Faltan apenas siete semanas –si se cumple el calendario electoral que está
previsto– para que los argentinos intenten elegir un nuevo Presidente (aunque
inevitablemente habrá una segunda vuelta). Es extraordinario que además
de una constelación de candidatos que apenas pueden superar los dos dígitos
en las encuestas sobre intención de voto, no tengamos idea sobre el rumbo
que se le quiere dar a la nación, sobre el programa económico
que cada uno de ellos piensa aplicar, sobre con qué medidas alcanzaremos
crecimiento al par que honraremos nuestras deudas.
Así como durante diez años sostuvimos –contra toda evidencia–
que un dólar era igual a un peso, ahora padecemos de otro espejismo:
el tema de la deuda externa está resuelto. Como no la estamos pagando,
parece que no existe.
Sin embargo, más increíble todavía es que nadie parece
pensar que cuando llegue el día de votar, probablemente vivamos todos
en un mundo diferente. En un entorno tan horrible como una guerra que, más
allá de las armas convencionales, amenaza con echar mano al arsenal más
diabólico concebido por el poder destructivo del ser humano, incluyendo
hasta el posible uso de armas nucleares. Una guerra impulsada por una cruzada
contra el mal, pero que para la mayoría de las naciones espectadoras
simplemente huele a petróleo.
Todo será distinto en el planeta, porque la primera potencia mundial
aplicará por primera vez la doctrina del ataque preventivo, como si Estados
Unidos (o cualquier otro país) pudiera actuar con legitimidad al atacar
a una nación que no es una amenaza inmediata pero que podría serlo
en algún momento en el futuro. Todo el ordenamiento jurídico internacional
laboriosamente construido en torno a las Naciones Unidas puede caducar; y hasta
alianzas transatlánticas o transcontinentales que parecían inmutables
demostrarán una extrema fragilidad.
A pesar de ello, el debate sobre este singular escenario es, entre nosotros,
todavía más ausente o silencioso que el del destino de la nación.
Como si viviéramos en Marte, y la guerra del Medio Oriente y sus motivaciones,
los bombardeos y atrocidades, el terrorismo internacional que seguirá,
nos fueran totalmente ajenos y aptos solamente para consumirlos en los noticieros
de la televisión.
La Argentina tendrá que erguirse, en este angustioso contexto, en paladín
de la paz, promotor de las mejores iniciativas y ejercitar toda la paciencia
y la persuasión posible, bien para escapar a tiempo de la trampa, de
retroceder al borde del abismo, o bien para intentar contener el daño
si el conflicto ocurre de todas maneras.
Tal vez este ejercicio tenga la utilidad de darle a nuestra nación un
sentido de su misión y de su dirección hacia el futuro.
EE.UU., el mayor deudor mundial, va a la guerra
Estados Unidos es la única superpotencia mundial, hegemónica.
Sus fuerzas armadas tienen un poderío que ni siquiera el arsenal conjunto
de las 20 naciones que le siguen en el ranking armamentista, pueden igualarlo.
Extraña paradoja también: es simultáneamente el mayor deudor
mundial. El actual déficit de su cuenta corriente es 50% mayor que todo
su gasto en defensa (o por lo menos, que el gasto actual, y no el que se prevé
aumentar).
¿Hay motivos para preocuparse? Puede que sí, sostienen voces críticas
en el campo económico y político. Una importante y continua caída
en el valor del dólar, más la incapacidad para obtener recursos
para mantener un enorme déficit externo, pueden convertir a la situación
en insostenible y muy costosa.
Al ritmo previsto por el equipo de Bush, la deuda estadounidense puede pasar
de 20% del PBI a final de 2001, a 75% hacia el final de la década. El
déficit de cuenta corriente que hoy es de 5% del PBI, podría llegar
en igual lapso a 9%. Pero todavía no hemos considerado la hipótesis
de una guerra contra Irak que parece inevitable.
