jueves, 30 de abril de 2026

    Más allá de algún leve retroceso, el desempleo es un mal estructural

    Al cabo de 30 meses de recesión y, luego, estancamiento, Washington y
    Wall Street vuelven a anticipar el mismo repunte que no se dio a mediados o
    fines de 2001 ni a fin de 2002. En un contexto sostenido por el consumo personal
    (ventas minoristas, vivienda), una reacción en la demanda laboral sería
    perfecta. Por supuesto, si pudiese sostenerse por lo menos hasta marzo próximo.
    Igual que su padre, George W. Bush conduce una recuperación parcial,
    errática, sin correlato en el empleo: en dos años y medio, el
    sector privado eliminó 2,5 millones de puestos. La tasa de desocupación
    fue elevándose de 4,2 a 6,4% (el mayor nivel en nueve años) y,
    recién ahora, parece aflojar un poco. “Ha sido la contracción
    laboral más profunda desde la depresión posterior a 1929”,
    llegó a afirmar Lawrence Mishel, del Instituto para Políticas
    de Empleo (una usina liberal, en términos anglosajones).

    Ayer y hoy

    A primera vista, la persistencia del desempleo guarda semejanzas con lo sucedido
    en la primera posguerra iraquí (1991-2). “Pero –señala
    el analista británico Alan Beattie– las causas no son iguales. Por
    entonces, las empresas demoraron más de lo esperado en tomar o retomar
    gente pero, después, la demanda laboral anticipó la reactivación”.

    Ahora, aparece un factor que resta capacidad de generar empleo: “El aumento
    de productividad. Esto es, el rendimiento por hora trabajada, que avanzó
    más de 4% sólo en 2002”. Ello refleja un sistemático
    recorte de puestos, en casi todas las actividades, a su vez resultado de una
    moda gerencial –el downsizing– llevada al extremo. Con un agravante:
    en los últimos diez años, bienes, servicios y puestos laborales
    en grandes empresas han “emigrado” a otros países, generalmente
    en pos de menores costos.
    Algunos sospechan una “burbuja de productividad” paralela –desde
    mayo– a la burbuja especulativa. Pero ello significa que en Estados Unidos
    se despidió más personal de lo necesario. Entretanto, la economía
    repuntaba 1,4% anual en el primer trimestre, 2% en el segundo y tiende a 2,5%
    anual en el tercero. Otrora, los tres guarismos podían considerarse razonables,
    tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea.
    Pero, en la nueva coyuntura, el sector privado sabe que puede elevar producción
    con menos mano de obra. Aunque la innovación tecnológica no mantenga
    el ritmo de los ’90, hay serían probabilidades de que amplíe
    a toda la economía. Vale decir, que procesos, productos y servicios de
    vanguardia pasen a ser básicos o masivos.

    El factor Mankiw

    En medio de todo esto, la Casa Blanca puso al neokeynesiano Gregory Mankiw al
    frente del Consejo de Asesores Económicos. Por supuesto, el experto cree
    que: “El aumento de productividad –en un contexto económico
    débil– explica este mercado laboral depresivo. Lo raro no es eso,
    sino que la recuperación siga siendo tan pausada en términos de
    producto bruto interno”.
    Este cuadro no es propicio a la reelección presidencial, cuya campaña
    se lanzó en mayo. Vale decir, año y medio antes de los comicios.
    “Si el desempleo sigue alto durante el segundo trimestre de 2004, será
    un peligro para Bush. Algunos estrategas republicanos, no todos, dicen que falta
    mucho para las elecciones, pero se acerca el lapso crítico”, advertía
    Lewis Beck, profesor de Política en la Universidad de Iowa.
    Antes de recrudecer las acciones guerrilleras y terroristas en Afganistán
    e Irak, incluso en el oficialismo se admitía que el tema laboral podía
    ser el punto más débil en la gestión de Gobierno. Aparte,
    el manejo de variables de corto plazo está en manos del Sistema Federal
    de Reserva, no del Presidente. Un distingo que escapa a la opinión pública,
    máxime con Alan Greenspan emitiendo un doble discurso para conformar,
    simultáneamente, a la Casa Blanca y a los mercados de riesgo.
    Técnicamente, el PBI debiera crecer entre 5 y 6% anual para convalidar
    el aumento de productividad y, al mismo tiempo, fomentar una repunte en la demanda
    laboral. M