El desempleo ha ido creciendo en las preocupaciones de los argentinos a un ritmo vertiginoso. Las mediciones de Scanner
(la encuesta mensual realizada por MERCADO-Telesurvey) revelan que hace apenas dos años, en febrero de 1993, la falta
de trabajo representaba el problema socioeconómico más importante para 9% de los consultados.
En febrero de 1994 se observaba ya un vuelco significativo. La desocupación trepaba, con 23% de las menciones, al primer
puesto. Pero el verdadero salto se produjo en el último año. La medición de Scanner de febrero pasado revela que el
desempleo desvela a 47% de los argentinos, dejando muy atrás a los problemas relacionados con la situación de los
jubilados (19%), la educación (12%) y la salud (4%).
La realidad otorga, por cierto, sobrado fundamento al desasosiego. El último informe del Indec exhibió la cifra más alta de
desempleo desde que se realizan las mediciones oficiales: 12,2% de la población laboral, es decir, casi un millón y medio de
personas en condiciones de trabajar. El subempleo alcanza también cotas elevadas: 1.200.000 trabajadores.
Las explicaciones más difundidas acerca del fenómeno suelen transitar por dos direcciones que, a su vez, tienen puntos de
contacto. Una línea de opinión apunta a la naturaleza internacional del problema y suele citar las altas tasas de
desocupación de Europa occidental (particularmente de España) para fundamentar la idea de que este ciclo de la economía
mundial conlleva, en la mayoría de los casos, el aumento de la desocupación. La otra tesis (en realidad, complementaria de
la primera) sostiene que el incremento de la tasa de desempleo es inevitable en un proceso de apertura, modernización de la
economía y reconversión industrial como el que procura llevar adelante la Argentina.
Luis Alberto Beccaria, quien estuvo al frente del Indec durante el período 1983-1990 y ocupa actualmente el cargo de
director del Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, ha
abordado frecuentemente la cuestión en publicaciones académicas y textos editados por la Unicef.
Hay, efectivamente, una tendencia mundial a un uso más intensivo de capital y menos intensivo del trabajo, que dificulta la
absorción de la mano de obra. Pero es necesario tener en cuenta otros elementos, además de la tecnología; por ejemplo, que
en Europa ha habido un incremento de la oferta de trabajo por las migraciones. Y lo cierto es que, en general, en los países
industrializados, cuando la economía crece, las dificultades de empleo se reducen, señaló Beccaria en una reciente
entrevista con MERCADO.
La Argentina pasó por un cambio estructural y las experiencias de reestructuración productiva siempre generan problemas,
entre los cuales está el desempleo. Pero frente a este punto, la cuestión es si resulta ineludible soportar niveles elevados de
desocupación durante un cierto tiempo. Yo no creo en estos determinismos históricos. Hay herramientas de política
económica que tienden a minimizar estos problemas. Uno puede sostener que era ineludible una reestructuración productiva
en el país, que el modelo estaba agotado; de ahí a decir que la única posibilidad es lo que pasó con el desempleo durante
estos cuatro años, hay un gran trecho. Lo que sí es cierto es que, alcanzados estos niveles de desocupación, es muy
complicado bajarlos. Los mecanismos que se pueden utilizar llevan tiempo para madurar. Pero lo peor que podemos pensar
es que es un tema que está fuera de la agenda, porque no se puede operar sobre él… eso es una falacia.
Usted señala que, aun en medio de la revolución tecnológica, el crecimiento económico tiende a paliar el problema
del desempleo. Esto no se ha registrado en la Argentina de los últimos años. ¿Qué puede esperarse, entonces, ante un
horizonte recesivo?
En el contexto actual de la Argentina, donde los condicionantes que determinaron este comportamiento del empleo van a
seguir, y donde además va a haber una disminución del crecimiento, obviamente es de esperar un efecto negativo. Pero aún
en este marco existen instrumentos a los que se puede recurrir. El gobierno está anunciando medidas que apuntan a
aumentar la inversión productiva. El emprendimiento de obras, públicas o privadas, es una de las herramientas más
efectivas y de más rápido impacto en la reducción del desempleo.
¿Qué efecto puede esperarse de la flexibilización de la legislación laboral?
No está demostrado que la flexibilización, por sí misma, resuelva el problema del desempleo. Hay elementos de la
legislación que deben ser modificados, pero no creo que, hoy, el régimen legal sea la causa relevante de la caída del nivel de
empleo. En la Argentina, un empresario siempre pudo despedir sin justificación, pagando la indemnización. En Europa la
legislación era mucho más estricta, en muchos casos, sencillamente, no se podía despedir. Pero incluso los gobiernos
europeos, que en los 80 mantuvieron una posición fuertemente pro flexibilizadora, están advirtiendo que los efectos fueron
escasos y que se generaron fenómenos negativos, como trasladar a muchos trabajadores a una situación de precariedad.
No tiene sentido poner demasiada esperanza en el cambio de legislación como mecanismo de generación de empleo. De
hecho, en la Argentina se introdujeron hace cuatro años modificaciones importantes, como la contratación por tiempo
determinado, y no sé si esto generó tantos puestos de trabajo.
De todos modos, el problema de fondo quizá se vincule más con la necesidad de reentrenar a la población laboral
que quedó fuera del mercado debido a la transformación tecnológica. ¿Cómo puede enfocarse esto en la Argentina?
Como política de mediano plazo, de crecimiento, la inversión destinada a formar recursos humanos es fundamental.
Sobre eso no hay discusión. Ahora, nuevamente, es engañoso pensar que éste es un mecanismo para solucionar el problema
en el corto plazo. El desempleo de 12% de la Argentina no se produce porque faltan recursos humanos calificados. La tasa
de desocupación del personal con educación primaria es la misma que la de trabajadores con educación secundaria y
universitaria incompleta. Salvo en el segmento de los que tienen estudios universitarios completos, donde es muy baja la
tasa de desocupación, no hay diferencias entre los distintos niveles. Por lo tanto, no es que no haya mano de obra calificada
(aunque, obviamente, puede faltar en alguna disciplina en particular). Lo que hay es un problema de absorción.
Esto no quiere decir que no haya que invertir en educación, hay que invertir igual, pero estos programas no se pueden
plantear como alternativa para reducir en el corto plazo la desocupación. Si son buenos, van a mejorar la capacidad de la
economía para absorber mano de obra y en el futuro van a permitir que la economía sea más competitiva. Por otra parte, los
programas tendrían que estar entroncados con una política industrial, para saber dónde priorizar la inversión.
Y el Estado debe asumir una gran responsabilidad en la capacitación de los recursos humanos. Hoy la tendencia
internacional muestra que se van incrementando aquellos puestos donde el trabajador tiene más margen de maniobra en sus
actividades. Para esta polivalencia de los puestos lo que se requiere es una formación general mucho más sólida.