Un equipo de la Universidad de Yale calcula que el costo de este conflicto insumirá
una cifra que estará en algún punto entre US$ 50.000 millones
y US$ 140.000 millones. Eso nada más que para la primera etapa, ataque
y eliminación de toda resistencia. Pero los costos de una ocupación
de Irak y de mantener allí el control, demandará entre US$ 75.000
millones y
US$ 500.000 millones. La reconstrucción del país devastado (si
es que Estados Unidos cumple el compromiso asumido) puede significar entre US$
30.000 millones y US$ 105.000 millones, mientras que la asistencia humanitaria
se calcula entre US$ 1.000 millones y
US$ 10.000 millones. En síntesis, en el plazo de 10 años, los
costos totales de la intervención en Irak, oscilarán entre US$
156.000 millones y US$ 755.000 millones (seguramente más cerca de la
última que de la primera).
En la Guerra del Golfo de 1991, los aliados de Washington –especialmente
los países árabes protegidos– pagaron la mayor parte de la
cuenta. Esta vez, si Bush hijo decide ir solo, el total de la factura recaerá
sobre Estados Unidos.
Lo que pueda pasar, en ese caso, con la economía estadounidense dependerá
en buena medida de los países asiáticos. El año pasado,
el déficit de cuenta corriente de Estados Unidos fue de US$ 498.000 millones.
Los países del sudeste asiático tuvieron un superávit de
US$ 204.000 millones; y toda Europa Occidental, de US$ 115.000 millones (América
latina tuvo un déficit de US$ 15.000 millones).
En cuanto a las reservas en divisas mantenidas por los bancos centrales de todo
el mundo, hacia fines de 2002 eran de US$ 2,29 billones (millones de millones),
73% de ellas en dólares estadounidenses. De ese total, 58% estaba en
manos de países asiáticos (solamente Japón tiene casi 20%
del total).
En el campo militar, Estados Unidos no tiene rival y puede darse el lujo de
optar por el unilateralismo. Pero el escenario económico es multilateral.
No es un dato para subestimar.
Una espiral de corrupción
Lo más grave en la actual crisis del capitalismo no provino –como
se suponía– de su incapacidad para mantener un crecimiento sostenido
o de su impotencia para solucionar el problema general del desempleo, entre
otros factores citados. Se ha originado, en cambio, en un colapso ético,
representado por el cuestionamiento a los recientes fraudes y escándalos
y en una enorme falta de confianza en la transparencia del sistema por parte
de los inversionistas.
Casos paradigmáticos como el de Enron, World Com, Tyco, Arthur Andersen
y muchos otros, erosionaron durante todo el año pasado la tradicional
fe en los mercados de los países centrales. Las novedades de este año
profundizan la crisis.
Según la publicación Red Herring, los estadounidenses tienen unos
US$ 400.000 millones colocados off shore en fondos de riesgo fuera de todo control.
Según el semanario inglés The Economist unas 6.000 carteras ocultan
US$ 500.000 millones.
Los fondos de riesgo contienen futuros y opciones, cuya cobertura contingente
se instrumenta vía productos financieros llamados derivativos y sus contratos,
a su vez derivados. Se trata de una franja por demás volátil que
escapa a la supervisión de los grandes bancos centrales –los fondos
“residen” en plazas extraterritoriales–, ya que los derivados
llegan a generar “liquidez de aire” por hasta 40 veces el valor de
los activos de sustento.
El derrumbe más espectacular en este mercado data de 1998. La amplia
crisis sistémica iniciada en el sudeste asiático (1997) puso en
evidencia que Long-Term Capital Management (LTCM), el mayor fondo de cobertura
en ese momento, tenía capital por US$ 7.300 millones contra activos virtuales
por 270.000 millones. Como había mucha gente influyente involucrada,
la Reserva Federal armó un escandaloso rescate en septiembre de 1998.
Entre los directores de LTCM figuraban Robert Meron y Myron Scholes, premios
Nobel de Economía 1997.
