viernes, 1 de mayo de 2026

    ¿La paja en el ojo asiático?

    El mundo sufre hoy una enfermedad tóxica llamada comparativitis,
    que podría traducirse como el hábito de explicar los fenómenos
    haciendo referencia a otros fenómenos con características superficialmente
    similares, sin indagar en sus contundentes diferencias. Un ejemplo reciente
    y apropiado es el uso de la noción de "capitalismo basado en el
    amiguismo" para explicar las causas de la crisis financiera asiática.


    La expresión "capitalismo amiguista" fue acuñada por
    los filipinos para describir los acuerdos que habían transformado a una
    economía comparativamente próspera en otra con menores perspectivas
    y mayor pobreza.


    En el centro de este escenario estaba Ferdinando Marcos, quien había
    sistematizado métodos conocidos de intimidación para permanecer
    indefinidamente en el poder sin eliminar instituciones democráticas como
    el parlamento y las elecciones.


    Marcos le robó sus propiedades a familias adineradas y políticamente
    implacables, redistribuyó la riqueza entre la elite, controló
    a sus potenciales rivales mediante la amenaza de la expropiación y construyó
    un grupo cercano a su gestión, concediéndole derechos oligopólicos
    a empresarios y cortesanos a los que se conoció como "amigos del
    poder".


    ¿Qué parte de esta historia es aplicable a las circunstancias que llevaron
    a Tailandia, Corea del Sur e Indonesia a su actual desgracia?


    Es probable que Suharto sea el primer nombre que viene a nuestra mente. Pero
    mientras Marcos encontró una economía nacional ampliamente reconocida
    como la más promisoria de la región y se dedicó a empobrecerla,
    Suharto encontró un país mucho más pobre, pésimamente
    administrado y políticamente inestable, al que le aportó desarrollo
    industrial, una clase media, perspectivas económicas relativamente buenas
    y estabilidad política, aun cuando tanto él como su familia se
    enriquecieran en el camino.


    Tampoco las economías de Corea del Sur y Tailandia tienen puntos en
    común con la que Marcos forjó para Filipinas.


    La expresión "capitalismo amiguista", tan descuidadamente
    aplicada por tecnócratas, editores y líderes de opinión
    occidentales, denota corrupción o favoritismo. ¿Qué utilidad tiene
    cualquiera de estos dos significados para el análisis de la crisis financiera
    asiática?


    Es bien sabido que las economías de los tigres están familiarizadas
    con la corrupción. Pero también lo están la de Japón
    y, para el caso, la de Estados Unidos, que también fueron afectados por
    la corrupción antes y durante su ascenso a la condición de tigres
    económicos.


    La corrupción es uno de los costos que se pagan por hacer negocios en
    la región. También puede funcionar como lubricante de la economía
    política. La corrupción abre oportunidades a las empresas con
    menos conexiones políticas, porque les permite comprar una módica
    cuota de poder.


    Cualquiera sea la culpa que podamos asignarle a la corrupción, no es
    plausible como explicación de los orígenes de la crisis financiera
    asiática.


    Analicemos ahora el concepto de favoritismo. Si lo definimos como el acceso
    privilegiado a recursos y compradores la causa fundamental de lo que en la
    economía ortodoxa actual se conoce como "fracaso del mercado"
    nos veríamos obligados a concluir que Japón es el bastión
    más formidable de capitalismo amiguista. En ninguna otra economía
    está más sistematizado el trato preferencial sobre quién
    recibe un crédito y quién tiene ventas garantizadas.


    Las imperfecciones del mercado, para utilizar el lenguaje neoclásico,
    son tantas en Japón que el mercado sólo puede cumplir una función
    subsidiaria relativamente menor.


    Es cierto que los tigres asiáticos se han inspirado, en grados diferentes,
    en el ejemplo japonés, y que los sistemas políticos que instauraron
    han aceptado gustosos el favoritismo. Pero la connotación negativa que
    se le da al término impide darle la perspectiva correcta a las causas
    de la crisis financiera asiática y los problemas de Japón.


