jueves, 28 de mayo de 2026

    Petróleo
    ¿habrá precios altos por largo tiempo?

    Los crudos
    marcaron el punto más alto, hasta el momento –más de
    US$ 40 el barril de crudo texano–, desde que Edward Drake descubriera
    oro negro en 1859. Claro, a dólares constantes de 1983 (último
    lapso “caliente”), los US$ 41,10 de entonces serían hoy
    alrededor de US$ 105.
    Pero la exploración se acerca a sus límites. Quedan pocos
    hallazgos grandes que hacer y el futuro está en las mayores áreas
    de reservas conocidas: Levante, Mar Caspio y Siberia. Entre tanto, envejecen
    los depósitos en el golfo de México, Alaska y el mar del Norte.

    Tampoco se esperan descubrimientos importantes en el Atlántico sur
    o el Índico y, si hay petróleo polar, está bajo kilómetros
    de hielo. Ese tipo de reservas y las que están en las profundidades
    marinas demandarían un barril de US$ 150-200 o más, a precios
    corrientes, para ser rentables.
    Pero demanda hay, y firme. Aun si China enfriase su impulso económico
    de 8,5-9,5% a 7,5-8% anual en términos de producto bruto interno
    (PBI), continuaría absorbiendo hidrocarburos a un ritmo no visto
    desde la crisis sistémica de 1997-8. La incógnita es, pues,
    si los precios altos han llegado para quedarse o son apenas el pico de otro
    ciclo.
    En 1997, la Opep cometió un error garrafal en la reunión de
    Yakarta: decidió elevar 10% la producción. Meses después,
    la baja de demanda –generada por la crisis financiera– derribó
    precios de US $20-22 a 10-11 el barril WTO. Los operadores a término,
    entonces, predijeron crudos baratos por muchos años.
    Ahí surgió una nueva Opep, con menor participación
    en el mercado mundial (alrededor de 38% contra casi 50% en 1973-9), pero
    más dinámica. En los cinco años previos a 1997-8, las
    cuotas se habían retocado cinco veces; desde entonces, hubo 16 ajustes.
    Existe desde 1998 el compromiso de no dejar que el barril ceda de US$ 22-28.
    Para eso, la entidad armó un mercado regresivo (“backdated”),
    donde los crudos disponibles (spot) son más caros que los de entrega
    a más de 15 días. Por consiguiente, no es negocio comprar
    spot y acumular reservas.
    A Estados Unidos eso no le gustaba. Por ende, el gobierno de George W. Bush
    resolvió mantener los niveles de reservas de emergencia, pese a críticas
    legislativas y empresariales, pues su mayor costo elevaría precios
    de combustibles ya bastante altos. Todo esto creó un mercado tenso,
    volátil. “Cuando oferta y demanda se rozan, cualquier factor
    puede trastornar las relaciones entre costos y precios”, señalaba
    Lee Raymond, presidente ejecutivo de ExxonMobil, la mayor petrolera del
    mundo.
    Entre tanto, el declive del dólar –moneda en que se cotizan
    las materias primas– amortiguaba los efectos del petróleo caro
    en países ajenos al área de esta divisa. Aun así, los
    precios recién hoy afectan la recuperación económica
    estadounidense.
    Por cierto, no es seguro que la Opep logre seguir inflando precios, como
    lo hizo en los últimos 30 meses. Pero su influencia no cesará.
    Pese a esfuerzos en oriente y occidente para disminuir dependencia, 80%
    de las reservas cubicadas en el mundo están en socios del cartel.
    Por supuesto, si el recálculo de reservas rusas –en curso–
    es correcto, ese nivel puede ceder a 45%.
    A su vez, la Agencia Internacional de Energía espera que Medio Oriente
    produzca 51 millones de barriles diarios hacia 2030, contra menos de 20
    millones ahora. Pero la industria necesitará inversiones por US$
    3,1 billones (millones de millones) hasta esa fecha y se dificultarán
    si Arabia Saudita y Kuwait siguen reticentes a permitir que las compañías
    internacionales exploten sus recursos.
    Pese a todo, no es fatal que los consumidores siempre abonen precios altos.
    Por ejemplo, el predominio saudita podría ser amenazado desde Libia
    (recién libre de sanciones impuestas por Naciones Unidas) o, eventualmente,
    Irak. Tampoco deben descartarse fuentes energéticas renovables y
    tecnologías alternativas para ir sustituyendo los combustibles fósiles.

    Volatilidad

    y anarquía dominan
    los mercados

    por encima de US$ 37-40 el barril de crudo texano, los precios guardan
    escasa relación con las proyecciones a largo plazo. tampoco hay
    expectativas de auge en la demanda en el futuro razonable.

