Para las empresas nacionales del sector pesquero, la actual bonanza de los mercados externos no alcanza todavía a compensar las consecuencias de la fuerte baja de los precios internacionales registrada a partir de 1991 y del aumento de los costos internos. Ambos factores las obligaron a operar con quebranto, especialmente a aquellas firmas que no adecuaron sus estructuras fabriles y mantienen instalaciones industriales que operan con elevados costos y no permiten obtener productos de la calidad requerida por el mercado.
La contracción de los precios desde 1991 hasta mediados de este año se debió a varios factores: la aguda recesión económica de los países de la Unión Europea y las fuertes devaluaciones de la lira y la peseta, a lo que se agregó, a partir de 1992, la decisión del gobierno estadounidense de reducir en
30% las importaciones de fish blocks de merluza.
Con la creciente gravitación de los supermercados, el consumo doméstico está cambiando a pasos acelerados, al amparo de productos de alta calidad que las empresas locales más tecnificadas comenzaron a ofrecer.
Mar del Plata, el centro tradicional pesquero argentino, cuya producción se destina en 25% al mercado local, comenzó en los últimos años un proceso de incorporación de nueva tecnología, que gracias al aumento del consumo local le permitirá recuperar progresivamente la gravitación que había perdido dentro de la industria. En los finales de la década del ´80 y comienzos de la actual, la
incorporación de nuevas empresas en la costa patagónica determinó que perdiera terreno dentro de la actividad pesquera del país.
En este aspecto influyó la profunda reestructuración a la que, por exigencias del mercado, se vieron sometidas las empresas que operaban en la zona, tanto por la falta de inversiones en infraestructura fabril como por la antigüedad de la flota, cuyas unidades en promedio superan 25 años. Muchas empresas no cumplían con las obligaciones fiscales y previsionales y, al tener que actualizar sus deudas en estos rubros, quedaron marginadas del mercado.
Actualmente, desde Mar del Plata operan 50 buques pesqueros de altura, y el sector brinda trabajo en forma directa a más de 10.000 personas, según señala Homero R. Cánepa, gerente ejecutivo de la Cámara Argentina de Procesadores de Pescado.
Muchos Pequeños.
Pese a la depuración, el sector pesquero marplatense aún cuenta con aproximadamente 300 frigoríficos; de ellos, poco más de una docena son grandes empresas. El resto pertenece a la categoría de pequeñas y medianas firmas especializadas en determinadas variedades.
Las empresas pesqueras marplatenses se vieron afectadas también por la tendencia mundial de reemplazar las flotas costeras por los llamados buques congeladores, que capturan y congelan el producto en alta mar con distintos niveles de elaboración. Esto es así porque está comprobado que el pescado exhibe un mayor nivel de calidad cuanto más rápido se lo congela después de la captura.
Según Cánepa, las inversiones realizadas por la industria pesquera en la zona alcanzan a US$ 300 millones, con una facturación anual de US$ 200 millones, de la cual US$ 150 millones provienen de la exportación. “Esto último es importante”, sostiene Cánepa, “porque revela los avances tecnológicos
incorporados para cumplir con las severas exigencias sanitarias y de calidad de la Unión Europea, Estados Unidos y Canadá, tanto en lo que respecta a las plantas como a los buques”.
De la Pescadería a la Boutique.
Horacio Rodríguez, ex director nacional de Economía Pesquera (1968-1976), consultor de empresas y editor de la Guía pesquera argentina, señala que hasta no hace mucho tiempo el mercado local estaba desabastecido de productos de alta calidad. “Hoy, en cambio, algunas pescaderías parecen boutiques”, proclama.
Estos profundos cambios en la comercialización, sumados a la mejor calidad de los productos que se ofrecen al mercado, condujeron a que el consumo per capita se elevara a un promedio de 4,5 kilos anuales, lo que representa un aumento sustancial frente a los 3,5 kilos de hace pocos años. La merluza sigue siendo la variedad más apetecida por los argentinos, pero en los últimos años se advierte un notorio repunte de otras especies, como corvina, mero, abadejo, salmón, pejerrey y anchoíta.
