miércoles, 22 de abril de 2026

    “Hay otra modernización posible”

    -¿Cuáles fueron los hitos de la década de Menem?

    -Un hito es, entre otras muchas acepciones, “un mojón para conocer
    la dirección de los caminos y los límites de un territorio”. En
    ese sentido, en esta década pueden señalarse varios que han influido
    de manera determinante en la política, la economía y la cultura.
    Señalaré aquellos que considero más importantes. En la
    Argentina de los ´80, el estallido de la crisis externa fue acompañado
    por una severa crisis fiscal motivada por la estatización de la deuda
    externa privada y el deterioro de varias fuentes de financiamiento que habían
    sido utilizadas durante décadas por el Estado. A fines de 1989, Menem
    lanzó una combinación de políticas de estabilización
    y de reformas estructurales. El corte entre un período y el otro fue
    el Plan de Convertibilidad puesto en marcha en 1991. Sus mecanismos institucionales
    permitieron alcanzar la estabilidad de precios y colocaron a la organización
    económica dentro de un nuevo régimen de funcionamiento.

    -¿Y las reformas estructurales?

    -La política de ajuste estructural comenzó a perfilarse con
    la aprobación, por parte del Congreso, de dos piezas claves: la Ley de
    Emergencia Económica y la Ley de Reforma del Estado, que implicó
    la privatización de gran número de empresas públicas. Aquí
    es necesario destacar que, mediante la aprobación de esas dos leyes,
    el Congreso delegó en el Poder Ejecutivo ­y esto es clave para conocer
    la dirección de los caminos que tomará el ajuste­
    la facultad de legislar por decreto los detalles de las nuevas políticas.
    Este fue un hito porque se avanzó sobre un territorio peligroso,
    en tanto se le otorgaron excesivos poderes al Ejecutivo. Dentro de este avance
    se encuentra la autorización, mediante una ley, para la ampliación
    del número de miembros de la Corte Suprema, de cinco a nueve. El gobierno
    consiguió así acumular los recursos institucionales para concentrar
    el poder de decisión con vista a la puesta en marcha del ajuste.

    -Para muchos, esta década también pasará a la historia
    como la de la explosión del desempleo.

    -Otro hito, sin duda. Desde la crisis del ´30 hasta los ´80 la tasa de desempleo
    fue normalmente inferior a 4%. Durante los ´80 no subió de 6%. Un desempleo
    de dos dígitos, como el actual, es un corte drástico con el pasado
    y compromete la eficacia de cualquier política social, pone en riesgo
    grave la cohesión social y tiene un impacto negativo sobre la sustentabilidad
    política. Esto es más grave aún por la indiferencia del
    Estado ante el deterioro sin pausa de la educación, la salud y la seguridad
    social. El fundamento del sistema democrático es la igualdad de oportunidades.
    Haber arrasado con esta condición básica del estado de derecho
    es haber definido una dirección y delimitado un territorio
    entre incluidos y excluidos. La oleada neoconservadora impuso la concepción
    de que la política es ineficiente y que debe estar tutelada por los mercados.
    Que, para satisfacer a la sociedad, la política debe, primero, satisfacer
    a los mercados. Al someterse a esa concepción se ató de pies y
    manos a la Nación bajo el lema “lo único que se puede hacer es
    aceptar la globalización tal cual viene”. No hace falta decir que el
    correlato de esta concepción fundamentalista fue un debilitamiento de
    los lazos solidarios con las naciones latinoamericanas ­determinantes para
    el fortalecimiento de nuestra capacidad para definir políticas independientes­
    y un seguidismo, que me atrevo a calificar de vergonzante, de cualquier
    decisión que tomara Estados Unidos.

    -¿Cuáles fueron las novedades del período en materia
    de cultura política?

