Para conservar sus tradiciones Mendoza, la ciudad, trata de
cambiar: los restaurantes McDonald´s, los hipermercados Makro y
Carrefour y el Mendoza Plaza Shopping abrieron el camino e impusieron
la novedad como condición de supervivencia de estos tiempos.
La quiebra de los dos bancos del Estado terminó con las
ilusiones de quietud, y hoy los mendocinos buscan subirse al tren de
las exportaciones, el mejoramiento de la calidad y la
reconversión tecnológica, en un intento
paradójico de proteger su calidad de vida tradicional y su
condición de sociedad tranquila, bien integrada y satisfecha
de sí misma.
Mendoza es, sin duda, la más ordenada, arbolada y
limpia ciudad del país: cerca de mil kilómetros de
acequias con 4.700 compuertas garantizan el riego de 50 mil
árboles, en fila india, que se multiplican cada seis metros a
lo largo de todas las veredas, en un verdadero “bosque urbano” de 300
hectáreas, cuya función principal es combatir el calor:
sin ellos, la temperatura estival sería casi 4°
más alta. La devoción que el ciudadano mendocino tiene
por los árboles, y en general por su espacio físico, se
nota en la extrema pulcritud con que los trata: todavía se
pueden ver a la mañana vecinos en bata puliendo sus veredas
con el “lampazo”; tirar un papel o una lata a la calle es un crimen,
y uno de los más impactantes rasgos locales es la certeza con
que los mendocinos afirman que su ciudad es “la más bella del
país”, y “el pueblo mendocino el más trabajador”.
Colonos puritanos
Dos atributos que tienen un mismo origen: la lucha denodada de
los pobladores contra el implacable desierto que es Mendoza, donde no
llueve más de 250 milímetros al año. Tras 100
años de trabajo dedicados a prolongar y multiplicar las
acequias prehispánicas derivadas de los dos ríos que
recolectan el agua de los deshielos, sólo 3,6% de la
superficie de la provincia, distribuida en tres oasis, es hoy
cultivable. Y esto, al precio de una constante labor de mantenimiento
de las acequias y de administración del principal tesoro
mendocino: el agua. En estas condiciones, Mendoza es una ciudad hecha
cada día por el esfuerzo humano.
Por eso, el tesón que ponen en conservar lo conquistado
al desierto y la atención que su ambiente les requiere han
hecho a los lugareños no sólo trabajadores, sino
aferrados a lo suyo y reacios a abandonar el orden y el bienestar
alcanzados.
Nietos y bisnietos de colonos, los mendocinos heredan la
mentalidad austera, casi puritana, de sus ancestros. Aman las
jerarquías y el orden establecido, pero trabajan
permanentemente en las transformaciones que puedan aportar mejoras a
su forma de vivir. No quieren alterar su estilo de vida, pero cambian
para mejorarlo. No aceptan discusión sobre sus valores, pero
sí las innovaciones para conservarlos. “La mujer mendocina,
por ejemplo, en muchos casos no trabaja; se siente contenta de criar
a su hijos y apoyar al marido, y cuando trabaja no intenta disputar
espacios de poder a los hombres, conserva su feminidad”, es
opinión recogida de varias bocas en Mendoza.
Al lado de esta imagen de idílica paz debida, en buena
medida, a la conciencia ciudadana del mendocino y a la belleza
florida y verde de su ciudad, “existen, como en toda gran ciudad, el
crimen, las drogas -que son un grave problema-, la
prostitución… Pero “de ellas no se habla”. Al punto de que
para tocar estos temas nació específicamente un
pequeño proyecto editorial juvenil con una revista llamada
Bestiario: el Periodismo Joven Murió de Viejo, que encarna el
underground crítico local. Es curioso constatar, incluso, que
muchos artistas innovadores que produjo Mendoza viven y trabajan
lejos: Quino, Julio Le Parc y Leonardo Favio valen como ejemplos. El
resto del pensar crítico parece enclaustrado en las
universidades y apunta aquí y allá en algunos
emergentes políticos y culturales.
Las cifras ciudadanas
Junto a estas peculiaridades sociológicas, la ciudad
tiene otras que derivan de su división administrativa. El Gran
Mendoza está fragmentado en seis departamentos: Capital, Godoy
Cruz, Guaymallén y Las Heras conforman el núcleo
principal, que se continúa en pequeñas porciones de
Luján y Maipú. Allí se concentran 800.000
personas (más de 54 % de la población provincial), que
generan 73 % de los $11.000 millones que suma el PBI de la
provincia.
