Las preguntas fundamentales
Seis prestigiosos
economistas, representantes de diversas corrientes de pensamiento, respondieron
a un cuestionario elaborado por MERCADO para indagar en el presente y
el futuro del problema que agobia con particular dramatismo a los argentinos.
Alfredo
Eric Calcagno, Gustavo Cañonero, Emilio Cárdenas, Ernesto
Gaba, Carlos Pérez y Mario Rapoport exponen, en las páginas
que siguen, sus reflexiones en torno a los siguientes interrogantes.
1 ¿Hay
riesgo de que la Argentina entre en default?
2 El
blindaje fue presentado como una garantía de que no habría
ahogos financieros durante el 2001. ¿Por qué se disipó
esa expectativa?
3 Desde
los años ´80, la deuda viene alimentándose a sí misma
con la capitalización de los servicios que el país no puede
pagar. ¿Es posible romper este círculo vicioso?
4 Para
salir de la secuencia déficit fiscal-endeudamiento-ajuste-recesión-más
endeudamiento, sería necesario que la economía ingresara
en un período de fuerte crecimiento. ¿Durante cuánto
tiempo y a qué ritmo debería crecer para aventar el fantasma
de la insolvencia?
5 ¿Cómo
podría encararse una reprogramación de la deuda externa?
¿Qué beneficios e inconvenientes plantearía?
|
Entre 1991 y el 2000, la deuda externa bruta total del país pasó de US$ 61.337 millones a 147.186 millones. Ese crecimiento de 140% es llamativamente superior al que registró el PBI en ese período (alrededor de 40%).
Pero el fenómeno de la deuda externa no se limita a su crecimiento y magnitud. También han sido muy significativos los cambios que se registraron en su composición. Mientras las obligaciones externas brutas del sector público no financiero y del Banco Central aumentaron, durante ese lapso, en 62%, las correspondientes al sector privado no financiero llegaron casi a multiplicarse por diez (con un incremento de 943%), y las del resto del sector financiero crecieron 388%. (Aunque, para poner estas cifras en perspectiva, es preciso aclarar que en estos dos últimos casos se partió de niveles de deuda muy bajos a comienzos del período.)
En 1991, la deuda correspondiente al sector público no financiero y al Banco Central representaba 86% del total. El año pasado, la proporción había descendido a 58,2%.
Esta nueva configuración de la distribución de la deuda externa desmiente la difundida noción de que el problema del pago de los servicios y amortizaciones corresponde, casi enteramente, al sector público. Es cierto, sin embargo, que cuanto más comprometida aparezca la capacidad de pago del Estado argentino, más estrechos serán los márgenes para el sector privado.
¿Adónde fue el dinero?
Desde la perspectiva del balance de pagos, los fondos obtenidos en los mercados financieros internacionales que son computados como ingresos de capital se destinan básicamente a financiar:
- el déficit en la cuenta corriente (constituido por el resultado
acumulado de la balanza comercial, de servicios reales y de servicios financieros),
- la acumulación de activos por parte de los sectores residentes en
el exterior (inversión directa, de cartera, préstamos, depósitos,
disponibilidades, y activos con y sin devengamiento de renta),
- la acumulación de reservas internacionales.
La suma de esos conceptos, que puede tomarse como la necesidad bruta de financiamiento de la economía (sin incluir amortizaciones), superó durante el período 1992-2000 los US$ 165.000 millones; lo que equivale a un promedio de algo más de 18.000 millones por año.
Casi la mitad (45%) de ese total fue cubierto con inversiones extranjeras directas y de cartera de acciones. El resto ingresó por la vía del aumento de la deuda. Esas entradas sumaron US$ 85.849 millones; poco más de 9.500 millones anuales. (*)
El déficit acumulado en la cuenta corriente del balance de pagos en el período 1992-2000 explica más de la mitad de las necesidades brutas de financiamiento y es aproximadamente igual a la totalidad del aumento de la deuda externa bruta.
Si a esto se suma la variación de las reservas internacionales, estos usos explican casi dos tercios (64%) de la necesidad bruta de financiamiento y superan, holgadamente, el aumento del endeudamiento total.
El gobierno (sector público no financiero y Banco Central) ha acumulado deuda externa en magnitudes que superaron largamente sus propias necesidades de recursos en divisas. El Estado contribuyó a la acumulación de reservas internacionales por un monto cercano a los US$ 33.000 millones, que es la diferencia entre el déficit en cuenta corriente del sector gobierno y sus ingresos netos acumulados en la cuenta capital y financiera.