Con la incorporación a la plaza de las boutiques del pescado no sólo se favoreció el consumo directo, sino también la demanda de comidas preparadas, un rubro que hasta no hace mucho era prácticamente inexistente, debido, sobre todo, a la falta de confianza del público, que solía dudar de que el producto se encontrara en perfecto estado de conservación. Ahora es común observar colas
para comprar en las pescaderías de los supermercados, cuando tradicionalmente esto ocurría únicamente en los días previos a Semana Santa.
En lo que respecta a las exportaciones, aproximadamente la mitad se originan en empresas argentinas con plantas en el país, mientras que una cuarta parte proviene de empresas mixtas argentino-españolas, que también cuentan con plantas procesadoras en la Argentina.
La cuarta parte restante (cerca de US$ 190 millones) corresponde a empresas argentino-orientales (que en su mayoría no tienen plantas instaladas en el país) y a los buques que efectúan la operación de charteo: unidades factorías que abonan un canon anual por operar en la plataforma continental argentina y exportan directamente la producción, sin pasar por los puertos y las plantas
procesadoras locales.
Las empresas de origen oriental que operan en las costas argentinas se multiplicaron en los últimos años; en la actualidad son cerca de 40.
El charteo comenzó a gravitar en la captura a partir de la temporada 1991/1992. En el primero de esos años, la producción total del país se elevó de 544.700 a 630.000 toneladas, para subir en el siguiente a 692.110 toneladas.
Las operaciones de charteo se relacionan con la captura del calamar, muy vinculada, a su vez, con las negociaciones en torno de las islas Malvinas y, por lo tanto, con la necesidad del gobierno de ocupar toda la zona económica de pesca exclusiva del país. Además de aumentar la producción, el charteo
tuvo la finalidad de frenar la expansión pesquera entorno de las Malvinas. Al otorgar la Argentina permisos de charteo para pescar en la zona por la que el calamar se dirige hacia las islas, obligó al gobierno británico a entablar negociaciones; de lo contrario, disminuiría la dimensión de los cardúmenes de calamar que se acercan a las Malvinas, lo que afectaría en forma sensible los ingresos del archipiélago, integrados en su mayor parte por los cánones que perciben de los barcos factorías que capturan esa especie en las inmediaciones de sus costas y dentro de la zona de exclusión.
El Socio Japonés.
Según Félix Manuel Cirio, subsecretario de Producción Agropecuaria y Mercados, de la Secretaría de Agricultura y Pesca, la política oficial en la materia se encuentra en una etapa de revisión y replanteo.
Lo que se consiguió en los últimos años, sostiene el funcionario, es una fuerte expansión de las capturas, especialmente del calamar y del langostino, que se hallaban subexplotadas. El volumen de captura actual está dentro de los máximos permisibles; una producción mayor afectaría el nivel de los próximos años, debido a que éste es un recurso renovable sujeto a rígidas leyes naturales.
Los límites de producción son establecidos por la Secretaría de Agricultura sobre la base de estudios técnicos realizados por el Inidep (Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero), con sede en Mar del Plata y cuya infraestructura fue modernizada con el apoyo del gobierno japonés.
El interés de este país por profundizar la investigación de los caladeros argentinos tiene su explicación. Con 80 kilos anuales por habitante, es el principal consumidor mundial de pescado, casi 20 veces más que la Argentina, que se constituyó en su principal proveedor.
Alcanzado el límite máximo de captación, la acción del gobierno se encamina ahora a fomentar la instalación de plantas en tierra, para obtener una exportación de mayor valor agregado. Con esa finalidad, a partir de enero se modificará la estructura arancelaria. Los productos con un mayor proceso de industrialización pasarán a percibir un reintegro de 18% contra 7,5% que reciben
actualmente. En este renglón se ubicarán, por ejemplo, los llamados filetes empanados en envases pequeños.
Los fish blocks (filetes congelados, desgrasados y sin espinas) pasarán de un reintegro actual de 7,5 a 14 o 16%, según el tipo de envase en el que se exporten.