    La implicancia de que los sistemas industriales con un favoritismo endémico
    se apartan de las normas establecidas que determinan la salud económica
    da por sentada la validez de estas normas.


    Las explicaciones que giran en torno a la variante del capitalismo amiguista
    como origen de la crisis asiática ayudan a confirmar el prejuicio, en
    su mayor parte oculto, que existe entre los europeos y los norteamericanos de
    que los gobiernos no occidentales no son capaces de gobernar bien.


    También alientan el estado de profunda negación en el que se
    encuentran sumidas hoy las tecnocracias de las organizaciones internacionales
    y los gobiernos occidentales.


    Hace largo tiempo que estas tecnocracias vienen respaldando la creencia de
    que el mercado de capitales irrestricto, aun cuando pueda causar dolor en algunos
    lugares, será a la larga económicamente beneficioso para todos
    los países. La doctrina comúnmente conocida como "el consenso
    de Washington" sostiene que la desregulación trae prosperidad económica
    y el florecimiento de la clase media, lo que a la vez ayuda a la diseminación
    de la democracia.


    La obstinada evaluación de que la desgracia asiática es el resultado
    de "gobiernos corruptos y bancos locales corruptos" goza de considerable
    aceptación. Parece que son "ellos" y no "nosotros"
    la razón última de lo que puede llegar a desencadenar una crisis
    global.


    No cabe duda de que las explicaciones que le echan la culpa a los flujos de
    capital de circulación libre y salvaje han ganado terreno desde mediados
    de 1998, pero son casi tautológicas. Sólo en la medida en que
    reconozcamos que la ausencia de control sobre este tráfico es un defecto,
    puede resultar un beneficio mayor que lo que todos sabían desde el comienzo
    mismo de la crisis.


    Un salto mortal conceptual


    El cambio conceptual que hace falta para salir del actual impasse intelectual
    es el reconocimiento de la posibilidad de que puede haber una actividad económica
    exitosa que no respete las explicaciones habituales sobre la forma en que operan
    las economías exitosas.


    El análisis del caso japonés sirve para poner las cosas dentro
    de un contexto. Hasta hace algunos años, la noción de que Japón
    era "diferente", en el sentido de que el basamento de su poderío
    industrial no respondía a la teoría económica centrada
    en el mercado, era sumamente controvertida.


    La doctrina económica prevaleciente no podía fundamentar un análisis
    que dijera que las autoridades gubernamentales de Japón y sus burócratas
    empresarios habían construido instituciones que generaban proezas económicas
    a pesar de que ignoraban las señales del mercado y se burlaban de la
    mera idea de un mercado con poderes curativos.


    Hoy se reconoce con mayor facilidad la "diferencia" japonesa. Pero
    ese reconocimiento está acompañado de una fuerte nota de triunfo
    en las voces de los economistas y legisladores occidentales, cuando sostienen
    ante el mundo que los actuales problemas de Japón son la prueba definitiva
    de la imposibilidad de poner en funcionamiento una economía en un entorno
    transgresor que desdeña el mercado.


    Unos y otros se olvidan de los 50 años de desarrollo que transformaron
    una base industrial devastada por la guerra en otra que, en el término
    de dos décadas y media, se convirtió en la segunda más
    poderosa del mundo, un proceso que recibió el aplauso del resto del planeta.


    Los gobiernos de los que habrían de convertirse en los tigres asiáticos
    compartieron el deseo de construir sus propias economías milagrosas y
    se inspiraron en gran medida en el ejemplo japonés. Y la clave de la
    rápida expansión industrial japonesa fue y sigue siendo un sistema
    de ordenamiento del crédito creación, asignación y negación
    sistemática del crédito, colectivamente determinado por una amalgama
    de burocracias del gobierno y de la empresa.


    En las economías de los tigres, al igual que en Japón, las inversiones
    no tuvieron como prioridad ganar dinero sino construir un país sólido.