Como, al mismo tiempo, el déficit en la cuenta corriente del sector privado no financiero (que incluye la totalidad del resultado del comercio) excedió el ingreso neto de la cuenta capital y financiera en algo más de US$ 13.000 millones, puede deducirse que el Estado no sólo financió la acumulación neta de reservas internacionales en el conjunto de la economía, sino también el desequilibrio del sector privado en sus transacciones en divisas.
Como se verá más adelante, esto tiene mucha importancia a la hora de considerar la relación entre el déficit fiscal, el déficit externo y las posibilidades de crecimiento.
El peso de la carga
La gravitación de la deuda externa sobre el PBI argentino pasó de 30,6% en 1993 a 51,6% a fines del 2000; lo que equivale a un aumento de 21% en apenas ocho años.
En 1993, los intereses pagados representaban 1,5% del PBI; a fines del año pasado la carga representó 4,4%. Si a los intereses se suman los pagos de utilidades y dividendos, la proporción se eleva a 2,4% en 1993 y a 5,3% en el 2000.
Cuando se toma como referencia el valor de las exportaciones totales, surge un panorama no menos preocupante. En 1992, el pago de intereses representaba 22,7% de las ventas argentinas en el exterior; a fines del 2000, el índice trepaba a 40,5%. Si se incorporan al cálculo las remesas de utilidades y dividendos, los porcentajes pasan de 31,3% a 49,3% durante el mismo período. Es decir que, actualmente, casi la mitad de los ingresos provenientes de las exportaciones se destina al pago de intereses, utilidades y dividendos en el exterior.
Estos datos son, por cierto, bastante más negativos que los que exhiben otras economías latinoamericanas, como Brasil, México y Chile. La comparación es también desfavorable cuando se toman como referencia el promedio regional y las cifras correspondientes a la mayor parte de los países emergentes con rasgos parecidos a los de la Argentina.
Vale la pena recordar, en este punto, que todos ellos compiten por los flujos de capitales privados en los mercados financieros internacionales a los que la Argentina acude en condiciones de desventaja.
La cuestión del déficit fiscal
El resultado financiero acumulado, entre 1994 y el 2000, por la administración nacional y las provincias arroja un déficit de US$ 65.376 millones si no se computan los recursos fiscales provenientes de las privatizaciones. Si se los incluye, el quebranto acumulado es de US$ 56.636 millones. Esto representa un promedio de US$ 9.300 millones de déficit anual en el primer caso, y de 8.100 millones en el segundo.
La cuestión muestra costados más dramáticos si se considera que en 1994 el déficit consolidado fue de US$ 4.400 millones (computados los recursos por privatizaciones), mientras en el 2000 se ubicó en torno a los US$ 11.000 millones.
Aunque durante este período el Estado nacional asumió compromisos que antes correspondían a las provincias, no resulta fácilmente defendible el argumento de que la causa fundamental del aumento del déficit fue el desmanejo fiscal por parte de los gobiernos provinciales. Mientras en 1994 el déficit imputable a las provincias representó casi la mitad del consolidado del país, durante el año pasado apenas superó 30%.
Las reglas monetarias que impone el régimen de convertibilidad impiden que esos desequilibrios fiscales crecientes (que se acentúan durante los períodos de recesión) sean financiados mediante la emisión monetaria. En otras palabras, descontados los ingresos por privatizaciones, el déficit sólo puede cubrirse a través de un mayor endeudamiento, interno y externo.
La deuda total del sector público nacional pasó de $ 69.626 millones en 1993 a $ 128.018 millones a fines del año pasado. El aumento de $ 58.392 millones es casi equivalente al déficit acumulado durante ese mismo período si se incluyen los recursos que percibieron el Estado nacional y los provinciales por la venta de empresas y activos públicos.
La competitividad y la cuestión fiscal
Menos conocido es el hecho de que, en estas circunstancias, la eliminación del déficit fiscal se tornaría incompatible con el mantenimiento del actual nivel de competitividad que exhibe la economía argentina.
Un déficit fiscal nulo implica que el nivel de endeudamiento del sector público se estabiliza. O, lo que es lo mismo, la deuda pública total deja de crecer. Si la relación entre el componente externo e interno de la deuda pública se mantiene en un nivel relativamente constante, la colocación de nueva deuda neta en los mercados internacionales sería, entonces, innecesaria. Sólo se requeriría cubrir las amortizaciones de capital con nuevas emisiones a medida que se fueran produciendo los vencimientos. Pero el stock total de la deuda estatal se mantendría estable.
De todos modos, habría que seguir pagando los intereses correspondientes al servicio de la deuda externa acumulada (que este año superarán los US$ 11.000 millones). Para eso, el gobierno debería comprar, con superávit primario, las divisas en el mercado interno y hacer las transferencias correspondientes. Expresado de otra manera: el sector público se convertiría en un fuerte demandante neto de reservas.
