miércoles, 29 de abril de 2026

    El tipo de cambio (II)

    En el capítulo anterior comenzamos a hablar del tipo de
    cambio, sus definiciones, los diferentes regímenes cambiarios
    y algunas de las interacciones entre diversas variables relevantes.
    Para continuar con este tema, es preciso, primero, reintroducir y
    ampliar la definición de la diferencia entre el tipo de cambio
    nominal y el tipo de cambio real.

    El primero es un precio de mercado (de la moneda extranjera,
    medido en unidades de la moneda local) y es directamente observable,
    en la pizarra de una casa de cambio o en la página financiera
    de un diario.

    El tipo de cambio real, en cambio, es una construcción
    teórica no directamente observable. Es un invento de los
    economistas destinado a medir la competitividad de los productos
    nacionales con respecto a los extranjeros.

    Obviamente, ambos están directamente relacionados. El tipo
    de cambio real es un precio relativo, es decir un precio visto en
    relación con otro u otros, cuyo cálculo parte del valor
    del tipo de cambio nominal. Puesto en términos algebraicos:

    tipo de cambio real = tipo de cambio nominal
    x (p*/pn)

    Rápidamente, antes de que alguien se asuste y abandone
    prematuramente la lectura de este capítulo, digamos que la
    expresión anterior no es más que la cotización
    nominal del tipo de cambio (por ejemplo $ 1 por US$ 1) ponderada por
    la relación entre el nivel de precios externo (p*) &endash;por
    ejemplo de Estados Unidos&endash; y el nivel de precios
    doméstico (pn).

    El lector ya habrá advertido que una devaluación (es
    decir un aumento del tipo de cambio nominal) implica, dados los
    niveles de precios externo e interno, un aumento del tipo de cambio
    real. Del mismo modo que, dado el tipo de cambio nominal, si la
    inflación local es mayor que la externa (en este ejemplo, si
    nuestros precios aumentan más que los de Estados Unidos) el
    tipo de cambio real caerá.

    Aumentos y caídas del tipo de cambio real tienen, como
    veremos, importantes efectos sobre el resto de la economía.

     

    El tipo de cambio y los bienes

    El tipo de cambio real tiene un impacto directo sobre el mercado
    de bienes. Un incremento del tipo de cambio real, manteniendo todo lo
    demás igual, aumenta la rentabilidad del exportador y
    disminuye las ganancias de los importadores.

    En efecto, si consideramos ahora que el símbolo “pn” de
    nuestra fórmula es un indicador de los costos que enfrenta el
    exportador, está claro que la depreciación de la moneda
    local (suba del tipo de cambio nominal) aumentará sus ingresos
    en moneda local frente a costos que en principio permanecen iguales.

    Este aumento de la rentabilidad en la actividad exportadora
    hará que, tarde o temprano, aumenten las ventas de productos
    al extranjero y haya nuevos productores interesados en ingresar al
    negocio de la exportación.

    Viendo la misma fórmula desde la óptica del
    importador, podemos imaginar que el tipo de cambio nominal
    multiplicado por el nivel de precios externo (p*) es el precio en
    pesos de un producto importado, y “pn” el precio de su competidor
    nacional.

    Obviamente, el aumento del tipo de cambio real significa el
    encarecimiento del bien extranjero y un aumento en la competitividad
    de los bienes elaborados internamente y, por lo tanto, una
    disminución de las importaciones.

    En síntesis, lo que ocurre es que, como cualquier otro
    precio relativo, el tipo de cambio real da señales a los
    consumidores acerca de cómo orientar su gasto y a los
    productores les indica en qué dirección asignar sus
    recursos.

    Un tipo real más alto lleva a restringir el gasto en bienes
    importados y a aumentar las ventas externas, esto es, a disminuir el
    déficit o aumentar el superávit en el balance
    comercial.

     

    Una hamburguesa es una hamburguesa

    De la propia definición de tipo de cambio real podemos
    extraer una relación entre tipo de cambio y niveles de precios
    con la que se ha pretendido en el pasado determinar cuál es el
    tipo de cambio correcto que debería estar vigente en una
    economía con tipo de cambio fijo o, alternativamente, hacia
    qué valor converge el tipo de cambio en un sistema flexible.

    Supongamos que se parte de un tipo de cambio real que, sin entrar
    en mayores detalles, llamaremos de equilibrio. Para que el tipo de
    cambio real se mantenga constante, la tasa de devaluación debe
    ser siempre igual a la diferencia entre la tasa de inflación
    doméstica y la internacional.

