La conducción económica ha ido introduciendo drásticos cambios en su pronóstico sobre la evolución del PBI durante este año. Del aumento de 4,8% previsto en septiembre pasado y tomado como base para el presupuesto sancionado por el Congreso se pasó
a un índice estimado entre 2,5 y 3% en el Memorando de Política
aprobado por el Fondo Monetario Internacional el 11 de enero.
La hipótesis más optimista que circula entre los analistas es, ahora, la que apunta a 0% de crecimiento promedio para el año.
Los informes sobre el comportamiento de los componentes de la oferta y la demanda durante el año anterior ponen de relieve dos aspectos. Por un lado, que el punto de inflexión de la fase expansiva post tequila se ubica en el segundo trimestre de 1998; por el otro, que ya a fines del año anterior la economía había ingresado en otra etapa recesiva.
Menos, pero más
Los datos sin estacionalidad muestran que en la segunda mitad de 1998 se acumuló una caída en el producto de alrededor de 3%. Esta retracción es modesta si se la compara con la de 6,8% acumulada en el primer semestre de 1995.
Pero es preciso tener en cuenta que los valores recientemente difundidos sólo incluyen el efecto de la crisis rusa y apenas de manera parcial la caída de la demanda brasileña. No aparecen reflejados aquí los acontecimientos desatados a partir de mediados de enero.
No es aventurado pronosticar, entonces, que la actual fase descendente del ciclo puede ser más extensa que la provocada por el efecto tequila y que, por lo tanto, podría llegar a acumular una contracción mayor que la de 1995.
Doble filo
Durante el primer semestre de 1995, el proceso de ajuste de la economía argentina mostró una fuerte caída en la absorción interna gastos en consumo e inversión y una pronunciada reducción en el déficit de la balanza externa de bienes y servicios reales. Ahora, en cambio, la caída en la absorción interna, aunque menor, se presenta en el marco de una reducción poco significativa del desequilibrio externo.
Esto trae dos consecuencias, anticipadas por el directorio del FMI. Por una parte, “que los efectos negativos (del menor ritmo de actividad) sobre las finanzas públicas requieren la flexibilización del componente fiscal del programa”. En ese sentido, “la mayoría de los directores advirtieron sobre la inconveniencia de relajar los límites acordados en los gastos excluidos los pagos de intereses del gobierno federal”. En otras palabras, se trataría de elevar la presión impositiva y mejorar la administración tributaria.
Puesto que la situación de las cuentas fiscales es uno de los ingredientes centrales en la evaluación del riesgo país, el directorio del Fondo insta a las autoridades locales a encontrar un equilibrio entre la necesidad de evitar un agravamiento de la recesión y “la preservación de la credibilidad en un marco de crecientes restricciones financieras, incluidas las del sector externo”.
Por otra parte, el FMI advierte que, “con una aguda caída en el valor
del real brasileño, es probable que la Argentina enfrente otro año
de significativas presiones en su cuenta corriente. Ello renueva el énfasis
sobre la necesidad de continuar mejorando la competitividad, y de mantener un
manejo prudente de la deuda externa”.
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El color del cristal
No es para menos. Ya la carta de intención acordada el 11 de enero destacaba
que “es probable que el déficit de la cuenta corriente se amplíe
a 4,9% del PBI, como reflejo de la continua debilidad de los precios de los
commodities, la caída en la demanda externa y el aumento de la
gravitación del servicio de la deuda externa”. Y esto no tomaba en cuenta
el impacto de la posterior devaluación de la moneda brasileña.
En suma, en el marco de una fuerte caída en el ritmo de expansión de la economía y de incremento en los niveles de desempleo, los inversores del exterior y los organismos financieros internacionales están preocupados por la situación de las cuentas fiscales y externas.
La perspectiva es que ambas mostrarán resultados más adversos que durante 1998. De ahí que las calificadoras de riesgo sean prudentes en la revisión de la evaluación del país.
No resulta sorprendente, por otra parte, que 25 de los 100 banqueros más importantes del mundo hayan indicado, en una encuesta realizada durante la reciente reunión anual del BID, que la Argentina se encuentra en segundo lugar (después de China) entre los países con mayores posibilidades de enfrentar fuertes presiones sobre su moneda.
Esto también explica la insistencia del gobierno en presentar la dolarización de la economía como uno de los instrumentos que podrían reducir la incertidumbre y, por lo tanto, la volatilidad de los flujos de capital privado.
Sin embargo, el subsecretario del Tesoro de Estados Unidos señaló
en la reunión anual del BID que el país que esté considerando
la dolarización de su economía “debe estar preparado para aceptar
la disciplina e inflexibilidad que puede acarrear, con consecuencias sobre la
independencia monetaria externa, el ajuste del tipo de cambio e, internamente,
la dirección de las tasas de interés”.