Esto afectaría desfavorablemente a la economía, puesto que la declinación del stock de divisas tendría un impacto negativo sobre los recursos monetarios y el crédito y, a través de esa vía, sobre la demanda agregada y el producto.
La única forma de evitar que esto ocurra es que la demanda neta de reservas originada en la situación de equilibrio fiscal del sector público fuera más que compensada por fuertes entradas de divisas originadas en el sector privado.
Como se indicó al comienzo de este informe, durante la década de 1990 el sector público ingresó capitales en magnitudes superiores a sus requerimientos de divisas. En cambio, el sector privado fue un demandante neto. En otras palabras, el superávit del gobierno en sus transacciones de balance de pagos por todo concepto financió no sólo la acumulación de reservas sino, también, el déficit del balance de pagos privado.
El corolario inevitable es que una situación de déficit fiscal nulo requiere, para ser compatible con el crecimiento económico, que el sector privado se transforme en un oferente neto de divisas. Esto es así porque, en el caso contrario, se reducirían las reservas internacionales y, con ello, el dinero, el crédito, la demanda agregada y el PBI.
Ahora bien, ¿cómo puede convertirse el sector privado en un oferente neto de divisas? Hay tres vías posibles:
- colocación de nueva deuda en los mercados internacionales,
- nuevos recursos provenientes de la inversión directa extranjera,
o
- una significativa mejora en el saldo de la balanza comercial externa.
En cuanto a las dos primeras alternativas, no parece razonable esperar un comportamiento más dinámico que en el pasado reciente. La deuda externa privada ya ha venido aumentando a un ritmo muy rápido, difícilmente sostenible. Y no se advierten, en este momento, oportunidades de negocios comparables con las que atrajeron los elevados flujos de inversión extranjera directa en los años ´90.
En estas condiciones, un progreso sustancial en la balanza comercial externa aparece como un requisito ineludible. Una clara tendencia a la generación de mayores saldos comerciales favorables (con una economía en expansión, y no mediante una baja de las importaciones como consecuencia de un nivel de actividad deprimido) sería un indicador apropiado de la capacidad del país para hacer frente a los futuros compromisos financieros externos.
Recuerdos del futuro
Con la actual configuración del sector externo, las posibilidades y el ritmo del crecimiento seguirán dependiendo, en lo inmediato, de la disponibilidad de recursos financieros provenientes del exterior. Sin embargo, la clave para desplazar esta restricción y, al mismo tiempo, reducir la fuerte dependencia de las etapas de expansión económica de los flujos de capital, es la mejora significativa del saldo de la balanza comercial argentina.
Esto significa que, para que una situación fiscal equilibrada sea compatible con el crecimiento económico, es necesario llevar adelante intensas acciones que permitan aumentar los actuales niveles de competitividad externa.
Pero ésta es, desde luego, una perspectiva de mediano plazo. Requiere contar con los medios para financiar los desequilibrios fiscales y externos mientras las medidas pro competitivas maduran y, también, que los agentes económicos perciban que, a la larga, resultará más rentable otorgar tiempo y recursos a la Argentina para que la estrategia pueda prosperar.
Hoy en día, el tiempo y los recursos necesarios para cambiar esta situación son penosamente escasos. Los márgenes de maniobra de la política económica, que ya eran muy estrechos, se han achicado aun más, de modo que las limitaciones marcan un fuerte contraste con la actitud llamativamente activista que asumen, principalmente en el discurso, las autoridades económicas.
En situaciones críticas como ésta, se torna aun más difícil el ejercicio, normalmente arriesgado, de anticipar el futuro. Las crisis, más allá de algunos rasgos de semejanza, suelen ser creativas y pródigas en eventos específicos que sólo se descubren cuando ya es demasiado tarde. Puesto que la dificultad de anticipar lo que sucederá alcanza a todo el mundo, la incertidumbre se extiende y engendra sus propios hijos.
Atenuar el nerviosismo que se percibe hoy en los mercados de la deuda argentina exigiría, en el plano económico, al menos tres condiciones básicas:
- un cambio en la percepción, que ha ganado terreno rápidamente,
de que el país (y el sector público, en particular) no podrá
afrontar sus compromisos externos;
- alguna evidencia de que la economía comienza a salir de la depresión
iniciada en la segunda mitad de 1998 (algo esencial, entre otras cosas, para
que los recursos fiscales puedan repuntar);
- la perspectiva de que será posible corregir la evidente sobrevaluación
de la moneda local sin abandonar la convertibilidad.
