miércoles, 22 de abril de 2026

    ¿Y eso para qué sirve?

    En su último número del 2000, la revista Ciencia Hoy titula el editorial de manera sugerente: “La ciencia argentina: termina un año perdido y comienza uno incierto”. Cabe recordar que cuando asumía el gobierno actual, existía en la comunidad científica la esperanza de que se daría fin a la larga declinación experimentada durante la década del ´90, con la constante destrucción de capacidades de investigación científica y tecnológica previamente acumuladas, y que quizá podría iniciarse un proceso democrático de formulación de una política de Estado en la materia.


    Lamentablemente, la opacidad de la gestión, las políticas enunciadas y las medidas de ajuste aplicadas llevaron al derrumbe de esas expectativas. El desaliento fue particularmente intenso entre los investigadores jóvenes formados después del ´83, con estudios de posgrado realizados en el país o en el exterior. Fue esta generación, destinada a inyectar nueva savia a la investigación científica, tecnológica y de innovación, que venía experimentando grandes dificultades de inserción en las instituciones de un sector en retroceso, la que más sufrió las expectativas frustradas.


    En este marco, vale la pena formular algunas preguntas: ¿qué implica ser investigador en ciencia o tecnología hoy, en la Argentina?, ¿existe algún modelo de país distinto al de la exclusión, la pobreza, el endeudamiento creciente y el ajuste permanente en la cabeza de las elites de poder político y económico de la Argentina?, ¿qué papel visualizan los dirigentes para la investigación científica y tecnológica en la construcción de un futuro para nuestra sociedad?, ¿por qué dentro de un mismo escenario internacional dominante, la llamada globalización, países como Brasil, México y Chile dan a la investigación creciente importancia, mientras en la Argentina se decide su declinación?


    Plata no hay


    Con respecto a la primera, si se tiene en cuenta la experiencia de investigadores radicados en el extranjero (ver recuadro en pág. 176) surgen de inmediato por comparación las enormes desventajas que padecen los que trabajan en la Argentina en todos los aspectos de su quehacer. Una parte de la desventaja es atribuible a causas internas remediables: son pocos los investigadores en el país que tienen, en un trabajo en el sector Ciencia y Tecnología (CyT), una remuneración superior al monto de la canasta familiar, que de acuerdo con el Indec ronda en algo más de $ 1.200 por mes, a tiempo completo.


    Así son pocos los investigadores-profesores que pueden vivir de un sueldo, si tienen dedicación exclusiva. Obligados al pluriempleo, muchos de ellos se desactualizan, abandonan la investigación e incluso ­si lograron mantener antecedentes adecuados­ terminan emigrando a algún país con políticas de desarrollo científico y tecnológico activas, incluyendo actualmente a Brasil y México. Al bajo nivel de las remuneraciones hay que agregar la reducida proporción de cargos de profesores-investigadores con dedicación exclusiva en las universidades, y en general el reducido desarrollo del sector de investigación científica y tecnológica del país (menos de 15.000 investigadores reales en actividad).


    El efecto combinado de esta situación estructural y el bajo presupuesto asignado a la investigación, si se lo compara internacionalmente, ha llevado a que esta actividad estratégica se encuentre por debajo del umbral crítico. Es interesante observar que países como Brasil y Chile están aumentando año tras año el porcentaje del PBI destinado al sector CyT, mientras nuestras elites de poder siguen pensando que la investigación y el desarrollo son un hobby. No entienden por qué los países avanzados invierten más de 2% del PBI en el sector (en la Argentina se le destina menos de 0,4%), ni por qué los investigadores de nivel tienen buena demanda en países avanzados y en algunos de desarrollo intermedio.


    A lo largo de los ´90, además, los organismos de investigación contaron cada vez con menos recursos para poder realizar sus proyectos. Falta inversión en materia de equipos, así como recursos para su mantenimiento y para adquirir insumos imprescindibles. La situación en materia de bibliotecas, centros y servicios de documentación es asimismo altamente insatisfactoria. Existe en la Argentina una suerte de infantilismo periférico, por el cual se cree que con la PC no hacen falta bibliotecas ni servicios de documentación. No hay más que visitar cualquier buen centro de investigaciones o universidad de los países avanzados para desechar semejante simpleza. Las interacciones entre lo que los investigadores manejan a través de la computadora y el uso que hacen de libros, revistas y bibliotecas constituye una mezcla compleja y variable; las enormes bibliotecas del norte están catalogadas 100%, lo que permite acceder allí a dichos catálogos y también a libros y revistas.


    Encima, represión


    Al examinar lo que hay que remontar, no es buena la amnesia. La actividad de investigación ha sufrido anteriormente en la Argentina el impacto destructivo de la represión de tipo académico-cultural, del que se ha recuperado muy parcialmente. Ya en 1960, el régimen de Juan Carlos Onganía no sólo intervino universidades y produjo un fuerte éxodo de científicos, sino que puso en marcha con particular fervor una represión cultural amplia y destructiva. La dictadura siguiente, la de Jorge Videla y compañía, profundizó su totalitaria represión ideológica, cultural y académica, en un contexto de terrorismo de Estado. Sólo en las universidades públicas el régimen produjo más de 3.000 desapariciones. Durante la década del ´90 la comunidad científica padeció gestiones no idóneas y volvió a sufrir discriminación ideológica y manipulación de concursos y evaluaciones por parte de miembros de comisiones asesoras y evaluadoras que ya habían ejercido esas prácticas durante las dos últimas dictaduras.