    En cuanto
    a oferta, la mitad de ese precio –contra lo que sostiene el negocio–
    aseguraría abastos a corto y largo plazo. Así asegura el
    experto holandés Peter Odell en el Financial Times, exhibiendo
    opiniones por demás heterodoxas.
    En la situación actual, hay capacidad de producción más
    que adecuada o puede desarrollarse velozmente. En el largo plazo, la relación
    reservas mundiales-explotación sigue en el máximo desde
    casi 45 años. Durante los ’90, se detectaron 37 grandes yacimientos
    con más de 500 millones de barriles cada uno, en reservas aprovechables.
    Esto equivale a 37.000 millones de barriles.
    La buena noticia, señala esta visión por demás peculiar
    del tema, es que “menos de 25% de esa masa está en Levante”.
    También en los ’90, la demanda acumulada de crudos totalizaba
    apenas 15.000 millones de barriles y crecía a sólo 1,12%
    anual. A diferencia de casi todo el resto de los analistas, el británico
    cree que “en el mundo hay exceso de petróleo, más que
    escasez”.
    Al mismo tiempo y pese a la AIE, los combustibles líquidos se usan
    con mayor eficiencia o son sustituidos por gas. La modesta tasa de crecimiento
    económico en Estados Unidos o Japón y las casi nulas imperantes
    en la Unión Europea y la periferia compensan la firme demanda en
    China, India o los países petroleros.

    Analistas
    errados De ahí que Odell descalifique a los analistas que “explican
    los crudos caros como consecuencia de alta demanda y temores de escasez”.
    Esta especie de lobby hace que, cuando surgen trabas en producción,
    refinación o comercialización, se desaten masivas especulaciones.
    “Eso exacerba la volatilidad del mercado a términos y, ahí,
    los medios anuncian crisis fenomenales”.
    Las razones subyacentes en los altos precios actuales remiten a la crisis
    sistémica en la plaza financiera mundial (1997/8), que llevó
    al colapso petrolero. Estados Unidos intervino para frenar la propensión
    de los tres grandes de la Opep –Arabia Saudita, Irán, Venezuela–
    a elevar producción y participación de mercado. Washington
    presionó para que se fijara el precio de sostén (US$ 22-28
    el barril) buscado por la entidad.
    Pero posteriores acontecimientos políticos, particularmente los
    ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 más las invasiones
    norteamericanas a Afganistán e Irak, hicieron polvo los acuerdos
    de 1998. Entre sus efectos sectoriales figura la eliminación de
    la oferta iraquí (dos millones de barriles, 25% de la saudita).
    En lo político, se quebró la alianza entre Washington y
    Riyadh, pero surgió el pacto Irán-Japón.

    Balcanización
    Todo se balcanizó. La Opep y su criatura, la Agencia Internacional
    de Energía, llegaron al insulto mutuo. Esta confusión era
    inevitable, debido al desorden que condujo al auge especulativo iniciado
    en abril. “Pero –augura Odell– la misma volatilidad que,
    en 1998-2004, elevó de US$ 10 a más de US$ 40 el barril,
    puede generar un colapso y la vuelta a US$ 10 o menos”.
    La economía mundial no puede soportar mucho tiempo un mercado primario
    tan anárquico. Pero, salvo que se renueve la cooperación
    Washington-Riyadh (posibilidad muy remota, dado el fracaso norteamericano
    en Irak y Palestina-Israel), la volatilidad irá acentuándose.

    Los desbordes especulativos, paralelamente, resentirán la demanda
    de hidrocarburos y les crearán problemas a los países exportadores.
    Ello sin tener en cuenta la ruptura del viejo tabú impuesto por
    el negocio petrolero, las empresas y los países beneficiarios:
    hoy se habla abiertamente de alternativas a los combustibles fósiles.

