jueves, 30 de abril de 2026

    ¿Debe haber política industrial?

    En Estados Unidos, hasta hace poco, hablar de política industrial o de intento deliberado del Estado por impulsar determinadas actividades -por estratégicas que parecieran- era pecado en los medios académicos y en la gran prensa especializada. Pero los términos de la discusión han cambiado: ya no

    se trata de salvar al capitalismo sino de restaurar la competitividad de la industria estadounidense.

    La nueva tesis que se abre camino en la primera economía mundial es que solamente Estados Unidos se convirtió de verdad al laissez-faire, mientras que Japón y Europa Occidental recurrieron al apoyo irrestricto del Estado para lograr ventajas para sus empresas.

    Algunas opiniones son extremadamente críticas del modelo que fue hegemónico durante los años de Ronald Reagan -como lo es hoy en la Argentina-. Lo que se critica duramente es que, para el liberalismo económico a ultranza, al gobierno no debe preocuparle si hay retroceso en el campo

    automotriz, de semiconductores, de videocaseteras o de la industria aeroespacial. Tampoco si la fabricación de bienes emigra a otros países, aunque sea la política industrial de otro Estado -y no la mano invisible del mercado- la que permite la penetración de bienes importados en el mercado local en detrimento de la propia producción.

    Las modas, en materia de teoría económica, tardan más en llegar a nuestras playas, pero finalmente llegan. Hace un año nadie se atrevía a mencionar vocablos como “política industrial”, “subsidios” o “aranceles proteccionistas”, y mucho menos “cupos”.

    Todo ha cambiado rápidamente. El debate está instalado, proseguirá y está conectado con la evolución del actual plan o modelo económico impulsado por el gobierno, con lo que pueda ocurrir en el sector externo de la economía y, más cerca, con los niveles de desempleo.

    Sobre todos estos temas MERCADO conversó con un industrial de primera línea. El presidente de Acindar, el ingeniero Carlos Leone, demostró que se puede conjugar experiencia en la línea de fuego donde se toman las decisiones y, a la vez, sólida formación teórica.

    Leone prefiere que sea el mercado quien, libremente, determine el futuro perfil industrial del país.

    Sin embargo, sin mencionarlo, reclama que el Estado no “regale el mercado interno”.

    El problema central, en sus palabras, es si hay correspondencia entre la velocidad de cambio que impone el modelo diseñado por Domingo Cavallo y la capacidad de reconversión de la industria.

    Lo que sigue es la parte más sustanciosa de la extensa conversación.

    – ¿Hay política industrial en la Argentina?

    – Creo que todo gobierno, en cualquier país del mundo, hace política industrial de una forma u otra.

    El solo hecho de modificar un arancel, o de decidir arancel único o aranceles modificables, implica política industrial. A veces no es explícita, a lo mejor no está pensada para incidir sobre la industria, pero de hecho está interviniendo en la política industrial.

    Países que no tengan política industrial explícita pueda que los haya, pero implícitamente los gobiernos de alguna manera u otra actúan sobre la industria fijando estrategias o fijando políticas de largo plazo.

    – Cuando se habla de política industrial, usualmente se entiende la participación activa del gobierno en la fijación de ciertas reglas de juego con el ánimo de lograr determinados objetivos.

    – Es cierto, por eso le digo que puede que haya gobiernos que explícitamente no lo hagan pero, en definitiva, implícitamente terminan haciéndolo, porque la consecuencia de las decisiones políticas es un determinado perfil industrial.

    En la Argentina el tema se está manejando por vía arancelaria, ya sea por la vía de cupos o por sobrearanceles. El gobierno reacciona ante una situación que puede en algunos casos ser de avasallamiento por precios subsidiados en el exterior. Pero hay una reacción del gobierno, lo cual indica que la industria no está librada totalmente al azar.

    Es un gobierno que si bien no ha precisado qué tipo de industria quiere para la Argentina en el largo plazo, está reaccionando ante situaciones que pueden ser desparejas por subsidios.

    – Aquí tenemos dos teorías en pugna: una dice que el ejercicio pleno de la libertad de mercado va a producir los mejores resultados. La otra sostiene que hay que intervenir activamente en la consecución de determinados objetivos, porque si no los resultados pueden ser inconvenientes para los intereses del país y de la sociedad argentina. ¿Cuál es su preferencia?