Estos tres problemas son fuertemente interdependientes y, en la actualidad, se alimentan mutuamente en un círculo vicioso que parece de hierro. La sobrevaluación complica el panorama del sector externo e impide la reactivación, la falta de crecimiento agrava los problemas fiscales y esto, a su vez, ensombrece el horizonte, al sembrar dudas sobre el pago de los compromisos, más allá del blindaje y de las medidas de financiamiento de emergencia a las que se está echando mano actualmente.
¿Reprogramar, devaluar, dolarizar?
Han florecido en los últimos tiempos opiniones de analistas que sostienen que el actual nivel de endeudamiento externo de la Argentina es inmanejable, e incompatible con el desempeño que vienen mostrando las exportaciones y los ingresos fiscales, por lo que se impone una restructuración de la deuda.
Es, por cierto, llamativo que algunos de esos analistas se encuentren en las filas de quienes defendieron con serenidad olímpica las políticas que, junto con algunos importantes condicionantes externos, han ido llevando al país a la actual encrucijada. Resulta curioso porque en esas opiniones no parece haber sombra de reflexión crítica sobre las propias posiciones sostenidas en el pasado.
Lo cierto es que los valores insostenibles del costo del financiamiento no hacen más que reflejar la fragilidad política y económica del país. Frente a ese cuadro, estrategias graduales, incluso la impulsada por Domingo Cavallo, suscitan una evidente incredulidad en los inversores externos. Si esta incredulidad no se revierte, la estrategia no dará frutos, y no es posible anticipar hoy qué caminos o despeñaderos se abrirán entonces.
Parece claro, con todo, que propuestas de gran predicamento en ciertos círculos, como la dolarización total de la economía, apenas se refieren a un aspecto del problema actual, y no resuelven ninguna de las cuestiones centrales, como son la desventaja del país en materia de competitividad y la recuperación del crecimiento.
Alfredo
Eric Calcagno (*)
“El problema
es el modelo”
1. Creo
que el problema es más complejo. Se está pendiente de lo
que ocurra en el corto plazo. Pero no se ve o no se quiere ver el problema
de mediano y largo plazo, que consiste en que está terminando el
ciclo de la Argentina rentista-financiera. Asistimos a la agonía
de este modelo, que está condenado porque fue incapaz de implantar
un sistema de acumulación sustentable y distribuir con un mínimo
de equidad. Además, con la convertibilidad, este modelo quedó
encerrado en un dilema: si se crece, hay déficit en la cuenta corriente
de la balanza de pagos, por las importaciones. Y si no se crece, menor
recaudación y déficit fiscal. Frente a esta situación
la salida fue el endeudamiento creciente y continuo. Que entremos en default
o no, dependerá del tiempo en que se pueda prolongar ese endeudamiento.
Pero no hay condiciones estructurales para un crecimiento autosustentable
dentro del modelo.
2. El
blindaje fue una operación de propaganda en la que lo único
realista era el préstamo del FMI, de US$ 13.700 millones, que se
agotó en tres meses. Los créditos del Banco Mundial y del
BID estaban afectados a proyectos específicos en áreas sociales
y viviendas. Los principales bancos privados se comprometían a
refinanciar vencimientos de títulos públicos por US$ 10.000
millones. Y las AFJP compraron títulos por US$ 3.000 millones.
Se contabilizaron otros US$ 7.000 millones por canjes de bonos de deudas
por otros títulos de vencimiento más lejano. El hecho real
es que esos US$ 13.700 millones se agotaron como lo demuestra la necesidad
de buscar nuevos fondos.
3. La
deuda argentina tiene dos ramas: la deuda vieja, contraída en el
período militar 1976-1983, y la nueva que es el combustible que
hace andar la convertibilidad. La vieja fue tomada sin necesidad y, según
cifras del Banco Mundial, 44% se destinó a financiar la evasión
de capitales, 33% al pago de intereses de esa deuda, y 23% a importaciones
no registradas. En el mismo período, Brasil contrajo un endeudamiento
similar que usó para industrializarse.
El círculo
vicioso se rompe con el fin de la convertibilidad. Y de la convertibilidad
se sale con un esquema global no con medidas sueltas que rehabilite
la dupla del capitalismo: beneficios y salarios. Esto responde a tiempos
históricos, no a ansiedades personales.
4. Hay
que revertir el proceso. Con ajustes y recesión se produce un error
económico gigantesco. Luego del crack del ´29 en Estados
Unidos, quedó claro que de las depresiones se sale con mayor actividad
económica. No es cuestión de tiempo, porque no es un problema
lineal, sino de implantar otro modelo.
5.
Es indispensable una reprogramación de la deuda externa, pero desde
una posición de fuerza. Entre los acreedores ahora también
están los fondos de pensión, que sólo tienen comprometido
0,2% de sus colocaciones en bonos de deuda de países subdesarrollados.