    Esta expresión se conoce como ley del único precio y
    señala que el tipo de cambio tiende a garantizar que un bien
    tenga el mismo precio (medido en una misma moneda) en la
    economía local y en el resto del mundo o, en términos
    dinámicos, que la depreciación de la moneda tiende a
    compensar el exceso de inflación local por encima de la
    inflación internacional.

    Una aplicación pintoresca de este principio es el
    índice calculado por la revista británica The
    Economist. Dado que la hamburguesa (ese artefacto con el cual
    simulamos alimentar a nuestros hijos) de la cadena internacional Mc
    Donald´s se fabrica básicamente del mismo modo en los
    distintos países, comparar sus precios en una misma moneda da
    una idea del cumplimiento o no de la ley en su versión en
    niveles; por otra parte, observando la evolución en el tiempo
    de los diversos precios nacionales también se puede verificar,
    o no, la hipótesis de su convergencia en el tiempo.

    En realidad, la ley no se verifica en ninguna de sus dos
    versiones, ni en el caso de las hamburguesas ni en el de los estudios
    académicos, y hay buenas razones para que esto sea así
    (costos de transporte, diferentes estructuras de costos, diferentes
    estructuras en el mercado del bien hamburguesa, etc.), pero de todos
    modos sigue siendo útil &endash;como uno de los mecanismos de
    evaluación del grado de realismo del tipo de cambio&endash;
    comprobar su evolución en el tiempo con respecto al
    diferencial de tasas de inflación.

    “¿Compro dólares o renuevo el plazo fijo?”

    El tipo de cambio &endash;o para ser más precisos, las
    expectativas sobre su evolución&endash; también
    influyen en el mercado financiero. En otros tiempos, la madre de uno
    de los autores de esta nota solía atribular a su hijo
    periódicamente con la siguiente pregunta: “nene,
    ¿qué hago?, ¿compro dólares o renuevo el
    plazo fijo ?”. En los párrafos que siguen trataremos de
    mostrar una aproximación a una vieja respuesta a esta
    pregunta.

    Cualquier persona que invierta una cantidad “D” de dinero en
    activos nacionales (por ejemplo, plazo fijo) obtendrá luego de
    cierto lapso esa cantidad incrementada en la tasa de interés
    local; es decir, D x (1 + i); dónde “i” simboliza la tasa de
    interés, por ejemplo i = 3%.

    Si, alternativamente, existe la opción de realizar la misma
    operación en moneda extranjera, los pasos a seguir
    serán: comprar divisas (dólares) a un tipo de cambio
    nominal e(0), vigente en el momento “cero”, hacer el depósito
    que devengará una tasa “i*”, y al final del plazo recomprar la
    moneda nacional a un tipo de cambio “e(1)”. Si ambas operaciones
    arrojaran igual rendimiento, la situación puede aproximarse
    por la siguiente condición, llamada de paridad de intereses:

    i = i* + tasa de devaluación donde la
    tasa de devaluación es igual a [e(1)/e(0)-1].

    Esta expresión nos dice algo intuitivamente claro: el
    inversor estará indiferente entre un activo doméstico
    que le ofrece una tasa “i” y un activo nominado en moneda extranjera,
    si el rendimiento interno iguala la suma de la tasa de interés
    externa más la tasa de devaluación esperada.

    De este modo la decisión entre girar capitales al exterior
    (“plazo fijo” en un banco extranjero) o que se dé el ingreso
    de capitales externos hacia nuestra economía está
    relacionada con el nivel presente del tipo de cambio (e(0) en el
    ejemplo) y el nivel esperado del tipo de cambio en el futuro (=
    e(1)).

    Obsérvese que podría darse el caso de una
    economía con tipo de cambio fijo que, por lo tanto, supone la
    existencia de un compromiso estatal por el cual e(0) = e(1), pero con
    una situación macroeconómica tal (déficit en
    cuenta corriente, bajo nivel de reservas oficiales, alta tasa de
    inflación, etc.) que los operadores económicos esperan
    un tipo de cambio futuro muy superior al presente y, por lo tanto,
    temen sufrir fuertes pérdidas de capital si optan por la
    inversión en moneda local.

    Obviamente, es posible que el mecanismo trabaje a la inversa.
    Puede esperarse la apreciación del tipo de cambio (que e(1)
    sea menor que e(0)) y, por lo tanto, aun con una tasa de
    interés local inferior a la internacional, los activos
    nacionales serán más atractivos que los externos.

     

    Efectos especiales

    La incertidumbre acerca del valor futuro de la moneda extranjera
    introduce una cuña en la sencilla fórmula escrita
    más arriba. Este tercer elemento, que se suma a la tasa de
    interés externa y la tasa de devaluación, se conoce
    como prima de riesgo y, como el lector podrá imaginar,
    será tanto mayor cuanto más inestable sea la
    economía de que se trate.