    -El doctor Menem ha demostrado a lo largo de estos 10 años que no se
    somete, o se somete mal, a las restricciones consustanciales al juego pluralista
    democrático. Hizo y hace un uso escasamente republicano del poder presidencial.
    El oficialismo practica la política al modo de una cruda relación
    de poder, en lugar de una acción que contribuya a instaurar en la sociedad
    la legitimidad de las instituciones. En este contexto cultural, la democracia
    no ha salido indemne y si no fue totalmente impregnada es porque la utopía
    de 1983 se mantiene viva en la opinión pública que, con vigilancia
    alerta, batalló por frenar cierta tentación autoritaria, tratando
    de arribar a un compromiso entre los ideales y la pesada realidad político-cultural
    actual.

    -Más allá del contexto legal para el funcionamiento institucional
    del país, ¿la reforma constitucional de 1994 aportó algo
    en materia de cultura política?

    -La reforma de la Constitución Nacional, como resultado de un proceso
    de diálogo y consenso entre la sociedad y sus representantes, fue uno
    de los acontecimientos más importantes en materia de cultura política.
    Por primera vez en este siglo, todos los partidos, sin exclusiones de ninguna
    naturaleza, participaron activamente en su elaboración. Hoy tenemos una
    Constitución más progresista, acorde con el fin del siglo. Pero
    las construcciones institucionales no son construcciones sobre una tabla rasa.
    Se llevan a cabo a partir de tradiciones políticas preexistentes y dentro
    de las circunstancias históricas que les sirven de telón de fondo.
    En los últimos años, una concepción filosófica del
    poder y la sociedad ­que hoy se debilita velozmente­ insistió
    hasta el hartazgo en que desmantelando el Estado íbamos a tener un nuevo
    Estado, cuando en realidad eso es imposible sin una tarea deliberada de construcción
    racional. No se tuvo en cuenta que esto implica una acción decidida en
    la administración de la justicia, en la administración de la educación
    y en la administración misma del Estado. Para que haya Estado debe haber
    instituciones fuertes. Para que haya mercado debe haber un orden legal eficaz
    y, para reconstruir este orden, el sistema representativo ­vale decir:
    los partidos políticos­ debe pactar áreas de consenso.

    -A más de cinco años de su celebración, ¿el
    Pacto de Olivos cumplió las expectativas y finalidades con que la Unión
    Cívica Radical decidió suscribirlo?

    -Repito: la nueva Constitución es un avance sustancial para la democracia
    argentina. La reforma constitucional y su resultado están en las antípodas
    del modelo cultural, jurídico, institucional y político dominante.
    ¿Que hay que hacerla cumplir? ¿Que todavía en algunos aspectos
    no es operativa? ¿Que se intenta violarla? Claro que sí. Por eso
    es necesario estar atentos y batallar para hacerla efectiva, como lo hicieron
    durante casi un siglo y medio los hombres y las mujeres de nuestra historia.
    Pero, además, vale la pena recordar que en aquel momento el oficialismo
    estaba dispuesto a todo con tal de seguir en el poder, aun a violar el estado
    de derecho mediante métodos inconstitucionales. Si en estos dos últimos
    años, con la opinión pública desfavorable, con mecanismos
    explícitos que impiden la reelección, incluso con buena parte
    del justicialismo que se oponía a la maniobra, hubo intentos de violar
    la Constitución, en aquel entonces ­cuando el oficialismo todavía
    gozaba de un buen nivel de popularidad­ no cabía la menor duda de
    que iba a pasar por encima de todas las leyes con tal de eternizarse en el gobierno.
    Estaba en riesgo la legitimidad de las instituciones y había que impedirlo.
    Con la reforma constitucional hemos salvaguardado la paz política y logramos
    evitar a los presidentes futuros cualquier tentación autoritaria, cualquier
    avance sobre la Justicia o sobre el Congreso de la Nación. Esto no significa
    desconocer que aún siguen proliferando las justificaciones cuasitotalitarias
    del decisionismo presidencialista y, a veces, del pragmatismo ajurídico
    más aberrante cuando se trata de justificar los actos del poder. Pero
    repito: a través de la deliberación y el consenso alcanzamos a
    acordar una Carta Magna que, además de reaseguro de la convivencia pluralista,
    es una carta de derechos y mandatos para trabajar hacia el futuro. Ya no puede
    haber marcha atrás.

    -¿Qué significado tiene la aparición de la Alianza
    como alternativa de poder?

