A fines del siglo XIX, los antepasados de la computadora inspiraban ficciones futuristas de todo tenor. Desde una sociedad de gente ociosa y robots amistosos hasta mundos apocalípticos donde sólo había inteligencias artificiales o, a veces, quedaba apenas una, vasta y cósmica. A principios del siglo XXI, el tema circula por carriles menos fantasiosos, pero tan interesantes como los debates al respecto.
“El problema es simple. Como la gente no es lo bastante lista, se precisan máquinas”. En palabras de Marvin Minsky, ésta es la postura más radicalmente favorable a la cibernética. Se explica: al “gurú” se lo conoce como “padre de la inteligencia artificial” y, de hecho, es quien acuñó el término artificial intelligence (AI, en castellano IA).
En disidencia con Minsky y su adalid Nicholas Negroponte, Leslie Pack Kaelbling sostiene que esa utopía dista de haber cristalizado, aunque no la tache de imposible. Sucede que Kaelbling es codirector del laboratorio de IA que funciona en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde Minsky ocupa la cátedra Toshiba en técnicas de comunicación. Por hoy, el temperamento relativizante tiende a imponerse en el mundo científico.
No obstante, Minsky insiste en las probabilidades de desarrollar máquinas que puedan superar al cerebro humano: “Si se asignan recursos y personas a la altura del tema, que lo aborden a partir de planteos correctos”. El autor de varios libros y monografías sobre IA recomienda, pues, dejar de lado redes neurales, lógica matemática y algoritmos para enfocarse en diseñar cíberes capaces de razonar con sentido común.
Sin embargo, difícil no es sinónimo de imposible. En la actualidad, las computadoras ya hacen cosas tan notables entre ellas, manejar instrumentos financieros prodigiosos como para imaginar una fusión entre inteligencia artificial y humana. Este futurible, claro, no prevé que la IA cumpla todas las funciones del cerebro orgánico. Por ejemplo, en el AT&T Lab (Cambridge, Inglaterra) los científicos tratan de diseñar un ordenador que sea “consciente” de su entorno, “sepa” dónde ubicar dispositivos o personas y determine las necesidades de éstas.
Computación perceptiva
El proyecto se denomina sentient computing algo así como
“computación sensible o perceptiva” y su meta final es desarrollar “cursores
vivientes”, capaces de activar por mera presencia computadoras y otros sistemas
inteligentes. Ello implicaría reaccionar a gestos, actitudes y expresiones
faciales mediante funciones emplazadas dentro del ordenador (no un mero software
externo) y sistemas ajustables a usuarios.
Menos fantásticos pero, probablemente, más útiles son los dispositivos hápticos (en griego, táctiles), incorporables a las interfaces. Ya existen aplicaciones comerciales empleadas para diseños computados, modelos tridimensionales y terminales individuales. En un plano más interesante, estas tecnologías se usan en herramientas para instrucción, tratamientos e implantes médicos (a veces, en combinación con nanotecnologías).
Entre Minsky y Kaelbling, siempre en el MIT, aparecen Steven Pinker y su libro How the mind works (1997; hay traducción castellana). Jefe del Departamento de Neurociencia Cognitiva, Pinker define la mente humana como “un ordenador que ha tenido algunos millones de años para evolucionar”.
Al margen de polémicas, muchos expertos en IA de primera línea comparten un objetivo prioritario: mejorar el reconocimiento y la sintetización de voces. Al respecto, Microsoft viene trabajando en un programa identificatorio multimodal, capaz de ejecutar en secuencia lógica una serie de tareas iniciada en una orden vocal. Por su parte, el centro de Cambridge está por poner en el mercado un software de reconocimiento y síntesis tan avanzado que tornará muy difícil diferenciar entre una voz artificial y su original humano.
“La IA está en vísperas de progresos extraordinarios, pero advierte el propio MIT vía www.mit.edu los robots están muy lejos de copar el mundo”. Mientras tanto, la creación de máquinas con aptitud de procesar ultravelozmente complejos sistemas de ecuaciones o adoptar decisiones financieras globales seguirá planteando incógnitas sobre qué es inteligencia.