Antes, los acreedores eran los bancos internacionales, que tenían
comprometido varias veces su capital. Entonces, un incumplimiento ponía
en riesgo al sistema financiero internacional. Hoy, existen más
posibilidades de negociación. Hay un ejemplo interesante en este
sentido: los que reciben la mayor cantidad de préstamos internacionales
en este momento son China y Brasil. China es comunista y Brasil estuvo
por entrar en default en 1998. En ese año, sin embargo,
recibió US$ 24.000 millones. Esta es una cuestión de negocios,
no de sanciones o premios.
* Economista.
Ex secretario general del Consejo Federal de Inversiones y ex funcionario
de las Naciones Unidas. |
Gustavo
Cañonero (*)
“Es posible
romper el círculo vicioso”
1.
Creo que los próximos ocho meses están casi asegurados en
términos de financiamiento. Esto depende, claro, de que haya o
no algún nuevo desvío con respecto a la situación
fiscal.
2.
Faltaron evidencias de que la economía se estuviera recuperando
como se esperaba. Eso generó muchas dudas con respecto a las metas
fiscales, que eran válidas, y con respecto al alcance del blindaje
en general. El otro punto que provocó preocupación fue la
persistencia de ruidos políticos que ponían en duda el mantenimiento
del propio blindaje, que se basaba en una serie de reformas estructurales
básicamente la reforma previsional que eran cuestionadas
en el Congreso.
3.
El círculo vicioso funciona hasta que se presenta un programa concreto
y creíble que genere suficiente superávit primario, para
hacer sostenible la situación de endeudamiento del sector público.
Esto permite una baja consistente del costo de financiamiento y un nivel
de crecimiento que cierra el cuadro de viabilidad. Se debe terminar con
el déficit público de una manera creíble. Debe ser
un programa que no sólo logre un ahorro en el gasto primario, incluyendo
intereses, sino que además permita crecer a la economía.
Estas condiciones no son fáciles de cumplir, pero tampoco imposibles.
Hubo experiencias como los casos de Irlanda y Dinamarca en los ´80.
4.
No creo que sea necesario un fuerte crecimiento. Pero sí un crecimiento
consistente, con un nivel de superávit primario que haga que la
dinámica de la deuda sea sostenible. Bien puede ser que un crecimiento
de 3,5% anual produzca una sensación de sostenibilidad de la deuda,
si el superávit primario aumenta alrededor de un punto del PBI.
O si el déficit baja de 2,5% a 1,5% del PBI. Porque se empieza
a ver que el incremento de la deuda en el último año es
menor que el incremento del producto.
5.
La reprogramación de la deuda fuera del contexto del mercado tiene
una seria consecuencia, que sería el corte de los flujos de capitales
para el financiamiento de la actividad productiva en la Argentina. No
olvidemos que tenemos un déficit de cuenta corriente de alrededor
de 3% del PBI, y eso implica que necesitamos ese porcentaje de flujo de
capital neto para mantener el actual nivel de actividad. Ni más
ni menos.
Diría
que una reprogramación parece, en principio, una salida simple,
pero que tiene muchos perjuicios, sobre todo en el impacto en la economía
real, dado el agotamiento de fondos. En este contexto, hay que tener mucho
cuidado. Hay casos en los que una reprogramación en el corto plazo
se vio como la solución de una trampa compleja de la economía
y ayudó a salir. Es el caso de Rusia hasta hace muy poco, donde
el flujo de capitales volvió relativamente rápido. Pero
son circunstancias muy distintas. A Rusia la ayudó una fuerte suba
del precio del petróleo, su principal producto de exportación.
Y probablemente la haya ayudado su devaluación, que aquí
no tendría el mismo efecto. En la Argentina, dada la existencia
de deuda en dólares, la devaluación no trae necesariamente
una mejora para los precios.
* Head
of Research, Mercosur y México, del Deutsche Bank. |
Emilio
Cárdenas (*)
“Hay que exportar
10% más durante cinco años”
1. Luego
del acuerdo con los bancos locales para la emisión de dos bonos
por US$ 3.000 millones y de los US$ 500 millones adicionales colocados
a través de un fideicomiso que comprarán los fondos de pensión,
la Argentina está a sólo unos US$ 380 millones de cerrar
las necesidades de financiamiento para este año y alejar así
el riesgo de un default. Además, se recaudarán unos
US$ 2.100 millones por el impuesto a los débitos y créditos
bancarios y el impacto contractivo de este impuesto será posiblemente
compensado por una baja en el riesgo soberano tal que la economía
argentina pueda cumplir con nuestra expectativa de crecimiento nominal
del PBI de 1,6%.