Con sus más de 550 escuelas primarias y secundarias y
sus seis universidades, Gran Mendoza cuenta con un buen sistema de
educación. “Nuestros colegios públicos todavía
son equiparables con los privados”, dice Aldo Giordano, fiscal de
Estado y defensor del pueblo; “esto contribuye a mantener el tejido
social integrado y a prolongar una cierta democratización de
la sociedad”. Algo que parecen refrendar un índice de
analfabetismo menor al 5 % y un dato sociológico
difícil de cifrar pero sobre el cual acuerdan todas las voces
consultadas: los pobres aún no se sienten excluidos del cuerpo
social.
“El índice de desempleo es de 7,4%, pero la
subocupación asciende a 16% y 30% de la población
está por debajo de la línea de pobreza, mientras el
ingreso familiar sigue en descenso, como lo muestran los estudios
provinciales”, acota Giordano. Sin embargo, no hay en Mendoza
movimientos populares de protesta ni índices importantes de
violencia marginal. “El mendocino pobre todavía espera la
oportunidad de reinsertarse en un trabajo útil para poder
prosperar”, apoya Luis Triviño, antropólogo y rector de
la Universidad del Congreso.
Este afán por atemperar los conflictos y conservar la
paz social y política es un rasgo sobresaliente de los
mendocinos, que se aceptan conservadores. “En todos los estratos de
la población se registra una marcada resistencia a los cambios
estructurales: nuestra calidad de vida es la mejor del país,
dicen, y buscan evitar los excesos y apagar el escándalo. Los
excesos existen, pero no se muestran. En privado cualquier cosa; pero
en público, recato. Como en toda sociedad fundada en valores
tradicionales, en Mendoza importan mucho las apariencias”, analiza
Triviño.
Los empresarios
Este marcado espíritu conservador impregna
también la conducta del empresariado, fuertemente localista,
aferrado al trabajo y la inversión como únicas
vías de progreso y poco propenso a ocuparse de cualquier forma
de acción programática comunitaria. “El mendocino es
especial: trabaja y trabaja y no protesta, no se queja; eso explica
la prosperidad de la provincia”, sentencia Enrique Pescarmona,
presidente de Impsa, la más importante transnacional
productora y exportadora de bienes de capital que existe en Gran
Mendoza y en la Argentina. Pero Jorge Pérez Cuesta, presidente
de Mendoza Plaza Shopping, agrega un ingrediente que considera
renovador: “El empresariado actual es muy agresivo: sale a buscar su
futuro y, como grupo, quiere contribuir a diseñar el proyecto
de la Mendoza para los próximos 30 años. Por eso
fundamos el Centro Empresario de Mendoza, donde participan 13 de los
principales grupos económicos de la provincia (ver recuadro),
con el fin de estudiar cuáles son las modificaciones y los
ajustes necesarios para relanzar un proyecto provincial, tal como lo
hicieron hace 80 o 100 años nuestros bisabuelos”, dice.
El CEM salió a la luz pública en marzo de este
año y se propuso como objetivos “impulsar los cambios que
están teniendo lugar en todo el país”: mejorar la
eficiencia del Estado y las empresas, liberalizar y desregular al
máximo las relaciones económicas, atraer la
inversión extranjera a la provincia, fomentar la
inversión en tecnología y recursos humanos para
conseguir niveles de calidad internacionales y promover las
exportaciones, tarea que también la gobernación
asumió a través de la Fundación Pro Mendoza.
“Pero no somos un grupo de presión ni un actor
político de ninguna clase”, advierte enfáticamente
Pescarmona, su presidente. “Lo único que queremos es estudiar
la realidad provincial contratando profesionales que nos ayuden a
entender cómo mejorar la calidad de vida de nuestros hijos,
haciendo progresar a Mendoza.” Y señala que entre las
prioridades el CEM están, por ejemplo, el estudio sobre la
privatización de las empresas de energía y el
análisis del tránsito en el Gran Mendoza.
El otro grupo empresario importante de Mendoza es un
organismo gremial, la Unión de Comercio e Industria de Mendoza
(Ucim), más ligado a los intereses de la pequeña y
mediana empresa, que representa 60 % de la actividad económica
local. La Ucim pasa por un mal momento debido a la quiebra e
inminente venta de su banco, el Buci, dirigido por el mismo
funcionario que la encabeza.
Perspectivas
Las fuerzas vivas mendocinas encuentran preocupante la
concentración de poder debida, por un lado, al desprestigio de
la Ucim y el debilitamiento de un Estado que perdió sus dos
bancos (De Mendoza y De Acción Social) y, por otro, a una
creciente concentración de la actividad económica,
evidente en diversos frentes: los dos grupos de comunicaciones (Los
Andes y Diario Uno) pertenecen a la elite empresarial y, según
se dice, Uno está por adquirir mayoría en Los Andes;
las grandes cadenas de supermercados, locales e internacionales,
están desplazando, junto con el Mendoza Plaza Shopping, a los
pequeños comerciantes (en los últimos dos años,
el número de negocios activos bajó más de 3%, y
la rotación afectó a más de 30% de la planta
comercial); “las pequeñas y medianas empresas están
atomizadas y en dificultades, porque no pueden acceder a
créditos viables para reconvertirse, y sólo los grandes
grupos económicos prosperan, lo que los transforma en los
únicos actores sociales con indiscutible poder de
decisión”, analizaron varios entrevistados por MERCADO.
