lunes, 1 de junio de 2026

    “Confundimos la reforma del Estado con su desaparición”

    ¿Es verdad que la convertibilidad resultó tan perversa como se ha dicho
    en distintos foros? ¿Por qué no se habló de esa perversión durante los 11 años
    que estuvo vigente?

    La convertibilidad tuvo dos etapas. En principio, fue un instrumento inteligente
    para salir de la hiperinflación; pero tendría que haber sido solamente eso:
    un arma de transición para lograr la estabilidad. El problema sobrevino cuando,
    en vez de un instrumento transitorio, hicimos de la convertibilidad una política
    permanente. Por eso es obvio que hubiese sido bastante deseable producir la
    salida de la convertibilidad en la segunda mitad de la década de 1990. Las razones
    por las cuales no se salió estuvieron relacionadas con la trampa que siempre
    tienen los cambios fijos. Resulta más fácil salir en las buenas épocas pero,
    en esos momentos, cuando se le dice a un presidente que hay que abandonar un
    esquema de tipo de cambio fijo, ese presidente preguntará por qué debe crearse
    un dolor de cabeza que aún no tiene.

    ¿Todo se redujo a razones políticas, entonces?
    Claro. Los incentivos estaban planteados. Si todo iba bien hasta la primera
    mitad de la década, ¿para qué cambiar? Y si hay que esperar que las cosas anden
    mal, entonces es más difícil salir. Eso establece una tendencia por la cual
    es mejor meter la basura debajo de la alfombra, que fue lo que pasó en la Argentina
    desde 1997 en adelante. En consecuencia, y como suele suceder con las políticas
    de cambio fijo, salimos tarde y mal, después de cuatro años con una depresión
    terrible.

    ¿Cómo se evita caer nuevamente en una trampa de inflación, con soluciones
    basadas en un tipo de cambio fijo o convertibilidad y posterior devaluación
    y aumento del dólar, dando lugar a un ciclo que se ha repetido varias veces
    en la Argentina?

    La cuestión no pasa por evitar los ciclos económicos inherentes al capitalimo
    sino que descansa en evitar los péndulos en los que siempre caemos los argentinos,
    péndulos en los que hay debacles cada cinco o 10 años. Creo que la manera de
    evitar esto es tener una política de tipo de cambio flotante, con un Banco Central
    independiente y metas de inflación.

    ¿La flotación debe ser libre o sucia?
    Debe ser con tipo de cambio flotante, sólo con intervenciones para evitar volatilidades
    muy grandes en las que cualquier inconsistencia en la política macroeconómica
    tenga un respiro a través del tipo de cambio flotante. Y no, como dije antes,
    esconder la basura debajo de la alfombra porque de esta manera se van acumulando
    presiones que finalmente explotan. Y ésta es la historia de la convertibilidad,
    como ha sido la historia en muchos países del mundo en distintos momentos históricos.

    ¿Cuáles son las herramientas a las que usted se refiere para evitar los
    shocks externos como los que ha sufrido la Argentina en los últimos siete años,
    desde el Efecto Tequila hasta hoy?

    No se pueden evitar los shocks. Se deben tener instrumentos para poder absorberlos
    y suavizarlos. En materia de política cambiaria, justamente, se trata de tener
    ambas cosas: el tipo de cambio y la política monetaria. Para dar un ejemplo
    típico: si cae violentamente el precio de los commodities que produce la Argentina,
    lo natural es que en ese momento el tipo de cambio vaya a depreciarse para que
    la rentabilidad de los ingresos de los sectores transables no se vea tan afectada.
    Por eso el tipo de cambio es un instrumento importante. La política monetaria
    también lo es. Es importante que sea independiente para combatir el ciclo económico.

    ¿Y en materia de política fiscal?
    En lo fiscal es muy importante y ésta es una lección que quedó de la década
    de los 90, tener una política fiscal anticíclica. Esto significa que se debe
    tener una política que pueda utilizarse para acumular un superávit mayor en
    los años de expansión, para poderlo utilizar contracíclicamente en épocas de
    recesión. De esta manera, se tienen instrumentos monetarios, cambiarios y fiscales.
    Creo que esto es elemental para poder convivir en un mundo tan complicado, que
    permanentemente nos genera sorpresas y malas noticias.

