El gas de Vaca Muerta y un insumo estratégico: la confianza

Por Juan Bosch – CEO de SAESA, experto en comercialización energética

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En 2026 Argentina bate récords de producción de gas y petróleo cada mes. Mientras
amanece un futuro esperanzador, alborean señales promisorias: recuperamos algún
mercado (Chile, algún atisbo en Brasil) y comenzamos a ganar otros (Europa, Asia);
avanzan proyectos de infraestructura para tratar, transportar e industrializar gas a
ritmos y en magnitudes jamás vistas en la región.

Esta hiperactividad influye en la vida real: puede ser imperceptible en el Gran Buenos
Aires, pese a que el impacto del superávit energético mejora las variables económicas
para todos. Pero en las provincias hidrocarburíferas y en muchos centros industriales
donde infinidad de pymes han incorporado clientes del “oil & gas”, el impacto es muy
visible. Pero es apenas un comienzo: la producción de gas, hoy en promedios de 120
MMm3/día (Ciento Veinte Millones de metros cúbicos por día, promedio año) podría
duplicarse en pocos años.

Los gráficos muestran lo que podemos lograr. Es una posibilidad, no un hecho certero.
Para lograr un objetivo ambicioso, como todo en la vida, hay que ser serios,
perseverantes y disciplinados. Evitar el facilismo, huir de atajos cortoplacistas.

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La advertencia no es pueril en Argentina. En los últimos lustros Argentina fue
sistemáticamente improvisada, cortoplacista y necia. Pasamos de ser modelo de
desarrollo energético a ser los parias en la materia. De atraer gigantescas inversiones
para atravesar la Cordillera de los Andes con gasoductos, oleoducto, electroductos,
cruzar el Rio de la Plata, el Rio Paraná y media Mesopotamia local con gasoductos,
todo para proveer de energía a la región, a destruirlo todo como un Rey Midas inverso.
En poco tiempo destruimos esos activos, esos contratos y, sobre todo, la confianza.

Todo ello, por tomar atajos, por “comernos el stock” como si fuera gratis, por ser
pícaros y cortoplacistas.

Ese desastre no cuidó la soberanía energética: el resultado no fue más energía
argentina para los argentinos. Fue un déficit energético que durante lustros impactó
las cuentas públicas y las de todos los argentinos. Deuda, emisión e inflación se
explican en buena medida por el la “factura energética” que debieron pagar todos los
argentinos.

Hay motivos para ilusionarse y creer en un futuro energético y gasífero muy
prometedor. Hay un mercado global y regional necesitando el gas que Argentina
puede proveer, hay inversores dispuestos a apostar si las condiciones son las correctas.

Lo que ya se logró (ver récords de producción y superávit energético como botón de
muestra) es gigante. Lo que puede hacerse es mucho más grande aún.

Para lograrlo hay que trabajar con seriedad, disciplina y determinación. No
desandemos el camino, ya vivimos lo caro que nos cuestan la necedad y los atajos.

Respetemos reglas y contratos, reconstruyamos confianza, edifiquemos un futuro con
una Argentina como jugador relevante en el mercado regional y global de energía.

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