2. Aun
en las proyecciones originales, y suponiendo que la Argentina mantenía
el colchón inicial de US$ 2.100 millones para finales del año,
había que recurrir a los mercados voluntarios de deuda por unos
US$ 1.000 millones. De hecho, entre las necesidades de financiamiento
para el 2001 y la cobertura del paquete de asistencia financiera había
un bache de aproximadamente US$ 3.000 millones que se debía financiar
en el mercado de capitales, externo o interno. A esto hay ciertamente
que sumar el impacto del deterioro fiscal de marzo que llevó a
la Argentina a cerrar el primer trimestre con un déficit del sector
público de unos US$ 1.066 millones.
3. El
endeudamiento relativo (deuda pública consolidada / PBI) no creció
uniformemente durante las últimas dos décadas. Por lo pronto,
la Argentina dejó de pagar la deuda en 1982 y capitalizó
los intereses vencidos desde entonces. Esto llevó a que el país
no tuviera un fluido acceso al mercado voluntario de deuda hasta el llamado
Plan Brady. En los años ´90, con el Plan de Convertibilidad, la
relación deuda pública / PBI comenzó a descender
hasta que el shock externo del Tequila nos puso nuevamente en un
nivel de endeudamiento relativo superior al de comienzos de la década
y con tendencia ascendente.
Cuando la
Argentina retoma la senda de crecimiento en 1997 vuelve a
conseguir una baja sustancial en la deuda pública consolidada.
Lamentablemente, la falta de una recuperación sostenida nos impidió
estabilizar y bajar la relación deuda pública / PBI.
4. El
análisis de sostenibilidad de la deuda pública y del déficit
en cuenta corriente nos sugiere que la estabilización y, luego,
el descenso del endeudamiento relativo, requieren que el PBI real crezca
aproximadamente 4% por año y que las exportaciones nominales aumenten
alrededor de 10%, de manera consistente, por unos cinco años.
5.
La reprogramación de los compromisos financieros públicos
encuentra enormes dificultades prácticas. A diferencia de lo ocurrido
en los años ´80, ahora la deuda pública argentina está
estructurada en bonos, con una tenencia muy atomizada. Por otra parte,
la experiencia argentina de los años ´80 y la más reciente
de países que entraron en reprogramaciones unilaterales, como Ecuador
o Rusia, con enormes turbulencias macroeconómicas, parecen descartarla
como opción razonable de política económica. Una
medida en esa dirección tendría inevitablemente un costo
elevadísimo. Para todos. No sólo marginaría a la
Argentina de los mercados de capitales voluntarios por un tiempo prolongado,
sino que frenaría también los flujos de inversión
directa extranjera: incluso podría llevar a la repatriación
de capitales por parte de las casas matrices.
* Director
ejecutivo de HSBC Argentina Holdings. |
Ernesto
Gaba (*)
“El blindaje
reflejó un fracaso”
1. No
percibo riesgo inminente de default porque la Argentina acaba de
asegurar los fondos para cubrir las necesidades de financiamiento ($ 22.500
millones) de este año. Dispone de casi $ 10.000 millones de organismos
internacionales (provenientes del blindaje). Pero para acceder a estos
fondos debe cumplir la meta anual de déficit fiscal acordada con
el FMI, es decir, recuperar el exceso del primer trimestre. El resto de
necesidades se cubre mediante colocaciones programadas de bonos en instituciones
locales, principalmente bancos y AFJP.
2. El
blindaje fue presentado políticamente como un triunfo cuando en
realidad reflejaba el fracaso de no poder obtener financiamiento voluntario;
además, los síntomas de reactivación que aparecieron
al mismo tiempo que el blindaje fueron erróneamente anunciados
como una recuperación permanente. Por otra parte, el fuerte
aumento del déficit fiscal de enero generó dudas sobre la
capacidad de cumplir con el programa del FMI y, por lo tanto, de acceder
a los desembolsos de fondos.
3. La
voluminosa deuda pública tuvo un vertiginoso crecimiento por varias
razones: la capitalización de intereses, aumento de gasto público
primario, reconocimiento de deudas ocultas en el sistema de seguridad
social, deudas anteriores con proveedores e insuficiencia de ingresos
tributarios por menor crecimiento y/o mayor evasión. Yo diría
que es necesario romper el círculo vicioso porque si consideramos
que no es posible, la consecuencia es un default de hecho que nos
arrastraría a un serio retroceso en el plano político, económico
y social.
