jueves, 30 de abril de 2026

    Los premium a la cabeza

    “Menos, pero mejor” parece ser la consigna que marca a fuego el

    consumo de bebidas alcohólicas en el país. Alentados

    por una pronunciada caída de los precios y la existencia de

    una oferta ampliada de productos nacionales e importados, los

    bebedores autóctonos adoptan nuevos hábitos y se ubican

    un escalón por encima con respecto de sus consumos

    tradicionales.

    Desde la industria se asegura que las renovadas tendencias en el

    consumo hacen que resulte cada vez más difícil definir

    a la competencia según las cualidades específicas de

    cada producto. La pelea por los consumidores ya no se libra dentro

    del mismo segmento. “Ahora prevalecen las imágenes asociadas

    con el prestigio o la gratificación que cada bebida pueda

    aportar en una determinada situación de consumo”, dice

    Tomás de Achával, director general de las Bodegas

    Chandon. Este es el nuevo escenario de una batalla que enfrenta a

    todos contra todos.

    “En Coca-Cola la tienen clara: dicen que todo lo que pueda entrar

    por la garganta es competencia”, señala Alberto Perrot,

    gerente general de Sava Gancia, líder nacional en el mercado

    de los aperitivos alcohólicos.

    Las nuevas pautas de consumo provocaron la paulatina caída

    de los vinos comunes y el avance de los vinos finos. Y llevan a que

    bebidas como la caña, la grapa o la ginebra deban rendirse

    frente a la estampida de los whiskies nacionales, que a su vez

    pierden mercado a manos de los importados. O que la sidra, reina

    indiscutida en las celebraciones familiares, comience a ser

    reemplazada por el champaña, que también pide pista en

    discotecas y restaurantes a expensas del whisky. Y que la cerveza,

    protagonista de primera línea de toda esta

    reconversión, sume jugadores, volumen de producción y

    ventas y les reste consumidores al vino común y a los

    aperitivos alcohólicos.

     

    Llegan los grandes

    “Hasta hace unos años el mercado mostraba muy pocas

    categorías: vinos, vermouths y algunas bebidas espirituosas.

    La oferta se diversificó, impulsada por

    compañías internacionales que invierten e introducen

    con éxito las marcas que manejan en todo el mundo”, apunta

    Conrado Niemeyer, gerente general de Compañía

    Internacional de Bebidas y Alimentos (Cinba), fabricante de Cinzano y

    dueña, desde hace dos años, de la marca de vinos finos

    Navarro Correas.

    Tal como sucedió con Cinba &endash;subsidiaria de una

    compañía controlada por el gigante inglés Grand

    Metropolitan&endash;, desde 1991 la industria nacional de bebidas

    alcohólicas fue testigo del desembarco de otras

    multinacionales de peso que apostaron sus fichas en los mercados de

    la cerveza y los vinos finos.

    Atraídos por la potencialidad del negocio &endash;la

    Argentina se ubica como cuarto productor mundial de vinos, pero hasta

    hace unos años sus productos eran casi desconocidos en el

    exterior&endash;, los nuevos jugadores y las bodegas locales impulsan

    la búsqueda de mercados más allá de las

    fronteras.

    Algunas cifras revelan la magnitud del fenómeno: desde

    principios de la década la industria de la cerveza

    recibió inversiones directas por algo más de US$ 1.000

    millones, la vitivinícola absorbió 100 millones y las

    exportaciones de vinos finos argentinos se multiplicaron por diez, al

    pasar de los US$ 7,65 millones registrados en 1990 a los US$ 72,13

    millones obtenidos el año pasado (ver gráfico).

     

    Sube, sube la espumita

    El cervecero fue uno los sectores que tuvieron un papel más

    activo en las transformaciones del mercado. “El consumo per capita se

    elevó desde los 16,7 litros de 1990 hasta los 35,9 litros

    registrados en el ´97, una cifra que se instala como nuevo

    récord histórico, superando a la de 1994, que

    había sido de 35 litros”, se entusiasma Luis Spanggemberch,

    director de Relaciones Institucionales del Grupo Bemberg y de la

    cervecería Quilmes.

