No importa cuán serias sean las disputas por espacios políticos dentro del partido de gobierno, los enfrentamientos entre los
principales protagonistas del quehacer público o las noticias que apuntan a mejorar el ánimo.
Aun a riesgo de simplificar en exceso, los empresarios tienden a creer que todo esto no pasa de ser una cortina de humo que
busca ocultar el problema de fondo. Lo que se percibe es que el verdadero problema que enfrenta la economía es que nadie
sabe cómo salir de la recesión en el marco de la convertibilidad.
Lo que no deja de ser paradójico. La estabilidad lograda en los últimos años es un bien al que nadie está dispuesto a renunciar. No
hay quien aunque lo piense esté dispuesto a sostener que hay que recurrir a la devaluación o a mecanismos que pongan en
juego todo lo logrado.
Así ocurrió antes con la democracia. Es patrimonio de toda la sociedad. Lo mismo acontece con la estabilidad. Pero del mismo
modo en que hubo un momento en que la opinión pública reclamó estabilidad en democracia, ahora se percibe cada vez con más
fuerza el reclamo de crecimiento con estabilidad. Y lo cierto es que, dentro del arsenal de herramientas del elenco económico no
parece existir la palanca que logre este doble efecto.
Quien encuentre la fórmula sensata dispondrá de un enorme capital político. Muchos economistas repiten con tozudez que
tal receta no existe, que es una quimera, una ilusión.
Este fatalismo, esta resignación, es lo que está enconando al común de la gente, y especialmente a los empresarios,
inclinados por naturaleza a la acción.
En los medios académicos internacionales hay una crítica cada vez más abierta al papel estático de la teoría económica en boga y en
especial al papel de los economistas. Son, se dice cada vez con mayor frecuencia, los antiguos shamanes, los brujos de la tribu. Ellos
saben lo que se puede y lo que no se puede hacer. Los políticos, como los antiguos jefes tribales, tienen algunas atribuciones
importantes, pero menores desde esta perspectiva, y no pueden violar las leyes sagradas, los tabúes intocables.
En todo el mundo industrializado hay una reacción enérgica contra esta hegemonía economicista. Los políticos pugnan por
encontrar nuevas fórmulas que les permitan romper este rígido corsé. La misma puja se advierte ya en la Argentina.
Sobre fin de año, llega la temporada ideal para los pronósticos. Veamos qué se vaticina a escala mundial para la economía
durante 1996.
Hay tres grandes nubes en el horizonte, según el consenso de los principales observadores internacionales:
* La situación fiscal estadounidense. En 1980, Estados Unidos tenía activos internacionales por valor de US$ 300.000 millones.
Ahora tiene una deuda neta de US$ 700.000 millones. El continuo endeudamiento del fisco en Washington es algo con lo que el
mundo aprendió a convivir, pero la posibilidad de un duro aterrizaje no debe descartarse. Puede llegar el momento en que el dólar
deje de ser la moneda refugio a la que se acude en tiempos de crisis.
* Japón ya no es la potencia que parecía destinada a ser a principios de la década. La crisis en el mercado bursátil e inmobiliario fue
seguida por la de los bancos. Se estima que, en el mejor de los casos, la deuda que el sistema financiero nipón no puede recuperar
está en el orden de los US$ 500.000 millones, mucho mayor que el saldo de la crisis del sistema de ahorro y préstamo para la
vivienda que soportó Estados Unidos, y que debió ser pagada por los contribuyentes.
* Finalmente, la situación financiera de las famosas economías emergentes, entre las que se encuentra la Argentina.
Mayores tasas de interés internacionales y la fragilidad financiera de Japón pueden causar un estancamiento en el nivel de
crecimiento de la economía mundial y un franco retroceso en lo que antaño se denominaba el Tercer Mundo.
Con una recesión global, será más difícil hacer frente al servicio de la deuda externa o contraer nuevas deudas, mientras que
las exportaciones pueden reducirse sustancialmente.