¿Cuáles eran sus méritos? Los mismos que les valieron el
Nobel 1990 a Henry Markowitz, Merton Miller y William Sharpe. Ninguno de los
cinco es economista. Son matemáticos financieros que han desarrollado
complejos sistemas –más de 1.000 ecuaciones cada uno– que son
fuentes, a su vez, de los instrumentos derivativos.
Por esos inexplicables premios y varias otras irregularidades, Red Herring define
a los fondos de cobertura como “espirales de corrupción”. De
ahí que, según The Economist, “la Securities & Exchange
Commission (SEC) haya puesto en la mira estas carteras, sospechadas de lavar
dinero, inflar activos y otras formas de fraude”.
Entre tanto, para confirmar que en todas partes se cuecen habas, una comisión
parlamentaria argentina reveló la salida de US$ 42.000 millones en un
solo año (2001), vía transferencias fantasmas de ese tipo, habituales
en el Cono Sur. Su clave es una plaza tan especulativa, secreta y sin control
como Montevideo. Según una comisión parlamentaria, en 2001 las
remesas en divisas al exterior sumaron US$ 125.000 millones. Más de un
tercio (42.000 millones) no pudo ser identificado ni verificado y corresponde
a 67.065 operaciones sobre un total de 233.230. De acuerdo con fuentes legislativas,
la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) no pudo
reconocer ni convalidar un monto que orillaba 40% del PBI argentino en moneda
fuerte.
Polémica reducción impositiva de Bush
En versión completa, el segundo paquete de estímulos impositivos
propuesto por el gobierno de George W. Bush, implica US$ 670.000 millones en
10 años. Agregando US$ 1,35 billón (millón de millón)
aprobado en 2001, el total supera US$ 2,2 billones (igual a 20% del PBI estadounidense)
a lo largo de los próximos 12 años.
La propuesta busca aumentar ingresos reales para 96 millones de personas, promover
el gasto entre pequeñas y medianas empresas e inducir a que ahorristas
e inversores físicos vuelvan a comprar acciones y bonos. Todo ello debiera
elevar cotizaciones y revalorizar los fondos jubilatorios, víctimas de
tres años de retroceso bursátil y un año de crisis corporativas
que han licuado aportes de trabajadores y empleados.
El gobierno perderá US$ 2,2 billones de ingresos genuinos en aras de
su concepción ofertista. Dado que las rebajas tributarias y la supresión
de impuestos sobre dividendos beneficiarán a sectores de ingresos altos
y conglomerados, se supone que éstos volverán a dar empleo y pagarán
mejores sueldos. Por ello, los asesores económicos de la Casa Blanca
estiman que se crearán 2,1 millones de puestos en 2003-4, lo cual sobrecompensará
el 1,6 millón eliminado desde que empezó la recesión (marzo
de 2001). Aun así, la cifra equivaldría a sólo 8,8% de
los puestos creados durante los ocho años de William Clinton, que dejó
superávit fiscal al irse.
Bush admitió que urge “reactivar” una economía que,
durante el cuarto trimestre del año pasado, crecía apenas 1,5%
anual en términos de producto bruto interno (PBI). Todavía en
el quinquenio 1996-2000, ese ritmo no bajaba de 4% anual. A diferencia de la
gestión anterior, la actual propone que el Estado federal se prive este
mismo ejercicio (octubre 2002-septiembre 2003) de ingresos por US$ 75.000 millones,
mientras se prepara para otra guerra en el Golfo Pérsico (que podría
insumir unos US$ 200.000 millones este año y el próximo).
Diez años atrás, el presidente George W. H.
Bush (padre del actual) ganó la Guerra del Golfo tras haberse impuesto
en los comicios parlamentarios de medio término. Pero los efectos negativos
de su programa económico –de corte ofertista idéntico al
actual– lo dejaron sin reelección. Por otra parte, entonces la economía
no necesitaba los
US$ 1.400 millones diarios de inversiones externas directas (IED) que requiere
hoy para soportar el déficit en balanza de pagos (US$ 7 billones, casi
el PBI de la Unión Europea).