    “La tendencia light lleva a la gente a preferir bebidas de baja

    graduación alcohólica, elaboradas con materias primas

    naturales, de colores claros y, en lo posible, con burbujas. La

    cerveza y el champaña ganaron mercado porque se adaptan

    perfectamente a esa descripción”, explica Spanggemberch.

    Durante 1997 la industria cervecera argentina despachó

    1.264 millones de litros, una cifra que le permite pisarle los

    talones a la industria vitivinícola, cuya producción se

    ubicó en torno de 1.350 millones de litros. Traducido en

    cifras de facturación, el mercado de la espuma mueve en el

    país unos US$ 1.300 millones anuales. Sus ventas lo instalan,

    detrás del mercado general de los vinos, en un privilegiado

    segundo lugar.

    El fuerte aumento en el consumo que comenzó a registrarse a

    partir de 1985 y la posición dominante de Quilmes &endash;que

    llegó a captar 85% del mercado total&endash; tentaron a tres

    poderosas compañías internacionales, que irrumpieron en

    el mercado local de la mano de fuertes inversiones, que junto a las

    realizadas por la propia Quilmes superaron en los últimos ocho

    años la barrera de los US$ 1.000 millones.

    Spanggemberch sostiene, a la hora de describir el panorama actual

    del sector, que “Quilmes ya compite contra los players más

    renombrados del planeta”. En los últimos siete años

    llegaron al país el número uno en producción,

    Anheuser-Busch, que, asociado a la chilena Compañía de

    Cervecerías Unidas (CCU), fabrica Budweiser, una de las marcas

    con mayor presencia internacional. También desembarcaron

    Brahma &endash;el cuarto productor de cerveza a nivel mundial y

    número uno de Brasil&endash; y Warsteiner, la líder de

    Alemania, que desde 1994 fabrica la cerveza Isenbeck. “Si alguien

    quería ponernos a prueba, la elección no pudo ser

    más exigente”, argumenta Spanggemberch.

    Dos razones explican la proliferación de nuevos

    competidores en el rubro cervecero: la Argentina es una fuerte

    productora de las materias primas (cebada y malta), y el consumo por

    habitante, aun con el nuevo récord, está lejos de

    mercados como el brasileño (50 litros anuales per capita) o el

    estadounidense (90 litros).

    El negocio de la espuma muestra a Quilmes firme en su

    posición de liderazgo: con sus marcas capta hoy 75% de las

    ventas totales del país. Sin embargo, frenar la arremetida de

    Brahma y CCU &endash;que se disputan el segundo lugar con shares que

    rondan los 10 puntos&endash; no ha sido sencillo. Quilmes viene

    invirtiendo cerca de US$ 70 millones anuales en incorporación

    de nuevas tecnologías y otros US$ 60 millones &endash;11% de

    su facturación durante 1997&endash; en lanzamientos,

    publicidad y promociones.

     

    Renovación y cambio

    Hace 30 años el consumo per capita de vinos alcanzó

    a 90 litros anuales. En 1978 fue de 77 litros; en 1988 había

    caído a 56 y hoy apenas roza los 41. La superficie plantada,

    en tanto, pasó en los últimos 20 años de 316.000

    hectáreas a 210.000 y el número de viñedos

    cayó de 52.000 a 34.000.

    Estas cifras, sin embargo, no hablan tanto de catástrofe

    como de reconversión: el sector absorbió en esta

    década inversiones por US$ 100 millones, se acostumbró

    a ganar premios en los certámenes internacionales y

    presenció la llegada de nuevos competidores, decididos a

    desplazar a las firmas familiares y copar mercados en el exterior.

    “La inversión se inició en las plantaciones, pero

    también se amplió a las bodegas y terminó en el

    fraccionamiento y la presentación: toda la industria

    recibió el impacto”, afirma Félix Aguinaga, presidente

    del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV).

    Desde el lado de los consumidores se recordará a los

    ´90 como los años del aprendizaje, en los que los

    paladares se acostumbraron a distinguir entre un cabernet y un

    borgoña, un chablis y un torrontés.