    – Estoy mucho más por la primera que por la segunda. Con una acotación importante: los mercados no se deben regalar. Una cosa es que uno deje que el mercado fije libremente el lineamiento que puede seguir el país y otra cosa es que regalemos el mercado interno a cualquiera que quiera venir y hacer lo que quiera con él.

    Hay actividades en la Argentina que a futuro puedan tener grandes ventajas, como es el caso de todas aquellas actividades que de una manera o de otra dependen del agro. Si ahí somos productivos y seguimos aguas abajo agregando valor a la cadena alimenticia, ésa es una línea industrial argentina

    que puede tener mucho peso.

    Hay otras donde uno dice, por ejemplo: ¿por qué hace siderurgia la Argentina? Por la misma razón que Japón hace siderurgia: el valor que puede agregar es la inteligencia de su gente. Si en Latinoamérica y dentro del Mercosur tenemos obreros que son los más capacitados, y tenemos un esquema inteligente de industria de procesos, ¿por qué no podemos ser como Japón, factoría de muchos elementos?

    Capital para invertir en investigación, la Argentina no tiene ni va a tener en el largo plazo. Pero sí tiene capital para realizar industrias de proceso lo suficientemente económicas, de manera que sea una ventaja competitiva en Latinoamérica. Siempre digo que si uno mira quién inventó el reloj, o el

    compact disc, o la cámara fotográfica, nada de eso fue inventado en Japón, pero hoy es fabricado en Japón, porque Japón invirtió en los últimos 40 años en toda la parte de proceso para tener la industria adecuada para poder fabricar esos elementos.

    – No es casual que haya citado a Japón. Tanto en Estados Unidos como en otras economías más o menos abiertas se cuestiona a este país por un presunto intervencionismo estatal en la fijación de la política económica. En este caso, ¿ha sido el mercado el que ha determinado la marcha de los acontecimientos o ha sido una activa política estatal?

    – Ningún país de Oriente trabaja con el esquema de que el mercado es el que fija libremente los criterios a aplicar. Japón, Corea o Singapur son países sumamente planificados con tendencias de muy largo plazo.

    En países como la Argentina, creo que el mercado puede fijar cuáles son las ventajas competitivas. Lo que no quiere decir que se tenga que dar total libertad para que cualquiera, sin invertir, o con otra escala impositiva distinta de la nuestra, venga y pase por encima del mercado interno con total libertad. En Estados Unidos, cuando la importación de acero supera 15 % del que se produce en el país, se arman, o existen, lobbies fenomenales para cerrar la importación. Acá hemos llegado a tener 60% de acero importado, en el caso de la chapa de Somisa, sin que nadie moviese un dedo hasta que Somisa se privatizó.

    – Decía Saburo Okita en una de sus visitas que la diferencia sustancial entre la política argentina y la japonesa era que en Japón se subsidiaban las industrias del “mañana”, y que la Argentina había pasado mucho tiempo subsidiando las industrias “del pasado”. ¿Qué le parece la reflexión?

    – Lo pondría de otra forma: creo que la Argentina subsidió la industria durante mucho tiempo sin una contrapartida válida. En algún momento el subsidio se hizo con las leyes de promoción industrial provinciales. Por falta de control o por un desmanejo total, muy pocas empresas serias aprovecharon ese esquema de subsidio y se instalaron realmente en forma definitiva en las provincias.

    Lo primero que debió haberse hecho es definir cómo queremos que se ubique la población en el país.

    Si el objetivo es que la población se radique en otros lugares del país, hay que abrir fronteras. Para eso tengo que dar un subsidio, determinar qué tipo de industrias son las que quiero subsidiar y lograr que se instalen en el interior aquellas que utilicen las ventajas comparativas de la provincia elegida.

    Seguramente alguien lo pensó así, pero nunca fue llevado a la práctica. La Argentina ha gastado mucho dinero en subsidios independientemente de que se trate de la industria del “ayer” o del “mañana”, en aventuras que no llevaron a concreciones.

    Hoy los gobiernos cada vez intervienen menos en la industria; existe mayor apertura mundial y, por tanto, existe mayor competencia.

