Tras los pasos de su casa matriz, Monsanto Latinoamérica Sur cerró
un capítulo en su historia como compañía química,
al separar ese negocio en una nueva firma: Solutia. Después de desprenderse
de su participación de 50% en Unistar, el joint-venture que tenía
con Perez Companc para fabricar poliestireno, la actividad de esta nueva empresa
en el país quedó limitada a una pequeña operación
que no supera los US$ 20 millones.
Al mismo tiempo, Monsanto conocida localmente por su fuerte presencia
en agroquímicos adquirió, a través de su subsidiaria
Searle, el laboratorio argentino Sintyal ubicado entre los primeros 13 del mercado,
con lo que volvió a una actividad de la que se había retirado
en 1988.
También ingresó de lleno en el mercado local de semillas, un
negocio que entre 1994 y 1997 pegó un salto de 50%, al pasar de US$ 582
millones a US$ 874 millones. En esta área, la compañía
sólo contaba con Genética Mandiyú, un joint-venture
con la estadounidense Delta & Pine Land y Ciagro, el mayor distribuidor
del norte del país, creado en 1997 para producir y desarrollar semillas
de algodón genéticamente modificadas.
Ciencias de la vida
Las novedades en la Argentina reflejan el nuevo perfil de Monsanto en todo
el mundo. Luego del desmembramiento de su área química, la compañía
se sumó a la categoría de empresas que, como DuPont, Novartis
o Rhone Poulenc, adoptaron como core business las ciencias de la vida:
una combinación de agro, nutrición y productos farmacéuticos.
Estos negocios tienen como raíz común la biotecnología,
que permite desarrollar desde plantas de cultivo mejoradas hasta nuevas formas
de tratamiento para enfermedades humanas a partir del conocimiento genético.
La apuesta a estas actividades está sustentada en un potencial que
se mide en millones. Según un estudio realizado en 1997 por el Servicio
Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agro-biotecnológicas
sobre la situación global de los cultivos genéticamente modificados,
el mercado mundial de este tipo de productos crecerá de US$ 500 millones
en 1996 a US$ 2.000 o 3.000 millones a fin de siglo. Para el 2005, saltará
a US$ 6.000 millones y llegará a US$ 20.000 millones cinco años
más tarde.
Las perspectivas son igualmente prometedoras para la Argentina, afirma Carlos
Popik, presidente de Monsanto Latinoamérica Sur. El país parece
encaminado a seguir los pasos de Estados Unidos en la rápida adopción
de la biotecnología. En los próximos 10 años, este mercado
llegará a US$ 3.700 millones, a US$ 6.600 millones en el 2015 y a US$
14.500 millones en el 2025, según un informe realizado por el Foro Argentino
de Biotecnología.
De compras por el mundo
Con la mira puesta en fortalecer su participación en el sector, Monsanto
salió de compras con US$ 6.400 millones en el bolsillo y se consolidó
este año como uno de los grandes jugadores, lo que le permitió
avanzar en la cadena de valor y abarcar desde el desarrollo tecnológico
hasta la venta de semillas mejoradas con marca propia.
En 1997 ya había adquirido semilleras como las norteamericanas Asgrow,
Holden´s Foundation Seeds y Calgene. Y en mayo de este año se quedó
con las estadounidenses DeKalb Genetics, fuerte en maíz, y la algodonera
Delta & Pine Land por US$ 4.400 millones.
La competencia todavía no había digerido las novedades cuando
Monsanto pegó su segundo golpe en junio: adquirió, por US$ 1.400
millones, las operaciones de semillas de Cargill en todo el mundo, excepto Estados
Unidos, Canadá e Inglaterra. Su última movida fue la compra de
la unidad de ingeniería genética para cultivos de Unilever por
US$ 524 millones.
En medio de estas operaciones, se frustró la unión de Monsanto
con American Home Products, que habría creado una empresa con ventas
por US$ 23.000 millones.
Monsanto facturó el año pasado US$ 7.514 millones y ganó
US$ 470 millones. Entre enero y septiembre de este año, la firma tuvo
ingresos por US$ 6.500 millones 14% más que durante el mismo período
de 1997 pero sus utilidades (US$ 353 millones) cayeron 24%.