    En la Argentina el negocio de vinos mueve US$ 2.000 millones a

    precios minoristas. De los 1.350 millones de litros elaborados, entre

    28% y 30% corresponden a cepas finas. Es en este segmento donde

    más fuerte late el corazón del negocio actual, tanto

    por su ritmo de crecimiento &endash;superior a 10% anual&endash; como

    por sus perspectivas de exportación.

    “La tendencia mundial es consumir menos pero mejor”, resume Bruno

    Rain, presidente del Grupo Pernod Ricard. En otras palabras, los

    perdedores del proceso fueron los productores de vinos de mesa, que

    no sólo vieron caer su participación en el total hasta

    el actual 72%, sino que presenciaron la erosión de precios

    resultante de la invasión de la franja más baja de los

    finos &endash;los finitos&endash; en su territorio.

    El líder entre los vinos de mesa, un mercado de 1.000

    millones de litros al año, es Termidor, la nave insignia de

    Peñaflor, que capta 14% de participación. El caso de

    Peñaflor es revelador de los cambios de la industria.

    Protagonista clave en la historia de este segmento &endash;de donde

    aún extrae la mitad de sus US$ 230 millones de

    facturación&endash;, ahora también mira para arriba.

    “Decidimos incursionar en el ámbito de los finos de la mano

    de Hereford”, dice Alberto Suárez Anzorena, gerente de

    Relaciones Institucionales del Grupo Peñaflor. Las causas,

    explica, son sencillas: se trata de un negocio con un potencial

    enorme y que ya crece a un ritmo de 10% anual.

    Para los directivos de Alimentos y Bebidas Cartellone &endash;la

    empresa que desde hace cinco años se hizo cargo de

    Resero&endash; el volumen que aún mueven los vinos de mesa

    reserva oportunidades de magnitud para productores como ellos o

    Termidor. “Los finos crecen a un ritmo muy alto, pero con la base de

    la que parten les tomará al menos ocho años apoderarse

    de 40% del mercado total”, sostiene José García

    Menéndez, gerente general de la firma.

     

    Finos y finitos

    El estrato inferior de los finos &endash;los finitos&endash;

    absorbe 70% de la producción de los vinos de calidad. La

    estrella en esta parcela es Santa Ana, con una participación

    de 25%. A esta bodega no sólo le corresponde el mérito

    de ser una de las pocas empresas que concentra share en un mercado

    extremadamente atomizado, sino el de funcionar como rampa para

    consumos cada vez más selectos.

    “Nosotros generamos un punto de inflexión en el mercado;

    Selección Santa Ana funcionó como una bisagra que

    abrió la puerta de todos los días a los finos “, se

    jacta Andrés Guiloff Kardonsky, gerente general de la bodega.

    Por las dudas, ellos también se anotan, con la línea

    Personal, en el negocio de los de mayor valor.

    Los grandes protagonistas del mercado de los licores

    también se volcaron al negocio de las franjas más altas

    del vino fino. Allied Domecq adquirió Balbi, tomó la

    licencia de Calvet y la distribución de Suter. Pernod Ricard

    compró la bodega Etchart y Cinba se hizo de Navarro Correas.

    “Este proceso era previsible; resultaba lógico que empresas

    internacionales saltaran de un negocio de US$ 400 millones a otro

    mucho más activo, de US$ 2.000 millones”, razona Carlos

    Fernández, gerente de la División Vinos de Allied

    Domecq.

    El premio mayor, de cualquier modo, no está en el mercado

    interno. Hay un dato que no les es indiferente a los recién

    llegados: las exportaciones de vinos finos saltaron de 10 millones de

    litros en 1994 a 41,8 millones en 1997, alimentadas por la demanda

    estadounidense y la japonesa.

    Con todo, las perspectivas a mediano plazo probablemente queden

    opacadas por la cosecha de este año que, según la gente

    de Peñaflor, “fue la peor del último medio siglo”. La

    otra preocupación que recorre al sector es la posibilidad de

    que el gobierno aplique un gravamen de 20% a la vitivinicultura. Con

    las lanzas en alto, advierten que esa carga deberá ser

    transmitida directamente al consumidor final.

