“Este es el momento de Europa, no de Estados Unidos”, sentenció Jacques Poos, ministro de Relaciones Exteriores de Luxemburgo, en junio de 1991. Luego, viajó a Belgrado para colaborar con los esfuerzos para restablecer la paz en la península balcánica. Los hechos demostraron que su afirmación no sólo había resultado errada, sino también ridícula.
Ese no era, claramente, el momento de los europeos. Pero tal vez lo sea hoy. Afortunadamente, el desafío actual se encuentra en la esfera económica, no en la política. En otras palabras, la idea es continuar creciendo mientras tambalea la economía de Estados Unidos. El desafío actual compete mucho más a la Unión Europea que la amenaza a la seguridad internacional que planteó, una década atrás, la disolución de Yugoslavia. Además, el desempeño económico de la Unión Europea permite albergar esperanzas. Pero la cuestión es: ¿sabrá Europa aprovechar este momento?
Señales de progreso
El pasado reciente brinda signos alentadores. Tras un prolongado período de estancamiento, la economía europea ha mejorado notablemente.
Para empezar, el crecimiento económico de la región alcanzó un promedio de 2,8% anual entre 1997 y el 2000. Es, sin duda, un índice bastante inferior a la tasa de crecimiento de Estados Unidos de 4,6%, Pero representa un progreso significativo con respecto a la realidad que predominó durante la década de 1990.
Está, por otro lado, el dato, no menos importante, de que la tasa de desempleo cayó de 11,6% en 1997 a 8,8% a fines del año pasado. En algunos países, el índice es notablemente bajo, como Holanda, donde alcanzó apenas 2,6% en diciembre. El crecimiento del empleo ha sido mayor en Europa que en Estados Unidos durante los últimos tres años. Se crearon no menos de seis millones de puestos de trabajo. La evolución ha sido particularmente rápida y auspiciosa en España y Francia.
Virtudes políticas
Este cuadro de mejoramiento está íntimamente relacionado con el rumbo de las políticas económicas que prevalecieron en la Unión Europea durante los últimos años. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (Ocde) destaca, en su informe más reciente, que en el 2000 el déficit fiscal estructural de los países europeos sólo fue de 0,6% del PBI. Es cierto que Estados Unidos registró, en ese mismo período un superávit de 1,7%, pero la brecha es muy inferior las que se registraron en 1992 y 1995, con 4,9% y 4,1% respectivamente.
La estabilidad monetaria es otro aspecto importante. La debilidad del euro y el aumento del precio del petróleo han impulsado la inflación, pero el aumento de precios al consumidor se ubica por debajo de 2% desde fines de 1996. El Banco Central Europeo ha soportado las presiones con pragmatismo, especialmente en lo que concierne al derrumbe del valor externo de la divisa europea y a las tendencias inflacionarias.
Este es el mejor momento que ha conocido la economía europea desde los años ´70. A partir de 1993, se triplicó la rentabilidad de las inversiones. Pero, ¿están preparados los europeos para enfrentar la recesión que sufre Estados Unidos? La respuesta es alentadora.
El crecimiento del PBI europeo promedió una tasa anual de 4% en los últimos dos trimestres de 1999 antes de caer a 2,7% en el tercer trimestre del año pasado. Pero esta caída parece, en realidad, un reflejo del aumento en el precio del petróleo. Además, el ritmo de la desaceleración en la actividad económica ha sido mucho menor que en Estados Unidos.
Sin traumas
Con una retracción en las cotizaciones del petróleo, no hay motivos para creer que este impasse se prolongará mucho más, aun en presencia de la recesión norteamericana. En primer lugar, las exportaciones europeas a Estados Unidos representan sólo 2,5% del PBI. Además, los consumidores europeos son menos sensibles a los cambios del mercado de valores que los estadounidenses.
Según una investigación realizada por economistas de Goldman Sachs sobre las consecuencias de una profunda recesión en Estados Unidos, Europa podrá afrontar la situación sin grandes traumas. Para este año, el crecimiento de Estados Unidos sería de 2%; y el de Europa alcanzaría 2,6%. Si la economía norteamericana no registrara crecimiento alguno, Europa podría exhibir una expansión de 1,9%.
Si se cumplen estos pronósticos, es probable que el euro se fortalezca más que el dólar. También es posible que un estancamiento de la economía estadounidense genere caídas en el precio mundial del petróleo. De modo que, para los europeos, las presiones inflacionarias externas serían muy débiles.
Goldman Sachs sugiere que, para fin de año, el índice de precios al consumidor podría ubicarse en sólo 4% anual en la Unión Europea.
Si, a pesar de todo, Estados Unidos lograra un crecimiento de 2%, Goldman Sachs anticipa que el Banco Central Europeo recortaría las tasas lentamente.
Este podría ser el primer año en el que, después de una década de estancamiento, la economía europea crezca más que la de Estados Unidos. Claro que mucho depende de un cambio, de una mirada progresista, por parte del Banco Central Europeo.
Esto no implica que Europa iguale la capacidad de Estados Unidos para lograr mejoras de productividad fundamentales o que consiga mantener una tasa de desempleo comparativamente baja. Para que esto suceda, se deberán producir algunas transformaciones. Pero una divisa fuerte y un crecimiento sostenido serían logros más que suficientes por ahora.
© The Financial Times/ MERCADO