La ola de compras de Monsanto no representó, de todos modos, una excepción
dentro de un sector que desde hace un par de años viene protagonizando
fusiones y adquisiciones destinadas a aunar esfuerzos en el costoso desarrollo
tecnológico. Entre las más destacadas se encuentran, sin duda,
la fusión de Ciba y Sandoz para crear Novartis y la adquisición
por parte de DuPont de 20% de Pioneer líder mundial en semillas
por US$ 1.700 millones. Pero también Dow, Zéneca, Basf y AgrEvo
absorbieron a otras empresas.
“A nivel mundial, Monsanto ya había comprado algunos semilleros de
porte menor a fines de la década de los ´80: Hartz Seeds, un semillero
de trigo y soja en Estados Unidos, y la francesa Cooperative de Po. Pero en
ese momento no parecía que de esta manera pudiera convertirse en un jugador
relevante y empezó a licenciar sus tecnologías a otras grandes
compañías del sector”, recuerda Popik.
Sin embargo, Monsanto volvió sobre sus pasos al advertir que resultaría
muy difícil recuperar el alto costo de sus investigaciones sólo
a través del cobro de royalties. “Por eso, la compañía
decidió combinar las dos estrategias: por un lado licenciar su tecnología
mediante la incorporación de sus genes en las semillas de otras empresas
y, por otro, captar valor a través de toda la cadena desde la investigación
hasta la producción”, explica Popik.
Además de introducirse en todas las áreas del negocio, en Monsanto
hicieron una deducción lógica. “En muchos aspectos, los trabajos
genéticos permiten la sustitución de agroquímicos con semillas
que no los necesitan. Si se confía en que la biotecnología puede
dar a las plantas estos atributos, esta idea atenta contra el negocio de agroquímicos,
que irremediablemente irá disminuyendo por las presiones del medio ambiente
y la toxicidad en humanos. Por eso es necesario ser capaz de cambiar el rumbo
hacia donde va el mercado para poder sobrevivir”, señala Popik.
Suma y sigue
Estas operaciones repercutieron en el mercado local, aunque Popik señala
que “todavía no es posible definir cómo quedará la empresa
en el país porque, técnicamente, la adquisición de De Kalb
y Delta está sujeta a aprobaciones regulatorias estadounidenses”.
La división semillas de Cargill es, en cambio, parte de Monsanto desde
el 1º de octubre pasado.
Sin contar las adquisiciones, para 1998, la facturación de Monsanto
Latinoamérica Sur, que incluye también Uruguay, Paraguay, Chile
y Bolivia, llegará a US$ 360 millones. La agricultura aportará
US$ 250 millones; el negocio farmacéutico, US$ 65 millones y el de nutrición
que comprende la fabricación de NutraSweet y otros productos para
la industria de la alimentación sumará US$ 45 millones.
Si se agrega Dekalb y Cargill, la compañía estima que el año
que viene en la región el negocio agrícola tendrá ingresos
por aproximadamente US$ 450 millones y la facturación total superará
los US$ 600 millones, ya que el área farmacéutica arrimará
más de US$ 70 millones, y nutrición y consumo, unos US$ 50 millones.
La compra de DeKalb significará para Monsanto un aporte de US$ 100
millones en 1999 y una participación de 50% en el mercado de semillas
de maíz, que mueve US$ 120 millones, y de 14% en el de girasol, que genera
US$ 50 millones y es liderado por Zeneca. Además, la empresa cuenta con
tres plantas de procesamiento de semillas y varias estaciones experimentales.
Por su parte, Cargill agregará ingresos por US$ 45 millones, una planta
de producción y clasificación de semillas híbridas, un
campo experimental en Pergamino y un market share de 12% en maíz
y 8% en girasol.
La división de semillas de Cargill desarrollaba sus actividades de
investigación, producción, procesamiento y venta de semillas en
forma independiente y las áreas de finanzas, recursos humanos e informática,
entre otras, eran servicios prestados por Cargill. “Eso hizo que la integración
se torne más fácil, porque no hay duplicación de funciones”,
aclara Popik. Monsanto, que con Cargill llegó a un plantel de más
de 1.000 empleados, pagará un royalty para continuar utilizando
esa marca comercialmente.
