Nació en Austria en 1883, al mismo tiempo que moría Marx y nacía Keynes. Ya en 1913 visitó Inglaterra en intercambio académico y publicó su primer libro. Luego del derrumbe del Imperio en que nació, ciudadano de un pequeño país sobreviviente como Austria, fue corresponsal del Economic Journal de Keynes, en Viena desde 1920 al ´26 y en Berlín entre 1927 y 1932. De allí emigró a Estados Unidos, donde publicó Business Cycle en 1939 y Capitalismo, socialismo y democracia en 1942. El encuentro personal que tuvo con Keynes en 1927 no deparó simpatías recíprocas. En la época de sus obras cumbre (1939/´42) no había capitalismo puro en el mundo, ni mercados, ni competencia, ni libertad.
Las regulaciones de guerra convirtieron a todo el mundo en dependiente de algún Estado, beligerante o no. Emigrado prudente, al escribir “Diez grandes economistas” no enumera entre las obras de Keynes su profética “Consecuencias económicas de la paz” -en que se predice en 1919 la inevitabilidad de una nueva guerra- ni “Consecuencias económicas de Mr. Churchill”, de 1926, feroz brulote keynesiano contra la ineptitud económica del ministro de Hacienda británico convertido en primer ministro en 1940. Creía en la economía como fuerza autónoma de cambio de la sociedad y, como centroeuropeo, adhería a la teoría del equilibrio que de hecho se dio entre 1870 y 1913 en Europa, clásicamente en Viena y Suiza. Schumpeter veía en el proceso de desarrollo la preexistencia de una situación estática de repetición continua de las mismas cosas, ya fuera de producción o de consumo; la ruptura del estado estacionario inicia el proceso, al que le asigna cinco fases: una, introducción de nuevos bienes; dos, nuevos métodos de producción; tres, apertura de nuevos mercados; cuatro, conquista de nuevas fuentes de materias primas o productos semiterminados; cinco, una nueva organización, ya sea como la creación de un monopolio o la ruptura de un monopolio ya existente. Los beneficios aumentan en los dos primeros casos por reducción de costos
con precios inamovibles; en los tres siguientes, se maximizan los precios con independencia de los costos, por la preeminencia en el mercado. Cuando la innovación se difunde, la ventaja comparativa se expande hasta desaparecer y el proceso competitivo bajará los precios al nivel de los costos.
Distingue entre capitalismo competitivo y capitalismo monopolista. El primero no pasa de la mediana magnitud, y en él coinciden el capitalista y el empresario; se unifica el perceptor del beneficio.
En la gran empresa, es ella la beneficiaria. El riesgo lo soporta el capitalista y no el empresario: el beneficio no es la recompensa del riesgo. Efectúa una clara distinción entre empresario y administrador profesional y visualiza las extraordinarias semejanzas que ya existen entre la administración estatal y las grandes empresas, la poca diferencia que ya había entre el capitalismo monopólico y el “socialismo de urgencia” -término acuñado por H. G. Wells- que practicaban las naciones en guerra. Incluso el comportamiento de los administradores públicos y privados es semejante, como lo resaltó en 1942 el comité senatorial encabezado por Truman sobre fraudes en la producción de guerra: de la investigación apareció tanto la conducta estafadora de proveedores como la propensión a la coima de los militares que los contrataban. Los dueños aparentes, el pueblo y los accionistas, ignoraban absolutamente todo lo que se vendía, compraba y pagaba. Volviendo, para el proceso de cambio son necesarios medios de pág. o derivados del crédito, consumo anticipado de beneficios futuros. La banca recrea incesantemente en el sistema la financiación del desarrollo frente a la anulación sistemática, por vía competitiva, de las rentas dinámicas de la novedad. En la teoría del equilibrio, hay tantas unidades competidoras y pequeñas que ninguna influye sobre el precio. Para el autor, la verdadera competencia se produce entre renovadores y
estáticos. De ahí resulta la “destrucción creadora” y la aparición de un monopolio no clásico de alto beneficio, el del productor de lo nuevo antes de la difusión de lo creado.
No ve una estructura patológica en el monopolio ya que sólo la gran empresa es capaz de innovar permanentemente, dada su facilidad experimental e investigativa, y además la suspensión del proceso competitivo provee seguridades ante mercados cambiantes y los estabiliza mediante patentes, acuerdos de precios y mercados, secretos industriales etc.
El desarrollo no tiene progresiones continuas, sino que se agrupa en ciclos: al inicio, ventas y ganancias superlativas; al final, baja de ventas, devolución de créditos, caída de expectativas y deflación real.
Por diferencia de productos y mercados, los ciclos son diferentes, de los 40 meses del ciclo de Kitchin a los 10 años del de Juglar y los 60 o 70 del ciclo Kondratieff. Coincidió con Veblen en la visión de un futuro feudal empresario y un avance tecnológico con frenadas cíclicas derivadas de la estabilidad de la renta financiera.
