A medida que se propaga la crisis financiera mundial, se hace inevitable el gran debate sobre el futuro de la globalización. La visión post-Guerra Fría que Wall Street y Washington se ocuparon de promover con fanatismo religioso pintaba un mundo que iba camino a una economía única, integrada y global de mercados abiertos y riqueza creciente para todos.
Esta imagen exageradamente simplificada del futuro resultó ser peligrosa y autocomplaciente. Y, como quedó claro en la última reunión del Fondo Monetario Internacional en Washington, se está viniendo abajo.
El diluvio de dólares calientes que inundó los mercados emergentes sin regulación de por medio y la velocidad con que este dinero comenzó a fugarse ante el pánico de los inversores provocó un estado de anemia en algunas de las economías de más rápido crecimiento del mundo. Esto le costó un precio muy alto a la clase media asiática, de la que depende la democracia en la región. Ahora, amenaza con desencadenar una ola frenética de proteccionismo y nacionalismo, por no decir una recesión mundial o una depresión abismal.
Desde Moscú a Malasia, los gobiernos están imponiendo o reimponiendo controles cambiarios y de otro tipo para frenar el mortal contagio financiero que ha atravesado sus fronteras. Todo esto lleva, inevitablemente, a cuestionar el futuro de la globalización.
Existen muchas definiciones contradictorias. Pero la más amplia, en materia económica, es muy simple: la globalización es la expansión de los mercados de capital, bienes, servicios, mano de obra e información más allá de las fronteras nacionales.
Hace rato que está pendiente un debate serio sobre la globalización
y sus efectos. Sin embargo, lo que se ha oído no es más que un
torrente de demagogia nacionalista contrarrestada por argumentos autocomplacientes
de aguerridos economistas que trabajan para tal o cual gobierno o empresa. O,
lo que es aún peor, el escaso debate público ha estado contaminado
por cinco mitos peligrosos.
Primer mito: globalización y liberalización
Aunque los dos conceptos se relacionan, globalización no es lo
mismo que liberalización.
El liberalismo (o neoliberalismo, como algunos lo llaman hoy día) promueve la eliminación de las barreras al comercio y a los flujos de capital, lo cual, desde luego, facilita la globalización.
Pero la ideología liberal va mucho más allá. También requiere la privatización de las empresas estatales y la desregulación de la actividad económica, pasos que poco tienen que ver con la globalización como tal.
Incluso grandes empresas estatales (o controladas por el sector público) pueden ser competitivas a nivel mundial. Por ejemplo, algunas de las compañías chinas con proyección internacional. Las industrias altamente reguladas también pueden competir de manera eficaz en todo el mundo.
O sea, globalizar no implica aceptar la totalidad del programa liberal. Y
liberalizar no implica necesariamente globalizar.
Segundo mito: La globalización es inevitable
No, no lo es. Al menos, puede postergarse.
La globalización suele presentarse como la conclusión de un proceso histórico que comenzó con el tránsito de mercados locales a mercados nacionales en la era industrial. ¿Qué podría ser más lógico que proyectar directamente esta tendencia a nivel global?
Pero la historia no avanza en línea recta. La expansión del comercio y de la actividad financiera más allá de las fronteras se vio demorada durante largo tiempo por las guerras.
Hoy, el proceso de globalización podría verse demorado por el creciente nacionalismo y aislacionismo que surge en muchos países. También podría verse detenido por un crack económico mundial, o quizá por algo más aterrador, como una pandemia del virus de Ebola que obligue a imponer cuarentenas y restricciones a los viajes, el comercio y el transporte de carga.
Por más improbables que parezcan ser algunos de estos escenarios, ninguno puede descartarse. Han ocurrido peores cosas en el pasado.
De la misma manera, los avances en la ciencia y la tecnología seguramente
permitirán, tarde o temprano, reemplazar muchos de los materiales importados,
en cuyo caso deberíamos esperar menos y no más intercambio
comercial.
Tercer mito: El proceso de globalización avanza en
forma pareja y creará campos de acción uniformes.
En realidad, ocurre todo lo contrario. La globalización se está
manifestando en forma violenta y espasmódica y crea una serie de campos
de juego desparejos.
Según Robert I. Weingarten, presidente de la reaseguradora suiza Veritas, el término globalización involucra, en su sentido más amplio, ritmos de cambio marcadamente diferentes para cada uno de los componentes del sistema financiero. Así como los mercados de divisas son realmente globales, los mercados de bonos se han quedado atrás y los bursátiles, en su mayoría, continúan negociando títulos y valores del país al que pertenecen.
Incluso en Europa, donde las presiones por la integración económica están llevando a la adopción de una sola moneda y un solo banco central, el Financial Times señala que “los mercados accionarios siguen estando altamente fragmentados con un mosaico de diferentes reglas y reglamentaciones”.
El objetivo de un mercado financiero integrado aún está muy
lejos de alcanzarse. Y el camino que lleva a él, en el mejor de los casos,
está lleno de baches.
Cuarto mito: La globalización aniquila a la democracia.
Los ultranacionalistas de lo que solía ser la derecha y muchos sindicalistas
de lo que queda de la izquierda odian la globalización y la consideran
un ataque a la democracia, tal como señalaran Hans-Peter Martin y Harald
Schumann en su conocido libro The Global Trap. Pero las cosas no son
tan simples.
La globalización hace que los gobiernos y los políticos presten más atención a las demandas de grupos de personas del otro lado de la frontera. Los gobiernos sedientos de inversión extranjera se inclinan ante los mercados de capital. Cada vez más, los fondos para las campañas políticas llegan en forma directa o indirecta desde afuera y compran la influencia dentro del mismo país. Los grupos de presión extranjeros compiten con los nacionales.
A otro nivel, las organizaciones no gubernamentales globales reducen el poder relativo de los grupos de presión puramente nacionales. Por ejemplo, Greenpeace, una organización internacional, sin duda puede ejercer más presión en Francia para que ponga fin a sus pruebas nucleares que cualquier grupo ambientalista nacional.
En este sentido, la globalización podría, en efecto, socavar la democracia formal a nivel nacional. Si la democracia implica dar voz a los que sufren por las acciones del gobierno, ¿se ve debilitada por permitir que los de afuera, a los que a veces afectan mucho esas acciones, también participen en la toma de decisiones? ¿La globalización crea la base de una democracia a un nivel superior?
Estas preguntas no son triviales, y las respuestas no son evidentes.
Quinto mito: La globalización es buena (o mala) para
todos.
Según Washington, el proceso de globalización es bueno,
no sólo para Estados Unidos sino también para todo el mundo. Muchos
de los países pobres lo contemplan, en cambio, como una conspiración
de los intereses occidentales para retrasar su desarrollo, depreciar sus activos
y comprarlos a precios de remate.
Nada es bueno para todos. Ni siquiera el helado.
Los mercados libres y las fronteras abiertas suelen ser algo bueno. Pero no todos se benefician necesariamente con la integración global de las economías, ni de la misma manera, ni al mismo tiempo. Los resultados, si llegan (y a veces no llegan) son más rápidos para algunos que para otros. Los desequilibrios también.
El debate sobre las ventajas y perjuicios de la economía global estará en el centro de atención durante los próximos meses y años. De modo que sería útil que elimináramos de una vez por todas estos mitos, que no hacen más que confundir la realidad.
© 1998, Alvin y Heidi Toffler. Distribuido por Los Angeles Times Syndicate.
