Como ocurre cada vez que un terremoto sacude la economía y las finanzas, ríos de tinta y toneladas de papel se
apresuran a dar explicaciones. Muchas de ellas vienen envueltas en predicciones apocalípticas, otras en ropaje
tranquilizador; y unas cuantas en forma de razonamientos ex post facto del tipo: ya lo habíamos advertido.
La cantidad de análisis, argumentos y razones que hay ahora sobre lo que puede ocurrir a partir de la devaluación mexicana,
y sobre qué fue lo que la originó, es realmente intoxicante.
MERCADO no quiere sumarse a este festín de explicaciones a destiempo para salvar la ropa ni incurrir en el odioso
te lo dije…. Los lectores habituales de esta revista tienen bien presente la posición editorial de MERCADO en los
últimos tres años sobre el abultado déficit comercial, el prolongado déficit de cuenta corriente de la balanza de pagos,
la fragilidad del sistema financiero y la necesidad de aumentar el volumen y el monto de las exportaciones.
Lo más positivo y responsable en este momento es llamar la atención sobre algunos mitos que se hicieron añicos y
sobre el peligro de que se entronicen otros mitos tan peligrosos como los que se han visto superados.
Veamos una corta lista de esos supuestos sobre los que descansa la sabiduría convencional que, como de costumbre, suele
estar equivocada.
Primer mito. Los inversionistas extranjeros no entienden nada. Creen que México es igual a la Argentina o a Brasil.
Para ellos, al sur del Río Grande es todo igual. No conocen las diferencias fundamentales entre una y otra economía.
Falso.
Es evidente que el profesional retirado de California que ha colocado sus ahorros en un fondo de pensión no es un experto
en las economías latinoamericanas. Pero los gerentes de esos fondos, los que manejan recursos de inversión en áreas
riesgosas sí conocen los datos fundamentales de cada economía.
Lo que ha ocurrido aquí, y a partir de México, es que cambió el ángulo de mira. Ya no importa, como se venía diciendo en
los últimos años, el equilibrio de las cuentas fiscales. Lo que esta crisis puso de manifiesto es que la atención debe
concentrarse en la cuenta corriente.
Decisiva en última instancia es la capacidad de repago de una economía. Es decir, su habilidad para generar dólares. Si la
dependencia del ingreso de capital extranjero es muy fuerte, si hay déficit comercial durante varios años, si no aumentan
sustancialmente las exportaciones, entonces los inversionistas desconfían.
Segundo mito (fervorosamente alentado por el FMI): Es esencial el equilibrio en las cuentas fiscales; que no haya déficit
de presupuesto.
Falso.
Es muy saludable el equilibrio fiscal, pero lamentablemente no es todo. El equilibrio es en moneda local, en pesos en el caso
de la Argentina. Pero lo que cuenta es la capacidad de recaudar dólares (y más a través del comercio exterior que del
ingreso de capitales) para repagar la deuda y dar ganancias al capital que llega.
Tanto Estados Unidos como Alemania, Canadá e Italia tienen importante déficit de cuenta corriente, y muchos países
industrializados exhiben cuentas fiscales deficitarias, pero todos ellos ofrecen la certidumbre de generar los recursos para
pagar sus deudas.
A largo plazo, nadie le presta al que no puede pagar en dólares. Desde esta perspectiva los inversionistas tienen la
percepción de que la Argentina es el segundo caso más delicado, después de México.
Tercer mito. En la Argentina, la devaluación es inevitable.
Falso, al menos por el tiempo previsible.
El ministro de Economía sabe muy bien que esta alternativa es impensable. La catástrofe podría ser peor que la mexicana, y
al día siguiente la dolarización sería completa y los presuntos beneficios de la medida reducción en el nivel de los precios
relativos se habrían desvanecido.
Lo que no significa que no haya que lograr, paulatinamente y por otros medios, una importante reducción en el nivel de los
precios relativos, especialmente en los salarios.
Desde esta perspectiva la dolarización anunciada debe traducirse como recesión y deflación. Pero debe entenderse como un
proceso más o menos prolongado, según lo permitan las condiciones externas.
Cuarto mito. Nadie predijo lo que podía ocurrir en México.
Falso.
Tanto en el ámbito académico, como en los ensayos de importantes economistas y en unas pocas publicaciones muy
especializadas, desde hace largo tiempo se puso en tela de juicio la habilidad y capacidad mexicana para sostener la
fortaleza del peso.
Pero el exitismo de buena parte del periodismo especializado y el interesado entusiasmo de los expertos de los mercados de
capitales prefirieron ignorar estos malos augurios. No es que los brokers y gerentes de fondos de inversión ignoraran
totalmente los riesgos, pero todos creían que habría tiempo para salir antes de la debacle. Ahí es, precisamente, donde más
falló el cálculo.
El Precio de la Globalidad
El problema de Estados Unidos es impedir que México entre en cesación de pagos. El programa de rescate estadounidense
(que en pocos días pasó de US$ 6.000 millones a un total de US$ 40.000 millones) es una especie de Plan Brady anticipado.
Señal de que la experiencia sirve y que la memoria trata de impedir la repetición de los errores del pasado. En 1982, cuando
México suspendió los pagos de su deuda externa, Washington interpretó que se trataba de un problema de los bancos
prestamistas y que, en todo caso, se contaba con el concurso de bomberos profesionales, como el FMI y el Banco Mundial.
Tras casi una década que contempló el colapso de los demás deudores latinoamericanos, empobreció a los habitantes de la
región, congeló el crecimiento de las economías y por poco lleva a la quiebra a muchos bancos internacionales, apareció el
programa Brady que permitió una salida a una crisis excesiva e innecesariamente prolongada.