    -La conformación de la Alianza debe ser incluida dentro de las novedades
    del período. Porque es la expresión de un proceso de maduración
    de las fuerzas políticas y significa una respuesta política largamente
    esperada por amplios sectores sociales que reclamaban la unidad de las fuerzas
    progresistas frente al avance del neoconservadurismo.

    -¿En qué avanzó y en qué retrocedió
    la Argentina entre 1989 y 1999?

    -Hemos avanzado, sin duda, en estabilidad. Y eso es ya un derecho adquirido.
    Hemos perdido, hemos retrocedido, y mucho, en igualdad y fortaleza institucional.
    Después de 10 años nuestra democracia tiene tres heridas centrales:
    una profunda y extendida desigualdad social; un grave deterioro de las instituciones
    fundamentales del estado de derecho, manipuladas durante una larga década
    a favor de intereses subalternos; y, tercero, serias dificultades económicas,
    resultantes de un fundamentalismo de mercado que llevó a un endeudamiento
    creciente, déficit fiscal y dificultoso aumento de la productividad y
    la competitividad.

    -¿Cuál es el estado del Estado?

    -Hoy tenemos una República dañada. Un Estado ausente. Se ha
    exhibido una clara falta de convicción democrática a través
    de graves avances sobre el Poder Legislativo, el Poder Judicial y el manejo
    amañado de la información y la difusión pública.
    Se produjo una grave distorsión de los organismos vinculados con los
    controles republicanos. Se interrumpieron los programas sociales que hubieran
    limitado los efectos más perniciosos del ajuste sobre los sectores populares,
    aun sabiendo que su permanencia no hubiera significado ningún obstáculo
    para la aplicación de un plan económico de austeridad. Se sometió
    la educación y la salud a los criterios fiscales de coyuntura. Se destruyeron
    las fuentes de financiación del sistema previsional. Se produjeron privatizaciones
    desatinadas que afectaron el interés nacional y desatendieron los reclamos
    de los usuarios. Se perdió la capacidad de decisión nacional en
    materia de política exterior. Un caso paradigmático es YPF, que
    hoy monopoliza 42% de la producción de petróleo, 35% del gas natural
    y 45% del mercado doméstico de nafta y gasoil. Mientras, los usuarios
    sufren los precios semejantes a los de los países importadores de petróleo.

    -¿Cuál es la herencia en materia económica?

    -La deuda pública creció 51% desde 1991, el año de la
    convertibilidad. Los compromisos externos aumentaron en US$ 37.755 millones
    y acumulaban US$ 112.357 millones a fin de 1998. La deuda pública en
    1998 triplicaba el déficit fiscal. Teóricamente, cada integrante
    de esta sociedad debe US$ 3.586 de la deuda pública. La relación
    entre deuda total y PBI pasó de 31,3% en 1997 a 34,1% en 1998. Las políticas
    que se implementaron condujeron inexorablemente a la concentración económica
    y a la concentración de ingresos, a la pobreza extrema de los grupos
    más desprotegidos y a la pauperización de la clase media, al debilitamiento
    extremo de importantes sectores industriales y al desmantelamiento de otros,
    con la consiguiente desocupación. En marzo cerraron 200 pequeñas
    empresas, el índice más alto desde 1997, con la consiguiente pérdida
    de trabajo para 20,2% de obreros.

    -¿A qué conduce semejante situación?

    -Lo que se ha logrado es que en nuestro país existan problemas sociales
    muy graves y que las instituciones no respondan como deberían hacerlo.
    En estas condiciones, las mayores posibilidades para los individuos son las
    del fracaso. Hoy el crecimiento ya no beneficia a los que trabajan. El trabajo
    ha perdido su valor. El resultado, luego de 10 años, es una sociedad
    distinta, jerarquizada, producto de una pseudomodernización basada en
    la desigualdad, la pobreza y la exclusión. Hay otra modernización
    posible. Es aquella que se basa en la democracia participativa y la ética
    de la solidaridad. Y en este sentido hemos avanzado. Hoy existe una conciencia
    social de que es urgente resolver la demanda de bienes públicos: educación,
    salud, empleo, seguridad y control de la corrupción.