En los años ´60, cuando todavía existía la bohemia, una de las claves de lo moderno consistía en instalarse, o por lo menos transitar con frecuencia, por San Telmo. Hoy, estar en onda en cuanto al espacio ciudadano elegido para identificarse, es Palermo Viejo el que lleva la delantera.
En realidad, el camino hacia la modernidad que recorrió el barrio
mítico de Jorge Luis Borges empezó a principios de la década
de los ´80, cuando algunos miembros conspicuos de la clase media (arquitectos,
profesionales, artistas reconocidos) optaron por reciclar viejas casas, “teniendo
a favor las ventajas de vivir en un barrio y, al mismo tiempo, estar a un paso
del centro”, explica Marcos Fernández, dueño de Papelera Palermo.
Los nuevos vecinos
Ahora, una vez instalados los pioneros y sus seguidores, un nuevo proceso está
en plena expansión: la proliferación creciente de negocios con
un perfil en común que abarca no sólo lo que venden sino hasta
cómo lo venden, pasando por cierta homogeneidad en la estética
de los locales y en la personalidad de sus dueños.
Es difícil establecer la cantidad precisa de estos nuevos emprendimientos comerciales que reconocen como punto de partida del fenómeno al establecimiento de la papelera, ubicada en Malabia casi Costa Rica, hace seis años. Sin embargo, el vertiginoso crecimiento al que sus protagonistas califican de “búsqueda de identidad comercial” no se remonta a mucho más que unos dos años. El actual, es un momento-pico en el que ha venido a recalar en el barrio alguien ya consagrado en otro, como la decoradora Laura Orcoyen, quien inauguró una casa a la que bautizó con el nombre Laura O.
Aunque varios de los locales en boga se instalaron en los aledaños de la placita, como se la nombra habitualmente, Fernández es más preciso al trazar la geografía: para este próspero y singular pionero, los límites son Scalabrini Ortiz, Niceto Vega, las vías del tren y Guatemala.
Comerciantes de entre 35 y poco más de 40 años, sus genealogías
no parecen asentarse en una lógica exclusivamente mercantilista sino
en una suerte de desafío a la imaginación. Según Cecilia
Garavaglia (socia de su hermana Julieta en Gara, mezcla de galería de
arte especializada en artistas jóvenes y comercio de objetos, en los
que se cruza el valor estético con el utilitario), es fundamental la
imaginación que tuvieron que desplegar para compensar la falta de dinero
con que empezaron. “Pero hay algo más”, afirma, “ninguno de nosotros
pondría a la venta un objeto que no le gustara”.
Exclusividad a precios módicos
La otra premisa en que coinciden los entrevistados al tratar de definir el
común denominador de sus actividades, es una negación: “Nuestros
negocios pretenden ser el antishopping“, lo que debe entenderse como
la apuesta al diseño que, cuando no pueda ser único, tenga al
menos una identidad que lo distinga de lo que puede comprarse en cualquier otro
lugar.
De todos modos, no es exactamente el precio de los productos a la venta salvo
en algunos casos lo que determina su exclusividad. En Gara, los objetos
utilitarios-decorativos (entre los que se cuenta, por ejemplo, una estrambótica
mesa ratona armada con un antiguo colador y un vidrio) oscilan entre los $ 5
y los 200, mientras los denominados de trastienda (obras de arte que
no están expuestas) alcanzan una cotización entre $ 30 y 350.
Escenografía en el galpón
Con sólo dos años y medio en el barrio, Calma Chicha es, probablemente,
el negocio más representativo del fenómeno. El establecimiento
es un inmenso galpón reciclado, que había funcionado como taller
de automóviles, según relata Diego Olinik. Sentado tras una inmensa
mesa hecha con algún material sintético, lo rodean algunos BKF,
cuatro o cinco sofás informes que se convierten en tales a la medida
de quien se apoltrone en ellos. Bastante más lejos se apila una cantidad
de cajas de cinc (con tantas utilidades como quieran darles sus compradores),
y algo más cerca, ropa de cama de colores estridentes.
En medio de esa escenografía, Olinik reconoce que “no hacemos arte, sino producción industrial y cuanto más seriada mejor. En lo que fabricamos, el rasgo dominante es lo utilitario, en segundo término pensamos en que sea lindo”.
A punto de inaugurar otro local en Olivos, Olinik explica que en su negocio se pueden comprar desde papeles para armar cigarrillos por $ 0,50, hasta un BKF con estructura cromada (el objeto más caro que tiene a la venta) por $ 415.
Ariel Montagnoli, socio de Marcos Fernández (el dueño de la papelera) en La mejor flor, suele estar rodeado por una inmensa cantidad de flores de las especies más variadas. También ofrece suspiros, que en ese universo no son expresiones de pena o alivio, sino jarrones de vidrio con forma de flor, que se utilizaban habitualmente en las bóvedas.
“Si tengo que definirme como partícipe de un movimiento, soy un beatnik, algo así como un hermano de Kerouak”, declara, para agregar que entre sus ocupaciones se cuentan las de poeta, técnico químico, inyeccionista de lodos, maestro panadero y cantante lírico.
Montagnoli reconoce que el público con el que se maneja la florería
es ABC1, pero que eso no tiene nada que ver con los precios, ya que la intención
es romper con la inercia de las florerías tradicionales y con lo que
hay que pagar en ellas. “Aquí, las flores pueden comprarse de a una,
con tarjeta, y el ramo más caro no supera los $ 20”, asegura.
¿El Soho porteño?
Uno de los lugares comunes a la hora de hablar de Palermo Viejo es establecer
un paralelo con el Soho neoyorquino. Aunque, en principio, rechaza la idea,
Marcos Fernández, dueño de Papelera Palermo, admite que hay algunos
puntos en común.
En medio de una considerable cantidad de papeles especiales, de diversos colores y texturas, cuadernos con tapas dibujadas por Renata Shusheim, y una imprenta artesanal a la que se le cedió un espacio para confeccionar libros de exquisita factura, Fernández recuerda que en el Soho hay una papelería de referencia en el mundo, Kate´s Paperie, que lo impresionó mucho.
Así y todo, advierte que “esto no tiene nada que ver con el Soho por el origen de los negocios; éstos fueron abiertos con mucho esfuerzo y muy poco capital. También encuentro una diferencia en los clientes: aquí no viene el jet set“.
Entre las similitudes, reconoce la tendencia a la sofisticación, a la apuesta por la calidad de lo que se vende o produce y a la actitud de no someter al cliente a ninguna presión.
En cuanto al fenómeno de explosión comercial, Fernández
asegura que “esta tendencia al crecimiento comercial en el barrio es algo tangible.
Pero creo que va a haber una etapa de filtro y que más de uno
va a quedar en el camino”.
Renata Rocco-Cuzzi