    La estructura industrial del Japón de posguerra permitió a las
    empresas montar campañas para la expansión de su participación
    en el mercado, mientras ignoraron simultáneamente la falta de rentabilidad
    por períodos sumamente largos.


    Los tigres asiáticos


    Corea del Sur es el país que más de cerca ha seguido el ejemplo
    japonés. Pero Tailandia, Malasia e Indonesia, aunque en menor medida,
    también desarrollaron sistemas de crédito propios de las economías
    de guerra. en los que la preocupación central no era hacer dinero.


    Privilegiado tratamiento a prestatarios seleccionados por sus conexiones más
    que por su rentabilidad, escudos protectores del gobierno para las empresas
    supuestamente privadas, subdesarrollo del mercado de consumo, sobrecapacidad
    industrial, han sido, en verdad, las características cruciales de las
    economías destinadas a fundar el poder industrial.


    Aunque este enfoque funcionó sorprendentemente bien para producir un
    rápido desarrollo industrial, tiene desventajas inherentes que deben
    ser resueltas después de consolidado el factor fabricación de
    la base industrial sólida. Sus rasgos problemáticos constantes
    son la sobrecapacidad industrial y economías de consumo subdesarrolladas.


    Volúmenes relativamente grandes de ahorros hogareños se canalizan
    hacia un solo lugar: la industria. Esto ha hecho que todos los tigres dependan
    mucho de las exportaciones, heredando, de esa forma, el talón de Aquiles
    japonés.


    La creciente disparidad entre la demanda mundial y la expansión de la
    capacidad de producción de Japón y los tigres, comenzó
    a ser notoria antes de la crisis. Eran necesarios urgentes ajustes que los burócratas
    del gobierno venían posponiendo, convencidos de que, si no se hacía
    nada, los problemas podían, quizá, desaparecer solos.


    Hoy es más difícil percibir la necesidad de esos ajustes de largo
    plazo, porque la crisis ha traído consigo erróneas recetas de
    corto plazo para ajustes que tienen un objetivo totalmente diferente al de la
    futura prosperidad asiática. No han apuntado a armonizar las estructuras
    industriales de Asia con la globalidad reinante.


    Fue recién cuando los inversores extranjeros pisaron otros pastos, como
    hordas de antílopes asustados, que, de pronto, los tigres asiáticos
    comenzaron a ser condenados por haberse apartado de las normas de conducta económica
    apropiadas. Antes de que esto ocurriese, esos mismos países habían
    sido elogiados por los gobiernos extranjeros, la Ocde y el FMI por la forma
    en la que habían organizado sus sistemas industrial y financiero.


    Y, en este tema, el reconocimiento provoca incomodidad. Durante la Guerra Fría,
    la idea de que el aliado más importante de Estados Unidos en el Pacífico
    podía estar poniendo en práctica una forma extraña de capitalismo,
    era intolerable.


    Los funcionarios japoneses, al igual que todos los burócratas reinantes,
    estaban sumamente ansiosos por mantener el statu quo. Vieron el riesgo
    que corrían si Washington cambiaba su línea de pensamiento con
    respecto a las ilusiones que Estados Unidos tenía puestas en Japón,
    y sistemáticamente catalogaron todo análisis no ortodoxo como
    "un golpe contra Japón".


    Los líderes de opinión estadounidenses se tragaron esa carnada
    y la mayoría de los especialistas decidieron que era más sensato
    no ocuparse del tema. Y algunos observadores en el lugar de los hechos creyeron
    durante un tiempo que dentro del contexto de la engañosa relación
    entre Estados Unidos y Japón, la ignorancia norteamericana era intencional.


    En consecuencia, fue imposible resolver la incompatibilidad entre los sistemas
    industriales que habían surgido en Asia y el modelo de cómo deben
    funcionar las economías sanas según la teoría predominante.


    De manera imprudente, las economías de los tigres se vieron seducidas
    a eliminar la protección que tenían sus sistemas de crédito,
    generando así la única y principal causa de su desgracia subsiguiente.
    Las autoridades japonesas, en cambio, se habían asegurado durante todo
    el período de posguerra que su país nunca fuera vulnerable a los
    caprichos de los extranjeros.


