La inflación cercana a cero del mes de octubre es, sin exagerar, un
hito histórico para la Argentina. Pero a diferencia de lo que surge del
discurso oficial su importancia no reside sólo en que el riesgo hiperinflacionario
ha quedado atrás sino también en que, si no ocurre algo nuevo,
el tipo de cambio real se está estabilizando en un nivel extraordinariamente
alto y, por lo tanto, el salario real en un nivel extraordinariamente bajo.
Un indicador aproximado al tipo de cambio real es el precio relativo entre
los bienes comercializables (representados por los precios mayoristas) y los
bienes y servicios no comercializables (representados por el índice de
precios al consumidor). Dicho precio relativo parece estar convergiendo hacia
un valor cercano a 60% por encima del nivel previo a la masiva devaluación
ocurrida entre enero y junio. ¿Estamos ante un nuevo patrón estructural?
Aunque es prematuro extraer conclusiones definitivas acerca de esta tendencia,
conviene seguirla de cerca, porque tal como va, está dibujando un país
distinto.
Que los salarios reales estén extraordinariamente bajos depende de
que los salarios nominales casi no se han movido durante el crítico 2002.
Los ciclos de depreciación y apreciación de la moneda doméstica
y de caídas y alzas de los salarios reales que caracterizaron por largas
décadas a la economía argentina parecen haber quedado atrás:
la recesión está disciplinando a los formadores de precios y el
desempleo está disciplinando a los trabajadores. En otras palabras, el
conflicto distributivo se ha alejado del centro de la escena social. ¿Es
ésa una buena noticia?
Ahora que las aguas están bajando después de la tormenta puede
verse que la brecha entre ricos y pobres se ha ensanchado sin que se perciba
una probabilidad importante de una vuelta atrás en plazos cortos. Éste
es, en sí mismo, un problema grave. En cierta dimensión constituye,
además, un problema operativo: tanto el gobierno actual como los que
vendrán estarán obligados a atender con políticas asistenciales
a los sectores más empobrecidos de la sociedad, pero lo tienen que hacer
en un escenario de gran fragilidad fiscal. Para que esto no se convierta en
la cuadratura del círculo habrá que mejorar las cuentas públicas.