    – Hablemos del desempleo. En el proceso de reconversión que hubo en el mundo industrializado durante la década pasada se partió del supuesto de que el desempleo era transitorio y que obedecía al impacto de una recesión por la que pasaban estos países. La recesión está terminando en casi todos ellos, y el desempleo no sólo persiste sino que aumenta. Hay un desempleo estructural que tiene que ver con nuevas formas de producir, con impactos tecnológicos. El punto es: los empleos que estamos perdiendo en la Argentina, ¿cómo los vamos a recuperar?

    – Es cierto que todavía este modelo no ha logrado resolver totalmente el problema del desempleo, porque hoy la rentabilidad de capital es mayor que la rentabilidad de mano de obra. En consecuencia, hay fuerte inversión para desalojar empleo.

    El caso argentino es distinto porque hemos estado tan atrasados en cuanto a la inversión en el área de servicios -en los próximos diez años es muy importante lo que hay que invertir en esa área- que parte de la mano de obra desempleada por la industria está yendo al área de servicios, y eso está haciendo que el desempleo disminuya.

    – Pero el salario no es el mismo, generalmente es mucho más bajo en el sector de servicios que en el industrial.

    – También es cierto. Pero ahí entramos en el tema del costo salarial; en la medida en que la Argentina no cambie algunas de sus leyes y reduzca su costo salarial, la rentabilidad del capital seguirá siendo mucho más alta que la salarial. Y cuando digo costo salarial no sólo me refiero a la ley de contratos

    de trabajo; también a la legislación que regula los accidentes de trabajo.

    Para evitar el desempleo, es importante cambiar el perfil educativo de la gente. Hoy se necesita una capacitación mucho mayor. Las empresas del Estado -que eran tantas- no se preocuparon en capacitar a su personal, y mucha de la mano de obra desocupada que vivía de un sueldo malo o de varios empleos, pero siempre haciendo tareas operativas, se encuentra con empresas que le exigen

    un nivel mayor. Hay un gran esfuerzo en la Argentina para cambiar el perfil de capacitación de la mano de obra, cosa que también lo estamos viendo en Acindar.

    El año pasado hemos mandado a más de 20 personas a Japón por 3 meses y este año estamos enviando a 30, para capacitarse en todo lo que es manejo de grupos, industrias de proceso, pérdidas por mermas, pérdidas por tiempo de cambio. No necesitan capacitarse para hacer acero, porque eso lo sabemos hacer muy bien, pero sí en todo lo que es industria de proceso, de manera de lograr la eficiencia y el mejoramiento continuo.

    – Esto significa que no solamente el Estado debe redefinir e impulsar un nuevo perfil educativo sino que la empresa privada debe involucrarse en el proceso.

    – El Estado tiene sus deberes que hacer, fundamentalmente normas legales que sean adecuadas y lógicas. Pero los empresarios y los distintos estratos que integran la sociedad tienen que preocuparse por el nivel educativo de la gente por varios motivos:

    Primero, porque de las escuelas técnicas o de las universidades saldrá la gente con la que tendremos que nutrir nuestras plantas durante los próximos 25 o más años. Si uno analiza qué pasa hoy en las escuelas técnicas, hay un no entender a la industria: la educación está yendo por un camino y la

    industria por otro. ¿Cómo estamos intentando resolver esto? Invitando a profesores del CONET a que se incorporen a los cursos internos de la empresa para tratar de acercar a esos profesores a la realidad industrial, de manera que cuando lleguen a los chicos de alguna manera hagan de elemento multiplicador.

    Segundo, prestamos nuestros laboratorios a estudiantes avanzados de escuelas técnicas o secundarias porque están mucho mejor equipados, y por lo tanto van a trabajar con equipos de última generación. Se dan becas a los alumnos que están en los últimos años de su carrera, pero ésas son soluciones parciales que Acindar hace o que hacen otras empresas.

    Deberíamos tratar de sumarlas de manera de buscar una simetría conjunta con un fin que es el modelo educativo de país que queremos dentro de los próximos 25 años. En este punto estamos todavía muy dispersos. El Consejo Empresario está haciendo algo muy bueno que espero sea la base para empezar a construir, una vez que sepamos, cuál es la realidad.

    – Lo cito a usted: siempre hay política industrial, implícita o no, donde cualquier decisión que se tome afecta el perfil industrial. ¿Cuál va a ser -entonces- el perfil que va a tener la industria con la política que está aplicando este gobierno?