    En Corea del Sur, la desregulación mayorista había sido condición
    ineludible para que Corea fuera miembro de la Ocde. Un deficiente monitoreo
    de los bancos, a los que nunca se les había enseñado a prestar
    demasiada atención a la rentabilidad, generó un enorme incremento
    de las deudas, 75 % de las cuales tenían vencimiento a un año.


    De pronto, y sin aviso previo, los extranjeros retiraron su dinero, provocando
    lo que fue esencialmente una crisis de liquidez. Aunque los cimientos de la
    economía coreana seguían siendo sólidos, se produjo una
    crisis generalizada.


    Los sistemas financieros de los tigres del sudeste asiático habían
    pasado a ser especialmente vulnerables como resultado de una serie de acontecimientos
    en los que Japón había desempeñado involuntariamente
    un papel central.


    Japón tuvo una presencia muy activa en la región como inversor,
    delineando considerablemente el carácter del aparato productivo de Tailandia,
    Malasia e Indonesia.


    En la segunda mitad de los 80, construyó plataformas de fabricación
    y exportaciones en el entorno de mano de obra barata de esos países (como
    parte de un esfuerzo colectivo y coordinado por seguir siendo un país
    internacionalmente competitivo, pese al gran aumento del tipo de cambio del
    yen con respecto al dólar).


    Después de la deflación de la "economía de la burbuja"
    japonesa, los bancos de Japón exportaron su burbuja al sudeste asiático,
    vendiendo préstamos sumamente baratos a la región. Luego, a mediados
    de 1995, el ministro de Finanzas de Japón y el secretario del Tesoro
    norteamericano, Robert Rubin, llegaron a la ominosa decisión de orquestar
    una inversión de la tendencia ascendente del yen contra el dólar.
    Esto redujo el valor del yen 60% en dos años.


    Las divisas de los tigres asiáticos estaban atadas al dólar,
    por lo que se produjo una aguda contracción de la economía japonesa
    para los exportadores asiáticos. Además, una gran cantidad de
    empresas japonesas que habían trasladado parte de su fabricación
    al sudeste asiático, volvieron a retirar una proporción considerable
    de ella.


    La interacción de estos factores creó la recesión que
    tanto contribuyó al pánico de los especuladores extranjeros una
    vez desatada la crisis.


    Desregulación volátil


    La crisis financiera asiática es, en definitiva, el resultado de una
    inadecuada conceptualización de las realidades que afectaban a las estructuras
    financiera e industrial de Japón y el este de Asia y también de
    la realidad de un mundo supuestamente desregulado, en el cual entidades poderosas,
    como el Tesoro estadounidense y el Ministerio de Finanzas de Japón, pueden
    crear una inmensa volatilidad a través de acuerdos informales y discretos.


    Una vez comenzada la crisis, cualquier análisis del papel que desempeñó
    el FMI es automáticamente controvertido: sus cuestiones cardinales tienen
    que ver con la competencia de una institución que no rinde cuentas y
    a la que se le ha conferido el poder sobre la vida y la muerte económica
    de amplios sectores de la población de Rusia y Asia.


    Parece haber un consenso generalizado sobre el hecho de que el FMI no fue creado
    para ocuparse de acontecimientos como los que ocurrieron el año pasado.
    Los defensores del consenso de Washington necesitan mucho coraje moral para
    ver que las medidas impuestas por el FMI y por Washington a los países
    en crisis dieron origen a una carga que el mundo tendrá que soportar
    por años, o quizá décadas.


    Un detalle que no ha recibido la atención que merece es que el FMI cuenta
    con especialistas que son discapacitados conceptuales.