    Cuando esto desemboca en una situación límite se
    produce lo que se conoce como un ataque especulativo contra la moneda
    local. En estos casos generalmente nos encontramos frente a un
    escenario en el que interactúan los siguientes personajes: un
    Banco Central con reservas agotadas, un gobierno desesperado y un
    público incrédulo.

    La política económica se transforma en una pulseada
    entre las autoridades económicas y los propietarios de
    activos; mientras los primeros tratan de convencer a los segundos de
    que se está frente a un episodio transitorio y que el tipo de
    cambio oficial asegura el equilibrio de balance de pagos en el largo
    plazo, los agentes económicos, por su parte, temiendo lo que
    parece ser una inevitable pérdida de capital, tratan de
    desprenderse de la moneda local y posicionarse en divisas.

    Salvo que el gobierno logre convencer a los operadores
    económicos sobre la fortaleza de la cotización oficial
    (y un argumento de peso en estas situaciones suele ser el auxilio de
    gobiernos extranjeros u organismos multilaterales bajo la forma de
    préstamos de emergencia), en la práctica no
    existirá un nivel de tasa de interés local que permita
    cumplir la condición de paridad de intereses, y el desenlace
    de una situación como la descripta será el abandono de
    la política cambiaria y la elección de un tipo de
    cambio nominal más alto.

    México en 1994 y los países del sudeste
    asiático a mediados del año pasado son ejemplos de
    ataques especulativos que doblegaron a las autoridades
    económicas. La Argentina en los tiempos del tequila es un
    ejemplo cercano de defensa exitosa del tipo de cambio fijo.

    El tipo de cambio suele jugar un papel singular en otras dos
    situaciones de crisis: las espirales inflacionarias y las
    hiperinflaciones.

    En la primera situación hay un problema de equilibrio
    externo sumado a un conflicto distributivo en el que los diversos
    agentes económicos tratan de mantener, o aumentar, su
    participación en el producto. En contextos como éste,
    devaluar en términos reales se torna una tarea difícil.
    Veamos un ejemplo imaginario.

    Para enfrentar una situación de déficit en el
    balance comercial las autoridades económicas deciden devaluar,
    lo que origina un aumento de precio de los bienes que se exportan,
    así como de los que se importan. Como algunos de esos bienes
    forman parte de la canasta de consumo de los trabajadores, los
    sindicatos reclaman, y obtienen, aumentos salariales. A
    continuación, para defender su tasa de ganancia, los
    empresarios trasladan a precios los aumentos salariales otorgados.

    Si el lector vuelve a mirar la primera ecuación de esta
    nota se dará cuenta de que el tipo de cambio real, que en un
    primer momento aumentó debido a la devaluación nominal,
    es erosionado por los aumentos de precios y salarios. De modo que el
    gobierno necesita devaluar nuevamente, lo que puede dar comienzo a
    una nueva ronda de incrementos nominales.

    La otra circunstancia crítica en la que el tipo de cambio
    se transforma en un artículo pirotécnico es la que se
    presenta durante las etapas finales de las inflaciones
    crónicas que desembocan en hiperinflaciones. En éstas,
    el dinero nacional va perdiendo, secuencialmente, cada una de las
    tres funciones que lo definen como tal: ser reserva de valor (el buen
    dinero mantiene su poder de compra a lo largo del tiempo), unidad de
    cuenta (el dinero sirve para medir el valor de los bienes y
    servicios) y medio de cambio (pagamos nuestras compras con dinero y
    recibimos dinero a cambio de nuestras ventas de bienes o servicios).

    En condiciones de alta inflación la primera de estas
    funciones es también la primera que el dinero local resigna a
    manos de las divisas (en tiempos no tan lejanos, usábamos
    dólares si queríamos acumular poder de compra en un
    activo muy líquido).

    Luego, el valor económico de las cosas pasa a nominarse en
    moneda extranjera (un traje vale tantos dólares y usaremos la
    cotización diaria del dólar para traducir su valor a
    nuestra moneda).

    Finalmente, en la fase más aguda de las hiperinflaciones,
    la moneda local deja de circular, ya no es medio de cambio, y es
    sustituida por el trueque, monedas particulares emitidas por
    operadores fuertes (grandes empresas, como en la
    hiperinflación alemana de los años 20) y, por supuesto,
    la moneda extranjera.

    La muerte de la moneda nacional es la expresión financiera
    del colapso del Estado, y la descomposición de éste es
    el reflejo del conflicto y la desorganización social que
    acompañan a estos procesos.