miércoles, 29 de abril de 2026

    La hora del anillo del pacífico

    El proceso se empieza a conocer como el postcapitalismo atlántico. La tendencia se ha confirmado: el poder económico se está desplazando al área del Pacífico. Esa perspectiva dominará las primeras décadas del siglo XXI y tendrá influencia política, social y cultural sobre el resto del mundo.

    En sustancia, el crecimiento se generó sobre la base de exportaciones dirigidas -prioritariamente- a países fuera de la región, que permitieron financiar el desarrollo interno. En todos los países que protagonizan este fenómeno aumenta el protagonismo de una clase media educada y con buen nivel de consumo. En casi todos ellos hay mayor demanda interna, reclamos por mejor calidad de vida, incremento en el comercio intrarregional y reformas políticas orientadas a conseguir mayor pluralismo.

    Pero el éxito y el crecimiento traen nuevos problemas. La secular desconfianza hacia Japón va en aumento entre los tigres de la región, los países ya industrializados y también entre los que están en vías de serlo. Ahora, con la perspectiva de que China supere el producto bruto japonés en menos de 10 años, también aumenta la aprensión acerca del poderío y la vocación imperial del gigante asiático.

    El producto bruto del sudeste asiático representa algo más de 20% de la suma mundial, contra 23% del de Estados Unidos y 28% de los 12 miembros de la Comunidad Europea. La tasa promedio de crecimiento de estos países equivale al doble de la que exhiben Estados Unidos y los europeos.

    Habrá que seguir de cerca lo que ocurre en Japón, China, Taiwán, Hong Kong, Indonesia, Tailandia, Singapur, Malasia y Corea (tal vez unificada). El comercio y la inversión en esta zona serán los temas que dominarán la agenda económica mundial durante la próxima década.

    La emergencia del regionalismo desde los años ´80 impone nuevos desafíos. Primero fue la Europa comunitaria, y luego el NAFTA, el acuerdo comercial para América del Norte que podría extenderse a otros países latinoamericanos. También se insinúa un bloque regional en el sudeste asiático. Pero hay dos maneras de abordar el tema. Una es considerarlo como un área de influencia japonesa, con competencia de China en los próximos años. La otra es enfocar el esfuerzo de los tigres ya consolidados y de los que aspiran a estarlo en los próximos años.

    En este segundo caso -representado por la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático- se pretende hacer frente a los grandes bloques comerciales sin tener que aceptar hegemonías regionales. El temor al proteccionismo creciente del mundo industrializado es el gran motor de esa asociación.

    Pero hay otro temor bien fundado: se advierte que Japón se ha convertido en la principal fuente de inversiones y respaldo tecnológico de estas economías. Los países de la región exhiben importantes saldos comerciales positivos con Estados Unidos, pero todos están en déficit con Japón.

    LAS OPCIONES FUTURAS.

    Lo verdaderamente novedoso en el escenario es que, por primera vez en siglos, el destino de Asia no está dictado por potencias extrarregionales. Son los mismos países asiáticos los que tienen la voz cantante en el futuro desarrollo de los acontecimientos que los afectarán.

    Ese futuro estará condicionado por lo que pueda ocurrir con estos tres elementos:

    * Diversidad. Todos los países de la región hablan distintas lenguas, y hay enormes diferencias étnicas, culturales y religiosas que superar, además de las disímiles experiencias históricas.

    * La lógica asiática. El carácter nacional y la impronta cultural en estos países son más fuertes y totalmente distintos de los que prevalecen en Occidente. El mundo asiático opera con una lógica distinta.

    * La presencia no asiática. Las grandes potencias mundiales estuvieron siempre involucradas en Asia.

    Los norteamericanos ejercieron el poder dominante durante este siglo, y a pesar del fin de la guerra fría esos contactos persistirán. Estados Unidos debe pensarse como un país del área del Pacífico.

    Lo que está en juego es la naturaleza de este todavía impreciso grupo de países. Si se atiende a la presencia de grandes economías en la cuenca del Pacífico, como Estados Unidos, Rusia, China y Japón, la tesis es que deberá haber un regionalismo abierto, puesto que para esas economías resultaría inviable un bloque regional cerrado. Pero distinto es el caso si se considera exclusivamente la conformación de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Tailandia, Singapur, Brunei, Malasia, Indonesia y Filipinas), a la cual podrían sumarse en breve países como Laos, Vietnam y Camboya. Este subgrupo podría privilegiar relaciones más cerradas y dar fuerte énfasis al comercio intrarregional, siguiendo un modelo más parecido al del bloque europeo.

    Es por ello que Japón privilegia un nuevo ámbito: el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, donde además de las grandes economías mencionadas podrían actuar Australia y Nueva Zelandia. Lo que teme Japón es la tendencia occidental a formar bloques económicos regionales, con fuerte proteccionismo. En ese caso, los principales perjudicados serían los países asiáticos. Pero a su vez, si ése es el modelo dominante, las economías más débiles del sudeste asiático pueden tener la tentación -o sentir la necesidad- de proceder de idéntica manera.

    Lo cierto es que los actuales seis miembros de ANSA (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático) acordaron el año pasado la progresiva integración de una zona de libre comercio que a lo largo de 15 años -hasta el 2008- llevará los aranceles internos a un promedio de 5%, lo que permitiría desarrollar una agrupación de países con fuerte sentido de comunidad regional. En cambio, APEC (en la sigla inglesa: Asean Pacific Economic Cooperation), con la activa participación de Estados Unidos, Japón y Australia, propone una integración más abierta, ajena al proteccionismo. El fiel de la balanza se inclinará hacia un lado u otro, según evolucione el sentimiento proteccionista en las grandes potencias industriales.