    – Con la política actual se está yendo hacia una industria que tendrá que ser altamente eficiente. Si uno compara los costos argentinos respecto de los costos de países como Brasil, Chile o Venezuela, para ubicarnos dentro del Mercosur y de América latina, los nuestros son, en términos comparativos,

    sustancialmente más elevados. Por distintos motivos. En Brasil la alta inflación hace que las tarifas se atrasen; en Chile las cargas sociales por la mano de obra son comparativamente las más bajas de todo el conjunto.

    Con costos elevados la única manera de resolver el tema es tener una productividad muy superior.

    – Usted dice que estos costos elevados son por un largo tiempo, que no hay posibilidad de cambio.

    – Creo que la mano de obra en la Argentina va a tener siempre un mayor nivel remunerativo que en otros países. Al ser más capacitada, la tengo que remunerar más.

    Si miro las tarifas de energía eléctrica o de gas -todo está privatizado, con lo cual debo asumir que tiene un valor de mercado-, compruebo que hay otros países que tienen una política de subsidios, ya sea por la inflación o por otros medios, y necesariamente van a tener tarifas más bajas.

    Si miro el esquema impositivo, creo que se puede mejorar mucho, sobre todo en lo que hace a los impuestos directos que cobran las provincias o los municipios sobre el suministro de gas o de energía eléctrica, porque eso también es un subsidio directo de importación. Lo concreto es que hoy

    representan un costo mayor que hacer afuera el mismo material. El único camino es perseverar en el aumento continuo de la productividad.

    La gran duda es si la velocidad de cambio que la industria le está dando a este proceso coincide con este plan, porque si fuera inferior el modelo no cierra, porque cada vez habrá más problemas industriales, menor competitividad, menores ventas, y por lo tanto la recaudación fiscal no cerrará.

    Si la velocidad de cambio que le da la industria es superior al modelo planteado, vamos a llegar a buen puerto. No le puedo decir si la velocidad de cambio es la adecuada o no para el modelo planteado.

    – Aun asumiendo que la velocidad de cambio sea la más favorable, ¿cómo queda la situación del sector externo; aumentarán las exportaciones?

    – Sí, en la medida en que logremos la productividad adecuada para este modelo. En ese caso, la Argentina va a ser un país sumamente productivo comparado con el resto, por lo tanto va a tener posibilidades de exportar.

    Fíjese que nosotros, en Acindar, sin haber terminado el cambio al modelo de productividad en forma total, hemos dado un primer paso. El segundo lo pensamos concretar a fines del año entrante con otra inversión significativa.

    Estamos incrementando nuestras exportaciones: fueron de US$ 20 millones el ejercicio pasado, este año proyectamos US$ 40 millones y en 1994 estimamos que serán de US$ 80 millones.

    – Si la velocidad de cambio de la industria tiene esta aceleración que usted considera necesaria, ¿cómo caracterizaría el perfil industrial de la Argentina en la década?

    – Va a predominar aquella industria que haya podido dar el salto tecnológico. Lo que yo no sé es qué rama lo va a lograr y qué rama no. Va a sobrevivir aquella que haya tenido la inteligencia suficiente como para enfrentar el cambio. Lo que sí es seguro es que va a ser un modelo de país totalmente distinto.

    Es el caso de la industria siderúrgica, una de las industrias madre. Será necesario defender a nuestros clientes, que son las pequeñas y las medianas empresas, porque por más que haya hecho el cambio tecnológico una empresa como Acindar, si se queda sin clientes es como si no lo hubiera hecho.

    Habrá que lograr distintos tipos de acuerdos en el largo plazo de manera que se conjuguen estrategias. Acindar no vale mucho si atrás no tiene a Scania, o no tiene el proyecto de Transax, o no tiene determinado proyecto de industria automotriz. Ese es el modo de lograr realmente una exportación de mucha mayor inteligencia.

    – La única restricción que nombró al principio es la de no regalar mercados. ¿Se ha incurrido en ello, hemos regalado mercados?