Los permisos de charteo vencen en agosto de 1995. A partir de ese momento, sostiene Cirio, las empresas que deseen continuar con ese tipo de operación deberán efectuar un mayor procesamiento fabril en tierra, mediante inversiones directas, y lograr permisos para que los productos argentinos puedan acceder a los mercados internos de sus respectivos países.
Esto es importante, porque Japón, el principal cliente de la industria pesquera argentina, fija cuotas anuales para la importación del calamar. Pero, bajo el actual sistema de charteo, la Argentina carece de cuota de importación; al ser exportado el producto por buques pertenecientes a empresas japonesas, el gobierno de ese país no lo considera una importación.
Anualmente Japón importa 500.000 toneladas de calamar; de ellas, 80.000 son provistas por la Argentina, que, con una captura anual de 200.000 toneladas, es considerado el caladero más importante del Atlántico Sur.
De las exportaciones totales pesqueras argentinas, el filete de merluza absorbe 30%, seguido por el calamar, con 25%, y los langostinos (22%). Con 11% se ubican las especies evisceradas y sin cabeza (HG), y el surimí (pasta de pescado) con 8%.
Más Control y Más Frío.
La nueva política pesquera que implantará el gobierno se basa también en la aplicación de mayores controles a los buques, para que cumplan estrictamente las zonas de veda y se evite la intromisión de los de bandera extranjera en la zona exclusiva argentina.
Los convenios suscriptos con la Prefectura Naval Argentina y con la Gendarmería Nacional permitieron que en los últimos años se produjeran importantes avances en materia de contralor.
Estos logros se consolidarán notablemente con la instalación, en todas las embarcaciones de bandera nacional, de un moderno sistema de control satelital que, según Cirio, permitirá un monitoreo permanente del lugar donde se encuentran pescando.
El sistema estará en funcionamiento en 1995 y permitirá también una mejor y más rápida localización de los barcos pesqueros extranjeros en la zona exclusiva argentina.
Uno de los principales problemas que enfrentó el desarrollo de la industria pesquera argentina fue la falta de una infraestructura de frío adecuada, de la que hasta 1985 prácticamente se carecía. La falta de una red nacional de plantas frigoríficas comenzó a solucionarse con la incorporación de modernas
plantas procesadoras en la Patagonia, que en su primera etapa estaban formadas en su mayor parte por capitales españoles y argentinos.
El primer intento serio de desarrollar la industria pesquera se produjo a partir de 1971, cuando se promulgaron cuatro leyes de promoción. Merced a los altos subsidios y ventajas crediticias (los préstamos en pesos se otorgaban a tasas inferiores a 10% anual), hasta 1985 se incorporaron a la flota pesquera local unas 200 unidades, en su mayoría cercanas al fin de su vida útil, aunque en su
momento permitieron elevar la capacidad de captura de 250.000 a 700.000 toneladas anuales. De esas unidades hoy quedan menos de 40 en condiciones operativas rentables.
Los incentivos crediticios e impositivos acordados por las leyes hicieron crecer rápidamente los volúmenes de captura y las exportaciones crecieron rápidamente. El primer salto realmente importante en la captura se produjo en 1979, cuando se obtuvieron 550.000 toneladas, por la enorme influencia que tuvieron las nuevas empresas radicadas en la zona patagónica, al sur del río
Colorado.
Adiós a los Subsidios.
La incorporación de las nuevas embarcaciones trajo aparejado un cambio muy importante en la estructura que hasta esos momentos tenía la industria pesquera, basada fundamentalmente en la comercialización de la producción en el mercado interno, como producto fresco. Las escasas exportaciones también se realizaban en esas condiciones, con las enormes limitaciones del caso: el
enfriamiento por hielo mantiene la calidad del producto por un lapso no superior a doce días. Las primeras partidas de productos congelados fueron de merluza (fish block).
Tuvieron que pasar otros once años, hasta 1990, para que la industria volviera a nivelar los volúmenes de captura de 1979, aunque ahora en condiciones totalmente distintas. En gran parte contribuyó a esta recuperación de la producción y de las exportaciones la intensificación de la captura del langostino en la zona del golfo Nuevo.