Afortunadamente, éste es el peor escenario, y hasta ahora viene observándose que la mayoría de los pronósticos no suelen
confirmarse. Pero la ansiedad existe y refuerza la imaginación por encontrar soluciones innovadoras.
Agujero Negro del Sistema Monetario
A los economistas les siguen preocupando los altos riesgos que entrañan las operaciones con derivatives, o productos
financieros derivados. En los órganos de control y regulación de Estados Unidos crece la ansiedad por los agujeros del
sistema. Casi no pasa semana sin algún accidente costoso en el comercio de estos instrumentos.
Esta preocupación contribuye a aumentar el temor por la estabilidad del sistema financiero internacional. La primera vez
que los observadores alertaron sobre la salud del sistema financiero global fue en 1971, cuando el colapso de la tasa de
cambio fija del sistema Bretton Woods dejó a las monedas a merced de los mercados. Hoy, la utilización de derivatives
reaviva aquellos temores al poner en manos de los actores instrumentos poderosos con los que hacen apuestas a futuro. Esos
instrumentos reducen todavía más la capacidad de los gobiernos para definir tasas de cambio y de interés.
Pero en este debate sobre quién controla la economía, si los gobiernos o los mercados financieros, aparece una faceta
diferente con las nuevas generaciones de productos derivados. Algunos expertos confían en que estos nuevos productos sean
más fáciles de manejar. Pero muchos analistas y observadores independientes creen que los derivados generan riesgos que
ni los usuarios de estas operaciones ni quienes las conciben están en condiciones de prever y manejar. En un contexto más
amplio, dicen, esos complicados productos podrían llegar a quebrar el sistema financiero internacional.
Richard O´Brien, economista jefe del American Express Bank, reseñó para la Harvard Business Review las dos posiciones
opuestas en este tema. La primera es desarrollada por Gregory J. Millman en su libro The Vandals´ Crown: How Rebel
Currency Traders Overthrew the World´s Central Banks (The Free Press, N.Y. 1995). Millman describe a los vándalos del
mercado libre que están barriendo con el orden establecido y advierte que, igual que aquellos vándalos que conquistaron la
Roma decadente, los actuales pueden borrar imperios del planeta.
Una y otra vez se ha demostrado, dice Millman, que, cuando los gobiernos no pueden controlar las realidades financieras,
los especuladores se convierten en agentes de la destrucción.
La otra perspectiva de este debate toma cuerpo en un informe publicado el año pasado por la Comisión Bretton Woods bajo
la conducción del entonces presidente de la Reserva Federal, Paul Volcker. La publicación, titulada Bretton Woods: Looking
to the Future, compila una serie de documentos escritos por académicos y ex funcionarios sobre temas relacionados con el
sistema monetario internacional.
Los documentos presentan el debate desde el punto de vista del establishment y su entorno. Los colaboradores, aunque
admiten que los vándalos de Millman han estado causando muchos problemas, no abandonan la lucha y siguen creyendo en
las posibilidades de un buen gobierno y un sólido manejo de la economía.
Con respecto a este último aspecto O´Brien emite una opinión. Dice que se podría comparar a los defensores del sistema con
aquellos acorralados gobernantes de Roma, que reinaban sobre un imperio que se achicaba y que de tanto en tanto se
retiraban a una nueva capital mientras simulaban que el imperio seguía existiendo.
Bretton Woods y Sus Criaturas
Los trabajos que integran el documento Bretton Woods fueron escritos para celebrar el 50_ aniversario de la conferencia de
New Hampshire, que definió el orden económico de la postguerra e instituciones como el Fondo Monetario Internacional
(FMI) y el Banco Mundial. Y aunque el sistema Bretton Woods quebró hace 24 años, las instituciones que creó no han
muerto.
El Banco de Pagos Internacionales (Bank of International Settlements) fue creado después de la Primera Guerra Mundial
para instrumentar las reparaciones de guerra por parte de Alemania; un año después Alemania renegó de esos pagos pero la
organización siguió existiendo, convirtiéndose en lo que es ahora, un lugar de encuentro de los bancos centrales.
