Cada vez que me descubro hablando en alguna reunión con amigos conocidos, o desconocidos amistosos, sobre mi actividad como
gerente de Asuntos Públicos y vocero de una empresa privatizada prestadora de servicio público me surge de manera feroz e
inevitable una sensación de envidia por tres profesiones: médico genetista, geólogo y piloto de Concord, pues estoy seguro, hasta
que alguno de ellos me demuestre lo contrario, de que, en situaciones sociales parecidas, sus opiniones, confesiones y prácticas
laborales son escuchadas con un respetuoso silencio, cómplice casi perfecto de la ignorancia. En cambio, en esto de la
comunicación todos son el Charro Moreno, Pelé o Maradona, según la edad de los ocasionales expertos.
Este fenómeno no se da únicamente fuera de la empresa. En las reuniones formales o de pasillo también suceden. Creo que
obedece a cuatro causas muy concretas: a) la comunicación es una herramienta que todos usamos todo el tiempo desde
siempre, b) todos tenemos un creativo, un vocero y un contact man escondido y disimulado detrás de cualquier personalidad
o profesión, c) la mayoría conoce a alguien que conoce a alguien que nos podría haber dado una mano en el momento
exacto (a este fenómeno lo llamo teoría del ilustre desconocido que tiene como eslogan el infaltable qué lástima que no
me avisaste), y d) lo que para nosotros son medios masivos de comunicación para los otros son la radio, el diario y la
tele, amigos míticos y cotidianos.
La evolución de la relación entre empresa y medios en nuestro país en los últimos años es una síntesis de los cambios de
escenarios que la historia nos propuso.
Cuando las empresas importantes eran pocas y los medios influyentes menos, el vínculo establecido no tenía fisuras, las
conexiones eran de cúpula a cúpula, dueños o presidentes de directorio almorzaban con propietarios o editores. Todo estaba
bien o, al menos, era lo que parecía.
En la época del infierno tan temido la relación se enfermó de SMT (sospecha mutua transferible). Todos cuestionaban a
todos y nadie creía demasiado en nada, las ideologías crearon bandos irreconciliables y así nos fue.
Las cosas del querer (II parte)
Los aires posmodernos de los 90 profesionalizaron ambas actividades y un baño de aparente civilización calmó las aguas
agitadas. Parece ahora un juego más equilibrado y saludable. En eso estamos. Es un nuevo camino con algunas estaciones
inevitables: desdramatizar la relación con los periodistas; ellos necesitan la información que nosotros tenemos; es
simplemente un mercado de oferta y demanda. Desmitificar la comunicación empresarial como la herramienta excluyente
para crear opinión pública favorable; si no existe un buen producto o un buen servicio nada es posible. Despersonalizar el
conflicto o la situación, entendiendo que nada es contra nosotros o contra la empresa que nos toca representar. Es un juego
con leyes propias, hay que conocerlas, aceptarlas y respetarlas.
Si logramos avanzar por este camino, confiando en nuestra propia capacidad y en el respeto de los códigos por parte de los
otros, vamos a seguir envidiando a los genetistas, geólogos o pilotos de Concord, con menos dolor de hígado. Pues ellos
aunque no lo confiesen también sienten un poco de celos, pues nosotros salimos en la tele o hablamos por radio aunque
sea una vez en la vida.