Cuando en 1985 finalizaron, después de varias prórrogas, los incentivos otorgados por leyes de promoción del sector, el país dio un giro de 180 grados en materia de política pesquera. Hasta esa fecha se propiciaba la instalación de plantas pesqueras en el país. Al firmarse ese año los acuerdos con Rusia y con Bulgaria, se optó por la política de canon pesquero, que, mediante el pago de una simple regalía relacionada con la producción, permitía operar a los buques de esas banderas sin la obligación para las empresas de instalar plantas procesadoras en la Argentina.
Estos convenios culminaron en 1991 y a partir de esa fecha se continuó con la misma política, al autorizarse el charteo de barcos (por plazos entre uno y tres años) por parte de empresas orientales, especialmente de Japón, Corea, Taiwán y últimamente China.
Panorama Alentador.
La mejora que exhibió el precio del producto en los mercados internacionales (entre 15 y 30% desde julio) y el aumento del consumo local hacen abrigar esperanzas a los directivos del sector de que el año próximo también podrá obtenerse un buen nivel de captura sin mayores problemas para su colocación. Por lo menos, así lo hace suponer el hecho de que la mayoría de las empresas ya tienen comprometida su producción hasta marzo, a precios apreciablemente superiores a los vigentes un año atrás.
Los precios actuales en el mercado internacional son similares a de 1991, antes de que se produjera la gran baja. En 1988, por ejemplo, el nivel promedio por tonelada exportada se situó en US$ 1.750, mientras que en 1992 fue de US$ 1.430 y en 1993 de US$ 1.440.
Si en 1995 se logrará recuperar el nivel de precios de 1988, las 500.000 toneladas anuales volcadas a los mercados internacionales representarían un ingreso extra para el sector de aproximadamente US$ 200 millones, con lo cual las exportaciones pesqueras totales se acercarían a US$ 1.000 millones. Para una mejor evaluación de estas cifras, es oportuno compararlas con las exportaciones de carnes, que en 1993 ascendieron a US$ 472 millones y este año probablemente orillen US$ 550 millones.
Luis García.
TESTIGO DE LA CRISIS.
La evolución de Alpesca, una empresa perteneciente al grupo Alpargatas, refleja con bastante aproximación los altibajos de la industria pesquera en los últimos años. Nació en 1979 de la asociación de Alpargatas con empresas españolas, que compraron la compañía Inda Hnos., propietaria de la fábrica de conservas Cascabel. Uno año más tarde, adquirió la planta de Fadeco, también ubicada en Mar del Plata, con la intención de agregar a la línea de conservas el pescado
fresco. En 1984 y 1985 soportó la primera gran crisis, debido a dos factores simultáneos: la baja de los precios internacionales y diversos conflictos gremiales. En 1985 los españoles abandonaron el barco y Alpargatas continuó sola con la explotación hasta 1989, cuando forjó una sociedad por partes iguales con National Sea Products, de Canadá, que mediante un importante apoyo financiero puso en marcha el proyecto de Puerto Madryn, que incluía la incorporación de cinco buques de altura.
La fuerte caída que a mediados de 1991 volvieron a soportar los precios internacionales la sumió en otra importante crisis, que según su director Pablo Silveyra obligó a encarar una profunda reestructuración, que culminó con el cierre de las plantas ubicadas en Mar del Plata y con una fuerte reducción de la estructura de las instalaciones de Puerto Madryn. Debido a estas reformas, el
personal total de la compañía se redujo de 2.600 a 800 personas. Actualmente procesa 1.500 toneladas mensuales de blocks congelados de merluza, destinados en su totalidad a mercados del exterior.
Con esta producción obtuvo en 1993 una venta de $ 24 millones, que en 1994 trepará a $ 30 millones, favorecida por la suba de los precios internacionales. En 1995 podría llegar a $ 36 millones.
Actualmente se encuentra operando al máximo de la capacidad disponible. Ha ncarado un plan de ampliación para llevar la capacidad a 1.700 toneladas mensuales.