4. Si
buscamos mantener constante la relación deuda pública /
PBI (actualmente de 43%) y el gasto público primario se mantiene
también constante, se necesita una combinación de un crecimiento
del PBI de 4% anual (compatible con baja disponibilidad de ahorro externo)
y de 10% de incremento anual de los ingresos tributarios. Esta última
cifra no es fácil de alcanzar en las condiciones actuales de alta
presión tributaria, de modo que considero necesario lograr un esfuerzo
adicional por el lado de la reducción del gasto público
primario. En grandes números, el año pasado José
Luis Machinea logró un superávit primario de $ 2.700 millones,
1% del PBI, y debería ser llevado a 2,6% del PBI para poder estabilizar
la deuda externa / PBI. Sobre un nivel de gasto público primario
consolidado de casi $ 80.000 millones es un contrasentido afirmar que
no puede ser reducido en 2% anual, luego del notable aumento nominal de
la última década en un entorno de estabilidad económica
y, en los últimos tres años, con deflación.
5. Decir
simplemente “no puedo pagar” tendría un costo alto: cierre del
mercado externo, salida de capitales, elevadas pérdidas patrimoniales
a las empresas y mayor deterioro del ingreso de las familias. Si se mejoran
las cuestiones fundamentales de la economía (menor gasto público,
reformas de segunda generación y redistribución de gasto
público para cubrir las carencias de los niveles de ingresos más
bajos) sería posible encarar una reprogramación amistosa
de la deuda, con el objetivo central de cambiar deuda de corto y mediano
plazo por deuda de largo, cuyo spread podría reducirse acudiendo
a fuentes internacionales que ofrezcan un colateral. Es decir, en lugar
de usar blindaje para cubrir déficit fiscal, emplearlo para garantizar
un canje de deuda voluntario a menor costo y mayor plazo. Se trata de
un cambio de paradigma para las propias instituciones internacionales,
que muchas veces colocan recursos en países donde las condiciones
de políticas económicas resultan inviables.
* Economista
jefe del BBVA-Banco Francés. |
Carlos
Pérez (*)
“Ante todo,
solvencia fiscal”
1.
Las necesidades de financiamiento del 2001 están en torno a los
US$ 25.000 millones (que es la suma de vencimientos de capital de deuda
de largo plazo, de corto plazo y el déficit fiscal en línea
con las metas establecidas con el FMI). Si comparamos esto con la disponibilidad
de financiamiento, no se advierten problemas. Pero el fuerte desvío
fiscal en el primer trimestre de este año, y un mes de marzo muy
malo en términos de recaudación generaron una situación
fiscal muy débil de cara a abril. Allí se planteó
en el mercado el fantasma del default. Quedó el problema
de caja para abril, que Cavallo resolvió con la colocación
de bonos por US$ 3.500 millones. Yo diría que, estructuralmente,
Cavallo corrigió las posibilidades de default con el impuesto
a las transacciones financieras y la colocación de bonos.
2. El
blindaje estaba condicionado al cumplimiento de las metas fiscales. Y
el desvío del primer trimestre fue muy fuerte. Con mayor déficit
fiscal se requiere más dinero. Y si este incumplimiento genera
dudas en los desembolsos del blindaje, automáticamente el cuadro
de necesidades contra disponibilidades de financiamiento se vuelve negativo.
3. Estamos
ante la exigencia de mostrar solvencia fiscal. La Argentina tuvo diez
años de convertibilidad y festejamos la estabilidad durante ese
tiempo. Pero la convertibilidad generó también inconsistencia
macroeconómica, que también tiene que ver con la combinación
de una política cambiaria rígida con una política
fiscal hiperexpansiva. La deuda pública se duplicó en diez
años. Y esta combinación es explosiva. Hay que ajustar,
o bien porque la política cambiaria se vuelve flexible, o si se
quiere respetar la convertibilidad, hay que transformar la política
fiscal en algo rígido. Esto último no es ni más ni
menos que la solvencia fiscal, que ya es una exigencia.
4.
En cuanto al crecimiento, la economía argentina enfrenta una restricción
estructural importante porque 80% del PBI es consumo y 20% es inversión.
Crecer por el lado de las exportaciones, con la participación que
tienen en el PBI, no aportará mucho. Es bueno crecer por el lado
del consumo interno, pero tenemos problemas: 15% de desempleo, más
de 30% de la población en condiciones de pobreza, y una evolución
de la distribución del ingreso muy regresiva. Por el lado de la
inversión, con la deuda pública que excede 50% del PBI,
y con el ratio de deuda externa contra exportaciones, que requiere más
de cinco años de exportaciones para cancelar, teóricamente,
la deuda, convengamos que es difícil.
Creo que
la Argentina hoy podría tener una tasa de crecimiento sustentable
de 4%. Hay que aprender de los errores, y aprovechar el crecimiento para
guardar excedentes fiscales que permitan reestablecer el equilibrio presupuestario
y juntar fondos anticíclicos.
