Quienes creen que no habrá algún acuerdo con el FMI, son muy pocos. La mayoría de los dirigentes, empresarios y funcionarios tiene certeza de que algún tipo de acuerdo se logrará. El problema de fondo es cuánto se tardará, en qué situación encontrará al país cuando ello ocurra, y quién será entonces el ministro de Economía o el Presidente.
Éste es un tema central: el FMI no mostrará siquiera buenas intenciones hasta que se remuevan una cantidad de obstáculos claramente explicitados. Por ejemplo, la clarificación definitiva de la relación nación-provincias (y la desaparición de los bonos provinciales); la modificación realista del presupuesto; la eliminación de la ley de subversión económica, herencia de la dictadura militar de los años ´70; fin de excepciones impositivas, etcétera.
Cuando todos estos reclamos estén satisfechos, es posible que aparezca un nuevo listado de exigencias, en una carrera de obstáculos que parece interminable. Del mismo modo que Remes Lenicov explica que necesita tiempo para avanzar en este camino, el equipo de Anoop Singh está dispuesto a concederlo sin mover, mientras tanto, el dedo meñique (ver la actuación de Singh en Indonesia, en página 11).
Lo que está claro es que el modesto acuerdo que se puede lograr con el FMI, no significará desembolso de dinero (otorgarán, posiblemente, justo lo que la Argentina debe repagar a los organismos multilaterales de crédito durante este año) y no pasará de ser un mero asiento contable. Su importancia radica en cambio, en que permitirá gatillar otras ayudas más efectivas, como las del Banco Mundial, del BID, y tal vez la de algunos países europeos y hasta latinoamericanos.
Definitivamente ello no ocurrirá “a fines de abril” como pretendía el gobierno, y tampoco en mayo. Es más realista pensar en un lapso de cuatro a seis meses. ¿Qué puede ocurrir mientras tanto?
Lo que se está desarrollando en estos días es la batalla del dólar. O de establecer una paridad cambiaria que aliente el equilibrio. El Banco Central ha dado indicios de que está dispuesto a librar combate sin tregua y sin piedad. Para ello cuenta con dos herramientas sustanciales: reservas del orden de US$ 13.000 millones y el seguro aporte de otros US$ 10.000 millones que provendrán del superávit estimado para este año en la balanza comercial.
Un paso fuerte en esa estrategia fue obligar a los bancos a vender los dólares que excedan 5% de la responsabilidad patrimonial de cada entidad. La medida fue duramente resistida por los bancos, pero finalmente el Central ganó la pulseada. Por otra parte, entramos en la etapa del año donde los exportadores deberán inexorablemente liquidar sus ventas externas. El segundo trimestre es, históricamente, cuando se intensifica este proceso.
Aunque la apariencia indique lo contrario, tal vez el costado cambiario sea favorable al gobierno en el corto plazo: podría cesar por momentos su intervención para enfriar el mercado o incluso podría hacer compras adicionales de divisa para enfrentar, mejor equipado, un nuevo ataque especulativo.
Sin embargo, el mismo titular del Central, Mario Blejer, que tanto cultiva la prudencia, dijo dos cosas muy significativas: la primera, que si la cotización del dólar llega a $ 2,80, podríamos correr el riesgo de una hiperinflación. Más importante todavía, en ese caso aclaró hará falta un plan de gobierno distinto al actual.
Los tres escenarios
Asumiendo que la negociación con el Fondo será prolongada, hay tres posibilidades que se ofrecen al análisis.
La primera, es que un alza importante en la paridad cambiaria, dispare un proceso hiperinflacionario, con la indexación total o parcial del gasto público. Si así ocurriera, éste o el gobierno que lo reemplace, podría verse obligado a buscar una nueva fórmula de convertibilidad a una tasa acorde con las expectativas del mercado. Más allá del temor que provoca la sola mención de la palabra, no parece muy posible que haya hiperinflación. Hay que tener en cuenta que desde la devaluación, el valor del dólar aumentó en por lo menos 150%, mientras que el incremento de precios ha sido de 10%. En otro contexto y otras circunstancias, se diría que fue todo un éxito.
La situación es absolutamente distinta a otras etapas históricas del país. Estamos en el cuarto año de una recesión persistente e ininterrumpida. Con lo cual el verdadero riesgo es la hiperpobreza, algo que será muy duro de soportar y que dejará inevitables secuelas sociales durante décadas.
La segunda hipótesis es que, para evitar el descontrol, las autoridades apelen a cualquier recurso. Serán todo lo ortodoxas que puedan en el terreno fiscal y en el monetario, pero serán, simultáneamente, todo lo intervencionistas que haga falta para que los precios no salten el corral.
Duhalde parece tener una sola cosa en claro: con o sin el FMI, él debe llegar a septiembre del 2003. Aunque haya que tomar las medidas más impopulares. Si logra mantener la paridad cambiaria en un nivel aceptable, lo mismo que el índice inflacionario, entonces aunque haya todavía más pobres y desempleados será posible entregar un país más ordenado a un sucesor constitucional. Su imagen personal podría sufrir un enorme deterioro, pero con una perspectiva histórica a la que cada día parece más resignado será visto como el hombre que hizo lo necesario en el momento adecuado.
Llegado a este punto, podría iniciar un movimiento ofensivo original: contactar a todos los acreedores de la deuda externa y ofrecerles el rescate de los títulos a 25% de su valor nominal. No cabe duda que habría un movimiento piquetero incesante de los acreedores, pero esta vez sobre el FMI y los principales gobiernos, para que aflojen la bolsa y ayuden a encontrar una mejor solución.