     

    La hora de las burbujas

    Entre los hábitos de sofisticación que introdujo la

    convertibilidad, el consumo de champaña ocupó, sin

    dudas, uno de los lugares más visibles. En 1995 la

    producción de esta bebida rondaba los 15 millones de botellas;

    el año pasado arañó los 28 millones y se espera

    para 1998 un mercado de 32 millones.

    El segmento se divide en dos franjas de precios, separadas por la

    barrera de los $ 6 a $ 7. Cada uno tiene un líder indiscutido:

    Federico de Alvear domina 40% de la gama inferior, mientras que

    Chandon se apropia de 80% de la más alta, que equivale a 35%

    del mercado total.

    Al igual que en el caso de los vinos, también aquí

    los consumidores están trepando escalones: con un ritmo de 10

    a 15% de crecimiento anual, la franja más alta fue la que

    más creció en los últimos cinco años. El

    incremento se aproxima incluso hasta 30% en el caso de los productos

    de más de $ 13, aunque su volumen no es significativo.

    El consumo per capita de champaña en la Argentina es de

    algo menos de una botella por año (0,8). Se ubica, por lo

    tanto, muy lejos de las 12,6 que en promedio beben los australianos;

    pero es una más que aceptable media a nivel mundial y supera,

    por ejemplo, la de los estadounidenses (0,58), a pesar de que el

    poder adquisitivo de unos y otros no es &endash;obviamente&endash;

    comparable.

    La burbujeante bebida ganó aquí dos batallas

    decisivas cuando logró desestacionalizar el consumo y se

    lanzó a ocupar múltiples posiciones: desde la de

    aperitivo o acompañamiento de las comidas, hasta la de drink

    para después del trabajo.

    “Hoy está reemplazando aceleradamente al whisky, que es una

    bebida solitaria y de mayor graduación alcohólica.

    Ocurren dos cosas. Por un lado, se verifica la propensión

    &endash;generalizada en todo el mundo&endash; a tomar bebidas

    más suaves; por otro, cada vez hay menos tiempo libre. Y

    cuando se lo tiene, se aprovecha con amigos o en familia. Ese es el

    momento ideal para tomar champaña”, indica Tomás de

    Achával, director general de Chandon.

    En el nivel de precio inferior, el crecimiento parece lograrse a

    expensas de la sidra. Carlos Pena, gerente general de J. Llorente

    &endash;productores de Federico de Alvear&endash;, señala que

    sus ventas de champañas dulces y rosados pasaron de 8% del

    total de la marca en 1992 a 25% en 1997. Detrás de estos

    números, agrega, “podrían existir nuevos consumidores

    que se agregan al mercado de la mano de las categorías

    más cercanas a la sidra, lo que también

    explicaría el éxito de los saborizados”. En la otra

    punta de los precios la estrella continúa siendo el extra

    brut.

    Según las cifras de la consultora AC/Nielsen, 76% de las

    ventas de champaña se generan en los supermercados. La

    expansión del canal promete multiplicar el negocio en el

    interior, donde ahora se coloca sólo 41% del total. La otra

    esperanza de la industria está puesta en los jóvenes

    que, especialmente en el mercado de los bares y discotecas, se

    inclinaron fuertemente al consumo de la nueva reina de las burbujas.

     

    Un negocio maduro

    En los últimos diez años el segmento de aperitivos

    alcohólicos y vermouths estuvo caracterizado por tres

    procesos: una participación estable en el mercado total, la

    caída de las ventas de vermouth a un ritmo de 3 a 4% y la

    consolidación del liderazgo de Sava Gancia a expensas de sus

    competidores.

    En conjunto, la industria despachó el año pasado 4,5

    millones de cajas de 9 litros, lo que representa más de la

    mitad del total de las ventas del mercado licorista. Los US$ 78

    millones de facturación (a precios puerta de fábrica)

    representaron una mejora de 6% con respecto a 1996. A pesar del

    incremento puntual, este segmento conforma en todo el mundo “un

    negocio maduro que oscila entre la estabilidad y la leve

    declinación”, apunta Perrot, titular de Sava Gancia.

