Telefónica: el costo de perder el foco

Durante años, la caída de Telefónica se explicó por la deuda, la presión regulatoria y las desinversiones. Pero el deterioro empezó antes: cuando la compañía perdió claridad sobre cómo crear valor en su negocio esencial.

Por Cristian Paludi, Chief Growth Officer de Deep Instincts

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Durante años, la pérdida de valor de Telefónica se explicó desde la deuda, la caja y las desinversiones. Pero el deterioro había empezado antes: cuando una de las compañías más aspiracionales del mundo corporativo hispano comenzó a perder claridad sobre cómo crear valor en su negocio esencial.

Hubo un tiempo en que trabajar en Telefónica era, para buena parte del talento corporativo hispano y europeo, lo que hoy representa entrar a compañías como Google, Amazon, Apple, OpenAI, Mercado Libre o Globant. No porque el negocio fuera comparable, sino porque ocupaba ese lugar aspiracional en la cabeza de la gente: prestigio, escala, proyección internacional, tecnología, carrera. Telefónica era una escuela ejecutiva, una plataforma de crecimiento y una de esas compañías a las que se miraba desde afuera con admiración y desde adentro con orgullo.

No estamos hablando de una telco más. En 2007, Telefónica se presentaba como el cuarto operador global de telecomunicaciones por capitalización bursátil, con un market cap de €106,1 mil millones. Hoy su valor bursátil ronda los €21,85 mil millones, muy por debajo de Deutsche Telekom (€133,57 mil millones), América Móvil (€68,35 mil millones) y Orange (€46,91 mil millones). Esa comparación ayuda a ver que el problema no fue sólo perder brillo: fue perder centralidad competitiva frente a jugadores que atravesaron la misma transformación sectorial.

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Durante años, la explicación más repetida sobre Telefónica fue financiera: deuda, caja, dividendo, desinversiones, presión regulatoria. Todo eso es cierto. Pero no alcanza. Después de revisar su historia de largo plazo, mi conclusión es otra: Telefónica no empezó a perder valor cuando cayó la acción. Empezó a perderlo antes, cuando fue perdiendo claridad sobre cómo crear valor en el negocio real.

Ese es, a mi juicio, el punto más relevante del caso. Porque la industria cambió para todos. La voz se comoditizó. Los datos exigieron más inversión. La diferenciación se volvió más difícil. Una parte creciente del valor se desplazó hacia fabricantes, sistemas operativos, plataformas y ecosistemas digitales. Pero si eso les pasó a todos, la pregunta importante no es por qué cambió la industria. La pregunta es por qué algunas compañías lograron sostener mejor su valor relativo y otras no.

Ahí aparece Telefónica.

En algún momento, la compañía empezó a administrar mal una tensión central: seguía siendo una empresa intensiva en infraestructura, pero al mismo tiempo quiso capturar demasiadas narrativas de futuro. Plataforma, digitalización, innovación, nuevos negocios, nuevas capas de relato. No era absurdo intentarlo. El problema fue hacerlo sin reforzar de manera suficiente el corazón del negocio. Y en una telco, el corazón del negocio es la red.

La red no es un soporte. Es el producto.

Cuando una compañía posterga inversión relevante en red, capacidad y experiencia, el deterioro no queda encerrado en una planilla de CAPEX. Empieza a aparecer en la calidad del servicio, en la experiencia del cliente y, más tarde, en la economía del negocio. Primero cae la percepción. Después se van los clientes de más valor. Después se resiente el ARPU. Y finalmente se vuelve mucho más caro defender mercado. Ese círculo fue especialmente visible en Latinoamérica.

Latinoamérica, de hecho, es una parte central de la historia. Durante muchos años fue motor de crecimiento, escala y caja para Telefónica. Pero con el tiempo dejó de ser vista principalmente como plataforma de expansión y pasó a ser tratada cada vez más como fuente de ajuste, extracción de valor y salida. Ahí la asignación de capital fue decisiva. Si el CAPEX se define casi mecánicamente como porcentaje de ingresos, y los ingresos por cliente en la región son estructuralmente mucho más bajos que en Europa, el resultado es casi matemático: menos capacidad de inversión por cliente en mercados donde, sin embargo, se necesita competir en calidad, cobertura y experiencia. No era un detalle técnico. Era una lógica que tendía a debilitar el negocio.

A eso se sumó otro problema: muchas operaciones latinoamericanas siguieron siendo leídas con lentes demasiado europeos, cuando la realidad competitiva, regulatoria y económica era otra. Y cuando una compañía interpreta mal la naturaleza de los mercados en los que compite, termina asignando mal, priorizando mal y reaccionando tarde.

Pero el caso Telefónica no se explica sólo por Latinoamérica. También hubo un problema más amplio de agenda. La compañía quiso ser demasiadas cosas a la vez: operador tradicional, actor convergente, plataforma digital, promotor de innovación, constructor de nuevos negocios. Terra primero. Después Tuenti. Más tarde la Cuarta Plataforma y otros frentes. Algunas de esas apuestas eran comprensibles. El problema no fue explorar. El problema fue la falta de disciplina para elegir. En ese sentido, el famoso “We choose it all” a fines de 2015 Telefónica presentó su nuevo plan estratégico que terminó siendo mucho más que un slogan. Fue el síntoma de una forma de pensar.

Y en sectores intensivos en capital, elegir mal se paga caro. Porque cuando una empresa amplía demasiado su agenda en un negocio que ya viene exigido, no sólo se dispersa. También debilita aquello que todavía sostiene la caja, la inversión y la relación con el cliente.

Por eso me parece insuficiente explicar el caso Telefónica sólo desde la deuda. La deuda importó, claro. Pero más importante todavía fue cómo esa presión financiera terminó ordenando la estrategia. La compañía pasó, en distintas etapas, de construir crecimiento a administrar perímetro, desapalancamiento, dividendo y relato. Y ahí aparece, para mí, el verdadero punto de quiebre: cuando la lógica financiera empieza a prevalecer demasiado sobre la lógica industrial.

Una empresa puede seguir funcionando en esas condiciones. Puede incluso seguir siendo grande. Pero empieza a perder potencia competitiva. Empieza a alejarse del centro. Empieza, en definitiva, a destruir valor sin admitirlo del todo.

Ese proceso no siempre se ve de inmediato en la acción. A veces se ve antes en otro lado: en la calidad del producto, en la pérdida de foco, en la dispersión estratégica, en la dificultad para priorizar, en la distancia creciente entre el relato y el negocio.

Por eso el caso Telefónica excede a Telefónica. No habla sólo de telecomunicaciones. Habla de una pregunta mucho más amplia: en qué momento una gran compañía empieza realmente a deteriorarse.

¿Cuando caen los números?
¿Cuando el mercado la castiga?
¿O bastante antes, cuando deja de tener claridad sobre qué negocio está defendiendo y cómo debe seguir creando valor?

Esa, en el fondo, es la pregunta más incómoda.

Y probablemente también la más útil para cualquier CEO, directorio o escuela de negocios.

Porque las empresas no siempre caen cuando baja la acción.

Muchas veces caen antes.

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