5. La
Argentina reprogramó deuda, a través del Plan Brady, en
1992. En ese momento la deuda estaba concentrada en un número acotado
de bancos internacionales. Hoy está totalmente atomizada, por lo
tanto pensar en un nuevo Brady es bastante utópico.
En cuanto
a una reprogramación compulsiva, los costos superan a los beneficios.
Creo que hay que seguir con el canje de deuda, que tuvo éxito en
febrero. Habría que cambiar la arquitectura del apoyo del FMI.
En lugar de tener un blindaje, que es un préstamo que hay que cancelar,
lograr un seguro de liquidez y utilizar el dinero si no se consigue financiamiento
en el mercado voluntario.
* Director
de la Fundación Capital. |
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Mario
Rapoport (*)
“La deuda se
ha tornado impagable”
1. Si
no se produce una rápida reactivación productiva, las condiciones
críticas vividas en los primeros meses de este año tenderían
a reiterarse y el default no podría evitarse.
2. La
profunda recesión interna no permite mejorar el balance fiscal
de acuerdo con los parámetros del blindaje financiero y el fracaso
de las políticas de ajuste aplicadas muestra que es mucho más
difícil salir de una depresión con alta desocupación
que de una hiperinflación. No fue con ese tipo de políticas
que Estados Unidos pudo superar la crisis de los años ´30. Por
otra parte, la cifra de US$ 40.000 millones del blindaje financiero no
refleja la realidad de los créditos, la mayor parte de los cuales
son compromisos eventuales.
3. Los
dos mayores períodos de endeudamiento de la Argentina fueron 1880-1913
y el que se extiende desde 1976 hasta hoy. La diferencia es que, en el
primer caso, los recursos externos sirvieron para transformar al país
productivamente (aunque en forma unilateral), en tanto que en este último
lapso predominó un enfoque rentístico y financiero. La apertura
irrestricta de la economía, el endeudamiento irresponsable y la
desarticulación del Estado llevaron a una crisis social de consecuencias
imprevisibles. Es necesario seguir un camino inverso: mejorar la distribución
de ingresos, reactivar el mercado interno, establecer un sistema impositivo
más justo y fiable mediante una reforma tributaria progresiva,
disminuir los costos financieros y de servicios, y formular políticas
activas de empleo e inversión. Afianzar también la posición
competitiva del país apoyando y protegiendo su comercio exterior
y defendiendo el Mercosur, único camino para negociar con algún
éxito con los grandes bloques económicos mundiales. No debe
haber tabúes que impidan utilizar los principales instrumentos
de política económica y monetaria, atacados por el fundamentalismo
de mercado.
4. Las
tasas de crecimiento que harían posible retomar un círculo
virtuoso de desarrollo tienen que ver con las opciones estratégicas.
Porque hay que recordar que a principios de la década de los ´90
el país creció a altas tasas, sin que esto significara ni
el fin del endeudamiento ni mayores condiciones de bienestar para la población.
El incremento de la deuda externa ha sido una responsabilidad compartida
entre deudores (intereses privados o gobiernos) y acreedores (incluyendo
los organismos financieros internacionales) en el marco de políticas
que antepusieron los enfoques monetarios y financieros por encima de los
productivos, y los negocios particulares vía fuga de capitales
a las necesidades del país. Además, históricamente
se observa que los recursos transferidos al exterior (por intereses, amortizaciones,
utilidades o servicios financieros) terminan siempre superando holgadamente
a los capitales recibidos.
5. La
deuda se ha tornado efectivamente impagable. Sin embargo, este hecho fortalece
la posición de la Argentina para encarar una renegociación
que incluya la reprogramación de los vencimientos de los próximos
años, la reducción de tasas y una condonación parcial
del capital adeudado, lo que permitiría descomprimir las tensiones
económicas internas y liberaría recursos para estimular
la reactivación. También es preciso buscar una mayor apertura
de los mercados que compran productos tradicionales argentinos, lo que
aumentaría notoriamente nuestra capacidad de pago. Esto debería
acompañarse con un control de los flujos de capitales externos,
altamente volátiles, y un mejor aprovechamiento del ahorro interno,
favoreciendo la inversión productiva por encima de la financiera
o la especulativa.
* Licenciado
en Economía de la UBA y doctor en Historia de la Universidad de París
I-Sorbona. |
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| (*) La diferencia entre la necesidad neta de financiamiento (la bruta menos los ingresos por inversión directa extranjera y en cartera de acciones) y el incremento de la deuda externa bruta se aproxima a los US$ 5.800 millones y se origina en la existencia de diferencias de valuación, en errores y omisiones en la elaboración del balance de pagos, y en la presencia de algunos ingresos de capital que no son inversión directa ni representan nueva deuda. |