jueves, 23 de abril de 2026

    La última mayoría

    La Iglesia Católica es, “según las encuestas, una de las instituciones que conserva mejor imagen y por lejos posee el mayor poder de convocatoria (¿se trata quizá de la única mayoría que queda en una sociedad crecientemente compuesta por minorías?)”, escribieron recientemente los investigadores Roberto Di Stéfano y Loris Zanatta. Según ellos, la Argentina es un país “donde los obispos católicos suelen oficiar de mediadores en los conflictos sociales y donde los gobiernos temen mucho más a las críticas del episcopado y de la Santa Sede que a las que provienen de la oposición; un país, en fin, donde los símbolos religiosos católicos se encuentran en las estaciones de trenes, en las comisarías y en los hospitales públicos”.


    Lo saben Fernando de la Rúa y los miembros de su gabinete, que el 11 de noviembre de 2000 recibieron de los obispos católicos, reunidos en asamblea plenaria, la crítica más dura y sistemática de cuantas hayan recibido durante su primer año de gestión.


    Lo supo también en su momento Carlos Menem. En el último tramo de su gestión, ya muerto el cardenal Antonio Quarracino y menguado el poder de los obispos menemistas dentro de la Conferencia Episcopal, y pese a contar con la habilidad de su embajador en la Santa Sede, Esteban Cacho Caselli, y los buenos oficios del casi eterno nuncio en la Argentina, Ubaldo Calabresi, ninguna estrategia le resultó suficiente para contener las críticas de la jerarquía local y del propio Juan Pablo II por las consecuencias sociales del modelo económico neoliberal que había implementado.


    Habría que decir también que es por lo menos impreciso adjudicar posiciones o actitudes al conjunto de la Iglesia Católica, aunque se recurra habitualmente a tal simplificación. En el interior de la Iglesia Católica, salvo en muy pocas cuestiones de tipo doctrinal, convive una pluralidad de posiciones, y la construcción de los consensos es tan dificultosa como puede serlo en cualquier organización social tan ampliamente extendida. Por lo general, la percepción que existe en la sociedad es la de una institución monolítica y claramente alineada detrás de estrategias minuciosamente acordadas y concertadas entre todos sus miembros. Cierto es también que, por lo menos hasta hace pocos años, los obispos se ocuparon de alimentar el mito de la unidad, apoyándose en el secreto con el que recubrieron todas sus tomas de posición y evitando exponer en la vidriera de los medios sus propias divergencias.


    Convivencias


    Con 6.549 parroquias y capillas distribuidas por todo el país, la Iglesia Católica es hoy por hoy prácticamente la única institución que conserva presencia realmente nacional. Ni el ferrocarril ni el correo ni el mismo Ejército tienen ya una red tan extendida que les permita estar presentes en todos los rincones del país y medir permanentemente el estado de ánimo de la gente. Gran parte de las parroquias y capillas son centros receptores de las alegrías, frustraciones y esperanzas de millones de argentinos que ya no confían en los partidos políticos ni en otras instituciones.


    La composición de la Iglesia argentina, además, no se reduce a los 106 obispos que conforman la Conferencia Episcopal, sino que incluye a 5.328 sacerdotes, a 1.007 hermanos (religiosos no sacerdotes) y 10.823 monjas, organizados en 231 órdenes y congregaciones. Habría que sumar también a los miles de voluntarios laicos, varones y mujeres, que trabajan en parroquias, capillas e instituciones eclesiásticas, en movimientos apostólicos, en organizaciones educativas y de beneficencia, de promoción, de trabajo comunitario, en obras sociales y caritativas, que conforman un conglomerado heterogéneo pero que encuentran una identidad en su condición de católicos.


    En el interior de una institución que actúa según parámetros que para el observador común pueden definirse, con imprecisión, como conservadores, coexisten posiciones muy aferradas a las tradiciones y a ciertas certezas dogmáticas con otras que, recogiendo la experiencia de buena parte del catolicismo latinoamericano, se han abierto a un diálogo franco con la sociedad, incorporando a su vivencia religiosa una fuerte impronta de compromiso con los sectores excluidos o socialmente relegados. Esta corriente, que se puede identificar de manera genérica con la opción por los pobres tiene, sólo a modo de ejemplo, figuras representativas en el cura Luis Farinello o la monja Marta Pelloni, en los obispos Pedro Olmedo y Marcelo Palentini y en laicos de encumbradas posiciones en la sociedad como el ex candidato presidencial por una de las vertientes socialistas Domingo Quarracino y el decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Fortunato Mallimaci. Otro grupo, que oscila entre el centrismo y el discurso progresista, se aglutina en torno de la revista Criterio.


    Esta convivencia de distintas posiciones y la emergencia institucional de quienes hasta hace un tiempo no tenían espacio dentro de la estructura han redundado también en cambios de posiciones y discursos dentro del mismo episcopado. Los obispos cambian porque cambia el país, porque cambia la Iglesia y porque la red eclesiástica canaliza estados de ánimo, demandas y necesidades por medio de las parroquias, los curas, las monjas y los propios obispos. Quien pudiera asistir al llamado intercambio de opiniones que, con agenda abierta, realizan los obispos católicos reunidos en asamblea plenaria dos veces al año, tendría un insumo que envidiarían sociólogos, politólogos y dirigentes políticos y sociales, necesitados de auscultar la realidad del país.