La Organización para el Desarrollo y la Cooperación Económica (Ocde), que en aquel momento se llamó Organización para
la Cooperación Económica Europea, fue creada después de la Segunda Guerra Mundial con la misión de aplicar el Plan
Marshall, pero todavía existe.
Los integrantes de la Comisión Bretton Woods están abiertamente a favor de fortalecer el accionar del sistema monetario
internacional en lugar de buscar un nuevo papel para estas instituciones. Reconocen que durante la última década se impuso
la idea de dejar que el mercado se regule a sí mismo, pero creen que ningún mercado hizo buen papel y que los resultados
los sufre el mundo entero, que muestra un decepcionante crecimiento económico.
Las recomendaciones que elaboran para controlar el sistema monetario internacional son las siguientes: en primer lugar, los
gobiernos deben fortalecer sus políticas macroeconómicas y lograr mayor convergencia económica; segundo, deben
establecer un sistema más formal de coordinación para evitar grandes discrepancias en la tasa de cambio y volatilidad;
también recomiendan que el FMI instale un fondo de intervención para ayudar a los gobiernos en su lucha contra los
ataques de la especulación.
El problema con estas recomendaciones es que no difieren en mucho de lo que los gobiernos y el FMI han tratado de hacer
durante los últimos veinte años, con diferentes resultados. ¿Por qué entonces habrían de tener éxito esta vez?
Cuatro Fuentes de Poder Económico
Aunque los miembros de la Comisión Bretton Woods no lo admitan, la verdadera razón para mantener instituciones como
el FMI que antes derivaba su fortaleza del poder de los gobiernos que lo integraban es que ahora son esos mismos
gobiernos los que necesitan reunir allí su poder, cada vez más débil, para así poder resistir a las hordas invasoras.
Los gobiernos tienen cuatro fuentes de poder económico:
1) Cobrar impuestos.
2) Imprimir papel moneda.
3) Tomar préstamos.
4) Regular los mercados financieros.
En tres de esas áreas impositiva, impresión de dinero y regulación han tenido siempre una posición monopólica, pero
la apertura de los mercados financieros pone en peligro esa capacidad. Ahora los grandes grupos financieros y hasta
personas particulares pueden optar por otros regímenes impositivos.
Imprimir moneda todavía sigue siendo un privilegio y un monopolio de los gobiernos, pero cada vez son más estrictos los
estándares con que se califica a un gobierno según sea la salud de su base monetaria.
En cuanto a la capacidad de tomar préstamos, los gobiernos están limitados por la intensa competencia global por los
fondos disponibles en el mundo. Los límites de este poder hacen que los gobiernos se esfuercen por reducir sus gastos al
mínimo, disminuir la participación del Estado en las empresas del país y privatizar todo lo privatizable.
En el área de la regulación, la posición de los gobiernos también se ve amenazada, pero aquí no gusta tanto que reine la ley
del mercado. Pocos creen que sea bueno dejar que los mercados financieros se regulen solos. Un grave problema en este
terreno es la apertura de las fronteras. Los territorios se desdibujan cuando los mercados existen en las redes de
computación.
Es posible que en el futuro se vea a los reguladores imponer castigos más serios a los que se equivocan y exigir más
transparencia para que consumidores y gobiernos tengan más información. Gobiernos y reguladores deberán unir esfuerzos
para trabajar juntos frente a los vándalos.
Los gobiernos siguen teniendo grandes poderes, especialmente el poder de sorprender a los mercados con medidas
inesperadas. De tanto en tanto los vándalos pueden sufrir algunas pérdidas debido a su exceso de confianza, lo que
les hará tomar conciencia de su propia vulnerabilidad. Pero cuando son las mismas autoridades financieras las que se
sorprenden por las reacciones y las medidas que adoptan los mercados, uno comienza a preguntarse quién controla la
situación.