    En la Argentina el esquema es parecido, aunque tiende más

    al sostenimiento que a la baja. “Esto se explica por dos factores: la

    actividad incesante de las marcas y las tendencias conservadoras del

    consumidor”, explica Niemeyer, de Cinba, la compañía

    que produce Cinzano.

    Según datos de la industria, Sava y Cinba absorben 92% del

    total de las ventas de aperitivos alcohólicos y vermouths. La

    tendencia, sin embargo, favorece a los embotelladores de Gancia: su

    participación pasó de 48% en 1985 a 65% en 1997,

    mientras que la de Cinzano cayó de 43% a 27% en el mismo

    período.

    La conclusión es que, otra vez, los consumidores se

    inclinan por las bebidas transparentes y livianas. Cinba lanzó

    recientemente dos nuevas marcas de aperitivos claros,

    Mediterráneo y Orancio, lo que, para Niemeyer, “es una manera

    de ganar nuevos consumidores y rejuvenecer un poco el target”.

    La defensa de la marca y el constante desarrollo de nuevos

    productos le ha dado buenos resultados a Sava. Su hit de esta

    década fue Pronto Shake, un ready to drink que, con 7 millones

    de litros al año, representa 26% de la facturación de

    las bebidas alcohólicas de la empresa.

    “Este es un negocio basado en lo social y en la imagen, por lo que

    no es una actividad de enorme dinamismo. Pasan pocas cosas; entonces

    resulta clave el cuidado y la revitalización de las marcas.

    Para ellas, desde nuestro punto de vista, la utilidad es un costo: si

    un jefe de producto aumenta las ganancias recortando el presupuesto

    publicitario no está haciendo ningún favor”, afirma

    Perrot.

    La calma chicha del segmento llevó a las dos firmas a

    moverse hacia otros negocios. Sava desarrolló los aperitivos

    sin alcohol, que hoy aportan más de la mitad de los US$ 220

    millones de facturación de la empresa. Los de Cinba, en tanto,

    aseguran que en los próximos años la

    compañía “pondrá sus fichas en J&B y Navarro

    Correas”.

     

    Sobre las rocas

    Aunque se desdibujó el escenario que instalaba al whisky

    como la más popular entre las bebidas alcohólicas a

    comienzos de los ´70 &endash;”entonces era común ver a la

    gente de campo tomando Old Smuggler”, recuerda Salvador Vogelman,

    presidente de Allied Domecq Argentina&endash;, la categoría es

    una de las que más ha recuperado terreno dentro del sector

    durante los últimos años.

    Según datos de AC/Nielsen, las ventas de whiskies entre

    febrero del ´97 y enero de este año en el canal minorista

    fueron 13% superiores a las registradas un año antes. Desde la

    industria, exhiben crecimientos anuales superiores a 15% en el

    último trienio.

    Parte importante de este incremento se sustenta en la

    reducción de los impuestos internos que gravaban al whisky.

    “La reforma impositiva tuvo dos consecuencias directas:

    impulsó una drástica caída de los precios en las

    góndolas &endash;que bajaron de $ 10 a 6 en el caso de los

    nacionales, y de $ 20 a 15 para los importados&endash; y acabó

    con el contrabando, que en 1991 llegaba a casi 2 millones de litros”,

    dice Vogelman.

    Para Rain, del Grupo Pernod Ricard, el aumento en el consumo del

    whisky también tiene relación estrecha con la

    disminución de ventas que registran bebidas como la ginebra,

    las espirituosas secas, la caña y la grapa: “Estos consumos

    son sustituidos por el whisky”.

    Carlos Pena, gerente general de J. Llorente, la empresa que con la

    marca Criadores lidera el mercado de los whiskies nacionales (51% de

    las ventas), asegura que la reducción de los precios

    “llevó a que bajara el perfil de nuestro target. Quienes antes

    consumían whiskies nacionales se pasaron a los importados, y

    los que no bebían porque los precios eran altos comenzaron a

    sumarse como nuevos consumidores”.

    Sin embargo, Pena opina que el whisky todavía no es una

    bebida de los segmentos C2 o D, “porque ya no se trata tanto de una

    cuestión de precios, sino de hábitos. Pero esas pautas

    de consumo cambian rápidamente gracias al crecimiento de los

    supermercados, que nos dan cobertura y exhibición frente a un

    público al que no accedíamos antes”.

