El
presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (CFC), Michael
Powell –hijo del secretario de Estado y afecto al sector privado–
logró imponer entonces reformas consideradas pro oligopolios por
muchos analistas.
Ahora, el nacimiento de NBC Universal recalienta polémicas, aunque
desde otro ángulo: el control del nuevo grupo lo tiene General Electric
(con 80%), un agresivo gigante multisectorial.
Volviendo al debate, y según apuntaba Eli Noam (universidad de Columbia)
en el Financial Times, la política de la CFC hizo que la parte de
población alcanzada por estaciones de TV en poder de una sola empresa
aumentase de 35 a 45% entre 1996 y 2003. También se flexibilizaron
los límites al control cruzado de periódicos y televisoras
en un mismo mercado. Todo eso provocó una tormenta política,
donde derecha e izquierda se han unido contra los adalides del negocio quienes
fueron derrotados en el Congreso, a fines del 2003, por 400 votos a 21.
A partir de entonces, los oponentes a Powell se ven como última trinchera
contra la homogenización de contenidos. Especialmente periodísticos,
como demuestran News Corp. (quinta en el mundo), Disney (segunda) y, hasta
cierto punto, USA Network (NBC Universal, séptima). El elenco de
multimedios dominantes se completa con los números uno (Time Warner),
tres (Viacom), seis (Comcast) y diez (Hughes). Los puestos cuarto, octavo
y noveno no los ocupan grupos estadounidenses.
Los legisladores temen que se repitan –en el plano nacional o en el
local– situaciones como la de Italia. Allá, un empresario de
medios poco escrupuloso, Silvio Berlusconi, los aprovechó para llegar
al poder y retenerlo. Quienes defienden a Powell argumentan, no sin razones,
que las nuevas tecnologías abren de por sí los mercados y
reducen la importancia de la TV de aire.
Rebobinando.
Noam estima oportuno rebobinar y examinar los hechos. “¿Los
medios estadounidenses –se pregunta– se hallan hoy más
concentrados, nacional y localmente, que en el pasado? Por cierto, los
mayores grupos son menos y más grandes pero también el sector
en sí se ha agrandado. Por ende, no existen respuestas obvias”.
El Foro de Medios en Línea que maneja el periódico londinense,
dispone de datos bastante completos sobre propiedad de medios y su participación
en los mercados. Éstos cubren casi 100 segmentos dentro del sector
y van de 1984 a 2002-3.
Es importante, sostiene el analista, “comprender la diferencia entre
concentración local y nacional. Una editora puede controlar 25
periódicos, lo cual le confiere una porción moderada del
mercado nacional. Pero cada uno de esos diarios tal vez sea el único
en su zona y esto influirá en el precio de los avisos y en la cobertura
local de noticias”.
Sin embargo, muchos otros medios son intrínsecamente nacionales,
como la mayoría de revistas, libros, música, contenidos
radio y televisuales. Por tanto, es preciso observar niveles de concentración
en ambos contextos.
Cuestión
de índices. La concentración suele medirse por la parte
en ingresos de los cuatro líderes de un mercado, un índice
conocido como “C4”. Otro indicador, el “HHI”, determina
el grado de cumplimiento de las regulaciones federales en la materia.
Al respecto, el FT compara tendencias durante los últimos 20 años,
aproximadamente.
Por supuesto, las televisoras de aire son el punto crítico. En
lo atinente a propiedad de TV local, la porción nacional de los
cuatro líderes pasó de 12 a 21% entre 1984 y 2002-3. Pero,
según los parámetros de la CFC, el sector no está
sobreconcentrado. Durante ese lapso, la concentración bajó
entre redes de aire –que proveen el grueso de programas en horarios
pico– de casi 100% en manos de tres oligopolios a 92% en manos de
cuatro (todavía mucho, aunque con tendencia descendente).
En programas de cable, la concentración apenas cedió: de
66 a 63%. Combinando ambos tipos de redes en una categoría, como
harían los propios televidentes, la concentración a escala
federal declinó de 82 a 68%.
Al mismo tiempo, la concentración local –basada en una muestra
de 30 mercados representativos– cedió en vez de aumentar,
como muchos temían, debido a que las filiales de las redes dominantes
en 1984 fueron perdiendo audiencia en favor de una gama más amplia
de estaciones. Las cuatro líderes controlaban, ese año,
90% de cada mercado local y, casi 20 años después, la cifra
había bajado a 73%.