    – Creo que la apertura, con la cual coincido totalmente, fue hecha demasiado rápido. No puedo decir que estuvo bien o mal; a mi entender estuvo hecha demasiado rápido. Se puede tomar una decisión de hacer una apertura rápida, pero la industria no se reconvierte con esa velocidad. Una resolución la

    puedo tomar en un día, pero un día no es suficiente para la industria.

    – En todo el mundo se ha flexibilizado la recepción al capital extranjero, de manera que el solo hecho de tener una legislación beneficiosa no es suficiente.

    – Por eso digo que no tenemos que pararnos, tenemos que cambiar algunas leyes impositivas o laborales que todavía nos complican la vida, y lo que sobre todo tenemos que dar como país es una confiabilidad de largo plazo. Muchas de las dudas de los inversores extranjeros es qué va a pasar después del ´95. A mi entender después del ´95 no pasa nada.

    – ¿Su afirmación significa que cualquiera sea el partido que triunfe en el ´95 la línea está trazada y se va a seguir en esa dirección?

    – Creo que el modelo económico está trazado y, si bien podrá haber matices, se continuará en la misma dirección. Los principales generadores de opinión de la Unión Cívica Radical -incluido Federico Storani-, tienen este modelo. No veo ningún riesgo por ese lado.

    Por otra parte, el Estado de hoy tiene mucho menor peso industrial y menor presencia en el campo de los servicios. Con un sector privado gravitante sólo se puede profundizar el modelo.

    – Sin embargo, ha visto usted las dudas que genera el trabajo de Cepal/Indec sobre el perfil industrial que se está delineando en los últimos dos años.

    – Le voy a hacer un par de comentarios con un estudio que se hizo en Fiel: hay tres elementos que el modelo argentino todavía no ha logrado cerrar, si uno mira lo que pasó con la Alemania y el Japón de postguerra. El ahorro interno y la inversión son más bajos, mientras que el gasto público es más alto en Argentina que en cualquier otro país.

    Ahorro: en la medida en que vayamos hacia un sistema de capitalización de los fondos de pensión, esa meta se va ir logrando.

    Inversión: es muy difícil de medir. Las rentabilidades de la inversión hoy son muy superiores de lo que eran en los modelos del ´46-´48. Con un dólar invertido hoy tengo mucha más productividad que la que tenía en esa época. También quiero decir que con un dólar invertido en la industria privada

    voy a tener mucha más rentabilidad de lo que tenía con un dólar invertido en el Estado. Si bien es cierto que las tasas parecen un poco bajas, creo que hay que profundizar un poco más el análisis para determinar si ese valor de tasa es adecuado. Pensemos lo que era la industria siderúrgica hace 30 años: había que invertir US$ 1.500 por tonelada de capacidad anual producida, y hoy se demostró que con US$ 500 alcanza.

    – La hipótesis que plantea tiene un contrargumento: en la medida en que aparezcan los fondos de pensiones va a haber una masa de recursos que se puede volcar al desarrollo de un mercado de capital que atienda los requerimientos del sector privado. ¿Pero no será el caso de que el Estado se

    convierta nuevamente en el principal captador y utilizador de esa masa de recursos?

    – Puede ser. Si esta ley de fondo de pensión hace que 80% de los recursos tenga que volver al Estado, todo lo que estoy haciendo no sirve de nada. Es muy importante el papel del empresariado y el papel del Estado.

    – ¿Es el subconsciente o se le olvidó el sector sindical?

    – No, creo que los sindicalistas serios se han dado cuenta de que la lucha es conjunta, empresa/trabajadores, para poder resolver este modelo, y por otro lado los sindicatos tienen un papel que es hacer llegar honestamente, sobre todo en empresas muy grandes, las inquietudes que puede tener la gente. No minimizo el tema del sindicalismo, creo que van cambiando de papel. Hoy

    un papel contestatario, sin soluciones, no sirve ni a la empresa ni al país ni a nadie, tal es así que los sindicalistas están en el camino de plantear soluciones. Si no, privatizaciones como la de Somisa no se hubiesen podido hacer.

    – ¿Puede haber algún día en la Argentina algo parecido a Alemania, un acuerdo entre el gobierno, empresarios y sindicatos sobre determinados objetivos?

    – Es el camino que debemos transitar. Tenemos que definir qué modelo de país queremos, pensando en trabajar todos juntos para ese modelo. Lentamente creo que vamos hacia ese camino.