miércoles, 29 de abril de 2026

    Qwest y Andersen, una historia amarilla

    “A la luz del descalabro financiero en serie que encarna Enron y los graves aprietos de sus antiguos auditores, Arthur Andersen LLC, podría pensarse que ­ahora­ las empresas buscarían la mayor asepsia posible en materia de normas y estados contables. Pero, a lo mejor, no es así: basta fijarse en Qwest Communications International…”


    Con ese tono se inicia un artículo de Christopher Byron en el último número de la revista Red herring. El analista, en realidad, quería averiguar si Qwest había pasado ingresos percibidos en enero del 2001 al balance cerrado en diciembre del 2000. Y se lo preguntó a la firma. Al parecer, la compañía pudo haber hecho algo así al contabilizar su negocio de guías telefónicas, según se desprende del balances presentados ante accionistas y la Securities & Exchange Commission (SEC, Comisión Federal de Valores).


    Byron trató denodadamente de llegar al CEO, Joseph Nacchio. Al chocar contra un muro de silencios y explicaciones fáciles, optó por dirigirse al estudio Andersen. Al cabo de un tiempo, llegó a una conclusión: “Sea lo que fuere, lo hecho por Qwest en su balance contaba con la aprobación de los auditores externos. Si lo que gente de Qwest me contó en privado es verdad, la empresa ha estado inflando ingresos originados en las guías como parte de una operación para maquillar números, frente a la creciente depresión del sector telecomunicaciones”.


    Pero ¿cuál es el contexto histórico que llevó a eso? En ciertos aspectos, el mismo que trasuntan Enron, Global Crossing y otros. Allá por los años ´80, Qwest empezó como subsidiaria para fibra óptica del Southern Pacific Railroad. El hombre clave era Philip Anschütz, que había comprado el ferrocarril en una operación apalancada, usando un oscuro ramal de su propiedad, el Denver & Río Grande Western. En enero de 1997, el alemán contrató a Nacchio, que había dirigido las divisiones atención a abonados y larga distancia de AT&T. A mediados de ese año se hizo la oferta pública inicial (OPI) de acciones y se valorizó a US$ 22 cada una.


    Esto coincidió con el principio del auge bursátil de la fibra óptica. En los años siguientes, la acción Qwest alcanzaría US$ 200. Mientras, otras OPI se acumulaban; Level 3 Communications y Global Crossing entre ellas. Cuando Qwest era estrella, Anschütz y Nacchio salieron de compras y, a mediados de 1999, pagaron cerca de US$ 37.000 millones por la toma hostil de US West. Pocos meses después, en marzo de 2000, la industria de telecomunicación íntegra empezó a desinflarse junto con las punto com. A fines de febrero del 2002, la acción Qwest no valía más de US$ 12.


    Al apartar los escombros (fines del 2000), el mayor impacto negativo dentro de la compañía era la operación con fibra óptica. Los precios de banda ancha se habían hecho polvo y el exceso de capacidad ociosa era increíble alrededor del mundo. Ello significaba que la división US West pasaba a ser clave, por su flujo de caja y las ganancias del negocio con guías telefónicas.


    Así las cosas, se acercaba el cierre del año y empezaron las presiones sobre el equipo de la sección páginas amarillas. Debían cumplir metas de venta absolutamente irreales, aunque para ello debieran “manipular el cronograma de publicación”. De ese modo, guías que originalmente salían en enero de cada año fueron adelantadas algunas semanas para “meterlas” en diciembre. Por consiguiente, los ingresos publicitarios respectivos podrían asentarse en el balance del 2000 y la empresa “cumpliría” su objetivo: 10% de aumento de entradas en ese segmento.


    Perfecto, ¿y los auditores? Muy bien, gracias. Andersen dejaba pasar en Qwest lo mismo que había dejado pasar en Sunbeam, otro cliente importante que entregaba mercadería a los distribuidores meses antes de que éstos la necesitasen. Claro, así podía registrar esos envíos como ventas efectuadas.


    Los líos en Qwest no acabarían allí. Hacia mediados del 2001, Morgan Stanley Dean Witter puso en tela de juicio las prácticas contables de la empresa. Un equipo de auditores ad hoc, por ejemplo, advirtió que los ingresos tendían a provenir de ventas por única vez, incluso licencias de largo plazo en banda ancha a otros prestadores de servicios, y cuestionó a sus colegas de Andersen. Ante eso, Nacchio dijo que los analistas no sabían nada de contabilidad. Pero, entretanto, él y Anchütz estaban desprendiéndose de acciones: el primero vendió privadamente US$ 181 millones y el segundo 400 millones, ambos en el 2001.


    Muchas de las ventas se hicieron a dos o tres veces el valor de mercado e involucraron opciones de cobertura muy riesgosas. Derivados, en realidad. Ahora, la SEC y el FBI están revisando libros, documentos y registros, mientras Qwest afronta una crisis similar a la que generó el concurso de Global Crossing. Esto no contribuye justamente a mejorar la imagen ni la suerte del estudio auditor.