Por otra parte, casi todo ese retroceso se operó en el quinquenio
1998-2002. Ponderando esos factores en un índice compuesto, se
observa un declive en la concentración genérica de la TV
convencional.
Radio, un
caso extremo. En contraste, fue creciendo la concentración en radio,
un segmento que abarca 12.000 estaciones. Ahí, las normas sobre
propiedad impedían, hasta 1996, que una sola compañía
controlase más de un puñado de emisoras.
Hoy, sin límites a la propiedad, los cuatro grupos radiales mayores
–encabezados por Clear Channel y Viacom– representan 34% de
los ingresos totales. Esto supera más de cuatro veces el indicador
de 8% de hace dos décadas y muestra un crecimiento sin parangones
en otros medios.
No obstante, según las pautas de la CFC, este negocio no ha perforado
el techo de concentración permitido. Además, la mayor parte
de esa expansión tuvo lugar entre 1992 y 1996, para después
perder impulso. Los contenidos de redes radiales bajaron, pero se trata
de un sector bastante chico.
Pese a ello, debe seguirse de cerca la concentración de radios
locales, porque es un síntoma de futuros problemas. Ha pasado de
un promedio de 44% de emisoras en manos de cuatro líderes –en
cada mercado local, hace 20 años– a 84% en la actualidad.
Esto ubica a la radio entre los sectores más sobreconcentrados.
Otros medios.
En materia de TV multicanal (cable y satélite), el índice
nacional “C4” subió de 21 a 60%, dato más inquietante
que el de la TV de aire. Lo fundamental acá es el grado de concentración
local, donde el cable fue durante largo tiempo opción única
y fuerte condicionante del acceso.
Actualmente, con la TV satelital ofreciendo una alternativa viable para
programas nacionales, la participación del cable ha cedido a 78%
y sigue bajando.
“Cualquier análisis general –afirma Noam– exige
confrontar tendencias entre todos los medios masivos. Es decir, TV de
aire, cable, satélite, radio, gráfica, cine y video. En
término medio, su concentración es baja con respecto a las
normas de la CFC posteriores a 1996. Pero la tendencia común es
ascendente. En cada sector, el índice “C4” ha ido subiendo
de 31 a 46% desde entonces, pero sin rozar el límite aceptable
para Washington.
Frente a eso, las telecomunicaciones muestran un índice de concentración
media de 76%. En Internet, cuya fragmentación real o potencial
es más “mito fundacional” que realidad, el “C4”
ha ido de 63% en 1996 a 73% en 2002-3.
US$ 400.000
millones. Otra manera de plantear el tema es evaluar la presencia de los
cuatro mayores grupos de medios masivos en su propio sector. Sus entradas
se triplicaron de US$ 26.000 millones en 1984 a 78.000 millones en 2002-3,
a valores actuales. Pero la parte de esos conglomerados ha pasado sólo
de 11 a 21%. Ambos avances son considerables, pero la mayoría de
otras actividades los tacharía de insuficientes.
Esos bajos porcentajes, contra la sapiencia convencional, se explican
por el propio volumen y la diversidad del mercado de medios masivos. El
sector representa en Estados Unidos alrededor de US$ 400.000 millones
anuales, sumando ingresos de gráfica, música, radio, TV
de aire, cable, satélite, video y cine.
Semejante cifra hace al debate, sin duda. “Fuera de la radio –supone
Noam–, no se nota una veloz tendencia a la concentración y
la hegemonía. Esto no quiere decir que la concentración
actual sea baja o no precise supervisión”.
TV, en el
centro
de una batalla política que no cesa
El nuevo
régimen aprobado por la CFC en junio del año anterior, les
facilitaría a las grandes cadenas comprar estaciones locales y
le permitiría a una sola red poseer emisoras de TV y periódicos
en la mayoría de los mercados locales. Pero, después, el
Congreso empezó a considerar medidas que desvirtuaban las reformas
más controvertidas.
En ese punto, Powell pareció dar marcha atrás y anunció
que reexaminaría los “alcances reales de la concentración
de medios”. Obviamente, no había previsto la reacción
de público y legisladores ante las nuevas pautas. No obstante,
a fines de año, usando la influencia de su padre (el secretario
de Estado, Colin Powell) consiguió que la Casa Blanca amenazase
con vetar las contrarreformas del Capitolio.
