miércoles, 29 de abril de 2026

    Joan Robinson (1903-1983)

    Testigo del siglo, investigadora y docente de la Escuela de Economía de Cambridge (Massachusets), inició junto con Beatrice Webb el aporte femenino al análisis económico en tiempos de extrema dificultad.

    Al desatarse el desastre de 1929, los economistas estaban bien preparados para enfrentarse con las crisis pasadas. Irving Fisher y Charles Mitchell auguraban buenos tiempos. El presidente norteamericano Herbert Hoover aseguraba que la baja bursátil pasaría en 60 días.

    Se reclamaba autoridad independiente para las conclusiones de la ciencia económica, y el liberalismo -que antes se llamó utilitarismo- imponía que todo problema económico podía resolverse por la libre competencia y todo problema político mediante el sistema representativo. El congresista La Guardia probó que los analistas financieros del Wall Street Journal, New York Times, New York Herald Tribune y otros medios recibían cheques de empresas quebradas para publicar informes optimistas.

    En 1933, el índice Dow-Jones descendió de 308 a 58. Nueve mil bancos quebraron, sin garantía.

    El ingreso nacional y el total de salarios bajaron 60% y la masa de desocupados llegó a 12,5 millones, sobre una población de 123 millones.

    El papel de la distribución creció hasta representar 59% del precio final de los productos. En este contexto, Joan Robinson publicó Teoría de la competencia imperfecta en 1933. Sostenía que el mercado perfecto se basa en el error de suponer que los compradores reaccionan todos en igual forma ante diferencia de precios. En los mercados reales, la demanda tiene en cuenta muchos otros detalles: la ubicación, el costo del transporte, la garantía de calidad, un nombre o marca conocidos, las facilidades ofrecidas, la categoría de los servicios, la publicidad, etc. No hay mercados homogéneos perfectamente competitivos. Las mercaderías producidas no son iguales entre sí, ya sea por razones objetivas o imaginarias. Por imperfección del mercado o diferenciación de producto, las mercancías no son indiferentes para los compradores.

    Ya los mercados no eran los de 1776 y la complejidad unida a una recesión aguda y mundial devino en una revaluación de las verdades establecidas cuyo atroz fracaso obligaba a un replanteo general y, siguiendo a Pigou, subordinar la economía a la ética: el objetivo del hombre no es la riqueza, sino el bienestar.

    La base de todo lo siguiente en Estados Unidos fue la labor de la Comisión Nacional Económica Temporal (TNEC) que durante dos años escuchó a 552 testigos durante 775 horas de audiencia, y produjo 3.300 documentos como pruebas técnicas, 31 tomos de audiencia, 6 suplementos y 43 monografías.

    En 1937 Robinson publicó Essay on the Theory of Employment donde aplica el análisis keynesiano al equilibrio de la balanza de pagos y expone que las variaciones del ingreso son más trascendentes que el nivel de precios; luego, si un país tiene un saldo negativo apreciable, el costo del reequilibrio puede ser insoportable: la baja del ingreso y la desocupación pueden ser tales que el objetivo del equilibrio resulte desproporcionado con los medios para obtenerlo, cuando el objetivo se puede obtener a mucho menor costo limitando las importaciones.

    Aportó fórmulas de uso general para determinar elasticidades y niveles de empleo y salario en mercados monopólicos e introdujo el factor tiempo en los modelos, condicionante de todas las magnitudes econométricas, poco valorado por los ortodoxos. En La acumulación de capital (1956) dividió la renta entre salarios y beneficios y analizó la disímil propensión al ahorro de los perceptores de rentas; analizó la división de la economía en sectores productores de medios de producción y de bienes de consumo.

    Luego de trabajar como consultora para gobiernos de países atrasados (Pakistán, Kenia) y organismos internacionales, publicó en 1979 -a los 75 años- Aspectos del desarrollo y subdesarrollo, donde comparte la visión pesimista de Myrdal sobre la evolución de los países atrasados. Dice: “La economía informal nace del obstinado deseo humano de seguir vivo; donde la empresa no ocupó el lugar, los autoempleados dan los servicios indispensables, el ingreso de los marginales mide el valor de los servicios que prestan. Dentro de las actuales condiciones el crecimiento poblacional impide el crecimiento del bienestar humano”.

    “El nivel de productividad de una economía no depende de la riqueza acumulada, sino de la tecnología adoptada y difundida.”

    “La teoría económica ortodoxa nunca discutió cuál es la mejor forma de invertir desde el punto de vista social. El nivel de vida lujoso se encuentra en los países más pobres.”