Ahora, el gobierno de Bill Clinton pero también los legisladores del partido Republicano quiere evitar el efecto dominó
sobre las otras economías regionales, resguardar el Nafta y restaurar la confianza de (además de recuperar lo perdido por)
los inversionistas estadounidenses. Los pequeños ahorristas que alimentan los fondos de pensión y de inversión de Estados
Unidos pueden haber perdido una suma que los cálculos preliminares hacen ascender a
US$ 12.000 millones con la devaluación de 40% del peso mexicano.
Esto explica la generosa amplitud del respaldo propuesto por Washington. Maravillas de la globalidad: el problema
mexicano es esencialmente un problema de Estados Unidos. Pero hay contrapartida, y los recursos se comprometerán con la
garantía de los principales activos mexicanos. El gobierno de Zedillo deberá encarar de inmediato (ya hay varias escuadras
del Banco Mundial trabajando en el respectivo asesoramiento) el programa privatizador más vasto de la segunda mitad de la
década.
La Respuesta de Cavallo
Argentina dejó bien en claro que no tiene intención de devaluar. Los rápidos reflejos del ministro de Economía lo incitaron
a lanzarse a fondo: no a la devaluación, sí a la dolarización.
El ministro, sorprendido en sus vacaciones por la crisis mexicana, tenía dos problemas acuciantes: negarse a devaluar y
elegir un camino alternativo. Decir que no a la devaluación no era simplemente un problema de coherencia o de integridad
intelectual.
El caso mexicano ilustra muy bien el punto. La crisis que desató afecta a todos los mercados financieros internacionales, y
muy especialmente a Estados Unidos. Pero la devaluación en sí, en términos estrictos, funciona. Dentro de México, y al
menos por un tiempo, se logró la reducción de los precios relativos.
En la Argentina una devaluación no tendría ningún efecto. Al día siguiente todo amanecería dolarizado, pero además
con pánico interno y con huida masiva de los capitales extranjeros.
Más debate se origina con la alternativa elegida, de prometer tanta dolarización como sea necesaria. En esta discusión hay
bastante de académico: no son muchas las opciones posibles. No estamos a principios de 1991, antes de la convertibilidad,
cuando se podían elegir diferentes caminos. Dentro del túnel que supone el uno a uno del peso con el dólar, la libertad de
movimientos es escasa.
Para bajar los precios relativos, que en la jerga de los economistas es el eufemismo encontrado para no hablar expresamente
de la moneda local sobrevaluada, hay tres caminos posibles:
La devaluación, que por todo lo dicho ni siquiera puede tomarse en cuenta;
Mejora sustancial en la productividad. Este es un camino más largo, que tímidamente empezaban a transitar algunos
sectores. Después de lo ocurrido en México, dejó de ser una alternativa. Requeriría que continuara por un buen tiempo la
afluencia de capitales externos para cerrar la brecha de la balanza de pagos. No hay más remedio que descartarla.
La deflación. Una recesión aguda, con fuerte contracción de la demanda y elevado desempleo que terminarían por reducir
los precios. Este es el escenario que más se corresponde con la prometida dolarización de la economía.
Lo cierto es que la promesa de dolarización puede ser cumplida por el equipo económico, tanto porque están las reservas
como porque la gente y los inversionistas han creído en la firmeza de esta intención.
De modo que desde esta perspectiva nada hace temer que peligre la estabilidad cambiaria. Pero los demás problemas quedan
en pie, muy especialmente el del sistema financiero. Lo que lleva a formular las tres preguntas clave:
1) ¿cuánta recesión y cuánto desempleo se necesitarán para mantener este equilibrio?
2) ¿soportará el sistema financiero una recesión de esta naturaleza?
3) ¿puede el sector público mantener el equilibrio de las cuentas fiscales si se está en recesión?
Hay otros dos elementos a tener en cuenta ya que, si sufren alguna alteración, modificarán a su vez los términos de esta
delicada ecuación:
Es esencial, en este esquema, que los dólares se queden aquí, depositados donde sea, pero en el país. Si se van, la recesión
resultante será de una gravedad imposible de imaginar.
Si Brasil devalúa, estaremos como al día siguiente de lo de México. La dolarización total sería en ese caso automática. Y
la presión por devaluar podría venir de ámbitos insospechados.
Es difícil saber qué puede ocurrir en Brasil, país con una larga tradición devaluadora. Pero el nuevo presidente tiene una
disyuntiva: o ataca primero por el lado del necesario ajuste fiscal, para lo cual requiere reformar la Constitución; o va contra
el actual nivel de los precios relativos, forzando una devaluación. Todo indica que su elección apunta al primer objetivo.
Pero nunca debe subestimarse el potencial de presión del fuerte lobby industrial brasileño.
En todo caso no hay demasiado riesgo en vaticinar que, para la Argentina, habrá durante los próximos seis meses:
Altas tasas de interés, con lo que las siempre limitadas posibilidades de financiación de las Pymes se esfuman totalmente;
Sustancial disminución en el ingreso de capitales externos;
Fuerte caída en el gasto del sector público, pero también del privado. n
No hay duda de que habrá recesión.
La discusión es cuánta, y también cuánto desempleo.
Será una durísima prueba para el sector financiero.
En los próximos seis meses:
no se devaluará el peso;
habrá altas tasas de interés;
sustancial reducción en el ingreso de capitales externos; y
fuerte caída en el gasto del sector público y privado.