Abren el
fuego. La ofensiva política contra el jefe de la CFC empezó,
naturalmente, cuando desempató una votación del Directorio
(2 a 2) y la convirtió en victoria por 3 a 2. Mucho más
tarde, en la cámara de diputados, los oponentes a las reforman
ganaron por robo: 402 a 21, pese a la mayoría simple que tiene
el oficialismo.
Analistas del propio negocio todavía hoy dicen que Powell se pasó
de la raya y actuó como representante no de Washington, sino de
los intereses privados. Esto reflejaba las críticas de Michael
Copps y Jonathan Adelstein, los dos demócratas en la CFC. El problema
fue que, luego, sus colegas republicanos adhirieron a esa postura.
En medio de la tormenta, Powell y los cuatro directores de la entidad
solicitaron al Congreso (en noviembre de 2003 y en febrero último)
que aclarase si ellos debieran desregular –o no– en áreas
o situaciones donde las reglas de la CFC sobre propiedad no fuesen lo
bastante claras.
Ese famoso
45%. A medida que transcurría el tiempo, los propios grupos de
medios entraban en liza. Durante el invierno 2003-4, dirigentes políticos,
legisladores y altos funcionarios fueron asediados por una intensa, persistente
campaña por parte de las grandes empresas. Sin ambages, ese lobby
se oponía a la “interferencia del Congreso en materia de normas
sobre propiedad”.
La clave de esta guerra era y es la norma que eleva el tope de participación
en el mercado televisivo de 35 a 45% de la audiencia nacional. En realidad,
si se cumpliese, dos de los cuatro líderes deberían reducir
sus porciones. Viacom (CBS), Disney (ABC), General Electric (NBC Universal)
y News Corporation (Fox) cabildeaban ante quien fuere en favor de límites
más flexibles al control de medios.
Pero sus gestores en Washington no captaron el clima real en el Capitolio,
donde las reformas de Powell eran resistidas en ambos partidos. Los legisladores
sostenían –continúan haciéndolo– que el
nuevo marco concentrará demasiado poder en manos de “oligarcas
mediáticos”.
En medio de la puja, la comisión senatorial de comercio pasó
una enmienda de Edward Stevens (republicano por Alaska) y Ernest Holling
(demócrata, segunda autoridad del panel), tendiente a mantener
el tope en 35%. Pero la peor sorpresa para el lobby fue Diputados, que
aprobó una medida semejante.
El fantasma
del veto. El cabildeo por 45% contaba con el diputado oficialista William
Tauzin, influyente jefe de la comisión de Energía y Comercio,
para bloquear la contrarreforma. Pero el representante por Louisiana no
logró concitar suficiente apoyo en su propia bancada, que compartía
las posturas demócratas. Tras el voto, la Casa Blanca –Colin
Powell, en verdad– empezó a hablar de veto.
Era una jugada de riesgo. A su vez, los grupos de medios montaron una
campaña de presiones aún más intensa, para persuadir
a los legisladores de que el interés público no sería
vulnerado por normas más flexibles. Las cuatro redes contrataron
a Frank Luntz –encuestador del Partido Republicano–; éste
produjo un estudio según el cual apenas 11% de telespectadores
creen mala la propiedad de estaciones locales por parte de redes nacionales.
Pero los críticos de Powell tenían ya una encuesta, mucho
más amplia en geografía y demografía, hecha por Pew
Research Center, no ligado a ningún partido. De acuerdo con esta
muestra, la posición negativa subió de 34% (antes de las
reformas) a 50%.
Final abierto.
En verdad, las cosas empezaron a recalentarse en septiembre, con un dramático
giro: un tribunal federal ordenaba que la CFC se abstuviese, temporalmente,
de aplicar las nuevas pautas. Powell se negó a hacerlo –una
actitud a todas luces ilegal–, arguyendo que las reformas reflejaban
mejor el moderno mercado de medios (o sea, la tesis central de las cadenas).
Lo malo es que, aparte de actuar como abogado de esos grupos, el alto
funcionario estaba defendiendo compañías que vienen desde
hace rato transgrediendo el tope de 35%. Esto complicaba las cosas para
el Gobierno y su intención de vetar disposiciones del Congreso.
