domingo, 31 de mayo de 2026

    Los ruidos de fondo de la mente

    La distimia es un conjunto de trastornos del estado de ánimo que suelen atribuirse a la anemia, el estrés o el cansancio

    crónico. Los síntomas más frecuentes son: fatiga, malestares indefinidos, tristeza o melancolía crónica, bajo nivel de

    tolerancia a la frustración, fobias, aislamiento social, irritabilidad o enojo permanentes, trastornos del sueño, problemas

    gastrointestinales, abuso del alcohol, drogas o medicamentos, ataques de pánico o ideas de suicidio.

    Las manifestaciones no son, al principio, particularmente notorias, pero progresan y hacen de la distimia una enfermedad

    grave a largo plazo. Pueden pasar diez años desde el comienzo de la enfermedad hasta que el paciente es verdaderamente

    reconocido como tal y recibe un diagnóstico y un tratamiento adecuado.

    Se calcula que 3% de la población mundial incluida la Argentina sufre de distimia, lo que lleva a que en Estados

    Unidos se gasten US$ 31.000 millones anuales en la asistencia de personas con depresión, la mayoría de las cuales no fue

    diagnosticada ni tratada adecuadamente en el inicio de la enfermedad.

    La reclasificación de la depresión neurótica en distimia representó un importante avance de la medicina psiquiátrica.

    Desplazó claramente a la enfermedad fuera del ámbito de los trastornos de la personalidad lo que significaba que no

    respondía a los antidepresivos y que era difícil de tratar y la situó entre los trastornos del ánimo, lo cual significa que

    puede tratarse con psicofármacos o psicoterapia.

    Para que la distimia sea considerada como tal, el paciente debe haber sufrido un estado depresivo por lo menos durante dos

    años. Uno de los hechos que apoyan el diagnóstico de la distimia es que los trastornos afectivos no se hayan interrumpido

    por más de dos meses, es decir que la cronicidad sea prácticamente continua. Casi un tercio de los pacientes distímicos

    estudiados tienen por lo menos un familiar directo con síntomas de depresión, lo que indicaría una predisposición genética.

    A las dificultades para identificar claramente el cuadro se suma la actitud de muchos profesionales que la consideran una

    depresión menor, poco peligrosa para la calidad de vida y la supervivencia del paciente. Dos de cada tres personas que la

    padecen nunca buscan ayuda porque creen que ese bajón constante que sienten es, sencillamente, parte de su

    personalidad.

    Para Roberto Fernández Labriola, presidente del Capítulo de Psiquiatría Biológica de la Asociación de Psiquiatras

    Argentinos (Apsa), la distimia es como un ruido de fondo que día a día socava la calidad de vida de los enfermos y

    predispone a enfermedades y conductas autodestructivas. Los médicos clínicos detectan entre 20 y 30% de las conductas

    por síntomas de distimia, sin que la mayoría de ellos o los pacientes sepan de qué se trata.

    El diagnóstico debe rastrearse por debajo de otras problemáticas. Es probable que un porcentaje nada despreciable de

    jóvenes adictos a drogas, estimulantes como la cocaína y alcohol estén, sin saberlo, automedicándose por distimia, afirma

    Fernández Labriola.

    Al calificarla como enfermedad crónica, generalmente mal diagnosticada y tratada, puede pensarse que la distimia es casi

    incurable. Pero no es así. Una de sus causas es el desequilibrio entre las sustancias químicas que comandan parte de la

    actividad cerebral. Hay enzimas y neurotransmisores (noradrenalina, serotonina, dopamina) que intervienen en los estados

    de ánimo y, por ende, en los trastornos de este tipo. Existen drogas eficaces para corregir el desequilibrio químico. La

    moclobemida, por ejemplo, presenta el menor nivel de efectos colaterales, y por su acción sobre las enzimas del sistema

    nervioso central produce una oferta armónica de las distintas neurosustancias involucradas en la distimia, afirma

    Fernández Labriola.

    Antes las Grasas, Ahora el Estrés

    En el campo de las enfermedades circulatorias hay una buena noticia: los cambios en los hábitos de alimentación

    (básicamente, el menor consumo de grasas e hidratos de carbono), la popularización de los deportes y el ejercicio y

    los avances de los tratamientos clínicos han mejorado notablemente el panorama.

    Pero, en contrapartida, crece la incidencia del estrés, un factor cuya importancia recién comienza a ser comprendida y

    evaluada.

    Estudios realizados por el ejército norteamericano revelaron que soldados muy jóvenes, de 18 a 20 años, que estuvieron en

    situaciones de guerra, padecían arterioesclerosis, una afección que normalmente se presenta después de los 50, señala

    Roberto Simkin, especialista en cirugía vascular, profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y

    presidente de la Sociedad Panamericana de Flebología. No hay duda de que el espasmo arterial que produce el estrés puede

    provocar trastornos arterioescleróticos.

    Simkin, quien fue recientemente designado secretario para América latina de la Unión Internacional de Angiología,

    advierte que, en materia de problemas circulatorios, los hombres pueden presentar trastornos más graves que las mujeres

    porque no prestan atención a una enfermedad a la que, erróneamente, suele asignarse poca importancia: las várices. Por una

    cuestión estética, las mujeres se ocupan de tratar el problema. Los hombres, en cambio, tienden a dejarse estar. Y las

    complicaciones de las várices suelen ser más severas que lo que se cree; por ejemplo, flebitis, trombosis e incluso embolia

    pulmonar.

    Invierno a la Italiana

    En el amplio recetario de la comida italiana se destacan algunos platos que, por sus ingredientes y composición, pertenecen

    a un clima y a una estación precisos. Fiel a la tradición del norte de Italia, el Ristorante all´ Italiana prepara para sus

    comensales humeantes umidos (guisos), olorosos brasatos o spezzatinos (carne marinada en vino tinto, verduras y tomate),

    rissottos y soleadas polentas con hongos y codorniz, entre otros platos de antigua costumbre. Para saborear durante el

    invierno y recuperar el paraíso perdido de los viejos sabores familiares, en un rincón de Palermo Viejo: Cabrera y Bonpland.