La Argentina se convirtió en el segundo destino de los inmigrantes coreanos en América latina. “La comunidad más grande está en Brasil, que recibió a 45% de los que decidieron venir a la región; aquí hay 20%”, comenta Seung-ki Shin, segundo secretario y cónsul de la Embajada de Corea en Buenos Aires.
Sin embargo, en el país van quedando cada vez menos coreanos. El funcionario afirma: “Llegó a haber 40.000 residentes y, hasta el año pasado, había unos 32.000. Pero esa cifra está bajando. Debido a la situación económica, se están yendo a Estados Unidos o México. Hoy, habrá 20.000 o 25.000 personas”.
Las familias coreanas tienen más historia en la Argentina que sus empresas. “La primera ola migratoria llegó en 1965. Eran campesinos que venían buscando una nueva oportunidad, y educación para sus hijos, porque allá se hace muy duro poder entrar a la universidad, y muchos estaban escapando de la dictadura que había en ese momento”, describe Young Kil Kim, corresponsal del diario Korea Economic Business, que ya lleva 15 años en el país.
Según su relato, los coreanos llegaron a las provincias, especialmente a Santiago del Estero, pero como les resultó imposible sobrevivir con el trabajo del campo, comenzaron a radicarse en Buenos Aires y a dedicarse al comercio.
“La segunda ola llegó en 1972. Ese año se firmó un convenio de aceptación de ciudadanos coreanos, e ingresaron unos 10.000 hasta 1977”, señala Kim.
Finalmente, en 1985 comenzó a arribar la tercera camada. Esta vez, el gobierno argentino se comprometió a darle la radicación a las familias que decidieran instalarse en la Argentina, a cambio de garantizar que traían un mínimo de US$ 30.000, monto que debía ser depositado en una sucursal del Banco Nación en Nueva York. “Algunos trajeron hasta US$ 1 millón, que puede ser el doble de lo que cuesta una propiedad en Corea”, aclara el periodista. Con el dinero, muchos coreanos instalaron locales de venta de ropa. “A algunos no les fue muy bien y perdieron todo lo que traían en poco tiempo”, evoca Kim.
Chinatown
De todos modos, los que quedan supieron construirse un lugar en estos 35 años. Hicieron suya la zona de Flores sobre la avenida Carabobo, la calle Avellaneda y parte del Once, aunque algunas familias optaron por irse a Córdoba, Mar del Plata, Necochea, Bahía Blanca y Santa Fe. Levantaron unas 40 iglesias (evangélicas y católicas) y sacaron a la calle tres diarios que tiran de lunes a viernes un promedio de 2.000 ejemplares cada uno, con los que se mantienen informados sobre las noticias de su país, que leen en caracteres coreanos.
“El idioma es un problema y hace muy difícil la relación con la gente. También nuestra cultura es distinta, y no hablo sólo de las grandes diferencias, que son obvias, sino de lo más básico: por ejemplo, nosotros abrimos las puertas, al revés que ustedes”, sostiene Kim. Para defender a los coreanos de quienes opinan que no se esfuerzan por integrarse, el corresponsal afirma que recién está surgiendo la segunda generación de chicos nacidos en la Argentina.
De todos modos, explica que aún se mantienen algunas costumbres que no ayudan a la integración, como la de no casarse con personas de otra nacionalidad. “Eso se denomina bai dal min jok y significa un único lazo. No es que no quieran unirse en forma particular con los argentinos: ocurre lo mismo en Corea con gente de otras nacionalidades”, afirma Kim.
El fuerte de los inmigrantes coreanos es la industria textil. Pero, aunque
muchos de ellos tuvieron talleres de confección, paulatinamente fueron
saliendo de ese negocio, debido según explica el periodista
a los conflictos que tuvieron con sus empleados, generalmente provenientes de
Bolivia. “Ahora, los que tienen los talleres son los bolivianos y los coreanos
mandan a hacer prendas a façon y continúan como mayoristas”,
destaca.
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