Debido a las buenas perspectivas que ofrece la plaza local, este año reinició las ventas de conservas con la marca Cascabel (atún, caballa y sardinas) pero con materia prima importada. Si esta experiencia tiene éxito, afirma Silveyra, comenzará a procesar esas especies en la planta de Puerto Madryn.
Esta no es la única novedad. Con la empresa chilena Pesquera Iquique, constituyó Patagonian Pride.
Es una inversión de $ 10 millones, destinada a explotar especies que se desarrollan en aguas muy profundas y frías (principalmente merluza negra, abadejo y mero) con destino exclusivo para la exportación a países de Oriente y de la costa del Pacífico de Estados Unidos.
Debido a que son productos muy bien ubicados (el precio subió 40% en los últimos meses), Silveyra considera que la facturación inicial prevista ($ 14 millones) será superada con cierta holgura en los próximos años.
“Esta es la primera asociación de empresarios chilenos y argentinos en materia de pesca”, se enorgullece Silveyra.
En cuanto a las perspectivas generales de la actividad pesquera Silveyra sostiene que los precios deberían mantenerse en los valores actuales, debido, entre otros factores, al crecimiento de la demanda de pescado blanco (merluza y bacalao) en Brasil, Estados Unidos y Europa como consecuencia de la reactivación económica.
A ello se agrega la menor producción de Rusia y Polonia, por haber excedido en los últimos años su capacidad normal de captura. “Lo importante”, afirma Silveyra, “es que los precios internacionales no se encrespen demasiado”. La razón es obvia: con precios demasiado altos, comienzan a tener fuerte
influencia los alimentos alternativos, lo que afectaría el consumo y traería nuevamente incertidumbre en todo el sector.
ENTRE MOTOS Y BARCOS.
Zanella Mare es el fruto de la inversión más importante registrada en los últimos años en la industria pesquera de Mar del Plata. La empresa nació bajo el influjo de la política de diversificación de la tradicional fábrica de motos y ciclomotores Zanella que, a un costo de US$ 15 millones, construyó una moderna planta industrial de 4.900 metros cuadrados y adquirió tres buques de altura.
La fábrica dispone de un potencial de producción de 600 toneladas mensuales, pero todavía opera por debajo de esa capacidad. En el primer ejercicio (julio 1993/junio 1994) concretó ventas por $ 4,7 millones, distribuidas en partes prácticamente iguales entre mercado interno y exportaciones. En el ejercicio actual (julio 1994/junio 1995) esa relación se modificará sustancialmente; sobre una facturación total prevista de $ 9 millones, 90% ($ 8 millones) se volcará al exterior y sólo $ 1 millón al mercado local.
Los contratos de exportación ya negociados la obligarán a alcanzar en los próximos meses una producción mensual de 480 toneladas, para llegar en los tramos finales de 1995 a la capacidad máxima de 600 toneladas.
Sus tres buques disponen de una capacidad de bodega de 580 toneladas de pescado entero refrigerado y un potencial de captura de 15.500 toneladas anuales, suficientes para cubrir las necesidades de materia prima de la empresa. Actualmente operan solamente dos embarcaciones, mientras que la tercera unidad, San Juan Primero, entrará en actividad en marzo.
Cuando la planta funcione a ritmo pleno, en los últimos meses de 1995, la facturación total de Zanella Mare oscilará en torno de $ 17 millones anuales, siempre y cuando los precios internacionales no experimenten variaciones de importancia con respecto a los niveles actuales.
La mayor parte de sus ventas seguirá orientándose hacia el exterior. El vicepresidente de la firma, Daniel Zanella, estima que cuando la producción alcance el nivel óptimo la participación de las ventas al mercado interno dentro de las totales se mantendrá entre 5 y 10% (entre $ 1 y $ 2 millones anuales). Estas ventas estarían constituidas básicamente por merluza natural congelada, que absorberá aproximadamente las tres cuartas partes de la producción destinada al mercado local.
Además, comercializa bastones y nuggets prefritos y en forma de filetes empanados (también congelados). Toda la producción de Zanella Mare pasa por el proceso IQF, de congelado rápido individual.