    Esta discapacidad tiene que ver con un hecho ominoso ocurrido en el terreno
    de las ideas hace más de un siglo. Movidos por una necesidad de alcanzar
    un conocimiento científico sobre los asuntos humanos igualmente preciso
    que el conocimiento que los científicos naturales poseen dentro de sus
    áreas de estudio, los académicos confiados se embarcaron en un
    proyecto que nos ha acompañado prácticamente durante todo el siglo
    XX: la creación de una ciencia de la política y de una ciencia
    de la economía.


    Después de un siglo dedicado a teorizar, medir y construir intrincados
    modelos, no tenemos ni una ciencia de la política ni una ciencia de la
    economía en las que podamos confiar de la misma manera que podemos confiar
    en la física o la química. Pero sí tenemos, además
    de una cantidad impresionante de visiones en su mayoría desconectadas,
    una cantidad igualmente impresionante de ilusiones.


    Los economistas, porque creen tener una ciencia, aceptan sus principios fundamentales
    como si tuvieran validez universal, con prescindencia del tiempo y el espacio.
    Siempre es útil recordar que está excluido de su campo de visión
    la amplia gama de instituciones humanas. No pueden funcionar con la noción
    de que un banco de Tokio es una institución diferente de un banco de
    Londres, o que no se puede desarmar un chaebol y pensar que la economía
    coreana puede vivir feliz de allí en más.


    La generalizada presunción, compartida por muchos especialistas, de
    que hay una igualdad básica entre las economías saludables derivó
    en la creencia de que la administración económica mundial puede
    quedar en manos de los tecnócratas económicos y no de los pensadores
    políticos.


    Las recetas de austeridad inmediatas para recuperar la confianza de los inversores
    y la estabilidad actual, que los funcionarios del FMI siempre tienen a mano,
    han ayudado a aplastar toda posibilidad de desarrollo de una clase media con
    capacidad para sustentar una economía de consumo en el mediano plazo,
    necesidad absoluta para reducir la enorme dependencia de las exportaciones que
    tienen los tigres.


    Y las altas tasas de interés no han recuperado, por supuesto, la confianza
    de los especuladores extranjeros.


    Tecnócratas transparentes


    Otra prueba del dominio continuo de la visión tecnocrática del
    mundo es el énfasis puesto hoy en la necesidad de la transparencia como
    solución a la crisis económica mundial. La acusación de
    que los tigres carecían de transparencia ha sido una ficción que
    sirvió de excusa para que los especuladores e inversores se movieran
    en masa. Siempre hubo información disponible sobre el estado de las finanzas
    nacionales y de las empresas de los tigres asiáticos (no así de
    Japón), pero no fue consultada.


    El énfasis puesto en la transparencia revela un objetivo político:
    la necesidad de recrear las estructuras económicas de los países
    en crisis. Michel Camdessus, presidente del FMI, se ha referido a la crisis
    diciendo que "no hay mal que por bien no venga", porque ha creado
    la oportunidad de imponer un cambio político.


    Ese proyecto del "no hay mal que por bien no venga" está destinado
    al fracaso, porque falta una comprensión básica de la dinámica
    de las instituciones locales.


    Al analizar la crisis asiática, parecería justificado llegar
    a dos conclusiones firmes:


    Las ortodoxias de la economía predominante, construidas en torno de
    una abstracción que ha dejado de lado la historia y que se llama "el
    mercado", no conforman una ciencia y no son útiles.


    En el este de Asia esa teoría económica sólo puede identificar
    innumerables "fallas de mercado" y, por lo tanto, ignorar la realidad
    de sistemas económicos alternativos y, de ese modo, eliminar la consideración
    de toda posibilidad de que sean viables a través de medidas correctivas.


    La segunda conclusión, debe ser que la incompatibilidad de sistemas
    económicos exige nuevos tipos de regulaciones si es que vamos a preservar
    el orden internacional de posguerra relativamente beneficioso, basado en el
    intercambio relativamente libre de bienes y oportunidades económicas.


    Quienes están a favor de un mínimo de regulaciones, o de su total
    inexistencia, basan su defensa en la premisa de una homogeneidad relativa de
    las condiciones políticas dentro de la cual está la economía.
    Una homogeneidad que no existe.