    Tres que
    compiten
    por las reservas
    del Asia central

    los hidrocarburos de esa región y de siberia son objeto de pujas
    entre tres gigantes: rusia, china y japón. tokio ya hizo pie en
    irán y la cuenca sur del caspio.
    Moscú quiere más yacimientos, en tanto sus dos vecinos orientales
    –especialmente Beijing– necesitan reservas estratégicas,
    estilo Estados Unidos.
    Hace poco más de un año, los chinos avanzaban sobre los
    rusos. En efecto, Yukos –mayor grupo petrolero del país y
    cuarto en el mundo– convino con Beijing en que el nuevo poliducto
    de Angarsk (Siberia) terminaría en la refinería de Daqing.
    Ahora, parece que irá a Najodka, sobre el mar del Japón.
    Tokio hace lo imposible para disimular este giro en su favor y sostiene
    que el proyecto no ha sido definido.
    Pero, a juicio de observadores independientes, el reciente acuerdo China-Kazajstán
    (otro poliducto) favorece a Japón, desde el punto de vista ruso.
    Además, Tokio ha ofrecido amplio financiamiento a la opción
    Najodka que, desde hace un tiempo, interesa a grandes compañías
    occidentales, debido a la creciente volatilidad política en Levante.
    Paralelamente, la caída de Mihail Khordorkovsky –ex CEO de
    Yukos– deja sin sustento al acuerdo de la empresa con Beijing. Por
    su parte, Tokio sospecha que los chinos siguen intentando reimponer la
    traza Daqing, si bien Najodka le conviene más a Rusia en lo geopolítico
    y económico. También le conviene a Surcorea, un importador
    relevante de crudos y gas.

    Viejas historias
    Pero hay cuestiones más profundas, de raíces seculares.
    Hasta el siglo XIX, Moscú era una amenaza para la despoblada periferia
    china (Manchuria, Mongolia, Xinqiang). Ahora, el sobrepoblado Reino del
    Medio amenaza a una Siberia y un Asia central semivacíos. En estas
    condiciones, un poliducto a la costa del Pacífico le evitaría
    a Rusia depender de un solo mercado (China) sin dejar de abastecerlo.
    En costos, la traza Angarsk-Najodka, unos 4.000 kilómetros, es
    más cara que la de Daqing (1.600 km). Exactamente, US$ 12.000 millones
    contra 6.000 millones; aunque los japoneses no tomen muy en serio esos
    números. Sus técnicos estiman, como máximo, US$ 6.500
    millones para Najodka. Paul Collison, analista sectorial en la firma de
    valores Burnswick UBS (por Union des Banques Suisses), es tajante al respecto:
    “El poliducto al mar del Japón es un proyecto típico
    de la era soviética y carece de sentido económico”.

    Subsisten
    dudas Tanto chinos como japoneses, surcoreanos y estadounidenses coinciden
    en otro problema, para nada desdeñable. “Subsisten muchas
    incógnitas sobre el volumen de reservas petroleras en Siberia oriental
    –apuntan ejecutivos de ExxonMobil, Royal Dutch-Shell y la francesa
    ElfTotalFina–, por falta de exploraciones. Tampoco las compañías
    rusas apoyadas desde el Estado tienen capacidad ni tecnología suficientes”.
    Si Moscú no opta por Najodka, deberá ofrecer a China soluciones
    apropiadas. La primera sería un ramal secundario Angarsk-Daqing,
    pero existen razones ambientales que lo desaconsejan. La segunda sería
    mejorar sustancialmente la infraestructura de transporte ferroviario,
    aunque ello exigiría elevar tarifas.
    Impertérrita, Beijing sigue presionando hacia el oeste en pos de
    abastecimientos petroleros. Pese a la inquietud rusa, ha suscripto el
    acuerdo con Kazajstán, resultante en un poliducto que pondrá
    a los chinos a las puertas del mar Caspio. Moscú, empero, insiste
    en absorber exportaciones kazajas.
    Sin embargo, no hace nada para ofrecer precios y tarifas más atractivas
    ni diferencia entre crudos rusos y kazajos, de superior calidad. En cuanto
    al gobierno de Almaty, su interés reside en rutas al este (China,
    Japón, Surcorea) y al sur (océano Índico vía
    Afganistán). Esto es, mercados bastante más solventes que
    el moscovita.
    La puja por trazas de poliductos todavía no llega a constituir
    un conflicto. Pero las cosas no pintan bien para la cooperación
    “regional” entre Rusia, China, Japón y vecinos: un bloque
    de 35 millones de km2 y casi 1.700 millones de habitantes.

    Eje China-Kazajstán,
    con oleoducto incluido A fines de mayo, China y Kazajstán firmaron
    un acuerdo general, que incluye un oleoducto. Esto ha tenido amplio impacto
    desde Moscú hasta Tokio y Singapur.
    El convenio se suscribió durante la reciente visita al Imperio
    Celeste del presidente vitalicio Nursultán Nazarbáyev. El
    tendido del ducto –900 kilómetros, partiendo de Xinjiang–
    empieza este mismo mes.
    Las obras se terminarán en 2006 a un costo total de US$ 700 millones,
    explicaba un comunicado chino. El recorrido se inicia en Atasu (Kazajstán)
    y termina cruzando la frontera, en Dzungaria. Desde ahí los crudos
    irán por ferrocarril a las refinerías de Karamai, Dushanzi
    y Urumqi; las tres en la misma región autónoma, llamada
    antiguamente Turkestán chino.
    Se trata de un emprendimiento conjunto de KazMunaiGaz, la empresa estatal
    de hidrocarburos (51%) y la Compañía Nacional China de Petróleo
    (49%). En lo geoeconómico, el oleoducto crea un eje China-Asia
    Central paralelo a Irán-Japón.

