Lo que está en juego en las principales economías y por otras razones en la Argentina y en el mundo en desarrollo es la credibilidad de un sistema capitalista que se asentaba, supuestamente, sobre la transparencia y el control externo. Los ciudadanos, convertidos en inversionistas, en poseedores de acciones y títulos, se sienten burlados y estafados.
¿Qué fue lo que precipitó semejante diluvio de prácticas indebidas, que van desde remuneraciones multimillonarias hasta maniobras directamente delictivas?¿Por qué hubo tanta gente, en Estados Unidos y en Europa, dispuesta a hacer la vista gorda a la venta de información clasificada por parte de analistas de bolsa para favorecer a colegas empresarios?
Las tentaciones inherentes a la enorme cantidad de dinero que las empresas y las firmas de Wall Street manejaban en el viva la Pepa de los 90; las prácticas remuneratorias que fomentaban una mentalidad de corto plazo ligando el pago a los ejecutivos al valor de la acción; una arrogancia sin par que impulsó a los ejecutivos a creer que estaban autorizados a actuar en el límite; todo se conjuró para conformar este cuadro de codicia. Herramientas contables y financieras opacas para las que todavía no se habían redactado lineamientos éticos; directorios formados por personas que, por somnolencia o negligencia, permitieron que se cometieran tantas tropelías en sus propias narices y en muchos casos las aprobaron.
La hipótesis inmediata fue que luego de las medidas correctoras adoptadas, se podía pensar que desaparecerían los escándalos. Pero no fue así. En los últimos meses, se supo de supuestas prácticas ilegales o no éticas en el sector de fondos mutuales. En diciembre renunció Phil Condit a la dirección ejecutiva de Boeing, a consecuencias de una investigación sobre lazos poco éticos entre el lobby de Boeing y ex funcionarios del Pentágono.
Este terremoto colosal obliga a replantear la agenda de los gerentes, de los que gestionan las empresas en el día a día. Sin la fascinación de teorías seductoras de gurúes que no resultaron tan exitosos, con nuevos reclamos éticos desde todos los ámbitos, con un renovado debate sobre la responsabilidad social de las empresas, el listado ha tenido una renovación total.
Los capítulos de esa nueva agenda se reflejan en esta edición. La nota de portada, dedicada a las mujeres que perforaron el techo de cristal reabre un debate más antiguo que la actual crisis. El discurso en torno a cómo debe entenderse la responsabilidad social empresarial ilustra sobre dos visiones: la percepción que del tema tienen las empresas y la de la sociedad en la que están insertas. Por otra parte, ¿las empresas deben desentenderse de la ética o deben creer que ser éticas es un buen negocio? Aun si no fuera rentable, es preciso ser ético, dice la escuela más moderna. Como un esfuerzo por entender lo que pasó, se pasa revista a esta anatomía de la codicia que se ha vivido en los últimos años.
Todos estos elementos obligan a redefinir este punto:¿Qué es un buen gerente, cómo se lo juzga, con qué parámetros se mide su accionar?