En cuanto a la tercera alternativa, es que la ayuda del Fondo llegue antes de lo pensado o cuando el deterioro no se haya profundizado lo suficiente. Si así ocurriera, además de los cambios institucionales y de reformas que propicia el Fondo, se podrían fortalecer las reservas del Central, controlar el valor de la divisa y el ritmo inflacionario, y además, iniciar de verdad políticas de reactivación económica, aunque obtengan módicos resultados.
El caso es que todavía no tenemos respuesta para la principal pregunta surgida tras la devaluación: ¿quieren los argentinos ahorrar en pesos?; ¿lo harán sólo si reciben un premio tan alto que torne imposible el diseño de una política monetaria racional?. Este interrogante no depende de la ayuda del FMI. Y esa es una de las principales razones por las que el Fondo duda. Una vez más, sus funcionarios tienen miedo de financiar la sobrevida de una moneda que, quizá, ya esté muerta.
Si las turbulencias ceden aunque más no sea momentáneamente, será posible pensar en los problemas estructurales que habrá que superar para que la economía vuelva a crecer. Uno de los principales es el carácter cerrado de la estructura productiva argentina. Se exporta poco y se importa poco. Que se exporte poco en un país altamente endeudado limita la expansión económica porque no se generan los dólares necesarios para pagar las importaciones de insumos y bienes de capital necesarios para el crecimiento y al mismo tiempo pagar los intereses de la deuda externa.
El informe de Anoop Singh
Como se han ocupado de explicar prolijamente en Washington, la misión del FMI que visitó el país, no era una misión. Apenas una avanzada para recolectar información básica. En breve se decidirá si se envía una misión, de verdad, para explorar una negociación.
¿Qué vieron los funcionarios del Fondo? Un acuerdo con las provincias, que más parece un parche que una solución. El acuerdo con las provincias dejó interrogantes sin contestar. ¿Qué incentivo tienen los gobernadores para reducir los desequilibrios fiscales de sus jurisdicciones cuando ha quedado la puerta abierta para emitir bonos?; ¿ha sido un buen negocio para las autoridades nacionales eliminar el piso de coparticipación justamente en el año en que la inflación va a mejorar la recaudación aun cuando la recesión se prolongue? En suma, si el dichoso acuerdo no conformó ni a Remes Lenicov, mucho menos lo hizo con los visitantes del FMI.
En cuanto a la aprobación del presupuesto, ocurre algo parecido. Ya han empezado las correcciones, que serán constantes a lo largo del año. El déficit acumulado del primer cuatrimeste posiblemente sea igual al previsto para todo el año. Lo que la gente de Singh advirtió es que falta computar la nueva deuda pública generada por la pesificación y el programa de liberación gradual del corralito. Cuando ello ocurra, la Argentina estará mostrando indicadores Deuda/PBI muy elevados, quizá 75%.
Como un avance, en tanto, registraron los visitantes algunas medidas consideradas positivas. Por ejemplo, la fijación de retenciones generales a las exportaciones, más aún en el contexto de una creciente rebelión fiscal de los contribuyentes. En lo que se refiere al sistema financiero, tomaron nota que el gobierno está logrando algún tipo de solución cierto que costosa en términos de credibilidad pública para el corralito. El cierre de la opción para convertir parcialmente los depósitos reprogramados a cajas de ahorro y cuentas corrientes y la definición de los bonos ofrecidos a los ahorristas afectados son elementos importantes que permiten identificar cómo evolucionará el sistema en el futuro. Asimismo, las autoridades y los bancos acordaron el mecanismo para compensar las pérdidas bancarias, con la emisión de dos nuevos bonos públicos. En el contexto de una economía completamente desorganizada y deprimida, esos avances no son poco.
Un flanco débil en cambio es la emisión monetaria endógena que produce el sistema financiero con sus filtraciones. Después de las últimas medidas y suponiendo que 50% de los ahorristas elige el Plan Bonus (la nueva versión del Plan Bonex) quedarán algo más de $ 28.000 millones en cuentas corrientes y cajas de ahorro. Si a esa suma se le agregan los depósitos reprogramados en pesos que vencen durante el 2002, se acumulan $ 35.000 millones. Esa es la emisión potencial proveniente del corralito. Desde luego que esa emisión sólo se realizará si hay una profunda crisis de confianza que acelere la fuga y si esa fuga es financiada con redescuentos y pases activos del Central. Por el momento, esto está ocurriendo a una velocidad moderada, en un proceso que no se detiene y presiona sobre el mercado cambiario.
Podría existir, en todo caso, una posibilidad apenas entrevista. Se acerca una oportunidad para coordinar las políticas monetarias de la Argentina y Brasil. Dicha coordinación era sólo una expresión de deseos mientras la Argentina permanecía en el régimen de convertibilidad. Pero ahora la cuestión es distinta. No sería totalmente sorprendente que después de un módico arreglo con el FMI se conforme un Consejo Monetario del Mercosur con la participación de los presidentes de los bancos centrales. Naturalmente, el destino final de ese proyecto es la moneda única. Pero no sólo eso. También el inicio de una negociación comercial con Estados Unidos más seria que todo lo que se ha hecho hasta el momento. Es obvio que nada de esto entusiasma demasiado a Washington.
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