    Con vistas al próximo gobierno, es posible percibir un reclamo casi general
    con respecto a una mayor intervención del Estado, luego de su deserción durante
    los años 90. ¿Cómo debería ser ese retorno a lo estatal en el plano económico,
    para no caer en viejos errores y trabajar junto al sector privado?

    En la Argentina, y fue un problema de la década pasada, hemos confundido, lamentablemente,
    la reforma del Estado con la desaparición del Estado. Esta institución tiene
    un rol clave en la economía. En primer lugar, debe proveer lo que se llaman
    bienes públicos, como educación, salud, seguridad y justicia. Esos son roles
    inherentes al Estado. Por lo tanto, cuando se habla de reforma del Estado lo
    que se debe tener en cuenta es cuáles son las maneras en que el Estado puede
    hacer más eficiente la provisión de bienes públicos, lo cual no necesariamente
    quiere decir que tenemos que reducir el Estado. Desde el punto de vista de la
    política económica, está claro que hay un rol del Estado. Creo que un país en
    el que hay 23% de desempleo necesariamente requiere estimular con urgencia a
    las industrias que tienen más capacidad de generar empleo, como infraestructura,
    construcción y vivienda. Son sectores de mano de obra intensiva, con rápido
    poder de reactivación. Esto es algo que veo como una obligación del Estado.

    ¿En qué otros terrenos debería incursionar el Estado?
    Hay una política que el Estado argentino olvidó durante los 90. Hay que negociar
    el acceso a cada mercado internacional que nos interesa. Para poner un ejemplo:
    la Argentina entró en un plan muy ambicioso de privatizaciones durante la primera
    mitad de los 90. Esto conllevó una fortísima inversión extranjera de muchos
    países, a los cuales, a cambio de haberles otorgado el rol de invertir, expandirse
    y entrar en sistemas estratégicos del país, deberíamos haberles solicitado que
    nos abran sus mercados. Eso no se hizo en ningún momento, dando lugar a típicos
    errores en los cuales se percibe la ausencia del Estado.

    ¿Cree que el origen de estos problemas estuvo en problemas administrativos
    que debían haberse ajustado entre los ministerios de Economía y Relaciones Exteriores?

    Es que no están claros los roles de interacción entre el sector público y el
    privado. Esto para un país como la Argentina es esencial. El nuestro es un país
    en desarrollo, no es un país desarrollado todavía. Por lo tanto, hay áreas clave
    donde el rol del Estado también lo es. Para dar otro ejemplo, cito a la banca
    pública, la tan denostada banca oficial de la Argentina. Si uno retrocede en
    el tiempo y recaba en el momento en que el presidente Carlos Pellegrini crea
    en 1891 el Banco de la Nación Argentina, se observa que el sentido de la creación
    de la entidad era clarísimo: debía cubrir las falencias del mercado. Hay segmentos
    a los que el sector privado no llega o no tiene interés en hacerlo. Entonces
    ese papel lo tiene que desempeñar el Estado. En el caso de la Argentina, todo
    lo relacionado con las economías regionales o las Pymes, lo vimos en los 90,
    fue muy descuidado por la banca privada. Allí hay un rol para el Estado. Por
    supuesto, esto implica que, para que ese rol sea eficiente, los bancos oficiales
    tienen que estar concentrados en esas áreas y no en otras. Y con mucha transparencia.

    Varios economistas aspiran a que la Argentina pueda exportar en 2010 de
    US$ 70.000 a US$ 80.000 millones, más de 100% de los casi US$ 30.000 millones
    actuales. ¿Cómo puede el Estado hacer valer su peso para llegar a este objetivo?

    Agrego que podemos estar arriba de esas cifras. Es importante, y también dentro
    de las obligaciones de una política económica inteligente, no caer en ciclotimias
    en las cuales la paridad del tipo de cambio fluctúa violentamente. Hubo entrada
    de capitales al país con la apuesta a los países emergentes en los 90, o como
    la de los años 70 con los petrodólares, que derivó en la tablita de José Alfredo
    Martínez de Hoz. En esas ocasiones disfrutamos en el corto plazo de dólares
    financieros y nos olvidamos de los dólares comerciales y los de la inversión
    directa, a los que yo llamo más leales, más fieles. Entonces no hay que descuidar
    el tipo de cambio real para sostener una señal de precios transables que permanentemente
    mantenga en alza las exportaciones. Si eso se hace, con los potenciales que
    tiene la Argentina, creo que estamos en condiciones de superar esa meta de US$
    70.000 millones en 2010.