La decisión judicial fue un duro golpe. No obstante, “los
magistrados han hecho lo que debía hacer, mucho antes, la CFC”,
señaló el demócrata Copps. En realidad, el tribunal
se limitó a suspender los efectos de las reformas mientras se diligenciaba
una demanda interpuesta por una coalición de entidades opuestas
a Powell. “Es en extremo raro que la justicia bloquee resoluciones
de la CFC”, recordó al respecto un actual director, a cuyo
criterio “hay guerra para rato”.
Finalmente,
el Senado votó por
pautas estrictas
Tras un año
de presiones y debates, el senado norteamericano votó –el
21 de junio último– por revocar normas impuestas por la Comisión
Federal de Comunicaciones (CFC). Esas reformas permitían a los
conglomerados de medios ocupar mercados a costa de competidores menos
fuertes. En su momento, la CFC las pasó sin unanimidad, porque
desempató Michael Powel, su presidente.
Esos cambios los promovía el propio Powell, hijo del secretario
de Estado y hombre muy allegado al negocio. Una de las medidas eliminaba
una veda clave: ninguna compañía puede controlar simultáneamente
periódicos, televisión abierta y radio en la misma ciudad.
En mercados mayores, el nuevo régimen –ahora derogado–
autorizaba a una sola empresa a controlar hasta tres estaciones de TV
abierta, ocho radios y un cable. También les permitía a
las grandes cadenas nacionales comprarse estaciones afiliadas. Pero esto
fue dejado sin efecto por el Congreso, a fines del 2003. Por cuerda separada,
la corte federal de apelación de Filadelfia decretó –a
principios de este año– un bloqueo a la reforma íntegra,
luego impugnado por el sector empresarial.
En síntesis, el Senado aprobó revocar las normas dictadas
por la CFC y volver al estricto régimen anterior. Los grupos opuestos
a Powell –de paso, denunciado por hacer lobby en favor de intereses
creados, algo habitual en el gobierno de George W. Bush– cuentan
ahora con respaldo legislativo, en caso que otros tribunales salgan a
cuestionar las decisiones senatoriales.
Éstas todavía afrontan formidables obstáculos políticos.
Meses atrás, un dictamen similar se cayó ante el embate
de ambos Powell, grupos de presión y líderes del oficialismo
en la cámara baja.
“No anticipo éxitos mayores o menores que éste”,
señalaba el senador Byron Dorgan (demócrata, Dakota Norte),
auspiciante de la actual contrarreforma junto con Olympia Snowe (republicana,
Maine). “Las autoridades de la Cámara se han comprometido
a defender el voto. En junio de 2003 –recordó–, la CFC
se rindió a los intereses empresariales e ignoró los del
público hasta un grado casi sin precedentes en la historia. El
día que un puñado de compañías controle lo
que 293 millones de norteamericanos ven y oyen, se habrá desvirtuado
la democracia”. Sobre todo con magnates como Rupert Murdoch o Edward
Turner.
En una moción separada, suscripta por Samuel Brownback (republicano,
Kansas), el Senado votó por 99 a 1 aumentar las penas a canales
de aire que transgredan las pautas federales de decoro y protección
a menores. La decisión prevé decuplicar la multa máxima
fijada, que pasaría a US$ 275.000. El único opositor fue
de John Breaux (demócrata, Louisiana), firme aliado del negocio
audiovisual.
El debate sigue dominado por un tema: propiedad y control de medios. La
mayoría de las grandes cadenas de aire y de los editores gráficos
insiste en reimponer las reformas derogadas por el Congreso y suspendidas
por la Justicia. Frente a este poderoso cabildeo, se yerguen grupos de
interés público o derechos civiles, sindicatos y hasta organizaciones
religiosas.
Los críticos de Powell afirman que, ya, el predominio de unos pocos
conglomerados en materia de programación está deteriorando
la calidad de los propios medios. También afecta la pluralidad
de opinión y la cobertura de noticias o temas locales.
En un pacto previo a la votación del 21 de junio, el Senado y la
Casa Blanca habían convenido en una propuesta intermedia. Las reformas
del 2003 permitían a las redes televisivas alcanzar 45% de la audiencia
nacional vía estaciones locales afiliadas, contra el máximo
de 35% tolerado por las antiguas pautas. El compromiso no vuelve a ese
tope y opta por una solución salomónica: 39%. O sea, el
actual alcance de CBA (Viacom) y Fox (News Corporation, es decir Murdoch).
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