El senador John Corzine (demócrata de Nueva Jersey) sostiene que “eliminar
la tasa sobre dividendos, en vez de fomentar la actividad económica,
engrosará el déficit. Por otro lado, ya en la situación
actual sólo paga impuestos la mitad de las ganancias empresarias, por
defectos en la propia legislación”. En el ejercicio 2002 (octubre
2001 a septiembre pasado), el déficit alcanzó US$ 159.000 millones.
Para el corriente, la oficina presupuestaria del Congreso calcula US$ 145.000
millones, pero varias fuentes privadas lo estiman en US$ 180 a 200.000 millones.
La guerra no hace crecer la economía
Tal como lo confirman el presupuesto 2004 y las modificaciones al de 2003, Washington
aún cree que el gasto bélico es uno de los pocos recursos a mano
para estimular una economía real pesada. Pero hay datos que dicen lo
opuesto.
El presidente George W. Bush anunció el proyecto presupuestario para
el ejercicio 2004 (empieza en octubre), con gastos totales por US$ 2,23 billones
(4,1% sobre 2003). La partida más espectacular y sin parangón
es la de Defensa, con unos US$ 500.000 millones, clave de un déficit
que el Gobierno estima en US$ 307.000 millones y varios analistas privados elevan
a
US$ 350.000 millones.
Según la teoría convencional, las erogaciones militares debieran
estimular la economía del país, renuente a salir completamente
de la recesión de 2001. En verdad, Defensa aportó casi 2/3 del
modesto crecimiento (0,7%) del producto bruto interno en el cuarto trimestre
de 2002 (primero del año fiscal 2003). Por supuesto, los influyentes
contratistas de armamentos y sus aliados financieros son sus beneficiarios netos.
Pero, de acuerdo con un estudio de William Nordhaus (Yale), no es razonable
esperar que una guerra en Irak estimule la economía física como
lo supone el Gobierno. Por ahora, los expertos estiman en alrededor de US$ 100.000
millones los fondos que insumirá la invasión. Aunque impresionante,
el monto representa un centésimo del PBI actual (alrededor de US$ 10
billones). Además, los efectos negativos de una guerra –menor confianza
de los consumidores, plaza bursátil reticente, menos actitud inversora
de empresas y capitales–, junto a los de una ejecución fiscal muy
deficitaria y sus potenciales consecuencias vía futura alza de tasas,
desbordan aquellas ventajas.
Desde la segunda guerra mundial, el gasto bélico ha ido bajando como
factor influyente en el PBI y generando menos actividad rentable. Durante aquel
conflicto (1942-45, en el caso de Estados Unidos), ese rubro subió 41,4%
y el PBI lo hizo en 69,1%. En la guerra de Corea, la partida militar aumentó
8% y el PBI se expandió 10,5%, cifras que pasan a 1,9 y 9,7% en el caso
de Vietnam y a 0,3 y –1,4% en la primera guerra del Golfo. Como puede verse,
amén de pesar menos en la economía, los gastos militares fueron
dejando de estimular a la economía y, hacia 1990-1, tenían el
efecto contrario.
El anterior conflicto con Irak es ilustrativo porque –al revés de
ambas guerras mundiales, Corea y Vietnam– los gastos no se destinaron a
la gran industria bélica ni a su contraparte tecnológica (más
dependiente hoy del programa espacial). Esta vez, como entonces, no se comprarán
muchos aviones, barcos ni tanques, porque la lucha será contra fuerzas
armadas pequeñas, cuyo equipamiento no puede compararse siquiera con
los de Israel o Turquía. Al igual que 12 años atrás, se
usarán inventarios disponibles y se pedirán partes o repuestos
estrictamente necesarios. M