    Las grandes superficies resultan un aliado fundamental para el

    repunte del negocio: según la consultora Nielsen, entre

    febrero del ´97 y enero del ´98 los supermercados canalizaron 63,7%

    de las ventas totales de whisky en el país.

    Según estimaciones de la industria, el mercado actual de

    whiskies en la Argentina asciende a 1.300.000 cajas de nueve litros.

    De ese total, 1 millón de cajas corresponde a los nacionales y

    las 300.000 restantes a los importados. Hacia adelante, la tendencia

    apunta a favorecer a estos últimos: se prevé que para

    el 2002 los de producción local venderán 1,08

    millón de cajas, y los importados sumarán 200.000 a sus

    niveles actuales.

    Esas cifras alientan la irrupción de nuevos participantes

    en el negocio. Allied Domecq, que en el mercado de los whiskies

    nacionales elabora marcas tradicionales como Old Smuggler y Premium,

    sumó a Ballantine´s para dar pelea en el segmento de

    importados. El Grupo Pernod Ricard presentó la marca irlandesa

    Jameson, con la que dará batalla en el renglón de

    precio medio.

    De todos ellos, el que jugó más fuerte fue Cinba,

    impulsando el reposicionamiento de J&B, importado desde su casa

    matriz. “Desde 1996 invertimos US$ 10 millones en publicidad.

    Logramos que J&B se instalara como líder en su segmento,

    captando 28% del mercado”, afirma Niemeyer.

     

    Pulseada en las barras

    De todos los productos que conforman la canasta de bebidas

    alcohólicas, los licores se cuentan entre los pocos que

    lograron mantenerse en valores de consumo más o menos

    similares a los que se registraban a principios de la década:

    unos 6 millones de litros anuales. “La tendencia es estable, aunque

    se producen caídas en ciertas presentaciones, como chocolate y

    huevo, que gradualmente son reemplazadas por otros sabores,

    más acordes con las nuevas pautas de consumo”, dice Carlos

    Cassese, gerente de Marketing del Grupo Pernod Ricard, que participa

    del sector con las marcas Cusenier y 8 Hermanos.

    Los datos de la industria dan cuenta de una caída de 4%

    para los licores secos, frente a un crecimiento de 2% en el segmento

    de los dulces. Para Nielsen, la venta de licores cayó 1,2%

    entre febrero del ´97 y enero del ´98, y su volumen total de

    facturación se redujo 3% con respecto al período

    anterior.

    “Los licores de la línea Cusenier captan entre 35 y 38% del

    mercado”, afirma Carlos García Castro, director comercial de

    Pernod Ricard.

    “Nuestra estrategia está basada en el desarrollo de marcas.

    El objetivo es tener la menor cantidad posible, pero garantizarnos

    que sean las más fuertes”, responde Vogelman, de Allied

    Domecq, que disputa el liderazgo de la mano de los licores Bols y

    Tía María.

    La estabilidad del segmento se asienta en la fuerte estrategia de

    marketing que las empresas desarrollaron para ubicar sus productos en

    un nuevo mercado. “Esas acciones &endash;señala

    Cassese&endash; consistieron en desplazar el consumo de licores desde

    los hogares hacia las discotecas, donde las ventas crecieron gracias

    al empleo de los licores en la preparación de cocteles y

    tragos.”

    Vogelman coincide al opinar que “los licores lograron mantenerse a

    fuerza de lanzamientos de sabores frutales y colores que promovieron

    situaciones de consumo distintas de las tradicionales. Si el segmento

    ha logrado un equilibrio ha sido gracias al fuerte crecimiento de su

    consumo en el mercado de botella abierta”.

    Las barras de bares y discotecas son el escenario donde los

    licores libran su principal batalla. La tarea no es sencilla:

    enfrente tienen a la cerveza, el champaña, los aperitivos

    livianos, el ron y el tequila, hambrientos por disputarles palmo a

    palmo la elección de los consumidores más

    jóvenes.