En soja, la número uno es Nidera, aunque Monsanto también está
apuntando a ese mercado. “Ni Cargill ni DeKalb tienen un programa comercial
significativo en esta área. Por eso, aprovechando trabajos que venimos
haciendo con la soja de Hartz y en colaboración con semilleros argentinos,
empezamos a comercializar soja este año. Pensamos que tenemos buena plataforma
de germoplasma (calidad genética). Hoy se venden con marca Hartz y de
otros semilleros, pero estamos viendo con qué nombre la comercializaremos
nosotros”, explica Popik.
Debut auspicioso
La soja transgénica Roundup Ready (RR) fue la primera semilla genéticamente
modificada aprobada en la Argentina. A pesar de que fue lanzada hace apenas
tres campañas, viene creciendo aceleradamente. En su primer año
(1996/97) se sembraron 100.000 hectáreas, en 1997/98, la superficie creció
hasta 1,2 millón 20% del total y para esta campaña
se calcula que llegará a ocupar 50% del total de hectáreas de
soja, estimadas en 7,8 millones por la Asociación de Semilleros Argentinos.
Para Popik, el volumen de este negocio seguirá creciendo hasta alcanzar,
en dos o tres años, 80% de la superficie de la soja.
Monsanto introduce el gen en las variedades de diferentes empresas locales,
cada una con su propia calidad de germoplasma. Estas firmas luego las multiplican
y venden con su marca.
La soja RR le permitió a Monsanto ubicarse como pionera en la inserción
de semillas genéticamente modificadas, y el negocio en la Argentina ya
se empezó a extender a otros cultivos y jugadores. Este año comenzó
la siembra de maíz transgénico. En este segmento, Monsanto tiene
el maíz Bt resistente a los insectos pero también
Novartis fue autorizada a comercializar este tipo de semillas y AgrEvo está
vendiendo una semilla resistente a un herbicida similar al de Monsanto.
En algodón, Monsanto vuelve a estar sola. “A través de Genética
Mandiyú, este año ya ofreceremos semillas de algodón Bt
para 8.600 hectáreas”, cuenta Popik. En la presente campaña, la
superficie total de algodón alcanzará 850.000 hectáreas.
Para el año que viene, el directivo calcula que las autoridades aprobarán
la utilización del maíz RR y, para el 2000, el algodón
RR. “La empresa está trabajando en el desarrollo de biotecnología
en cultivos como la papa, la remolacha azucarera (para Chile), la caña
de azúcar, el girasol y el trigo, que serán comerciales en los
próximos años”, enumera.
Agroquímicos
Más allá de su nuevo papel en el mercado local de semillas, Monsanto
también está reforzando el área de agroquímicos.
En el primer caso, la empresa anunció una inversión de US$ 136
millones entre 1997 y el 2000 en su complejo de Zárate. Cerca de US$
80 millones se destinarán para instalar una planta de Roundup sólido,
que se terminó de construir a mediados de año, y otra de glifosato,
componente básico del Roundup, que estará en marcha en el primer
trimestre del 2000. El resto del desembolso se utilizará para un centro
de distribución, infraestructura y una planta de efluentes.
Al igual que el mercado de semillas, el de agroquímicos viene experimentando
un fuerte crecimiento en los últimos años. De US$ 521,5 millones
en 1994 pasó a US$ 924,6 millones el año pasado, lo que equivale
a un incremento de 77%. De este total, aproximadamente 70% corresponde a herbicidas.
Sin embargo, la expansión estaría por frenarse debido, justamente,
a la menor necesidad de químicos que generan las semillas transgénicas.
Popik explica que “el algodón Bt sólo necesita una aplicación
de herbicida, en comparación con las cinco que demandaba este cultivo
anteriormente. El mercado tendrá una mecánica diferente. El productor
que use semillas de soja Roundup Ready empleará sólo herbicida
Roundup, de modo que, si bien los litros por hectárea se mantendrán,
bajará el valor del mercado porque se estará utilizando un tratamiento
más barato”.
Natacha Esquivel