    También el propio episcopado, no obstante, se ha renovado. En los ámbitos de conducción eclesiástica existen hoy jerarcas relativamente jóvenes que ni siquiera eran sacerdotes en tiempos de la dictadura militar, cuando la institución eclesiástica tuvo una actitud altamente cuestionada por su poca claridad en la condena a los atropellos cometidos por el terrorismo de Estado. Estos curas crecieron en su ministerio sacerdotal y llegaron a ser obispos en el marco de la democracia, y construyeron de manera diferente su diálogo con la sociedad. Sobre todo, asumieron el pluralismo y la diversidad de opiniones como moneda corriente. Nombres como los de Carlos Franzini, Carlos Malfa, Rubén Frazia o Fernando Bargalló dan cuenta de una generación de obispos de entre 40 y 50 años que se suman a otros algo mayores pero cuya experiencia pastoral difiere sustancialmente de las camadas conservadoras que los precedieron. Entre ellos se puede contar al secretario general de la CEA, Guillermo Rodríguez Melgarejo, al mendocino José María Arancibia, que antes ocupó el mismo cargo, a Juan Carlos Maccarone, a José María Arancedo y a los ya mencionados Palentini y Olmedo.


    Renovar las democracias


    Cambió también la actitud de la Iglesia argentina frente a la realidad social. Por imperio de la crisis pero también por un compromiso mayor y por un más estrecho contacto con la Iglesia latinoamericana, la mirada hacia los pobres ha sido más asidua y cercana.


    A través de Cáritas y de centenares de comedores populares distribuidos por todo el país, la Iglesia Católica realiza labor asistencial. Su acción se multiplica fundamentalmente a través de las comunidades religiosas, sobre todo femeninas, que viven en los barrios, en las villas y en pequeñas poblaciones del interior. La gente siente cercana esa presencia, valora lo que hacen los voluntarios y percibe que en la mayoría de los casos llega hasta sus manos sin corrupción todo lo que está destinado a la ayuda.


    Esto también revaloriza la acción de la Iglesia en medio de un país atravesado por acusaciones de corrupción.


    Sin embargo, la Iglesia y sus obispos dicen que no están dispuestos a ser meramente la cara asistencialista del modelo. “Nosotros ayudamos a los pobres, pero nuestro objetivo es acabar con los pobres”, dijo el obispo Rafael Rey cuando era presidente de Cáritas en 1998. Su sucesor, Jorge Casaretto, continúa en la misma línea y sostiene que, ya que la Iglesia no puede hacer frente a todas las demandas que genera la exclusión, tiene que propiciar iniciativas modélicas que permitan vislumbrar alternativas para una sociedad con mayor equidad y justicia.


    Es así como no puede extrañar que el documento episcopal del 11 de noviembre de 2000 sostenga: “Acostumbrarnos a vivir en un mundo de excluidos y sin equidad social es una gran falta moral que deteriora la dignidad del hombre y compromete la armonía social y la paz social”. Frente “a la debilidad del Estado” y a “la desconfianza en la mediación de los políticos”, los obispos están apostando a nuevos modos de organización que se expresan en “una amplia red social, sensible a los problemas de los distintos sectores y preocupada por dar respuesta solidaria a los más pobres”. Dicen también que esta red, constituida por “el barrio, la región, el pueblo, la parroquia, el municipio”, representa, con mayor transparencia, lo sectorial y lo local. Y poniendo en boca de terceros lo que no pocos de ellos piensan y manifiestan en privado, sostienen que “muchos opinan que para renovar las democracias es necesario atender a este fenómeno articulándolo con la sociedad política”.

    Dos hombres clave

    Estanislao
    Karlic y Jorge Bergoglio, arzobispos de Paraná y de Buenos Aires
    respectivamente, son dos hombres clave en la Iglesia Católica argentina.
    El primero, un teólogo de 75 años que cuenta con un gran
    reconocimiento entre sus pares y en el Vaticano, se caracteriza por sus
    posiciones dialoguistas y moderadas, aunque se muestra muy firme a la
    hora de defender sus convicciones. A Karlic, obispo desde 1977 y titular
    de Paraná desde 1983, le ha correspondido conducir la Conferencia
    Episcopal Argentina en los dos últimos períodos, como sucesor
    del cardenal Antonio Quarracino. Frente al perfil claramente menemista
    y siempre muy ligado al poder político que mantuvo Quarracino,
    Karlic se ubicó en una posición antagónica, que él
    siempre ha sintetizado en dos palabras: “Autonomía y cooperación”.

    Bergoglio,
    por su parte, recientemente elevado por el papa Juan Pablo II a la condición
    de cardenal, es un jesuita de 64 años que aparece como el candidato
    más claro a suceder a Karlic al frente del Episcopado. El actual
    vicepresidente segundo de la Conferencia Episcopal es obispo desde 1992,
    ejerce la titularidad del arzobispado porteño desde 1997, ha preferido
    mantener un perfil muy bajo ante los medios de comunicación y rara
    vez habla con los periodistas. Sin embargo, se lo reconoce como un político
    hábil y se sabe que mantiene contactos frecuentes con todos los
    niveles del poder. Hombre enigmático, Bergoglio tiene una trayectoria
    político-eclesial que lo ha vinculado con los sectores más
    conservadores de la Iglesia argentina. Desde su asunción como arzobispo
    de Buenos Aires, no obstante, se ha empeñado en producir gestos
    y actitudes que lo muestren cercano a las preocupaciones de los pobres.
    Su discurso público y su línea de conducta parecen haberle
    granjeado el reconocimiento de buena parte de los sacerdotes de Buenos
    Aires. Pero también en el Vaticano tiene Bergoglio muchos amigos:
    es miembro de la Comisión para el Culto Divino y de la muy importante
    Congregación para el Clero.