– En 1992 se hizo cargo de una empresa cuya actividad había estado en manos de Gas del Estado. ¿Qué encontró al llegar?
– Una compañía con falta de inversiones, de motivación y de recursos. Era una empresa casi deshecha.
– ¿Cómo consiguieron normalizarla y lograr ganancias?
– Hay dos etapas. Primero nos ocupamos de lo que la gente esperaba: que el servicio de gas funcionara bien. Era importante localizar los defectos que había en nuestra zona y hacer los cambios e inversiones técnicas que se pudieran desarrollar con el objeto de estabilizar el servicio. Otra prioridad fue conocer a nuestra gente. Tardé una semana en saber dónde trabajaba parte de la planta de personal. Había lo que llaman ñoquis, de todo tipo. Con el equipo español encontramos gente que empezó a entender el proyecto. Y sumamos a la que técnicamente era buena, pero que estaba muy desmotivada y maltratada. Queríamos montar la organización con argentinos. También conocer a nuestros clientes: dónde estaban, cuántos eran y en qué soporte informático los podíamos encontrar. En cuatro meses, creamos un sistema propio de base de datos y facturación. A partir de allí encaramos una nueva fase, para crecer, dar suministro a quien no lo tenía y al que hacía años que lo esperaba y había pagado sus cuotas.
– ¿Cuáles fueron los elementos centrales del cambio?
– Pusimos en marcha herramientas comerciales para empresas industriales y Pymes. El gas tiene un papel vital, como materia prima o energía. En materia de GNC (gas natural comprimido) iniciamos una campaña para que se aprovechen sus ventajas: económicas y ecológicas. En nuestra zona, se ha duplicado holgadamente el número de estaciones de servicio que expenden GNC y el consumo ha tenido un incremento acumulativo de 12 a 13% anual. En el mercado residencial aplicamos herramientas de comercialización y financiación para los estratos de bajo nivel socioeconómico, con tres ejes importantes: facilitar el servicio a quienes vivían delante de nuestras redes y no lo tenían; nuevas redes donde no las había, y financiación para la compra de artefactos, de modo que los usuarios pudieran cambiar sus equipos viejos y de gran consumo. Esto funcionó muy bien.
– En la Argentina uno de los temas más ríspidos es el impositivo. ¿Cuál es su opinión sobre la política tributaria en este servicio?
– Hay una gran distorsión. De la tarifa de Gas Natural, 41,5% corresponde a impuestos que abona el usuario. Paga 21% por el IVA, 3,5% por Ingresos Brutos, 9% por impuesto provincial y 8% por diferentes tributos y tasas municipales. El gas está compuesto por cuatro elementos. La materia prima, el gas, aumentó 38%, debido a la desregulación de 1994 y las inversiones que nos permitieron incrementar las reservas. El transporte subió 1,5%. La distribución, nuestra área, creció 0,5%. Y el cuarto ingrediente son los impuestos, que aumentaron 71,6%. Todo esto desde 1992 hasta el 2000. Crear impuestos de cualquier manera porque simplemente lo justifica la autonomía soberana que tienen, por razones constitucionales, los municipios y provincias, es una locura. Debe haber un pacto interconfederal, político, por supuesto. Un mecanismo con el que se autodiscipline el país para no crear esta distorsión.
– Todo esto sucede en el contexto de graves problemas fiscales…
– Sí, pero ¿qué ocurre cuando se dice que hay que recaudar más? Se crean nuevos impuestos que pagan los mismos que pagaban. Castigamos a las empresas y empieza el circuito perverso. Las firmas dudan de las inversiones y perciben una inseguridad jurídica que afecta a los inversores extranjeros. Hay que buscar la forma de que paguen los que no lo hacen, pero no se toma ninguna acción. Si esto se hiciera, corregiremos el déficit fiscal, algo que además requiere bajar el gasto público.
– ¿A qué gastos se refiere?
– A los del aparato excesivamente sofisticado que tiene la función pública: Estado nacional, provincias y municipios. Y que se gestionen mejor los gastos que debe realizar el gobierno, como salud, seguridad y educación. Si mejoramos la recaudación trabajando sobre los evasores y bajamos el gasto, no sólo cubriremos el déficit fiscal, sino que se crea confianza, hay más inversiones, el costo financiero baja y el nivel de empleo es mayor. Sé que hay inconvenientes políticos e intereses, pero hay que hacerlo, porque el país ya no puede permitirse estos lujos. La Argentina es una nación muy rica, tiene posibilidades y riquezas naturales. Pero la ponemos tantas veces a prueba…
– ¿Qué dificultades encuentra en la Argentina el marco regulatorio para esta industria?
– Tiene sus problemas. Pero no hay nada en la vida que no los tenga. Sería bueno que la toma de decisiones dentro del marco fuese un poco más ágil. Pero nos hemos desenvuelto bien. Creo que el sector alcanzó metas importantes. En ocho años, la participación del gas en el mercado energético nacional aumentó de 42 a 48%. En clientes se creció en alrededor de 30%. Y las redes aumentaron 50%. No hubo grandes fallas. Incluso se generaron ingresos para el Estado por exportaciones de gas de a Chile y Brasil, de diversas maneras. Se superaron en 30% las inversiones obligatorias. Y ahora estamos en estándares de calidad de primer nivel internacional.
– ¿Observa alguna luz roja en el futuro de este negocio?
– Hay dos luces rojas. Una es el estado de la economía. Me preocupa el número de bajas que se producen por falta de pago, a pesar de que se han triplicado los planes de pago. Pero, lamentablemente, llega un momento en que tenemos que desconectar al cliente. El segundo aspecto es que estamos sujetos a un ente regulador que tiene pautas de control y regulación estables en el tiempo, pero que cada cinco años pasa por la convulsión de una revisión de tarifas. Ahora enfrentamos el tercer plan, que se aplicaría desde el 1º de enero del 2003. Espero que haya sentido común suficiente como para combinar la liberalización del mercado con concurrencia de actores y ofertas, y el respeto de todo lo que se ha hecho hasta ahora. Si entran nuevos actores, con nuevas oportunidades, que también nos las brinden a los que hemos hecho el esfuerzo desde el primer día.
– ¿Cuál es su percepción acerca de los cambios en la política económica argentina?
– En los países hay un momento en que, más allá de colores partidarios o tendencias, hay que pensar en una política de Estado, porque no hay otra solución. En este sentido, cada nación tiene que encontrar la manera y el momento para marcar un antes y un después. Y unirse, por lo menos, hasta que la situación mejore. Luego, cada uno volverá a sus ideas. Pero hay momentos en que los intereses privados no valen. En España esto ocurrió en el gobierno de Adolfo Suárez, en la segunda mitad de los años ´70, con el Pacto de la Moncloa. Asistieron los partidos políticos, los sindicatos, los empresarios y la Iglesia. Más allá de los distintos programas, lo que se requería era hacer un acuerdo para salvar la economía y salir de la recesión.
– ¿Qué falta para alcanzar un Pacto de la Moncloa argentino?
– Sentido común y pensar con un criterio solidario. Dejar los egoísmos, bajarse de los intereses particulares y pensar en una política de Estado y en el ciudadano. Es lo básico.