Por otro lado, grandes capitales chilenos y españoles
llegan a la vitivinicultura, la energía, las finanzas y la
minería, sector éste que despierta el interés
del mundo entero: hay más de 40 empresas internacionales
realizando prospección en la provincia.
Otro rubro que empieza a movilizarse es la hotelería, “que
está terriblemente rezagada”, dicen, pero a la que se
incorporará el año que viene el primer establecimiento
cinco estrellas, de la mano de Mendoza Plaza Shopping, y un resort
con otro cinco estrellas y un casino.
La preocupación general quizá pueda entenderse
desde las interpretaciones del legislador radical Algerto Montbrun y
de la encargada de la filial local de la Fundación
Mediterráneo, María de la Esperanza Juri.
Montbrun asegura que “en Mendoza el poder siempre estuvo
repartido: cuando uno de los poderes estuvo en manos de un partido,
el Justicialista, por ejemplo, otro fue radical, o del Partido
Demócrata. El mendocino se inclina por las personas, y hay
buenos candidatos en los tres principales partidos de la provincia,
de modo que la ciudadanía reparte el poder para que no haya
excesos y para que la gestión sea siempre lo mejor posible”,
analiza.
“De hecho, mientras las restantes intendencias de la provincia
son justicialistas, hace 13 años que la Capital es radical”,
muestra. “Además, el Poder Judicial sigue siendo bastante
independiente: que Aldo Giordano, ciudadano intachable y cercano al
radicalismo, sea fiscal de Estado de un gobierno justicialista dice
mucho al respecto”, sostiene.
Juri, por otro lado, afirma que “el empresariado mendocino
está dividido en dos bloques: las empresas que han entrado de
lleno en el proceso de globalización, y que a punta de mejoras
en rendimiento y calidad, y con un endeudamiento manejable,
saldrán adelante, y las que se han quedado en la manera
tradicional de hacer las cosas, sin inversión en
tecnología y cerradas al mercado externo. En años
anteriores, los dos bancos estatales manejaron hasta 75 % de los
créditos provinciales, la mitad de los cuales resultaron
incobrables”, examina; “esto distorsionó la realidad; su
privatización es beneficiosa porque permitirá que los
mercados influyan claramente a los empresarios, incentivando la
reconversión de las empresas rezagadas”, supone. Pero acepta
que no existe en Mendoza un programa adecuado de atención a
las Pymes, sector mayoritario y debilitado.
Dónde se crece
Esto se produce en el contexto de un aumento de las
exportaciones (100 % en los últimos cuatro años),
especialmente las manufacturas de origen agropecuario y los bienes de
capital, que incluye una transformación radical de la
más tradicional industria local: la vitivinícola. Unas
20 bodegas han realizado inversiones de casi US$ 100 millones en
cepas de mejor calidad y tecnología de última
generación para la producción y exportación de
vinos finos. En 1996 salieron del país casi 2 millones de
hectolitros de vino, siete veces más que en 1994, por un valor
de casi US$ 70 millones. De ese total, 27% corresponde a los vinos
finos. Y la tendencia al alza en este segmento sigue (no así
en el segmento de vinos comunes). Los vinos finos mendocinos, que
representan 90% de la producción nacional, han recibido
decenas de premios internacionales y están conquistando
mercados sistemáticamente en Europa, América y Asia.
Parecida dirección siguen los bienes de capital y
ciertos productos agropecuarios, como el ajo, las ciruelas y el
aceite de oliva, pero muchos productos mendocinos (entre ellos los
vinos comunes) aún padecen de un mal tradicional: se exportan
ocasionalmente, cuando sobra producción o aparece un pedido.
Hacer de la exportación una estrategia sistemática, y
de la calidad y los buenos precios sus condiciones sine qua non, es
el principal desafío que encara, hoy, gran parte de la
industria local.
El factor social
Sin embargo, los mendocinos no se conforman con crecer: quieren
conservar las características de integración,
tranquilidad y seguridad que se han acostumbrado a disfrutar. Algo
que puede verse comprometido si los problemas sociales empeoran. Por
el momento, sin embargo, ningún partido político parece
tener un proyecto provincial coherente a largo plazo. En cuanto al
empresariado, “nunca ha tenido un proyecto provincial general y
consistente, una política de desarrollo”, argumenta
José Francisco Martín, rector de la Universidad
Nacional de Cuyo y estudioso del tema. “Es posible que estemos en el
umbral de un cambio, pero aún no se ve”, concluye.
