El asistente personal digital es sólo la denominación técnica de la más reciente y ambiciosa apuesta de la compañía Apple para abrir un nuevo mercado en el caldeado ambiente de la computación. Se trata de Newton, una especie de secretaria electrónica que puede almacenar, leer, enviar y seleccionar textos manuscritos y que cabe en un bolsillo. El usuario sólo tiene que garabatear un
mensaje, como “comunicarse con Pedro”, para que el equipo realice automáticamente la llamada. O anotar (siempre a mano) “almorzar con Alicia el jueves”, para que el compromiso quede incorporado a su agenda.
El éxito de la nueva criatura es de importancia estratégica para Apple, que en julio exhibió un balance trimestral con cifras preocupantes: una pérdida de US$ 188 millones, la más alta de sus 17 años de historia.
Según los analistas, el mal que aqueja a Apple es, aunque en menores proporciones, parecido al que padece su gigantesco rival, IBM: haber permanecido, durante demasiado tiempo, atrincherados en sus propios desarrollos tecnológicos: la línea Macintosh, en el caso de Apple, y los mainframes en el de Big Blue.
EL NEGOCIO CHINO DE GILLETTE.
Incluso para la compañía que ha convertido su nombre en sinónimo de las hojas de afeitar, la incursión en el mercado chino ha sido una larga y trabajosa marcha. Todo empezó hace algo más de una década, cuando Gillette logró formalizar un joint venture con una empresa estatal para producir sus famosas hojas de doble filo bajo la marca Rhino. La operación ha resultado rentable, pero
pequeña, para las dimensiones de la compañía y el país: 60 millones de unidades anuales en un mercado que puede absorber fácilmente 1.000 millones.
El gran salto adelante comenzó a gestarse hace dos años, a través de largas negociaciones que culminaron con la creación de una nueva compañía bautizada Gillette Shanghai, donde la corporación norteamericana ejerce el control de las acciones (70%) y del manejo de los negocios.
El desafío es, ahora, convencer a los chinos de que vale la pena invertir algo más que los 3 centavos de dólar que cuesta la clásica hojita y consumir productos más sofisticados. Gillette procura, para empezar, desarrollar su propio sistema de distribución, fuera de los canales administrados por el
gobierno. Y el bombardeo de productos recién empieza: en julio, la compañía estableció otra planta en Shanghai para fabricar sus no menos famosos cepillos dentales Oral B.
LA GUERRA DEL LUJO.
Maurizio Gucci, nieto del hombre que en 1922 fundó la compañía cuyo nombre se convirtió en símbolo de status aplicado en zapatos y accesorios de cuero, libra una publicitada batalla contra Investcorp, un merchant bank con sede en Bahrein, propietario de la mitad de las acciones de la empresa, en la que invirtió US$ 170 millones.
El portador del célebre apellido y actual presidente de la empresa ve peligrar su cargo, debido a que los banqueros no confían en su estilo de management. Gucci, a su vez, argumenta que el prestigio de la marca perecería a manos de los mismos financistas que adquirieron el control de la casa neoyorquina Tiffany sólo para poner luego en venta pública sus acciones.
Lo que parece estar en juego, realmente, es la posibilidad de que una firma como Gucci permanezca independiente en el volátil mercado de los artículos de lujo.
TENTACIONES CON GUSTO A FRUTA.
La industria licorera estadounidense, que ha visto estancarse -y en muchos casos, descender- sus ventas bajo el influjo de la nuevas tendencias del consumo, parece haber encontrado un prometedor negocio en los cócteles envasados de bajo contenido alcohólico. Se trata de bebidas dulces, con
sabor a frutas o a gaseosas, en las que la base espirituosa suele ser algún tipo de vino o un derivado de la malta. De lo que se trata es de no exceder los niveles de graduación que les impedirían llegar a los locales inhabilitados para vender bebidas alcohólicas propiamente dichas.
Nombres clásicos de la industria, como Jack Daniels, Bacardi y Smirnoff, ingresan así a kioscos y supermercados con coloridas botellitas y latas de aluminio, que incluso se abren igual que las de Pepsi o Coca-Cola.
Pero la victoria no es del todo dulce. El éxito de ventas (US$ 1.000 millones durante el último año) puso en alerta a organizaciones de consumidores, quienes denuncian que la estrategia comercial es engañosa e induce al consumo de alcohol a los adolescentes, seducidos por el packaging y el sabor
aparentemente inocentes de las nuevas bebidas.
