martes, 2 de junio de 2026

    Pagar o no pagar, ¿hizo bien o mal Lavagna?

    El ministro de Economía de la Argentina se maneja con un modelo simple:
    la prioridad en una crisis como la actual es que el Banco Central acumule una
    masa crítica de reservas internacionales protegidas por un severo control
    de cambios que muchos agentes económicos ­sobre todo bancos y exportadores­
    viven como si se tratara de un campo de concentración. Esas reservas
    constituyen el poder de fuego que dispone para luchar contra expectativas adversas.
    Por eso, cuando comprendió que el acuerdo con el FMI era todavía
    incierto, tomó la decisión de no regalar municiones. En algo tiene
    razón: los casi US$ 10.000 millones de reservas al tipo de cambio vigente
    sirven para darle batalla a un ataque especulativo.


    Esa cifra representa el doble de la circulación monetaria, 130% de la totalidad de los pasivos monetarios del Banco Central (el agregado que se seguía tan de cerca en la era de la convertibilidad), 80% del dinero en poder del público, más los depósitos a la vista, y casi 50% de los activos financieros de la economía, incluyendo tanto los depósitos de libre disponibilidad como aquellos que todavía permanecen indisponibles.

    A ello hay que agregar los efectos de la todavía incipiente política
    monetaria: la tasa de interés para plazos relativamente largos es, si
    se toma en cuenta el contexto internacional, muy atractiva. Una comparación
    elemental es, en ese sentido, reveladora: un mes de tasa en la Argentina es
    equivalente a dos años de tasa en Estados Unidos.


    En un escenario como el descripto, la probabilidad de mantener estable el tipo de cambio no es desdeñable y, en opinión del ministro, va a contrapesar el impacto sobre las expectativas de haber incurrido en atrasos con los organismos multilaterales de crédito. Si la estrategia de Lavagna es de naturaleza minimalista ­preservar la calma en los mercados financieros y cambiarios­, tiene una oportunidad.


    Los críticos más duros del ministro argumentan, precisamente, que su estrategia tiene patas cortas. Por más sólido que parezca el cerrojo cambiario, si ahorristas, banqueros y exportadores quieren cubrirse del riesgo terminarán haciéndolo: el gobierno venderá 20 millones de reservas diarias, luego 50 y más tarde 100. En algún momento se desatará el pánico y la muralla del control de cambios se agrietará.


    El tipo de cambio libre terminará aumentando lo suficiente como para que los precios acaben formándose de acuerdo con esa señal, y la inflación se acelerará. Pero hay una crítica menos catastrófica.


    Se sostiene que el gobierno, aun cuando pueda mantener la estabilidad cambiaria, no resuelve problemas de fondo: más aún, los estaría agravando. La negociación con los acreedores privados está pendiente, el superávit primario requerido para que esa negociación funcione ­algo así como 4% del PBI­ está lejos de alcanzarse y la insolvencia del sistema financiero es barrida debajo de la alfombra.


    A todo ello se agrega ahora el incumplimiento con el Banco Mundial, cuya consecuencia es la acumulación de vencimientos para después de la asunción del nuevo presidente. Al parecer, Lavagna estaría invirtiendo en su propio capital político pero a costa del futuro, y de un futuro no muy lejano. El interrogante político que se deriva es: ¿qué candidato justicialista aceptará que la política económica se mantenga en el rumbo actual y cargar consecuentemente con la hipoteca?