el plan de inversiones, que logran alguna mejoría en la calidad del servicio que prestan, mientras que otras acumulan pérdidas, mantienen conflictos internos y no mejoran su imagen frente a los clientes que atienden. Entre estas últimas, el caso más comprometido es el de las distribuidoras de electricidad, Edenor y Edesur, que estarán permanentemente en la picota. Las dos telefónicas, a pesar de los trabajos que realizan y la promoción que les hacen, deberán redoblar sus esfuerzos para mantener imagen entre los clientes/usuarios.
Balanza de Pagos. Total Deuda Externa
(US$ Miles de Millones)
País 1992 est.1993 1992 est.1993
balanza balanza deuda deuda
Argentina – 8,0 – 8,0 62 56
Brasil 5,2 3,7 127 127
Chile – 0,5 – 1,2 19 20
Colombia 0,9 0,4 16 16
México -22,7 -25,7 105 112
Perú – 1,8 – 1,8 22 23
Venezuela – 3,7 – 2,6 34 35
America latina -30,5 -35,2 384 390
¿QUE IMPORTA, LA INDUSTRIA O LOS SERVICIOS?.
La noción convencional y todavía dominante es que sólo la industria crea empleo y riqueza sólida, genuina. Desde esta visión, el sector servicios vendría a ser, en el mejor de los casos, complementario, cuando no se lo tacha de parasitario. Cada vez que se reclama una activa política industrial por parte del Estado, se está diciendo, además, que toda declinación en el PBI industrial es una tragedia, y que no hay futuro para los servicios sin una fuerte base industrial. Esta concepción comienza a ser cuestionada y, en muchos casos, francamente atacada. En primer lugar, porque tampoco podría haber industrias sin los servicios que les prestan sustento (por ejemplo, no habrá auto eléctrico hasta que no haya estaciones de servicio capaces de recargar baterías). Luego, porque buena parte de los empleos dentro del sector industrial son en verdad
categorizables como servicios. Desde una perspectiva macroeconómica, la productividad en el área de servicios comienza a crecer en forma significativa, y desde el punto de vista de las exportaciones, los servicios en Estados Unidos pasaron de 20 a 30% del total exportado, en apenas 10 años. Los servicios representan ya 20% del total del comercio mundial. Estados Unidos es un caso especial. Los servicios representan 72% del PBI y dan empleo a 76% de la población laboral. La industria, por su parte, aporta 23% del PBI y ocupa a 18% de los trabajadores.
Veamos dos argumentos en favor de la noción clásica, cuyo credo es que toda economía debe tener una importante base industrial. El primero: los dos países más exitosos económicamente en los últimos años, Japón y Alemania, tienen un fuerte sector industrial y el área de servicios alcanza a sólo 60% del PBI (los demás países de Europa occidental están en torno a 70%).
Segundo: la principal fuente de ingresos de divisas extranjeras en todas las economías proviene de la exportación de bienes industriales. Si se tiene industria, hay posibilidad de incrementar las exportaciones. Como es difícil exportar servicios, que por naturaleza son de prestación inmediata y local, un país con débil base industrial tiende a perpetuar un enorme déficit en la balanza de pagos.
LO QUE VIENE LUEGO DE LA PRIVATIZACION.
Luego de una década de experiencia en transferir empresas del sector público al privado, el debate más actual en la materia se centra en la regulación que debe practicar el Estado sobre los entes privatizados, su naturaleza y los problemas que se presentan.
El Estado abandona monopolios naturales como los de teléfonos, gas, electricidad, ferrocarriles, pero no puede quedar indiferente a que sea ahora una empresa privada quien ejerza el monopolio.
La falta de competencia se reemplaza con poder de regulación. Así se han creado los entes reguladores de las empresas privatizadas.
Sobre este particular problema se explaya Christopher Foster en un libro (Privatisation, Public Ownership and the Regulation of Natural Monopoly, editado por Blackwell de Gran Bretaña) que resulta apasionante por dos razones: la primera, su convicción absoluta de que el Estado debe ejercer el poder regulatorio; y la segunda, de que todo poder -también el del regulador- tiene una innata tendencia a corromperse.
Advierte, además, sobre dos riesgos con respecto a lo que puede sucederle al regulador. O bien cae en las manos de la actividad y los intereses a los que debe regular, o bien sucumbe a la presión y a la visión de los políticos. La mayor parte de la experiencia considerada por Foster es la de los organismos reguladores británicos como Oftel, Ofgas, encabezados por individuos muy respetados, de gran conocimiento y con buena dosis de poder discrecional, un modelo al que considera con mayores posibilidades de escapar a la doble trampa enunciada.
TRANSNACIONALES, SUCESORAS DE LAS MULTINACIONALES.
Hace tres décadas, el personaje de la economía mundial -sea para glorificarla o para denostarla- era la empresa multinacional. Una multinacional era una gigantesca empresa, originaria de un país industrializado donde estaba su casa matriz, con filiales desparramadas por el mundo.
Habitualmente, el centro de las decisiones estratégicas, los laboratorios de investigación y los recursos financieros se concentraban en los cuarteles generales de la firma, asentados invariablemente en el país de origen. Las filiales se dirigían conforme a un plan maestro, pergeñado en la casa central y ejecutado por gerentes que, en su inmensa mayoría, eran ciudadanos del país donde estaba la matriz.
Hoy, con muchas menos reservas ideológicas que entonces, el debate es acerca de las transnacionales. Los nuevos gigantes no tienen fronteras; su cuartel general está en el lugar más conveniente, con independencia del origen de la firma (o no hay un cuartel general); los laboratorios y centros de desarrollo tecnológico, diseminados según donde convenga; y la gerencia totalmente internacional (múltiples nacionalidades entre los ejecutivos).
Si bien estamos frente a la globalización de los mercados, donde se aspira a vender el mismo producto en todo el mundo, lo cierto es que hay un nuevo respeto por las características locales de cada unidad de operación, por las singularidades de cada consumidor; y que existe una mayor descentralización en materia de decisiones. Más lejos de la visión imperial, donde el centro imponía metas, objetivos y condiciones y la periferia debía cumplirlas, la nueva perspectiva tiene contactos con el federalismo. El poder central delega mucho más, reconoce algunas áreas de autonomía y recibe aportes para la planificación integral.