    No todo es progreso lineal en el sudeste asiático. Está por verse la evolución de China. Tanto Vietnam como Laos y Camboya ofrecen signos estimulantes de que la economía comienza a caminar en la dirección correcta. Pero en la evolución política -y no en la creciente adhesión a la economía de mercado- reside la duda más inquietante.

    En promedio, los países del sudeste asiático duplicaron el tamaño de su economía durante los años ´70; volvieron a hacerlo durante los ´80, y es probable que repitan esta actuación durante este decenio.

    También en la última década se percibió con nitidez un claro retroceso de la influencia soviética, y un progresivo desentendimiento de Estados Unidos, desde la perspectiva militar. Esos factores por sí solos no aseguran la estabilidad y la paz. Por el contrario, los viejos temores al imperialismo japonés y a una eventual agresión china están alentando el equipamiento militar en la región.

    ¿PREDICCIONES EXAGERADAS?.

    Hay una fascinación con el fenómeno chino. Primero, por el extraordinario nivel de crecimiento económico logrado en los últimos 15 años. Después, porque ese crecimiento se ha logrado sin que el comunismo perdiera terreno en su total control político del gigantesco país. La tentación de hacer extrapolaciones fáciles, de pronosticar más crecimiento y de elevar a China en el ranking de las naciones poderosas es una obvia conclusión.

    Un reciente artículo de The Economist señalaba que, “si el producto bruto interno de China crece tan rápido durante las próximas dos décadas como lo hizo en los pasados 14 años, será la mayor economía del mundo”. De seguir al actual ritmo, antes de 20 años la economía china será más grande que la de Estados Unidos. Desde 1978 hasta ahora, el promedio anual de crecimiento ha sido de 9%. A esa tasa, cada 8 años se duplica la economía.

    Todo ello es cierto si las condiciones se cumplen y si, lo que resulta esencial, el análisis original a partir del cual se hizo la extrapolación fue correcto. Este es el punto que comienza a cuestionarse con intensidad. Entre los críticos se cuenta Steve Schlosstein, un prestigioso consultor en estrategia internacional, autor de varios ensayos sobre el sudeste asiático, que en un reciente artículo en The Internacional Economy (enero/febrero de 1993) sostuvo que hay diez razones por las cuales el potencial económico de China ha sido groseramente exagerado. Ellas son:

    1) El llamado mercado libre de algunas ciudades costeras de China es apenas algo más que lo que en un suburbio estadounidense se llamaría feria americana. Hay mucha mercadería de baja calidad que atrae multitud de mirones, pero escaso número de compradores.

    2) El sector privado representa una pequeña porción de la economía china -tal vez 10% del total- mientras que el grueso está sometido al planeamiento centralizado, controles de precios e industrias pesadas estatales.

    3) Hay una infinita variedad de trabas burocráticas, legales, ideológicas, culturales e idiomáticas que las empresas occidentales deben superar continuamente, rara vez con éxito y nunca con rentabilidad.

    4) Según un estudio reciente, menos de 10% de las firmas japonesas que han hecho inversiones directas en China declararon que sus subsidiarias en este país tuvieron alguna ganancia.

    5) Los inversionistas extranjeros y los operadores comerciales justifican las magras utilidades (o las más frecuentes pérdidas) con el argumento de que “en China las cosas toman tiempo”. Pero, hasta ahora, ese tiempo no ha llegado nunca, a pesar de los enormes aportes de tiempo, esfuerzo y dinero que se han hecho en un mercado subdesarrollado.

    6) Los dirigentes chinos dicen que quieren la presencia del capital y la tecnología occidentales. Pero lo que no aceptan son las ideas occidentales (como libertad, justicia, democracia representativa) que pueden contaminar el ambiente político.

    7) Tratar de vincular economías capitalistas con políticas socialistas no sólo es una contradicción flagrante, sino también una estrategia muy peligrosa a largo plazo. El crecimiento económico puede acelerar las demandas de cambio político. Bajo la superficie hay una enorme dosis de resentimiento que puede estallar en incidentes tan graves como los de 1989 en la plaza Tiananmen.

    8) Es absolutamente imposible trasplantar las estrategias de los pequeños dragones (o tigres) del sudeste asiático a China. Todos los casos exitosos corresponden a pequeños países, islas o penínsulas, relativamente poco poblados. Es bien distinto lograr lo mismo en un continente con 1.200 millones de habitantes.

    9) Todavía hoy China mantiene una vasta población laboral en condiciones de virtual esclavitud. Por todo el país hay una enorme red de campos de trabajo y reformatorios. La producción de bienes en esos lugares representa de 4 a 5% del PBI chino, y muchos de esos artículos se dedican a la exportación, especialmente a Estados Unidos.

    10) Las firmas privadas de origen chino en toda Asia son famosas por su contabilidad creativa. Suele haber un juego de libros para los bancos, otro para los auditores, otro para las autoridades impositivas y el verdadero para la familia dueña de la empresa. Lo mismo ocurre seguramente con la estadística que se conoce de China. Las cifras no representan la realidad, sino lo que las autoridades quieren mostrar como la realidad.