    El tipo de cambio actual [US$ 1- $ 3,50 aproximadamente, al cierre
    de esta edición] ¿es irreal?
    En términos reales, el tipo de cambio de la Argentina seguramente está debajo
    del actual. Lo que hoy son $ 3,50 por dólar, si se expresa en términos de diciembre
    de 2001, para tomar como referencia al 1 a 1, en términos reales es de un dólar
    a $ 2. Es algo así como 100% de paridad real más alta de la que había al final
    de la convertibilidad. Sospecho que esa paridad, de aquí a cuatro años, se acercará
    a un tipo de cambio de un dólar equivalente a $ 1,60. En términos reales tendremos
    un tipo de cambio de 60 a 70% más alto que el del 1 a 1.

    Usted afirmó que el mundo es hoy más hostil que en la década pasada. Además
    de las políticas necesarias para aliviar los shocks externos, ¿qué otras herramientas
    se necesitan para enfrentar esa hostilidad, con Estados Unidos ejerciendo su
    liderazgo y con China que ingresa en la Organización Mundial de Comercio?


    La Argentina debería priorizar el Mercosur, el acercamiento con Chile, para
    tener una posición más fuerte en un mundo más hostil y con vistas a las importantes
    negociaciones que vienen. Tenemos la inmensa tarea de tratar de abrir los mercados
    de Europa y de Estados Unidos a nuestra competitividad. Esto es parte de la
    agenda en este mundo hostil, que debe ser entendido como un mundo en el que
    todo se negocia. No tenemos que estar tan dispuestos a abrir todos nuestros
    mercados y sectores a países que no nos han respondido con los mismos instrumentos.
    En lo financiero también hay una sospecha, basada en una aversión al riesgo
    grande en los mercados de capitales, que hace difícil imaginar, por lo menos
    en los próximos dos o tres años, una vuelta fuerte de capitales hacia aquí.
    Es importante para tener en cuenta a la hora de renegociar nuestra deuda externa.
    Uno de los elementos esenciales en la negociación es el alargamiento de los
    plazos de los vencimientos de la deuda pública. Dudo que haya capitales voluntarios
    muy dispuestos a volver a los países emergentes. Y, por lo tanto, no nos podemos
    comprometer a repagar esa deuda en el corto plazo.

    Hay economistas que piensan que no es necesario acordar con el FMI. ¿Cuál
    es su opinión?

    Es deseable un acuerdo con los organismos multilaterales. Pero siempre que
    ese acuerdo esté cerca. Creo que lo que el Gobierno hizo correctamente hasta
    diciembre fue afirmar que no podía seguir pagando los vencimientos al Banco
    Mundial, al FMI o al Banco Interamericano de Desarrollo con la promesa de un
    acuerdo inminente. Porque así terminaremos aplicando todas nuestras reservas
    internacionales al repago a los organismos multilaterales. Y ya bastante insólito
    es en la historia mundial que un país como la Argentina, en el año de su peor
    crisis económica y social, le haya pagado nada más y nada menos que US$ 4.500
    millones netos a los organismos multilaterales. Es un contrasentido si uno recuerda
    cuál fue el origen del FMI en la década de los 40, que era justamente ayudar
    a los países en crisis.

    Siempre que se piensa un proyecto de país se afirma que la Argentina tiene
    todos los recursos, sin embargo, las crisis son recurrentes. ¿Qué es lo que
    falta?

    Estamos aprendiendo y Dios quiera que hayamos entendido bien las lecciones
    de los últimos 10 o 12 años. Porque no hay política económica que pueda ser
    exitosa si, para serlo, requiere de una tasa de desempleo creciente. Esa es
    una lección importante. Y a esto me refiero cuando digo que hay que mirar permanentemente
    cómo está la integración regional y social a la hora de definir las políticas
    públicas. En un país como el nuestro, donde siempre nos hemos jactado de tener
    una clase media fuerte, de tener el mejor ingreso de los mercados emergentes,
    resulta patético ver a lo que hemos llegado. Y estamos así porque descuidamos,
    en nombre de entelequias, la visión y las prioridades que tenemos que tener.
    Ojalá hayamos aprendido la lección, lleguemos a un consenso desde donde estamos,
    y así poder acordar adónde ir y, desde allí, ejecutar esa visión. M