    En cuanto a reconocimiento social, el de las actividades de investigación es aquí muy bajo, quizá por contagio con la decadencia de la cultura política de las elites de poder. Hay que reconocer que sólo en la Argentina suele escucharse, con referencia a la investigación científica, la pregunta: ¿y eso para qué sirve? Estos factores políticos, económicos y culturales también inciden en el desánimo de los investigadores, quienes acertadamente interpretan que las bajas remuneraciones, el presupuesto llamativamente pequeño a nivel comparativo internacional, la falta de idoneidad en materia de gestión y política científica y tecnológica, el maltrato y la falta de reconocimiento social forman parte de fallas más profundas, estrechamente ligadas al grave deterioro social que padece el país.


    Si se miran más de cerca los casos de Brasil y de Chile, países que están asignando recursos y atención creciente a la política de investigación científica, tecnológica y de innovación, se observa también que esta decisión forma parte de estrategias nacionales de largo plazo, que parecen ausentes aquí. En lo que se refiere al Brasil, es bien sabido que los sectores de poder e influencia optaron allí por superar las limitaciones del viejo modelo de industrialización por sustitución de importaciones, no con la destrucción de la industria, como se hizo en la Argentina, sino con políticas de reconversión industrial y un mayor desarrollo de ese sector, siguiendo el ejemplo europeo de la segunda posguerra mundial (cuando la brecha económica e industrial entre los países del viejo continente y los Estados Unidos ­hoy cerrada­, era enorme).


    La opción brasileña requiere de capacidades científicas y tecnológicas significativas, para que éstas puedan articularse a través de un sistema de innovación con los principales sectores y ramas de producción de bienes y servicios. En el caso de Chile se trata de una estrategia de intensificación productiva y expansión de mercados para su producción frutihortícola, minera, forestal, pesquera y de la industria alimentaria.


    En la Argentina, en cambio, los que deciden lo siguen haciendo en una perspectiva extractiva, coyuntural y sin futuro.

    Un argentino en
    París

    Por
    Hersch Gerschenfeld*

    Ante todo
    quisiera decir que la vida de un científico en Francia no transcurre
    como en un cuento de hadas pues tiene que enfrentar las dificultades comunes
    a todos los científicos, que en el mundo han sido, son y serán:

    a) la competición
    a nivel internacional, cada día más intensa, con los colegas
    que investigan sobre sus mismos temas;

    b) la necesidad
    creciente de fondos para equipos y funcionamiento, que se agudiza con
    los avances tecnológicos, lo que lo obliga a multiplicar los pedidos
    de subsidios;

    c) la dificultad
    creciente de publicar sus resultados originales en revistas de gran impacto.

    Por el contrario,
    el científico goza en Francia de grandes privilegios. Los enumeraré
    a continuación sin pretensión de ser exhaustivo. Lo más
    importante es, a mi juicio, la ausencia total de discriminación
    ideológica o por nacionalidad en los nombramientos, promociones
    y obtención de subsidios tanto en las universidades como en los
    grandes organismos nacionales de investigación científica.
    A esto se agrega que, desde el comienzo de su carrera, un científico
    percibe un salario suficiente como para vivir decentemente y poder practicar
    su actividad con verdadera dedicación exclusiva, es decir, sin
    necesidad de otros empleos para poder mantener a su familia.

    Otro aspecto
    positivo concierne la organización de los científicos en
    unidades de investigación, constituidas por grupos de investigadores
    formados, con sus colaboradores, discípulos y técnicos.
    Estas unidades, en general multidisciplinarias, reciben una parte importante
    de su presupuesto de los consejos nacionales de investigación y
    son evaluadas periódicamente por comisiones competentes, en las
    que participan miembros electos por la comunidad científica. Existe
    también un sistema de becas del Ministerio de Ciencia que permite
    a jóvenes seleccionados en concursos competitivos llevar a cabo
    su trabajo de tesis. Estos jóvenes, después de doctorarse
    y de hacer una formación posdoctoral fuera de Francia, pueden tener
    acceso a un cargo en la enseñanza universitaria y en las carreras
    de investigador, que los integran exclusivamente sobre la base de sus
    méritos científicos.

    Finalmente,
    existe en Francia una actitud muy favorable hacia la ciencia pura y no
    hay una exigencia perentoria de orientar las investigaciones hacia aplicaciones
    inmediatas, pues existe un consenso general acerca de que los grandes
    avances tecnológicos y médicos han sido resultado de la
    ciencia pura y, a veces, de sus aspectos más abstractos. Mi impresión
    es que el país considera a los científicos como elementos
    importantes del progreso de la nación y sus opiniones son cada
    vez más solicitadas, respetadas y tenidas en consideración.

    * Director
    de investigación emérito, CNRS, París.