    En el gran
    consumidor mundial, el transporte es el que más sufre
    el impacto de los aumentos petroleros en estados unidos se siente, con
    especial intensidad, en surtidores, vehículos, trenes y aviones.
    es decir, todos los sistemas de transporte.

    Ocurre que,
    mientras la industria se beneficia del mismo aumento de demanda internacional
    que ha detonado el alza de insumos, el transporte parece sufrir sólo
    perjuicios. En estos servicios, la incidencia de los combustibles tiende
    a neutralizar las ventajas del repunte económico que se vivía
    hasta abril.
    Hacia marzo, las aerolíneas de pasajeros y carga recién
    salían, con lentitud, de la recesión iniciada ya antes del
    11 de septiembre de 2001. Algunos transportadores, por ejemplo Continental,
    resolvieron elevar en US$ 15 la carga por combustibles en vuelos de cabotaje.
    Otras, como American o Delta, eran más cautas, pues compiten con
    líneas de baja tarifa, menos expuestas al costo de insumos.
    Algunos expertos temían que ulteriores avances de los combustibles
    engrosen peligrosamente las pérdidas del sector. Hasta marzo, se
    proyectaban en US$ 500 millones este año. En mayo, ya se pronosticaban
    US$ 2.300 millones (+360%).
    Mientras tanto, la American Automobile Association (AAA) estimaba que
    las familias “típicas” (con dos vehículos) consumen
    4.600 litros de nafta por año, Por tanto, el aumento de precios
    –hasta mediados de mayo– les significaba US$ 720 extras en combustible.
    En ciertas categorías tributarias, ese monto neutralizará
    las rebajas impositivas otorgadas por el gobierno desde 2001.
    Existe otro riesgo potencial: en general, las amplias alzas de combustibles
    fueron seguidas por lapsos recesivos. Esto sería letal para las
    aspiraciones continuistas de Bush y su grupo.
    El alza también puede afectar a las automotrices, alentando al
    público a pasarse a modelos de menor consumo. Esta opción,
    lamentablemente, no corre para camiones. El segmento consume anualmente
    116.000 millones de litros de diesel oil y basta un centavo de aumento
    para elevar el gasto total en US$ 300 millones.


    “Ahorren energía
    en serio”

    Los países consumidores de hidrocarburos se han quedado, en cuanto
    a conservar energía y emitir menos dióxido de carbono (CO2).
    Lo revela la Agencia Internacional de Energía.
    Recientes investigaciones indican que hacen falta esfuerzos más
    serios para reducir la dependencia de combustibles fósiles. Así
    lo sostiene la AIE en “Crisis petroleras y cambios climáticos:
    30 años en el uso de energía”.
    El trabajo contiene un alarmante mensaje: el ahorro de energía
    ha ido aflojando desde fines de los años ’80. También
    declinan los esfuerzos para emitir menos CO2 en relación con cada
    producto bruto interno.
    Desde que fuera fundada, hace 30 años –en respuesta a la crisis
    petrolera de 1973-5–, la AIE viene notando que los precios de hidrocarburos
    han sido y son factores decisivos en ahorro de energía y emisiones
    de CO2.

    Anadarko,

    ejemplo a seguir

    El escándalo
    de Royal Dutch-Shell ha hecho que varios competidores busquen mejorar
    la transparencia de estimaciones acerca de reservas cubicadas. Hasta ahora,
    sólo uno parece haberlo logrado: Anadarko. Semanas atrás,
    la petrolera independiente en Estados Unidos reveló haber registrado
    ante la Comisión Federal de Valores (SEC) cálculos sobre
    reservas aún por explotar.
    Sin descubrir datos relevantes para sus rivales, ofrece a accionistas
    e inversores una imagen de sus perspectivas futuras. La propia SEC, analistas
    y grandes accionistas de otras compañías recomiendan el
    método Anadarko, para evitar desastres similares al de Shell. Por
    ejemplo, Deutsche Bank sugiere divulgar paulatinamente proyecciones, con
    el objeto de detectar reservas mal estimadas.